De autores

BergerSoy obsesiva en mis lecturas. Me pasa, de siempre, que cuando descubro un autor necesito leer TODO lo que ha escrito. Suerte que descubrir un autor no es fácil, porque no todo el mundo te llega al corazón. Me pasó (hace muchísimos años) con Isabel Allende. Fue la autora de mi adolescencia, aunque con el tiempo la he aborrecido. Sus historias mágicas ya no me conmueven. Más tarde llegó Paul Auster, Jeanette Winterson o Anne Michaels. De Paul Auster he leído prácticamente todo lo publicado. Tengo sus libros repartidos en cajas entre el garaje semiabandonado de mis padres y esta casa prestada.  También conservo en esas cajas casi todos los libros de Hanif Kureishi, que se quedaron en este lado en un mal reparto con el innombrable. Hace poco descubrí a Siri Husvedt. Es la mujer de Paul Auster (curioso, esta causalidad). Su magnífica escritura se me hace muy densa, y tengo aparcados un par de libros para el verano, ese momento en que en la cabeza no tienes tantas cosas y te puedes concentrar más. En su día también leí a John Berger, pero no como ahora. Ahora se me saltan las lágrimas con sus escritos. Así que, de forma compulsiva, he acabado comprando muchas de sus obras. De forma habitual, vamos al menos una vez al mes a una hermosa librería que tenemos aquí en el centro. Además, Cecilia, la librera, es una de esas mujeres especiales que hemos tenido la suerte de cruzarnos. Maria se ha aficionado al club de lectura infantil (Crispetes y Lletres) y algún sábado lo hemos ocupado comentando el libro del mes. Este mes he cambiado “mi libro del mes” por varios libros de Berger de segunda mano. También me gusta comprar, de vez en cuando, libros que arrastran otras manos. Además, los prefiero escritos. Hurgo entre las firmas, las dedicatorias, los puntos de libro olvidados…. Viene, este último libro de Berger (Una vez en Europa), con un punto de libro de la librería Traficante de Sueños que estuvo, hace años, en la C/Embajadores, donde viví, y fui feliz, un año entero.

Carmen

En la residencia donde vive mi madre hay una mujer que me despierta mucha ternura. No sé qué extraña conexión nos une a otras personas, a unas más que otras, pero el caso es que desde siempre yo, con Carmen, siento algo en las tripas. Tanto es así que cuando voy a recoger a mi madre, la busco también a ella para darle un beso y preguntarle cómo está. No suelo hacerlo con otros abuelos.

Tiene Carmen a veces una sonrisa que le ilumina la cara. A veces no. A veces muestra una tristeza que sale del alma. Perdió dos de sus cuatro hijos en la arriada de 1962. Esa tristeza no se va con el paso de los años. Y además está continuamente buscando el sentido de la vida. Ayer, que noté que estaba triste, se gira y me dice “¿Para que, Fátima?¿Qué sentido tiene esto?. Aquí, a esperar”. A veces yo también me siento así: “Aquí, a esperar”.  ¿Qué sentido tiene esto?.  Porque uno supongo que le va buscando el sentido al día día: trabajar, ver a tus hijos crecer, sentirte útil, escribir un libro, conseguir más dinero para comprarte más cosas, o cosas más grande (un coche más grande, una cada más grande…), viajar, hacer un mundo mejor,  tener ropa nueva…. qué sé yo. Cada uno busca en sus entrañas lo que le da sentido a su vida. Pero a veces, algunas veces, aunque rebusques en el fondo del baúl, nada de lo que encuentras tiene sentido,

¿Propósitos? del 2018

He perdido libros. No es un drama. Sólo es un hecho. Tengo intención de recuperarlos. Sobretodo porque ayer leí una crítica sobre “La gente feliz lee y toma café” y recordé haberlo leído hace un tiempo, pero el libro no está en casa. Puede que lo haya dejado (en cuyo caso no sé cómo recuperarlo) o puede ser que esté aún en cajas de mudanzas (“mis mudanzas y yo” podría ser el título de una novela) y si es así, me toca dar un paseo por un viejo garaje lleno de trastos que algún día debería vaciar.

He dejado el inglés. Es un propósito del 2018: no gastar dinero en vano. Me he empeñado en conseguir el C1, y en realidad no lo necesito, así que no voy a ir a clases de inglés para conseguir un título. En todo caso, intentaré viajar más y pasar un tiempo fuera. Ahí es donde creo que he de impulsar la energía.

Estoy diseñando un Kakebo. No es una herramienta para ahorrar (como te venden en muchos sitios web), pero sí te permite tener un control de gastos y al menos poder planificar tu economía. Nunca me he preocupado de tener las cuentas a raya, simplemente entra dinero y sale dinero (que debe ser el flujo natural de las cosas), pero con una niña (y en breve dos), será necesario controlar algo más el dinero que sale.  El caso es que el Kakebo me está quedando tan bonito que estoy pensando en comercializarlo.

Y aún no he pisado la piscina. Es un hecho. Nada de hacer deporte aún y eso que estamos ya a día 9. Eso sí: he vuelto a escribir.

 

Lita Cabellut

litaTodo el dolor del mundo está condensado en sus cuadros.

Si miras en los ojos de sus personajes, si te dejas llevar por sus pieles craqueladas, por los poros como cráteres, por las imágenes borrosas pero transparentes, puedes sentir todo ese dolor. A mí se me inundan los ojos y me conmociona  saber que ella es el canal. La veo fuerte, poderosa, pasional, guerrera… sólo una mujer así podría ser capaz de soportar dentro todo eso y sacarlo con la fuerza y la brutalidad que lo hace. Y si te llega todo ese dolor, si su pintura te emociona hasta el punto que viendo esos cuadros todo un océano viene a tus ojos, si te inunda la pena, si un nudo se te queda en la garganta mirando esos retratos… es que lo ha conseguido. Con la honestidad que se desprende de sus ojos.

Ella y sus personajes me tienen cautivada y completamente enamorada.

Espai Volart

El lenguaje de los colores

 

El verano

Días de calor. Tardes de mecedora. Leer un libro tras otro, libros pendientes que han ido quedando durante el año en estanterías. Regresar a la tierra donde sientes que perteneces, a la que algún día volverás, aunque sea mezclada con agua. Que el tiempo pase y se convierta en infinito. No hacer nada. Ver cómo se pone el sol, cómo aparece el sol. Que te traigan el pan a casa. Ver una película hasta las tantas. O dos. Descubrir algún lugar nuevo. En otro idioma. Soñar nuevos proyectos. Caminar por el bosque, entre eucaliptus y castaños.

Los colgantes

colgantes.jpg

Estos días ando desenvolpando viejos proyectos. Entre ellos han aparecido estos colgantes que hice hace más de diez años. Estudié joyería en la Escola Massana y en la Escola Industrial hice un curso de taller. Necesitaba en ese momento (siempre lo he necesitado) hacer algo con las manos (el SQL y el PHP me acaban cansando). Sin embargo, el placer que produce crear algo como estos colgantes, no puedo explicarlo. Están hechos con cera y una técnica que le llaman microfusión o fundición a la cera perdida. Dibujaba los nombres sobre un papel de cebolla y los repasaba con cera y un soldador de estaño. Una vez tenía el molde en cera, los llevábamos a algún taller donde hubieran las máquinas de microfusión. Te los devuelven llenos de rebabas y hay que aplanarlos, limarlos, lijarlos y acabarlos. En esa época, regalaba los colgantes y los pendientes, y nunca pensé en serio sacar un rendimiento económico. .

Los colgantes que he encontrado están todos por acabar (excepto el mío, que aunque está sucio, me lo pongo). Lidia y Juani eran amigas de aquel entonces, a las que por diferentes motivos les he perdido la pista. Marta era una sobrina postiza que dejó de serlo. Y Valentina era la dueña de las panaderías Valero, que fue mi compañera de habitación de hospital  cuando me operaron. Prometí ir a verla, pero la verdad es que cuando salí de aquel hospital llegó una mala época y perdí el contacto. El otro día hablando con la panadera cerca del cole de Maria le pregunté si conocía a Valentina. Debe estar jubilada, o quizás peor. Pero me dio el teléfono y tengo pendiente llamarla. No sé si intentar acabar el colgante, a pesar que no sé dónde tengo la mayoría de herramientas (la mesa de joyero la vendí, el tas lo regalé… aunque aún conservo los juegos de limas y limatones, incluso algunos mangos y algunas herramientas)

El dolor (I)

Después de la Navidad su espalda se partió por la mitad. La lesión medular que le produjo le impide caminar, entre otras cosas. Y la lesión degenerativa del frontotemporal le impide conseguir una mínima recuperación, como otros intentarían.

No la culpo, pero qué rabia siento. Y qué dolor. Nadie sabe el dolor que me produce  mirar en sus ojos azules y no encontrarla. Ya hace tiempo que no la encuentro. Siento que una intrusa ocupó su cuerpo. Es la que le anima a repetir continuamente las cosas, hasta el punto de convertirse en la gota malaya que implosiona dentro mío y me convierte en lo peor. A nadie le deseo una enfermedad mental. Pero sobretodo es algo que ella nunca se deseó para sí misma, y repetía continuamente, ya entonces, que el destino le trajese cualquier cosa, menos perder la cabeza. Porque sabía, por profesión, cómo éstas evolucionan.

Yo escudriño en sus ojos. A veces hacen gestos que me recuerdan a la mujer que fue. No puedo evitar amarla, cómo sólo una hija puede querer a una madre. Una madre que quiso, que estuvo, que protegió (a veces incluso demasiado). Todo a su manera. ¿No somos todas las madres así, amantes a nuestra manera?. Y no sé qué hacer para evitarle dolores, para que todo sea más lento, para que no haya demasiadas infecciones, para que no haya tanto dolor emocional… Pero no sé qué voy a hacer yo con el vacío que me quedará cuando ya no esté. Porque aunque de alguna manera ya esté marchándose, voy a visitarla, le cojo la mano, la miro a los ojos, nos reímos juntas, nos lloramos juntas, me apoyo en ella en ese sillón donde permanece semi-inmóvil y hacemos como que estamos bien.