El edificio Freixas y el bar de la estación

El Edificio Freixas es un espacio de creación en una ciudad limítrofe de Barcelona. Lo gestiona un colectivo de artistas, encabezado por un mecenas que alquila los espacios a un precio módico. En una comida con amigos, esta semana, alguien me comenta que por qué no me animo y me invita a conocer el espacio y a participar en el proyecto. Es un sitio donde se mezclan escultores, diseñadores, pintoras, ceramistas…. Es un lugar lleno de creatividad y gente inquieta. Me emociona enormemente volver a conectar con todo esto. Así que me digo a mí misma: ¿por qué no?. El sábado quiero ir a conocer al espacio, y volver a mezclarme con modernos y gafapastas, pero sobretodo volver a conectar con la curiosidad y la inquietud, con la memoria, con el corazón y con la emoción de construir. La exposición es de Claudio Lavanchy.

Durante la mudanza descubrí un bar de cafés y menús al lado de la nueva casa. Es el bar de la estación. Por la mañana, se llena con el vaivén de los cafés con leche, los bocadillos mini y los carajillos de los pasajeros que van y vienen como si se tratase de una ciudad cosmopolita y transitada. A mediodía se mezclan los clientes habituales con algún despistado. Un menú barato, que no llega ni a 9€ y comida casera y abundante se anuncia en una pizarra a pie de calle. Yo viajo con mis dos hijas y mi tía, y entre caja y caja decidimos comer allí. Y al tercer día ya podemos entablar una conversación. Lo suficiente para que cada mañana, cuando aprovecho para sacar al perro, ir a por el pan y buscar el cortado de bar para llevar, me pregunte si ya estoy instalada y cómo llevamos la mudanza. Estas son las cosas que sí me gustan de las ciudades pueblerinas.

El almez

Desde la nueva casa se divisa el almez. Es EL almez y no UN almez porque no es un almez cualquiera (lledoner en catalán), y está catalogado como uno de los árboles centenarios de esta ciudad. Tiene seis ramas enormes de las que podrían colgar algún columpio sin duda, si no fuera por la fragilidad que representa su edad. Ahora está vallado (una valla discreta, de cuerda) y tiene una placa con su nombre.

En algún sitio he leído que tiene más de 100 años y siempre es bonito tomarse el café en una terraza contemplando un árbol centenario. Así que “take it easy”.

La vida es un regalo, me repito continuamente. Y cada día es una oportunidad (para crecer, para disfrutar). Y aunque una mudanza es un auténtico estrés, y más si no ha sido una decisión premeditada, creo que estoy disfrutando muchísimo de esta. Montando estanterías, decidiendo qué muebles colocamos y dónde con Maria, recibiendo regalos en forma de ayuda (tanto económica como manos que te cargan cajas).

Y parece una tontería, pero tener dos baños y una habitación para cada niña, y sobretodo un almez a la altura de los ojos para tomarte el café cada mañana (con cotorras de fondo), es para sentirte afortunada.

En eso estoy, en trabajar la abundancia, la prosperidad y el amor (también a mí misma).

Candela

Estos días pienso mucho en ti. Me pregunto dónde andas, sola y sin abrigo. Me pregunto en qué momento te perdiste en el limbo. Leo tus cartas, tus comentarios en mi blog o los míos en el tuyo. Recuerdo momentos de nuestra infancia y nuestra adolescencia. Aquel verano en Macarelleta. Aquellos veranos en Torremolinos.
Me despierto en medio de la noche y miro qué tiempo hace en Tarifa. Debe hacer aún frío para andar de noche, perdida.

Me viene a la cabeza ir a buscarte. A pesar del momento complicado en que estoy ahora, lo que me viene a la cabeza es ir a buscarte. Y tengo miedo que no me reconozcas, que no nos reconozcamos. Después de años en que cada una tuvimos vidas divergentes. Pero quiero cogerte de la mano y darte un abrazo. Besarte los ojos y decirte que voy a cuidarte..

Jamón y tensión

Estos días algunos amigos cumplen 50. Como los conozco del cole somos de la misma añada (salvo alguno que se coló del 70). En el grupo del whatsapp les recuerdo que estamos dándole la vuelta al jamón, que es una expresión que escuché en algún sitio haciendo referencia a cumplir 50. Igual no es fácil pillarlo, pero es algo así como que ya hemos vivido más de la mitad de nuestra vida (a pesar que hay quién cumple más de 100 años). Ahora ya queda menos tiempo. Alguna me recuerda que es la parte más sabrosa ¿Lo es realmente? La primera vez que monté un jamón en un jamonero lo hice al revés (no tenía ni idea y tampoco había visto muchos jamones en un jamonero en casa de mis padres, o no lo recordaba). Cuando alguien venía a casa me comentaban que estaba al revés y yo no entendía porqué. Con el tiempo (básicamente al darle la vuelta) te das cuenta que pierde estabilidad. Si primero acabas la parte “fina”, cuando le das la vuelta es más difícil de fijarlo y cortarlo sin que algo se desestabilice o se te mueva para todos lados el jamonero, el jamón y el cuchillo.

Pues debe ser algo así la vida.¿Los primeros 50 años deberían servir para darte estabilidad?. Lo establecido sería estudiar, conseguir un trabajo, una casa, casarte, tener hijos… Pero eso deben ser los demás. Yo inicio estos 50 con un traslado de casa, intuyendo que no será el último, porque estoy convencida que no es el definitivo; un planteamiento extraño sobre la gente que te acompaña en la vida, sobre la falsedad de las personas y contando con los dedos de una mano por quién darías la mano entera si hiciese falta. Aún ando buscando la familia espiritual, la tribu de verdad… Siento que me ahogan los comentarios absurdos de una ciudad pueblerina y no entiendo ciertas actitudes. Ando enormemente decepcionada con personas que pensaba eran amigos. Intento pasar desapercibida y a veces mejor esconderme. Tiro de la gente que sé que me quiere de verdad así que he recuperado los martes con Carlos, verme una vez al mes con Estrellita (sin ahogos), las conversaciones y las cartas con Lidi, cenar con Joselito y Carlos (el otro Carlos, tengo que decir a veces), reconocer que añoro las barbacoas en la Torreta, paseando por los bosques de Yolanda y Lluís con los amigos de toda la vida y tengo una cosita pendiente con alguien que quiero infinito, aunque ella no lo crea. Siento que los amigos de verdad están lejos, repartidos por el mundo. Y me jode. Mucho. Que no seamos más sinceros, más humanos, más cálidos, en general, los unos con los otros. Una crisis laboral, con unas opos que no quiero hacer en el horizonte y momentos en el curro que no me apasionan. Las conversaciones en el curro vienen a ser:

Lunes: ¿Qué tal? Bueno, de lunes

Martes: ¿Qué tal? Bueno, aún es martes, ya queda menos

Miércoles: ¿Qué tal?. Bueno, ya estamos en el ecuador de la semana, ánimo

Jueves: ¿Qué tal?: Bueno, ya queda menos

Viernes: ¿Qué tal?. Bien, al fin es viernes

Y cuál día de la marmota volver a empezar… A eso me refiero con las crisis. Y eso que he estado casi un mes de bajar por vértigos y tensión alta.

La tensión es otro gran tema estos días. Tengo la tensión disparada y supongo que también debe ser por la situación. Tomo olivo e intento calmarme por dentro. Pero ayer ni el ratito de piscina me sentó bien. Ando con mi tensiómetro a cuestas y me hace el seguimiento una enfermera del CAP que no tiene ni idea de mi vida. Sólo tengo ganas de descansar. Dejar las manos sobre el barro y diseñar tazas para tomar té. Reir. Beber mucho vino. Ver el mar. Despertarme en la playa, como aquellos años en Macarelleta. Lavarme los dientes con agua de mar. Leer sentada en un sillón junto a una chimenea, con Lau a los pies. Y tejer calcetines.

Ana, la niña chamana

Cuando llamé a Jose no pude evitar explicarle casi llorando cómo se me están cayendo todos los pilares de mi vida. Será la crisis de los 50, porque un traslado no es para tanto (yo, que he hecho varios traslados en mi vida, y siempre con ilusión y con ganas de empezar algo nuevo). Pero siento que no es la casa, sino el hogar lo que se me deshace esta vez. Igual porque siento que a mí me ha costado mucho construir esta familia. Hay quien se casa, tiene hijos y de forma natural todo va creciendo alrededor. Pero yo he tenido que poner mucho empeño en cada hija, en cada crecimiento, en cada día que pasa…. La familia de la que provengo es una familia pequeña y los mayores son cada vez más mayores, y los primos cada vez más lejanos. Es curioso que siento más cercano a un tío que vive en Miami y que no deja nunca de decirme cuánto me quiere y cuánto valgo. El trabajo tampoco ayuda, decepcionada por el instituto en el que ahora trabajo pero también en el sistema educativo, en cómo se hacen las cosas, en cómo se toman decisiones, en cómo se desarrolla una clase o incluso en el tipo de alumno que vamos “construyendo” (los alumnos se construyen, los niños no.. .los niños aparecen). Los amigos, los de verdad, puedo contarlos con una mano. Esto de la pandemia y la distancia social tampoco nos ha ayudado a crecer, ni a sentirnos cerca. Siento que desaparecen amigos superfluos e intento quedarme (aunque nos veamos poco) con los que me tocan de verdad el corazón.

José me nombra a Ana. Pero Ana está siempre en mi cabeza, como si de alguna manera nos conectase un hilo. Así que quedamos para una sesión. Ella habla de tribu, de las cebollas, y que yo soy parte de esas mujeres que forman tribu. Y que esta semana justo había hecho un trabajo con la virgen y me recordó. ¿Por el nombre? le pregunto. No, por la luz, me contesta. Tú eres una mujer de luz.

Ana trabaja con todo lo que una chamana puede trabajar. Con la música, con la voz, con el sonido de un cuendo, con el humo, con sus pies sobre los míos cuando yo tengo que tocar tierra. Ella me hace convertirme en un águila que se cobija en el nido, que se convierte en osa en la guarida, que pasa por ser lagarto y luego mandril. Los mandriles se miran unos a otros, se reconocen y se ríen. Y de los mandriles se desdibujan todas las caras de mujeres antiguas, que no conozco pero que siento. Ella me habla de lo que es arriba es abajo, de que necesito conectar con algo femenino que tengo olvidado, que soy una mujer poderosa de luz, y que sólo con mi presencia se nutre quien me acompaña, porque soy madre, nutridora, pero soy mujer también. Yo le digo que a veces tengo la sensación que yo ya he acabado, que ya he hecho lo que tenía que hacer, pero ella se me rebela: estás triste, sólo es tristeza. Porque sientes que perteneces a algo más grande que aún no has encontrado. Lo sabes. Tu tribu, tu familia espiritual. Si arriba está bien, todo se colocará aquí abajo. Y me pone trabajos, para estas semanas, para que me organice, para que me conecte a la Tierra y a la tierra.

Yo miro a Ana y veo a mi prima Mariluz. Y siento que ellas tendrían que conocerse y que reconocerse. Porque cuando Ana me habla de sus miedos, de la negacion de ser madre, de sus desconexiones…. veo a Mariluz. La Mariluz que yo recuerdo. Pero Mariluz ahora anda perdida. Y yo la echo de menos.

Leer La voz de las 13 abuelas. Repasar el eneagrama, porque necesitamos un mapa para empezar. Reconocerme (¿en el 9?). Visualizar algún video, algo sencillo (no hace falta hacernos eruditos), me recomienda Jordi Pons. Conectarme con mi parte femenina, volver a quererme y a cuidarme (ir a la pelu, ir a nadar, echar a andar…). Escuchar el quejío interior y dejarme escuchar. Y tomar un café con un buen amigo.

La Tita Valle y el punto del revés

Hace frío. No ha llegado a nevar porque estamos en una parte del mundo que apenas nieva, y eso que en Madrid ha caído la nevada del siglo y estoy llena de envidia con las fotos que mis amigos (los pocos que aún me quedan allí) me han enviado. Pero hace el suficiente frío para elegir manta y sofá en vez de montaña o playa. Además, teniendo en cuenta que sufrimos un confinamiento perimetral, se nos complica la montaña y sobretodo la playa.

Yo elijo tejer. Tejer y hacer caldo. Si tuviéramos chimenea, o cocina de leña, sería muy propio, pero a falta de, tiramos de calefacción y una buena vista de la ciudad. Así que cojo las agujas de tejer y busco ovillos de lana. Encuentro unos preciosos de alpaca y merino que compré hace tiempo y aprovecho para aprender a tejer un jersey para los muñecos de Sara empezando por el cuello. Es coger las agujas de tejer y parece que la tita Valle me vaya indicando los puntos. Los veranos que pasaba en casa nos sentábamos las dos en el patio, en unas sillas plegables de rafia, de esas que ahora la gente lleva a la playa. Eran bajitas, porque las dos éramos bajitas (yo porque era una niña y ella porque era pequeña) y con toda la paciencia del mundo me enseñó los puntos básicos: del derecho y del revés. Ella era una máquina de tejer. Diría que era su forma particular de rezar y hacía todo tipo de labores preciosas y sobretodo para bebés y para nuestros muñecos. El punto fue nuestro lenguaje durante mucho tiempo. La forma de estar junto a ella y ella sentirse feliz por enseñarme. Recuerdo que me costó especialmente aprender el punto del revés. Y ella, con infinito amor me lo explicó mil veces. Luego vendrían las combinaciones: el punto de arroz, el punto elástico, las trenzas, el punto de perdiz… cerrar la labor o añadir puntos. Lo que ella no sabía era combinar los puntos para hacer dibujos (los cosía encima), así que llegó un verano en que fui yo la que le enseñé a hacerlo y llegamos a dibujar letras en un jersey. Pero yo no hubiera sabido nunca tejer si no llega a ser por la Tita Valle y el punto del revés.

En días fríos como hoy, cuando escojo las lanas y las agujas de tejer, aún puedo escuchar su voz y puedo verla. Si la siento cerca, la echo menos de menos. La tita.

El extraño ritual de preparar un viaje a Galicia con Arsuaga

Viajo a Galicia todos los veranos desde que tengo conciencia. Mi padre, de forma meticulosa, unos días antes del viaje se hacía una lista con todos los pueblos por los que pasaríamos durante la ruta escogida. Mi parte pragmática me dice que le hubieran bastado cinco o seis rutas y seguramente eso cubrirían todas las que habíamos hecho durante tantos años, así que sólo necesitaría hacer copias. Pero cada año aparecía un nuevo camino en la Guía Michelín que él solía comprar más o menos en marzo. Los escribía en una hoja cuadriculada, con letra gótica, esa letra de caligrafía que sólo los más antiguos saben hacer. Mi padre tiene una letra de seminarista, curtida con los años, una caligrafía clásica aprendida en los años escolares, con plumilla y tinta y seguro que muchos golpes con la regla. Mi madre solía encargarse de la comida. Yo no recuerdo verla en la cocina cocinando, pero por arte de magia durante el recorrido siempre encontrábamos algún trozo de yerba donde estirar una manta y de una bolsa salían una tortilla de patatas y filetes empanados.

Mis viajes son más pragmáticos y no suelo llevar comida (excepto si viene la tieta, que ejerce el papel de mi madre haciendo filetes y tortilla de patatas). Yo soy más de parar en algún sitio a comer, aunque sea una mierda y nos cueste un pastón (como suele pasar en las autopistas), pero es la excusa para descansar y desconectar del volante. Y que me sirvan, en vez de estar sirviendo yo. Las últimas experiencias han sido un fiasco: bocadillo de jamón (9,95€), hamburguesa con tomate y queso (12,25€) o unas patatas fritas (4,95€). Un horror, porque ni el tamaño, ni el sabor se corresponde con el precio…. así que aquí estoy, haciendo tortilla de patatas y filetes empanados. Más teniendo en cuenta que es de risa lo que me voy a ir encontrando: busco y rebusco a qué horas puedo encontrar un bar por el camino para tomar un café o desayunar, más o menos a la altura de Zaragoza…. ¿nos dejaran parar en Zaragoza?. Llevamos unas PCR negativas y un certificado autoresponsable…. certificado autoresponsable de desplazamiento de entrada y salida de Cataluña por la crisis sanitaria causada por la COVID-19 (aunque estamos en la cepa 20, y parece que entramos en breve en la 21….). Lo releo y me da la risa. Hay una opción: “Del 23 de diciembre al 6 de enero de 2021, ambos incluidos, desplazamientos de entrada y salida de Cataluña a lugares de residencia habitual de familiares o personas allegadas”. Lo de personas allegadas no está claro. Tampoco tengo claro si podremos desayunar en Zaragoza, comer en Burgos o dormir en León, ni siquiera si podremos entrar en León, o si necesito también un certificado autoresponsable para cruzar la Península. O uno para cada comunidad que atraviese.

Estos días estoy leyendo a Arsuaga. Me gustaría hacerlo de un tirón, pero confieso que no puedo, como antes, quedarme hasta las tantas leyendo o pasar la tarde en un sillón…. tengo que buscar huecos entre hacer comidas, lavadoras, comprar y tomar decisiones… (que también necesitan su tiempo), así que a ratos me desconecto, pero confieso que el libro que han escrito él y Millás me está apasionando. La vida contada por un sapiens a un neandertal. Y descubro al sapiens paleontólogo en algún que otro escrito y en entrevistas y me fascinan sus reflexiones. Puedo subrayar y subscribir alguna de sus frases. A saber:

“A lo más que puedes aspirar en la vida, si no eres vasco es a ser celta”

“Hay muy pocos biólogos creyentes, pero los físicos y los matemáticos no dejan de preguntarse que hostias pasa. ¿Qué pasa para que funcione todo con la precisión de una máquina, con un lenguaje que se puede representar con ecuaciones muy simples?”

“La Historia tiene pautas, progresa de acuerdo con determinados patrones que se repiten. Mark Twain decía que la Historia no se repite, pero rima. Es un modo literario de decirlo”.

Pero en realidad, casi cualquier cosa que leo de él, me hace esbozar una sonrisa. Como alguien que te saca al exterior una verdad absoluta que tú sentías en la piel pero no te atrevías a expresar con palabras. Qué fascinante pueden ser las palabras. (Y la tortilla de patatas)

Lo que tiembla

Leo en algún sitio “yo valoro lo que tiembla” (Efi Cubero) y me doy cuenta que yo también. Lo que tiembla tiene que ver con la emoción (de dar o recibir un regalo, de dar o recibir amor, de dar o recibir un abrazo a tus hijas, de dar o recibir una buena/mala noticia….). A pesar de mi formación, analítica y organizada, yo soy emocional y caótica. Así que muchas veces, más de las que me gustaría, tiemblo por dentro. Mi mente analítica me dice que evite el temblor. Pero las entrañas me rugen y me empujan a seguir sintiendo, porque, me digo, eso es la vida. Aunque en algún momento me falte el aire.

Breathe. Just breathe and take it easy.

Dos horas y diez minutos más tarde me encuentro en el cruce de Passeig Sant Joan con Casp. Mal aparcada, en una esquina imposible, un tipo me acerca un libro por la ventanilla. Cosas del Wallapop y de mi afición por acumular libros que luego no encuentro momento para leer. Pero pienso: “Llegará un tiempo, en que pueda sentarme junto a la ventana a leer….”. Así que me hago con un ejemplar de Sapiens, en inglés (aunque es una gilipollez, porque fue escrito originalmente en hebreo) pero, me digo a mí misma y a Guillermo (que es el tío que me lo vende) que así practico, que tengo el inglés oxidado y me da mucha rabia ir perdiéndolo. Guillermo se lía (a pesar que estoy mal aparcada) y me hace una lista de apps, páginas web, recursos para aprender inglés… También me habla de otros libros de antropología, como Orígens, que él estudió alemán en la EOI cinco años y que su novia vive ahora en Austria. Todo así, en cinco minutos. Como si tuviese la necesidad de vomitarle al otro su vida entera. En otro momento, le hubiera dicho de irnos a tomar un café, porque lo veo tan solo, tan majo y con tantas ganas de conversación.. pero tengo ganas de llegar a casa y quitarme ese temblor interior.

Lloro bajito en el coche. Lo justo para volver a respirar. Yo era de grandes llantos, pero ya no. Winter is for lovers, dice la guitarra de Ben Harper. Creéte sólo la mitad. Porque el mundo es una gran mentira, y sólo los justos dicen la verdad. Aún me sorprende viajar por una ciudad en que todo el mundo va con mascarilla y pienso en la absurdidad de este momento de la historia y en los intereses escondidos de una vacuna universal. Sigo pensando que es más útil hacernos antes un test serológico y descartar esa persona para ponerle la vacuna, entre otras cosas porque es más barato y resulta innecesario gastar una vacuna en alguien que ya tiene los anticuerpos (¿no era esa la finalidad de las vacunas?).

Close your eyes. Put your head on my shoulder and sleep. Mañana me gustaría despertarme en London, o en Vancouver.
Close your eyes,
when you open them dear I’ll be near
by your side

De canciones y músicas

Estrellita me envía una versión de Jardin d’Hivern que fue una de nuestras músicas compartidas y descubiertas. Y entonces me vienen a la cabeza todas las músicas que nos descubrimos en aquel tiempo. Y también me viene al a cabeza aquel tiempo, así, sin música.

Años más tarde, descubrí con el poeta que podíamos compartir los espacios y las músicas de otra manera, enredándonos entre palabras. Y aún retumban nuestras voces en las esquinas de este espacio semiabandonado: Despacio y comunes. Él decía que las palabras me adoraban aunque yo siempre lo dudé.

No concibo la vida sin música. Podría recorrer el camino emocional en el tiempo según las músicas que me han acompañado. A mí me sirven últimamente para huir de la tristeza en que me instala la rutina, así que descubro que ahora escucho más música comercial y trivial, que también guardan algunas sorpresas. Desde pop ligero español, con grupos indies que comparto con mi hija mayor (me emociona especialmente sentir que tengo una hija pequeña, ahora ya oficialmente) a música latina más comercial, a canciones “bonitas” de cantautores actuales a pequeñas joyas del jazz.

Ecléctica, últimamente viajo con:

Otro grupo enorme son esos trocitos de series o películas, con música o danza incorporada que te transportan a la alegría. Me quedo con: (y quizás en este orden)

De matemáticos y otros animales

Los matemáticos escribimos siempre sobre otros matemáticos. Hay una cierta admiración entre nosotros, no se puede evitar. Así que si alguien menciona a Hardy (Godfrey Harold) a Claudi Alsina o a Pitágoras (por citar a tres divulgadores matemáticos de diferentes tiempos) tú sientes en el interior que formas parte de ese grupo extraño de animales a los que nos gustan (nos apasionan) las matemáticas, aunque no ejerzas como divulgadora o no seas una gran comunicadora.

Una de esas charlitas que les meto a mis alumnos algún día tonto es la de Eduardo Saenz de Cabezón: las matemáticas nos hacen más libres. Sobretodo cuando llevan varios días preguntándome para qué sirven las matemáticas. Pero si navegas un poco encuentras unas cuantas conferencias interesantes. Algunas que os recomiendo:

Por qué las matemáticas son sexis, de Cédric Villani. Villani, además de haber sido un matemático que ha ganado una medalla Fields es también diputado en la Asamblea Nacional Francesa. Es un tío curioso, que suele llevar un lazo en vez de corbata y un broche de araña en la solapa. Es sabido que las arañas construyen su tela con precisión matemática. Una mira a Villani y descubre que los matemáticos también pueden ser sexis (ser francés también dará puntos, supongo).

La descripción de cómo Mohamed Jebara descubrió los números imaginarios (This company pays kids to do their mathematical homework) tampoco tiene desperdicio.

Las pelis también sirven para divulgar y hacerlos a ellos (a los matemáticos) y a ellas (las matemáticas) más cercanas. El hombre que conocía el infinito (buscad un enlace mejor, donde disfrutéis de la relación entre Hardy y Ramunujan) o The Imitation Game, que nos acerca a la vida de Alan Turing (además de una genial interpretación Benedict Cumberbatch, al que adoro)

También me fascinan los profes de picar piedra (ahí me incluyo yo, aunque dentro de todo este grupo, en el escalón más bajito). Los que se rompen los cuernos día a día para llevar actividades a sus aulas y hacerles entender la abstración a los alumnos (sean del curso que sean). Grandes maestros son (han sido y lo serán siempre) Anton Aubanell (y sus pompas de jabón) o Maria Antonia Canals que se dedicó más a las matemáticas en primaria, o Miquel Albertí (con el que tuve la suerte de compartir un trocito de curso pasado). Miquel tiene sobretodo una narración de las matemáticas que hace que sus clases sean únicas.

Aunque si a mí me emocionaba escuchar a alguien sobre aprender/enseñar, era Sir Ken Robinson. Murió este pasado agosto, pero dejó un legado sobre qué quiere decir enseñar y cómo hacerlo de forma creativa y apasionada. Imprescindible (entre otras) su charla “Enseñar es un arte”.