De escribir (o no)

Sigo con el curso de FengShui, aunque ando algo bloqueada.

Hemos empezado la parte de Bazi (ya llevamos algunas sesiones). Es la parte que quizás menos me gusta, y menos “me creo” y , sin embargo retumba mucho en mi interior. Si no me lo creyese del todo, no me molestaría. Y sí, salgo molesta de las clases, de los comentarios de Natividad (mi maestra de Feng Shui) y de las interpretaciones de mi carta de pilares.

La carta de pilares viene a ser una especie de carta astrológica, pero va un poquito más allá, diseñando el mapa de ruta del alma. Sin entrar en adivinaciones. Yo, que siempre he puesto mucho énfasis en distinguir la astrología de la astronomía, me veo envuelta en una túnica que no tengo muy claro quiera vestir. La interpretación de las cartas es bonita, y forma parte del autoconocimiento. Si te dejas fluir, puedes darte cuenta que en algunos momentos alguien te intentó hacer ver que tu vida (profesional) debería haber ido por otro camino y tú no hiciste caso. Por eso, quizás, llegan de vez en cuando las crisis. Porque al final uno toma el camino “fácil”: haz una carrera con futuro, escoge un trabajo seguro, consigue un horario tranquilo, algo que puedas conciliar…. Y lo he hecho con todo el amor que he sabido ponerle, y he sido muy feliz en mis clases.

Ella no sabe lo que me ha afectado algo que me ha dicho: “Esta carta es la carta de un escritor”. Y entonces, vienen a mi memoria diferentes momentos de mi vida, como si alguien me hubiera ido avisando. Como aquella vez que una de mis profesoras de literatura, en el instituto, se enteró que iba a estudiar matemáticas y  me dijo, advirtiéndome: “Fátima, tú tienes que hacer una carrera de letras. Y dedicarte a escribir”. Dejé pasar ese ángel. Aunque llegaron otros, vestidos de diferente manera.

Siento que he ido esquivando la vida. La verdadera vida. Y lo que es, es.

Mohammed Wasim Moaz

Mohamed

Se llamaba Mohammed Wasim Moaz y era pediatra. Seguro que conocéis su historia, de dramático final, aunque no os suene su nombre.

Debería seguir siendo anónimo. Un médico anónimo en un hospital infantil de Aleppo, pero la guerra ha decidido convertirlo en un mártir del que deberíamos conocer su nombre. Para no olvidar.

Unos quieren mantener la vida, cuidando a los otros, mientras otros deciden acabar con ellas. Este mundo es así de absurdo.

 

Dear friends,

I am Dr Hatem, the director of the Children’s Hospital in Aleppo.

Last night, 27 staff and patients were killed in an airstrike on Al Quds Hospital nearby. My friend Dr Muhammad Waseem Maaz , the city’s most qualified paediatrician, was killed in the attack.

He used to work at our Children’s Hospital during the day and then he’d go to Al Quds Hospital to attend to emergencies overnight.

Dr Maaz and I used to spend six hours a day together. He was friendly, kind and he used to joke a lot with the whole staff. He was the loveliest doctor in our hospital.

I’m in Turkey now, and he was supposed to visit his family here after I returned to Aleppo. He hadn’t seen them in four months.

Dr Maaz stayed in Aleppo, the most dangerous city in the world, because of his devotion to his patients. Hospitals are often targeted by government and Russian air forces.

Days before Dr Maaz’s life was taken, an airstrike hit only 200 metres away from our hospital. When the bombing intensifies, the medical staff run down to the ground floor of the hospital carrying the babies’ incubators in order to protect them.

Like so many others, Dr Maaz was killed for saving lives. Today we remember Dr Maaz’s humanity and his bravery. Please share his story so others may know what medics in Aleppo and across Syria are facing.

The situation today is critical – Aleppo may soon come under siege. We need the world to be watching.

Thank you for keeping us in your thoughts,

Dr Hatem

Lugares donde siempre llueve

Duermo desordenado.

Me despierto a esa hora extraña en que no está claro si la ciudad se acaba de dormir o se está despertando. Se mezclan las vidas de algunos con los sueños de otros. Me siento en el taburete de Ikea que igual sirve para alcanzar el bote de harina que guardo en la parte más alta de la cocina como para tomar un café mirando el horizonte.

Ahora que tenemos horizonte.

Si me esfuerzo, desde aquí diviso la ciudad que me vió crecer, la torre de la iglesia junto a la que he vivido casi todos estos años desde que me separé, el instituto donde trabajo,  el hospital donde nació mi hija, el mercado donde compro la verdura… Y entonces caigo en la cuenta que, con suficiente distancia, mi vida cabe en la palma de mi mano. ¿No caben todas las vidas en la palma de una mano?. Excepto la de aquellos que ahora viven en Idomeini. Ellos, que anduvieron tantos pasos que ahora no sabrían recorrer el camino de vuelta. Ellos, que ya no saben mirar atrás porque atrás todo es terror, y guerra y hambre y no podemos buscar el dolor en nuestras propias manos.

Me hago un café, aún corriendo el riesgo de no volver a dormir. Pero es que si he sido capaz de levantarme, ir al lavabo, recoger los platos que anoche se quedaron por recoger, poner el lavavajillas y sentarme aquí a escribir, contemplando una ciudad que no siento mía pero a la que me voy adaptando, es que quizás no voy a dormir más.

Como el yonqui que repite continuamente “me estoy quitando”.

Miro a mi alrededor y todo está desordenado. Siento que he aterrizado con cosas y cajas sin haber hecho una limpieza de todos esos hilos emocionales que voy arrastrando. Y así no. Seguir requiere un esfuerzo. Vivir requiere un esfuerzo. Porque lo fácil sería dejarse, como he hecho estos años. Que el balanceo de la vida te lleve donde quiera. Y a lo mejor es el momento ahora de volver a tomar decisiones.Y le pido a mi cuerpo. Y pido por mi cuerpo. Llevo días que siento cosquilleo por dentro, y luego alguna extremidad se paraliza. Y me cuesta respirar. Y siento algo pegajoso en mis pulmones y pesadez en la cintura. Si escarbo, entre las uñas encuentro tierra de mis antepasados y en mi cabeza los sueños para mi futuro. Alguien me dice que esté atenta y alerta, porque la vida es un regalo y hay que saber abrirlo para no estropearlo.

Ven, siéntate junto a mí. Recostémonos uno junto al otro y miremos las formas caprichosas de las nubes. El cielo aún está oscuro pero puedo percibir como el viento se lleva los cumulonimbos hasta ese lugar que sólo tú y yo conocemos, ese lugar donde siempre llueve.

 

La arquitectura

De niña siempre quise ser veterinaria. Es curioso, porque cuando tuve que tomar la decisión sobre los estudios, se me había olvidado. Quizás tuvo que ver que mi profesora de matemáticas nos llevó a visitar la Autónoma, donde pude comprobar que los estudiantes de medicina (y de veterinaria) tenían que hacer prácticas con cuerpos muertos. Descarté la carrera.

Pero me gustaba dibujar, y me gustaba entender las cosas. Y así fue como, llegado el momento, tuve que escoger entre Bellas Artes, Arquitectura o Matemáticas. Esas iban a ser mis elecciones. Decidirme por Matemáticas tuvo que ver con entender que ese era el principio de todo. Pensé (con el optimismo de los 20 años) que luego me quedarían fuerzas (y dinero y tiempo) para seguir estudiando las otras dos carreras

Y sí, algo más hice. Estudié diseño de joyas en la Massana y en la Escuela Industrial. Me gustó volver a dibujar (al natural), repujar, encastrar piedras, construir volúmenes de tiza y de cera. E hice un máster de fotografía en Madrid. Todo contribuyó a arrancar esa espinita clavada de la parte creativa que no había conseguido desarrollar en la universidad. Pero no sé por qué me seguía llamando la arquitectura. El hacer. El construir. Quizás por eso cuando veo la Casa de la Cascada, que siempre ha sido una de mis referencias, me da tanta envidia. Porque ya no siento que esté a tiempo de construir nada. Así estoy ahora.

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De días buenos

Hay días buenos, días regulares, días malos y días como el de hoy. Así que me abro una botella de vino y me dispongo a emborracharme mientras cocino. Bonito, que me recuerda al norte. Y pisto, con patatas y pimentón, que me recuerda a MI norte. Una de esas manías de los gallegos, de echarle pimentón a todo.

El vino no es un albariño. Es un empordanés, pero se deja beber muy bien.

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No puedo evitar llevarme las lágrimas de mis alumnos a casa. Sólo son niños, aunque algunos anden rozando los 18 (y tengan los huevos negros, que diría alguien). Las de hoy no sé dónde guardarlas. Ando dándoles vueltas en la cabeza, empatizando.

Hace días desaparece un disco duro portátil. Es habitual que un alumno de la mañana lo olvide y el de la tarde se lo dé al profe. O uno de la tarde lo olvide y el de la mañana se lo dé al profe. Pero a veces desaparecen misteriosamente. Es difícil encontrar culpables que se aprovechan de los despistados. Alguien que se queda con lo ajeno. Y aunque me esfuerzo por hacerles entender que no estamos aquí (en el mundo) para putearnos unos a otros, no siempre se entiende. Y entonces aparece él. Por un cúmulo de causas (que no casualidades) descubro quién es la persona que tiene el puto disco duro. Y aunque inicialmente no quería reconocerlo, no ha podido más con la presión y rompiendo a llorar me ha reconocido que sí, que él se quedó el disco duro. Aprovechó algunos ejercicios y vendió el disco duro a un amigo. No creo que sacase más de 15 euros. A cambio, un alumno (del otro turno), que perdió todo el trabajo, suspendió una unidad formativa por no entregar unas prácticas.

Llora. Me explica una historia dura. Yo le creo, porque creo en sus lágrimas. Porque un tío de 18 años no llora delante de nadie. “Te lo explico porque creo que tú nos escuchas”. Y sí, los escucho, los escucho tanto y los entiendo tanto  que soy capaz de llorar por ellos. Porque me duele mucho el dolor ajeno.

Y me cuenta que él es muy independiente, porque no puede contar con nadie. Que él con 11 o 12 años pasaba noches deambulando por el barrio, viendo cosas, conociendo gente. Que él pensaba que era una oportunidad (una oportunidad de 15 euros), que le resolvía cosas pero que él no es mala persona. Que su hermano, su hermano sí que hace cosas que no se deben hacer y que su madre lo pasa mal.

Yo no sé cómo decirle que le va a caer una expulsión de 15 días.

Pero sé, estoy segura, que un día vendrá y me dirá que ha encontrado un trabajo, que está muy bien, que es feliz, que pudo salir de esa rueda en que estaba y que quizás fue a que le pillé robando un disco duro.

Porque vendrán días buenos. Porque necesitamos días buenos.

 

Cosas de un domingo

Las piruletas para la tos

piruletasUna taza de azúcar (mejor moreno), media de agua, el zumo de un limón, una cucharada grande de miel, una pequeña de jengibre en polvo y otra de clavo. Se hierve durante 20 minutos y se reparte (como se pueda) sobre un papel de hornear (si tienes palitos de madera puedes hacer piruletas)  y en unos 10 minutos se convierten en caramelos ideales para la tos y el dolor de garganta.

 

El Escarxofa Jazz

Hoy ha sido un día de encuentros sorprendentes.

Algo sorprendente de música:  Victor Branch.Una voz increíble de pocos años.

Algo sorprendente sobre lo pequeñito que es el mundo: encontrarme a la ex de Estrellita. Darme cuenta que de lejos ella no es tan guapa, ni de cerca yo soy tan fea. Darle vueltas otra vez a algo que pensaba que había cerrado y volver a abrir la herida, aunque sea de otra manera.

Algo sorprendente sobre los amigos: que no importa lo mayores que nos hagamos, siempre hay una conversación pendiente y siempre aparecerá alguien que te hace sentir bien.

La poesía . En cada verso habla en directo con mi alma.

Desconfía de las superficies lisas
y busca en cada cosa la fisura,
pues nada sin grieta permanece,
ni se sabe de lugar en este mundo
en que haya penetrado la belleza
sin haberse antes roto alguna vez.

Fía tu suerte a lo imperfecto
y en todo acepta lo perdido;
tu apuesta -me repito- es a la luz
que logra entrar en lo dañado,
pues sólo allí, bajo esa herida,
brilla -hecha añicos- la verdad.

Mi tesoro. Alfonso Brezmes

La humedad mental

Las enfermedades mentales son silenciosas. Te van calando en los huesos como la humedad que te va corroyendo por dentro y es capaz de generar una artrosis.

A mi madre le diagnosticaron una demencia frontotemporal hace ya seis años. Lo llevo como puedo, pero la verdad es que excepto los amigos y la familia que más cerca la vive, no se suele hablar de ella. Sólo existe aquello que verbalizas. De las tres hermanas que tiene, dos parece que lo negaran todo, quizás porque a mil kilómetros todo parece diferente (también me pasa a mí con sus problemas) y además, mi madre, por teléfono, es encantadora, brillante, divertida. Parece que su cabeza no fuera a mil por hora.

Compartir estos días con ella está siendo más duro de lo que esperaba. Quizás porque escucharla 24h al día, durante 4 días, es complicado. Su cabeza va poco a poco minando la mía y sacando lo peor de mí. Surge la rabia, esa que llevo impregnada desde que el Dr. Pinto me explicó en qué consiste su enfermedad. Nunca he estado más lúcida como en ese momento. Darte cuenta que la persona que te parió, que te cuidó, que te permitió crecer feliz, la mujer luchadora, feliz y risueña, que empujaba su vida (y la mía), a pesar de la crudeza, a pesar de los abandonos, a pesar de lo poco que la quisieron… esa mujer estaba empezando a desaparecer.

Su memoria se pierde en el pasado. Puede estar una hora explicando anécdotas de hace más de 30 años. Una y otra vez, las mismas. Como si el silencio le agobiase. Entonces, se queda mirando el mar y te dice “Este es el Mediterraneo ¿verdad?”. Y duda. “No, el Cantábrico”. Y vuelve a dudar: “El Mediterraneo, leches”. Y entonces se pone a recitar aquello de “España limita al norte…” Le ordeno que se calle, de la peor de las maneras. Y me siento una mierda, pero es que ya no puedo más. Si hay algo que me cuesta soportar es ver cómo se deshace por dentro. Como ya no es. Cómo puede perderse en recovecos extraños y confundir historias antiguas sin recordar lo que le acabas de decir.

Ella llora. Dice que no puede abrir la boca, que todo lo que dice está mal. No se da cuenta de que en realidad no calla, no puede estar más de diez minutos en silencio, ni siquiera cuando le has pedido que por favor, no te hable por las mañanas, que de esas manías de vivir sola, me despierto antes de las seis y antes de que Maria se levante me he tomado un par de cafés que me permitan empezar el día.

Ayer me deseó que nunca tuviese una enfermedad como la suya y que mi hija no me tratase tan mal como la trato yo. Me dolió. Me dolió en lo más profundo y me planteé qué es tratarla mal. Yo me siento frágil, débil y con la sensación de que ya no puedo con todo, que a veces tengo que elegir entre mi hija o ella, o entre ella y yo, porque ya no tengo más fuerzas. Porque soy humana. Y aunque la enfermedad sea suya, esa humedad mental nos va calando a todos. Y no puedo evitar comparar en cómo los demás tratan a sus padres. Pienso en mis primas, que se preocupan con mimo de la suya desde que su padre se murió. Pienso en mis primos, que van a ver a su padre una vez cada tres semanas después de haber tenido un ictus y que siempre han discutido de la peor de las maneras con su madre. Pienso en mi primo, que vive en Canarias pero aprovecha cada puente para volver a ver a los suyos (aunque quizás este caso no cuenta, los gallegos volvemos a la tierra, que no siempre quiere decir a la familia). No sé dónde está la medida, sin juzgar. Que ni uno es lo mejor ni lo otro lo peor, y cada uno en esta vida intenta hacer lo que cree justo y lo mejor que puede. Pero no puedo evitar pensar si sería mejor verla menos, pero verla mejor, con más ganas. Quizás eso me permitiera tratarla con más cariño, escucharla con más emoción y tener la paciencia que me pide.

La echo de menos. La echo tanto de menos.