La amistad te escoge

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Nora y Aran. foto “robada” del muro de Gurumaji

La amistad te escoge.

Tiene Maria, entre sus amigas, dos especiales.

Una es una ávida lectora, introvertida aunque con carácter y con una sensibilidad especial para el dolor ajeno. Me recuerda a la niña que fui, y quizás por eso, cuando está, que son muchas veces, continuamente le pregunto si está bien. Hasta el punto que a veces mi hija me recuerda que soy una pesada y que deje de preguntar ya. Nora, que además de sensible es discreta, sonríe y no me dice nada. Mira atentamente el exterior con unos hermosos ojos oscuros y crea hacia adentro un mundo interior que le permite aislarse de aquello que no le gusta. Sé que sufrirá. Sé que le dolerá la soledad interior un día, esa que no todos son capaces de sentir. Pero también sé, que en la medida que pueda, voy a estar ahí , en esa suerte de tribu que hemos ido creando, y que además de su madre, que la acompaña amorosamente, va a tener alrededor personas que la hemos escogido.

La otra es ese extraño complemento que apareció un día y de la que no ha podido despegarse. Han encontrado, después de muchos desencuentros la manera especial de abrazarse. Aran es mi rubia favorita y cuando se lo digo se ríe y me abraza. Yo miro cómo se quieren, cómo se miran, cómo se buscan y cómo se aguantan una a la otra y reconozco esas amistades de la infancia de las que pensaste que nunca ibas a dejar de tener. Pin y Pon, las rebauticé. Y aunque al principio no les gustaba mucho (a ninguna de las dos) son ellas ahora las que me lo recuerdan. Se enredan una a la otra y si pasan más de dos días sin verse son capaces de fundirse en un abrazo en cuanto se reencuentran. Y aunque Maria suele ser más arisca, llega Aran, con esos enormes ojos azules y la sonrisa que desmonta a cualquiera y la estruja y la alza como si fuera la muñeca que es.

La amistad es así, espontánea y escogida.

El cuchillo Evaristo

Evaristo

 Ponerle nombre a un cuchillo ya es un acto de prepotencia. Si además le pones Evaristo, que rima con “qué listo”, demuestra que tu ego es mucho mayor del que nunca pensaron tus clientes. A todo esto, estoy presuponiendo que el actual fabricante del cuchillo tenía un abuelo o un bisabuelo o quizás un tatarabuelo, que inició la empresa que ahora llaman “familiar, que se llamaba Evaristo y no se le ocurrió mejor nombre a sus hojas que su propio nombre.

Evaristo pudo haber sido un buen afilador, que viajaba en bicicleta por pueblos de la España profunda. Cuando digo “España profunda” siempre imagino pueblos diminutos de casas de adobe que descansan en campos infinitos y secos, con mujeres que llevan mandiles a cuadros negros y zapatillas de paño y hacen sopa de pan con el pan duro que les sobró el día anterior.

Evaristo se ha convertido en mi cuchillo. Cuando lo vi, me vino a la cabeza en cuchillo que mi abuela tenía para pelar las patatas. Ella  tenía además un cesto de paja. En realidad, la paja no es paja, podría ser cualquier tipo de tiras de madera típicas de Galicia, llámese “carballo”, castaño o guindo. En el cesto se pelaban las patatas y se dejaban las mondas, que más tarde se tiraban a la cuadra de los cerdos. Nunca he conocido mejor manera de reciclar que la que se hacía en esa casa. Las cáscaras de los huevos se machacaban y se lanzaban mezcladas con maíz a las gallinas. Y los restos del caldo, junto con la piel de cualquier verdura o fruta, iban a parar a los cerdos. Mi abuela pelaba la patata rápido y de una sola  tacada. Dejaba la piel tan fina, que si la ponías a trasluz podías ver a través.

Mi cuchillo Evaristo corta tan bien como el cuchillo de mi abuela. Cuando lo compré, me hicieron una demostración con una hoja de periódico. El vendedor hizo un corte limpio. He probado a hacer lo mismo con otros cuchillos y es imposible. Evaristo es increíble. Podría ser mi “santoku”.

La abuela

Hoy no puedo dormir. Estos días, cuando no puedo dormir, pienso en ti. O igual como pienso en ti, no puedo dormir. Me he levando a “resopar”. El “resopar” es eso que tú llamabas el “picnic nocturno”. Te levantabas a media noche, o de madrugada, y picoteabas en la nevera. Siempre comiste desordenado, en esa vida desordenada que te empeñaste en tener. Hoy había hecho cuscús para cenar, con tomate crudo,  calabaza asada y pasas. Como ya no quedaba calabaza le he añadido queso y aguacate. Para ser las 2:30 no está mal.

Le he pedido a la abuela que vaya a buscarte. Sé que ahora la necesitas tú más que yo. No te asustes si te toca el pelo. Yo aún la siento a veces, como cuando era niña. Me atusa el pelo y me dice: “¡Qué pelo más bonito tienes, niña!”. Ella no sabía que los brasileños inventaron una palabra para eso: “cafuné”. Déjala que se siente a tu lado, o detrás tuyo. Le gusta susurrar en el hombro derecho. A veces, si me esfuerzo, puedo escuchar su voz.  Pero hoy quiero que vaya a buscarte. Aún corriendo el riesgo que se quede contigo. No quiero que estés sola, ni que te sientas sola. Quiero que vuelvas. Que me cuentes historias, que me vendas “las motos” que quieras, que te rías como solías hacerlo.

Te he llorado intentando recordar qué nos pasó por el camino. Cómo no he sabido recuperar la princesa que perdí. Y porqué sentí en algún momento que me hiciste tanto daño sin merecérmelo. La enfermedad es una oportunidad para aprender y mejorar, me repito, intentando buscar razones que quizás no existen.

Ojalá la abuela te encuentre. Y tú dejes que te meza el cabello.

Ayer te soñé perdida. Y hoy te echo de menos.

Ana

psicotacto-graciasAna es una superviviente. Lo sé.Lo supe el primer día que la vi. Sobrevivir a un hijo que esperas y que no acabó de llegar te convierte en una heroína. Siempre.

Cuando abrí los ojos, después de ese viaje al que ella me suele llevar, lo primero que vi fue ese cartelito de madera que cuelga del pomo de una puerta interior que no parece llevar a ningún sitio. Gracias. No sé si las gracias me las daba ella a mí o yo a ella. Porque así debe ser. Un intercambio de experiencias en que ella me ayuda a llegar y a conectar con lo que yo sola no puedo. Así lo senti hoy. Yo vine a trabajar el sobrepeso, y la imposibilidad de hacer dieta y ejercicio  sola, como hasta ahora siempre había hecho. Entonces ella y todos ellos, me ayudan a conectarme con “otra cosa”.

Hoy fui loba. Fui la loba que dirigía una enorme manada de lobos. Hubo una helada. El niño de ojos oscuros murió. Lo enterraron en una caja de cristal, envuelto en trapos azules. Me miró a los ojos, antes de cerrarlos por última vez. Yo pude ver el miedo que había sentido toda su vida. Y después me llegó su paz.

42eFui loba caminando por una montaña helada y también por una pradera dorada. Cuando todo estaba en calma, y el viento y el sol me daban en la cara, y yo caminaba tranquila, junto a mis cachorros y entre mi tribu, me pidió que abriera los ojos. No podía. No quería. Sólo lloré y le dije que no quería estar aquí.

No puedo llamarlo. No sé qué me pasa. Pensé que el trabajo con Ana me permitiría enfrentarme a los monstruos del pasado, al sentimiento de abandono que algunos hombres (no todos) me han dejado en el cuerpo. Él fue el primero, y no puedo cogerle el teléfono. El hombre que más quieres es también el que más odias. Y no siempre  puedes guardar el odio en el bolsillo y hacer como que no pasó nada.

Y luego un extraño mensaje, de alguien que después de tres meses sin saber de él me escribe como si me conociera. Pero no, ya no me conoce. Ni yo a él. Pudimos serlo todo, y somos dos auténticos desconocidos.

El amarillo le trajo a Ana un nombre: amarillo como la cerveza, me dice, comoa la Estrella de Galicia. Me dio un poquito un vuelco el corazón. De todas las cervezas rubias del mundo ¿por qué precisamente esa?

 

Amanecer con Anne Michaels

El lunes Nati estuvo interpretando mi Carta de Pilares.

Recuerdo un viaje a un lugar inhóspito. No sabría decirte si era Escocia o Noruega. O quizás es algo que no he vivido aún. Y si tuviera que ponerle música, sería algo así. Circulábamos por una carretera infinita que parecía no llevar a ningún sitio. No sabría decir si conducía yo o no. Ni siquiera tengo claro que no viajase sola. ¿No son en solitario todos los viajes?. Lo que está claro es que regresé sola, y más fuerte.

La primera vez que ella abrió mi carta sonrió. Primero exclamó: “¡Cúanta agua!” y luego dijo, claramente y sin dudar: “esta es la carta de una escritora”. A mí aquello me retumbó en el corazón, y al salir de allí, comencé a llorar. No pude dejar de llorar hasta llegar a casa. Y a pesar de que había sido bonito, clarificador y contundente … a mí me vinieron a la cabeza todas las veces en mi vida que alguien me dijo: “Tienes que escribir” y yo sonreí. Lloré porque ahora tenía la certeza que había estado esquivando mi destino.

¿Qué es lo que te hace más feliz?, me repetía una y otra vez. Escribir y viajar, me decía por dentro. Hacía días que había reservado un billete a Berlín para Septiembre, aprovechando que había podido descambiar una oferta que el año pasado había sacado para ir a Londres (y al final no he podido ir, esos planes que cambian). Y había decidido que escribiría sobre viajes. Que quería viajar y escribir. Y me acordé de Javier  Reverte y del día que vino a la escuela de fotografía a explicarnos sus aventuras.  Y busqué mis diarios de viajes. Y seleccioné tres: el de Turquía, el de China y el de Egipto. Sobretodo el de Egipto.

La segunda vez que leyó sobre mi carta aún me sorprendió más. “Es una carta difícil”, dijo sonriendo, “quiero decir, que me va a costar interpretarla”. Siempre pensamos en negativo. Salí enfadada. Me pregunté porqué mi carta tenía que ser difícil, si ella parecía ( y es)  muy intuitiva. “Lo que pasa es que seguro que hay algo que no quiere decirme”, pensé. Y lloré. Menos y más flojito. Pero tuve que llamar a una amiga para que se me pasara la rabia.

Amaneció con lluvia. Era una lluvia suave (muy yin, diría ahora, totalmente Gui). Me desperté a las seis, que es la hora en que amanece. La ciudad se divisa a mis pies y aún están encendidas las luces de las farolas. El sol aparece por detrás de mi edificio y se refleja a lo lejos en otro edificio de cristal. Es espectacular. Me preparé un café y me senté en el sofá. Empecé una nueva novela que había comprado hace meses y aún no había podido leer: “La cripta de invierno“, de Anne Michaels. El poeta hace tiempo me dijo que mi prosa se parecía a la de Anne Michaels y leyéndola me digo para mí que ya me gustaría a mí escribir como ella. Estoy fascinada por sus descripciones y su narración tan lírica. La historia sucede en Egipto  (justamente) y el protagonista es uno de los ingenieros que ideó el traslado del templo de Abu Simbel desde su ubicación inicial a la actual (67 metros más arriba) ya que iba a quedar totalmente inundado por la construcción de la presa de Asuán.

El lunes finalmente, Nati interpretó mi carta. Hasta donde pudo. Porque hubo un momento que confesó que ya no podía interpretarla más, que no sabía, que tendría que pedirle a Joseph Yu que me la interpretase, porque era una carta extraordinaria. Que sea extraordinaria no quiere decir más que se interpreta de manera no común. Y que es extraordinaria, y yo añadiría  extraña …mente fuerte. Y que la manera de trabajarla no es “equilibrando” con los elementos que faltan sino siguiendo al elemento del cual eres tendencia. Agua. Soy agua. Y mi día maestro es Gui You, exactamente igual que el lunes 20 de junio del 2016, que  fue el día en que me interpretó la carta.

Necesitaba escuchar una voz conocida. Lo más conocida y cercana a la niñez que recordase. Necesité oir su voz, que me contará alguna tontería, que me hiciera reír un rato. No podía soportar la carga emocional que tuve que recordar. Mis años buenos y no tan buenos.  Comprobar si el agua me había aportado cosas buenas o no me trajo a la cabeza momentos delicados de mi vida. Y yo necesitaba oir una voz antigua y la busqué a ella. Y recordé aquel día en que vino a ayudarme con una mudanza que yo sóla no era capaz de hacer. Y me bajó todas las plantas, porque todo mi empeño era llevarme todo lo vivo de aquella casa, que hacía tiempo había muerto. El jazmín, el helecho, las crasas…. Y yo con mis muletas y mis lágrimas, y ella sudando arriba y abajo desde un séptimo. Vivo en un séptimo ahora. Otro séptimo. Pero desde aquí ya no se divisa la montaña. Dice María que le cansa este paisaje, que le gustaría más mirar hacia el Montseny. Ese año, justo ese año, viajé a Abu Simbel, me bañé en el Nilo, entré en varias pirámides, escuché el silbido de los colosos de Memnon  y las piedras  que pisé del templo de Tutmosis III y de Hatshepsut me transportaron a otro tiempo. Fue un buen año, a pesar de todo. A pesar de las huídas y las despedidas siento que volví a nacer.

Eso también lo dice mi carta.

 

Lo que te hace feliz

Escribir. Viajar. Leer. Dibujar. Tumbarme en la yerba fresca de un prado viendo pasar las nubes. Ver el mar. La lluvia finita de las tardes de verano en Galicia. Ver los corzos pasar a media tarde por el prado delante de la casa de mi padre. Rozar la yerba (en las dos versiones del verbo rozar). Viajar a países exóticos y mezclarme entre la gente. Tomarme un café en una terraza donde hablan otro idioma. Conducir. Caminar (ahora menos… a ver si salvo este cuerpo). Beber vino: la Retsina y un Albariño, y un Costers del Segre de vez en cuando. La Estrella de Galicia, bien fresquita. Un cotilleo con una amiga. Los tulipanes, mejor si son blancos. Amsterdam. Londres. Lisboa. Las fotografías que te hacfelicidad-tema-debatido-a-lo-largo-de-los-siglos_561843en pensar. Las conversaciones que te hacen pensar. La Capadoccia. Las islas Lofoten. La isla de Skye. El queso ahumado. El bacalao ahumado. El salmón ahumado. Comer sardinas en un chiringuito de playa. El marisco de Galicia. Galiza. Sentarme a tomar un café, a escribir, mirando la ría desde la terraza del Centro de Visitantes de Ortigueira. El desierto. El Nilo. Las piedras que pisaron hombres que murieron hace más de mil años. En Éfeso. En Italia. En la pirámide de Dahshur.  Viajar. Escribir. Viajar. Escribir.

Y a ti, ¿qué te hace feliz?

El baúl de las monedas

El fin de semana pasado volví a casa. Cuando digo “casa” pienso en el lugar al que pertenezco, y eso es Galicia. Aunque  en realidad nunca haya vivido allí , cada día tengo más claro que es el lugar donde quiero morirme. Mientras, la vida me mece.

Apenas fueron dos días, con sus dos noches. Viajamos en avión, y eso entusiasmó a Maria. Recorrimos mil kilómetros para reunirnos tíos, primos e hijos de todos junto al hermano mayor de mi padre. Quería celebrar su 80 cumpleaños aquí, rodeado de su familia (la de aquí). Así que él recorrió 7000 km, desde Miami, y se vino con su cáncer encima, ese que está superando con fé y rodeado de la gente que le quiere.

Fue un encuentro bonito y todos tuvimos detalles para él. El mío fue un pequeño escrito que, a pesar de la vergüenza que siempre me da esto de leer en público, leí ante todos.

“Somos recuerdo. Y eso nos hace inmortales. Porque los recuerdos es lo que quedará en la memoria de los otros cuando nos hayamos ido. Cada uno fabrica sus propios recuerdos a partir de la vida. Y eso nos hace humanos, porque nos convierte en imperfectos. A partir de un mismo suceso, cada uno recuerda cosas diferentes y construimos recuerdos a nuestra medida.
No sé cuánto de verdad hay en lo que hoy os voy a contar.

baúl 1 En mi casa hay un pequeño baúl de madera lleno de monedas. El baúl tiene el tamaño de una caja de zapatos y perteneció a mi bisabuela materna. O no, pero así lo recuerdo. Las monedas me las trajo un tío paterno, que vivía en América.  Las ganó trabajando en un aeropuerto internacional, y había sido su propina. Durante varios años, o no, pero así lo recuerdo, me trajo bolsas de monedas que se fueron acumulando, y que para mí se convirtieron en un pequeño tesoro. Es posible que él ni tan sólo lo recuerde, pero para mí aquellas monedas fueron un auténtico tesoro que enseñaba a mis amigos cuando venían a casa y les explicaba que me las traía mi tío Pepe, el hermano mayor de mi padre, que vivía en Nueva York. Vivir en América ya era una aventura. Tener un tío en América era una aventura.

baúl 2Mi hija juega con esas monedas ahora. Esas que tú me trajiste hace más de 30 años y que me ayudaron a construir un universo interior. Viajé a lugares a través de aquellas monedas. Las documenté, las clasificaba por formas, por tamaños, averigüé de qué país venía cada una, imaginé historias para cada moneda.

Hoy te quiero dar las gracias por todos los recuerdos que dejas en mí, todos estos años. También por aquellas monedas que van a ir pasando a mi hija y espero que a las hijas de mi hija, formando parte de una herencia con más valor emocional que ningún otro legado. Pero sobretodo, te quiero dar las gracias por estar aquí, por querer estar aquí, y por compartir este momento con todos nosotros.

Te queremos. Te quiero”

Luego estuvimos recordando otras cosas, con la tía Amparo y con él. Ando buscando la Cabbage Patch Kids que me trajeron un año, cuando aquí a España todavía no habían llegado. Creo que fui una de las primera niñas en mi colegio que tuvieron una, con un certificado de adopción incluído. Yo debía tener diez u once años y aún recuerdo la emoción de recibirlo.

Es una enorme oportunidad poder escribirle a alguien antes que se vaya. Poder decirle lo importante que es para ti y lo que lo quieres. Y es una pena que no lo hagamos más a menudo. Creo que esta también es una lección que me ha dado mi tío Pepe y que pienso hacer con todos los que tengo alrededor. Antes de que nos vayamos todos.

Nos emocionamos y  nos prometimos reencontrarnos el año que bien. Que así sea.