De lágrimas y hospitales

Los hospitales pueden ser un analgésico para los dolores ajenos. Estar ocupado en los propios, te hace menos empática. Quizás por eso, cuando lo vi, recogiéndose las lágrimas con un pañuelo de papel, no se me ocurrió preguntarle si estaba bien. Una sabe que de alguna manera las lágrimas corresponden a un diagnóstico, más o menos acertado, más o menos fatídico… Pero no es tuyo, ni de los tuyos.

Debía tener algo más de 30 años, barba cuidada y mirada infantil. Debe ser uno de los pocos sitios donde se permite llorar a los hombres, y a pesar de todo, siempre sorprende. Pero era discreto, y apenas aparecía algo húmedo en el lagrimal, lo arrasaba con un trocito de celulosa. Hasta aquí llega la timidez de las emociones.

 

Los abrazos que me faltaron

No recuerdo muchos abrazos en mi niñez. Ni mi padre, ni mi madre fueron especialmente cariñosos y eso que soy su única hija. No lo digo como un reproche, o quizás sí. Ni tampoco lo digo con nostalgia, ni rabia, ni dolor. Pero soy consciente de que me faltaron abrazos. Quizás por eso no hay día que a Maria le falte un abrazo, o dos o tres.  Es más, no hay día que me falte a mí. Los hijos son una oportunidad de curar heridas.

Lo pensaba estas Navidades, en que Maria se abrazó varias veces al panzón de su abuelo. De esa manera en que nunca le abrazó su hija. Quizás por temor. O quizás porque siempre tuve la sensación que no se dejaría, que no le gustaría. Pero ella es espontánea, a pesar de la timidez que nos acompaña, y sobretodo, ella ha sido una niña abrazada. Desde que estaba en la barriga. Recuerdo que mi madre me miraba y me decía: “Nunca he visto una embarazada que se toque tanto la barriga”.

Pero no podemos querer si no nos hemos sentido queridos. Y no podemos sentirnos queridos si no nos abrazan, no nos miran, no nos tocan o no nos besan. Los padres tenemos la oportunidad, y diría que la obligación, de no abrir heridas. Por eso hay que quererlos, tocarlos, abrazarlos, besarlos, acurrucarse a su lado… aún a riesgo de parecer que tienes una hija siamesa. Que así sea.

La abuela Carlota

Mi abuela Carlota tenía fama de bruja. Podría decir que era totalmente infundado pero lo cierto es que no era así. Empezaron a tenerle miedo cuando apenas era una niña. Todas las mañanas se levantaba a las seis , para ayudar a su madre a colocar la verdura en el puesto que tenían en el mercado. A las siete y poco, salía corriendo directa a la escuela. Ya era raro que una niña fuese a la escuela, que se lo permitiese su familia, que pudiese ir, y que quisiera ir.

Uno de esos días, que empezaba así de temprano, en el camino hacia el mercado, un pícaro empujó a mi abuela a un lado y tiró de una de las bolsas donde su madre, mi bisabuela, llevaba un puñado de monedas que luego iban a servir para dar el cambio y comprar carne ese día. Sólo se compraba carne un día a la semana. El resto se comía de lo que la huerta  y las gallinas proporcionaban. Apenas eran treinta céntimos, en monedas de 5, de esas que en la época llamaban “perra chica” y “perra gorda”, pero que en realidad no llevaban un perro en el anverso sinó un león. Tan malas eran las aleaciones y el grabado que la confusión popular estaba servida. Del tirón de la bolsa mi bisabuela se cayó, se torció un tobillo y estuvo más de una semana que no se pudo mover. Mi abuela, en el momento que se dio cuenta de la gravedad de la caída y de que además había desaparecido la posibilidad de comer carne esa semana, lanzó un grito al viento, que se oyó prácticamente en todo el mercado:

“Malas “puñalás” te den. Así te caigas en el primer agujero que encuentres por el camino y te rompas la crisma”

El muchacho, que no debía tener más de 14 años así lo hizo. Se giró a ver a la niña que le había lanzado el grito y al volver a girarse para seguir corriendo, no pudo esquivar uno de los primero puestos del mercadillo municipal.

Así fue como mi abuela recuperó su bolsa, el puñado de monedas que le había robado y se ganó la fama de bruja gitana que fuimos heredando sus descendientes para el resto de nuestras vidas.

La teoria sueca del amor

En estos días han pasado muchas cosas. Entre ellas:

Maria ha cumplido nueve años.

Y yo con ella. Nueve años de madre. El primer hijo siempre te convierte en otra cosa. Y te da a conocer el amor verdadero, ese que no requiere devoluciones.

Ha muerto Leonard Cohen

Que un poeta se marche siempre es una mala noticia. Me niego a creer que hombres como él puedan morirse. Porque él no era como el resto de mortales. Porque escribió letras magníficas. Porque recuerdo continuamente “There is a crack in everything, that’s how the light gets in”. Porque La Rendija es La Rendija gracias, en parte, a esa letra: el lugar por el que entra la luz.  Porque aprendí inglés con sus canciones, para aprender sus canciones, para entender qué decían.

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No. Los poetas no mueren. Él, especialmente él, es inmortal. El poeta oscuro lleno de luz. Los poetas permanecen eternamente dentro de nosotros. El eco de sus voces resonará en nuestro interior, en cada una de las cavidades que la piel, los huesos, los músculos y la sangre nos dejen. Porque si sus letras alguna vez llegaron a tu corazón, siempre te acompañarán.

No puedes dejar de escuchar esto.

La teoria sueca del amor

Ayer tuve la suerte de ver el documental de Erik Gandini. Después también hubo un coloquio interesante con Carolina del Olmo (hoy he descubierto su blog)  en el que se esforzó por hacernos entender la necesidad de cuidar y ser cuidados. Quizás el enfoque fue desarrollado desde la maternidad, como el punto de inflexión en que uno es consciente de la necesidad de cuidar, pero yo siempre lo pensé, eso de “necesito que me cuiden”. Y aún así, no lo pongo en práctica. Me quedo con un sintagma nominal que me pareció maravilloso: “el cemento social”. Y una idea en el aire: “¿Qué cosas, de todas las cosas que hacemos/tenemos/sentimos, son nuestro “cemento social”?. ¿Qué convierte una sociedad de individuos en una sociedad de verdad?

El documental es magnífico. Y trata temas como la soledad (social), la búsqueda de la felicidad, el vacío final… Tiene momentos divertidos, otros tiernos y otros duros. De verdad, intentad ir a verlo allí donde se proyecte. La crónica de Begoña Piña tampoco está mal. Pero la imagen además es maravillosa y ejerce de hilo conductor.

El coloquio me permitió conocer a una mujer especial, que abrió otra vez una puerta que tengo entreabierta (la rendija, nuevamente, por la que entra la luz). En mi intento por aumentar mi familia, la que aún siento que estoy construyendo, se abre un nuevo camino.

Lola Villaescusa

Es más pequeña de lo que pensaba. Pero esconde algo grande. Me volvió a conectar nuevamente conmigo. La necesidad de regresar al interior. Empiezo un trabajo con ella. Pero esto da para otro blog. Porque lo que es, es.

 

A veces

A veces el pasado no me deja dormir. No porque haya nada de lo que me arrepienta, ni tenga algún remordimiento, aunque soy consciente de que todo pude hacerlo mejor. Siempre y cualquier cosa que uno piense, pudo haberse hecho mejor. Pero echo de menos algunas cosas que fui.

tumblr_oby2kzexir1trfawoo1_1280Echo de menos a la niña de ocho años que en ese momento no sabía que era tan feliz. Dibujaba muñecas recortables a mis primas, les hacía figuras de plastelina a las que les cambiaba la cabeza para cambiarles de ropa y escribía cuentos infantiles. Hacía menos faltas de ortografía de las que hago ahora, fruto de tardes de dedicación de mi tía Juana, que me hacía repetir las faltas diez veces o con la que repasaba las normas de puntuación. En verano, solían venir mis primos, Mariluz y Enrique. Echo de menos también a esa primas, que hace tiempo no está. Por las mañanas solíamos hacer excursiones y por las tardes redacciones y dibujos sobre lo que habíamos hecho.  Recuerdo especialmente una salida a Mura. Su madre, empeñada en demostrar que su hija era mejor, que escribía mejor, que dibujaba mejor,… en realidad nunca lo consiguió. Yo observaba aquella triste competición de madre, que se quedaba sola, porque la mía nunca participó, y sonreía. Veía a mi prima y a mí, que compartíamos aficiones, cartas y secretos y nos sonreíamos. Ambas éramos buenas escritoras y buenas artistas, con apenas 8 años, cada una con un estilo. Pero echo de menos esas niñas que fuimos. Comimos en Mura, paseamos por aquellas calles empedradas. Recuerdo a mi tío Juan Manuel. Recuerdo una carretera de curvas y un enorme arco de piedra, que ni siquiera sé si existió, lleno de hiedra. El otro día una compañera habló de Mura, que su abuelo era de Mura, que tiene una casa en Mura y me vinieron esas imágenes enredadas en la memoria.

Echo de menos algunas personas que quedaron en el pasado. Aún siendo consciente de que así debe ser. A Marta, que siempre que llamaba a casa preguntaba por mí y no por su tío de sangre. Y si curioseo por la red la encuentro preciosa con dos churumbeles. Qué mayor se ha hecho y qué bonita está. Echo de menos algunos momentos de aquella vida en común. Aunque sin aspavientos, porque intento no dejar resquicio para que entre el innombrable en esta casa, ni en este cuerpo. Sin embargo, echo de menos las noches de sábado en que los amigos venían a casa a cenar, y acábamos a las tantas arreglando el mundo o jugando a algún juego de mesa, o sólamente escuchando buena música y mirándonos unos a otros, reconociéndonos.

Y en las noches oscuras, a veces vuelve el llanto, recordando emociones que no quiero recordar. Lo peor de mí vuelve a salir a la superficie y deseo que esa madre sienta con alguna de sus hijas lo que la mía sintió por mí. Cuando una de ellas le diga “quiero morirme” y ella tenga que escucharlo, y del fondo del corazón le salga como un silbido una plegaria “valientehijodeputasipudieratemataba”. Y siento algo así como una necesidad vital, que la justicia cósmica exista, y me sale de dentro un “ojalá algún día….”, como si ellas tuvieran que pagar un daño que hiciste tú. Sé que podría evitarlo. Pero el odio es algo que se pega en las paredes de las entrañas y a veces, si hurgas y rascas, el resquemor aparece. Igual del roce, un día las paredes quedan suficientemente limpias para olvidar. ¿Perdonar? No, perdonar no se perdona. Yo no te perdono. Quizás debería creer más en Dios y menos en el hombre.

 

La amistad te escoge

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Nora y Aran. foto “robada” del muro de Gurumaji

La amistad te escoge.

Tiene Maria, entre sus amigas, dos especiales.

Una es una ávida lectora, introvertida aunque con carácter y con una sensibilidad especial para el dolor ajeno. Me recuerda a la niña que fui, y quizás por eso, cuando está, que son muchas veces, continuamente le pregunto si está bien. Hasta el punto que a veces mi hija me recuerda que soy una pesada y que deje de preguntar ya. Nora, que además de sensible es discreta, sonríe y no me dice nada. Mira atentamente el exterior con unos hermosos ojos oscuros y crea hacia adentro un mundo interior que le permite aislarse de aquello que no le gusta. Sé que sufrirá. Sé que le dolerá la soledad interior un día, esa que no todos son capaces de sentir. Pero también sé, que en la medida que pueda, voy a estar ahí , en esa suerte de tribu que hemos ido creando, y que además de su madre, que la acompaña amorosamente, va a tener alrededor personas que la hemos escogido.

La otra es ese extraño complemento que apareció un día y de la que no ha podido despegarse. Han encontrado, después de muchos desencuentros la manera especial de abrazarse. Aran es mi rubia favorita y cuando se lo digo se ríe y me abraza. Yo miro cómo se quieren, cómo se miran, cómo se buscan y cómo se aguantan una a la otra y reconozco esas amistades de la infancia de las que pensaste que nunca ibas a dejar de tener. Pin y Pon, las rebauticé. Y aunque al principio no les gustaba mucho (a ninguna de las dos) son ellas ahora las que me lo recuerdan. Se enredan una a la otra y si pasan más de dos días sin verse son capaces de fundirse en un abrazo en cuanto se reencuentran. Y aunque Maria suele ser más arisca, llega Aran, con esos enormes ojos azules y la sonrisa que desmonta a cualquiera y la estruja y la alza como si fuera la muñeca que es.

La amistad es así, espontánea y escogida.

El cuchillo Evaristo

Evaristo

 Ponerle nombre a un cuchillo ya es un acto de prepotencia. Si además le pones Evaristo, que rima con “qué listo”, demuestra que tu ego es mucho mayor del que nunca pensaron tus clientes. A todo esto, estoy presuponiendo que el actual fabricante del cuchillo tenía un abuelo o un bisabuelo o quizás un tatarabuelo, que inició la empresa que ahora llaman “familiar, que se llamaba Evaristo y no se le ocurrió mejor nombre a sus hojas que su propio nombre.

Evaristo pudo haber sido un buen afilador, que viajaba en bicicleta por pueblos de la España profunda. Cuando digo “España profunda” siempre imagino pueblos diminutos de casas de adobe que descansan en campos infinitos y secos, con mujeres que llevan mandiles a cuadros negros y zapatillas de paño y hacen sopa de pan con el pan duro que les sobró el día anterior.

Evaristo se ha convertido en mi cuchillo. Cuando lo vi, me vino a la cabeza en cuchillo que mi abuela tenía para pelar las patatas. Ella  tenía además un cesto de paja. En realidad, la paja no es paja, podría ser cualquier tipo de tiras de madera típicas de Galicia, llámese “carballo”, castaño o guindo. En el cesto se pelaban las patatas y se dejaban las mondas, que más tarde se tiraban a la cuadra de los cerdos. Nunca he conocido mejor manera de reciclar que la que se hacía en esa casa. Las cáscaras de los huevos se machacaban y se lanzaban mezcladas con maíz a las gallinas. Y los restos del caldo, junto con la piel de cualquier verdura o fruta, iban a parar a los cerdos. Mi abuela pelaba la patata rápido y de una sola  tacada. Dejaba la piel tan fina, que si la ponías a trasluz podías ver a través.

Mi cuchillo Evaristo corta tan bien como el cuchillo de mi abuela. Cuando lo compré, me hicieron una demostración con una hoja de periódico. El vendedor hizo un corte limpio. He probado a hacer lo mismo con otros cuchillos y es imposible. Evaristo es increíble. Podría ser mi “santoku”.