Personajes Interiores

De latidos.

Imagen Somos latido. Sólo un latido. Como un latido suena Mokaiesh. Un pálpito. Sístole y después diástole. O al revés. ¿Qué fue primero?¿La contracción? ¿El retorno venoso? ¿la apertura de la válvula tricúspide? ¿La relajación del ventrículo?. A veces siento que todo se da a la vez. Se convierte en una punzada en el centro del pecho, como si alguien clavase una aguja, (emulando aquella escena en que John Travolta le clava a Uma Thurman una jeringa en el esternón). Y llega un golpe al cerebro, como si el dolor se expandiese por cada uno de los nervios. Y lo devuelve, el jodío. Y siento que me falta el aliento y otra vez ese dolor en el pecho. Y el tic-tac del reloj (y del corazón), lleva la cuenta atrás de cada uno de nosotros. ¿Cuántos latidos nos toca a cada uno?. ¿Cuántos latidos le quedan a mi madre? ¿A mi padre? (¿ Y al presidente de este mal gobierno? ) ¿A mi hija? ¿Cuántos latidos le quedan a mi corazón?. Y cuando al fin se pare, ¿qué pasará con toda esa sangre?. Se queda quieta, en el cuerpo. ¿Se solidifica?¿Se evapora con el alma? ¿Cómo un alma? ¿Sale por la piel?

Nunca vestí un muerto. ¿Se cagan los muertos?. Si les crece el pelo y las uñas, ¿qué pasa con toda esa mierda que llevamos dentro? ¿nos la llevamos al cielo? ¿al cementerio? ¿Qué pasará con el último aliento?. ¿Dónde va ese último suspiro?¿Y en qué lugar de la memoria se queda lo que vimos por última vez? ¿Se deshace toda la memoria con el cerebro?¿Se escapan los recuerdos por los oídos?¿Y todo lo que escuchamos por última vez? Y la sangre que bombeó nuestro último latido, ¿dónde se queda? ¿En el ventrículo?¿en la aurícula?¿en las capilares de la última mirada? Y cuando el corazón se pare ¿lo hará en sístole o en diástole?

(…)

Una casa

ImagenLlevo tiempo obsesionada con esta casa. Con cambiar de casa. Con una casa nueva. Y entonces aparece ella. Con su escalera, sus mosaicos hidráulicos, su pequeña fuente en un patio, sus techos altos, sus puertas de doble hoja, sus contraventanas de madera, su claraboya…  Yo me la imagino llena de buganvillas y helechos y una enorme glicina que dé sombra en verano a la terraza. Y con visillos blancos, movidos por la brisa. Y una fuente con cyntias y pilistras alrededor. Y un pequeño rincón con una mesa marroquí, de hierro forjado y un sobre de mosaico donde tomar el té o una cerveza o un Albariño.

Y en las tardes frías de los domingos de invierno, Maria y yo sentadas, leyendo,  acurrucadas bajo una manta en un sofá, mirando el fuego de la chimenea.

La casa. La carcasa. La nave nodriza. El lugar al que pertenecemos. La tierra. El frío del mosaico, del patio, del metal de una barandilla. Tocar una pared con la mano y sentir que los dedos se hunden en ella. Y te fundes, convirtiéndote en yeso o piedra. Y cerrar los ojos y escuchar el mar. Sólo eso.

La vida es más fácil

 

Imagen

Dmitry Alexandrovich Kustanovich, San Petersburgo, Rusia

Y si no, debería serlo.

Hoy me entero que una amiga tiene cáncer. Cuando a una amiga, con apenas 40 años, se le diagnostica un cáncer, no puedes evitar pensar en sus hijos. Y en la tuya. Y en el mundo. Y en qué quedará en el mundo de ti. Y entonces buscas un rayito de sol que te dé en la cara, que te haga recordar la sonrisa de tu hija esta mañana, mientras te saluda con la mano y te dice “hasta luego mamá”, mientras se va a clase. Buscas una música que te toque el corazón. O una imagen: un cuadro, un paisaje, una foto que te traiga buenos recuerdos. No quieres pensar en nada, y menos en una enfermedad que podría matarte. Que podría hacerte desaparecer del mapa de los recuerdos de tus propios hijos. Ella tiene dos hijos y un hombre a su lado que la quiere. Yo sé que no está sola en este proceso, pero hay momentos (ante la enfermedad) en que una está inevitablemente sola. Y en eso pienso, mientras le doy vueltas a una fórmula matemática que tiene que identificar acciones y ponderarlas para dar una puntuación según “el buen rollo” que provocan en el barrio. En eso, y en los cuadros que pintaba mi madre, en su tiempo libre, con paleta. Y en cómo quedaban las fachadas, las flores, los escalones de las escaleras, el color del mar con esa mezcla de verdes y azules y amarillos, y cómo combinaba el amarillo en el cielo, y en cómo olía la casa a óleo y aguarrás. Y qué luz tenían sus ojos azules mientras pintaba en aquella habitación, hoy vacía, e inventaba paisajes en los que nunca estará.

Y sí, la vida debería ser más fácil

De empresas. De tópicos. Cosas de este país. El bien común

Estos días estoy haciendo una “estancia formativa” en una empresa. Tenía la opción de participar en una empresa de ERP en Sabadell a veinte minutitos caminando de casa, pero un amigo me habló de un proyecto en el que estaban trabajando y me pareció tan increíble que me lo creí. Primera conclusión: nunca mezcles a los amigos con el trabajo, porque puede cambiar tu concepción de ellos como amigos. De repente me encuentro un tipo machista, autoritario, que trata mal a sus empleados, que no sabe motivar a su equipo de trabajo….Y para colmo tengo que escuchar excelencias sobre Steve Jobs. Entonces pienso: otro mitómano de mierda. Jobs era un charlatán. Y a pesar que acostumbro a enseñarle a mis alumnos su discurso (gran discurso) que hizo en Stanford, también le hablo de lo déspota que era con sus compañeros, de cómo engañó a Steve Wozniak  en sus inicios, cuando Atari le encargó a Jobs simplificar una placa base y Jobs le propuso a Wozniak hacerlo a medias. Wozniak hizo el trabajo y Jobs le dijo que Atari les habia dado 700 dólares cuando en realidad le pagaron 5000. Un sociópata que no fue capaz de reconocer a su primera hija biológica diciendo que era estéril, hasta años más tarde, ni de responsabilizarse de ella (aunque luego puso su nombre al primer producto de Apple: Lisa), un endiosado que se creía por encima del bien y del mal y que trataba a sus trabajadores con la punta del nabo. En fin, que sólo me ha faltado el discursito mediático de esta tarde para ponerme más de mala leche. Porque a todo esto tengo que añadir las conversaciones en las comidas sobre el fútbol o si han abierto el Riviera (un puticlub donde parece ser la gente hace negocios… flipante). Sólo les falta la barriga (los empresarios hoy en día son más modernos: van al gym o a correr, o a navegar el fin de semana), un puro y un copazo…. y ya son auténticos mafiosos. Mientras, me hacen leerme teorías sobre cómo crear buen rollito y el bien común, para aplicarla en una aplicación. Pero, si en tu vida real no estás generando dharma…¿qué mierda vamos a traspasar al mundo virtual?

Pero hay cosas buenas estos días. He conocido gente interesante. El grupo de trabajo es bueno y me divierto con “los chicos”. Me parecen mis alumnos y los veo implicados. Nos reímos, a pesar de los malos momentos. Creo que los trabajadores acaban haciendo piña y más que nunca siento que se impone un muro entre el empresario y el currante, por mucho que lo adornen con una tabla de ping-pong en una sala a la que nadie entra o que haya sillas modernas en la oficina. He recibido algún mail divertido de mis alumnos, diciendo que me echan de menos. Algún mensajito de los compis. Y el apoyo infinito de este grupo de madres y padres que van siendo mis amigos que me recogen a la niña del cole y me la devuelven cenada, contenta y a veces incluso duchada y con el pijama puesto. Esas son las cosas que dan buen karma y que hacen que el mundo parezca un poco mejor.

 

No es lo que parece

Con la fuerza de tres personas

Hace años, encontré en esta casa dos anillos. Estaban colgados de un clavo en una puerta que al final desapareció, porque desaparecieron todas las paredes que hacían que lo que es ahora una sola habitación fuesen cuatro. Me pareció un extraño buen augurio. Pero no tengo claro que se haya cumplido.

Dice Lola que en pocos meses viviré una mudanza, y nuevos caminos, y me llegaran cosas buenas, y que hay alguien que me acompaña. Lola dice todo eso porque me quiere, pero a mí me gusta (y necesito) esa fe que ella pone en las cosas y en mí. Dice Lola que ya tardo en volver a Madrid y ver su terraza.

Hace dos días tuve un extraño sueño. Soñé que R. me dejaba embarazada. Yo con R. tengo una bonita amistad que nunca irá a más, especialmente porque adoro a su mujer.  Igual si no adorase a su mujer… (mejor me callo y no me meto en berenjenales…..). El caso es que R. me cuenta ayer que ha dejado embarazada a su mujer, a la que además de que la adoro me parezco (y nos confunden). Y entonces sonrío por dentro, y pienso en qué bruja soy (sí, por todo).

Como no tengo caldera, llevamos cuatro días sin ducharnos. La verdad es que no me preocupa mucho lo de la caldera (he de reconocer que estoy un poco pasota de lo doméstico últimamente), pero mañana tendremos que ir nadar, aunque sea sólo por ponernos en remojo. También es que, después de la experiencia, me apetece (mucho), nadar junto a Maria. Primero junto a ella y luego dándole distancia, me emociona especialmente. Ella mete la cabeza en el agua como puede y la saca a trompicones, y me grita “yo sola”. Yo sola. Yo, sola. No sé si es bueno esta herencia que le estoy dejando, sobre la autonomía y la capacidad. La fuerza que tenemos las mujeres en mi familia, que hemos boicoteado y ocupado hasta el lugar de los hombres. Y así, soy capaz de desmontar una caldera (hay que cambiarle la placa electrónica) o de diseñar un proyecto educativo o de inventar un cuento. Hoy, cuando una amiga me explicaba que no entiende que sea tan complicado criar a un hijo cuando ellos son dos personas y yo estoy sola, a mí me vino a la cabeza (aunque no lo confesé): “Sí, pero yo tengo la fuerza de tres personas”. Así lo siento. Y en realidad, no siempre me gusta.

 

El silencio

Palabras

Él está lleno de palabras. Palabras sin arraigo, como la semilla que lleva el viento. No hay poso. No hay compromiso. Nada permanece. No hay dolor que él soporte. Sal. Llave. Ostra. Y cascarón. Traza una senda, creando un personaje. Divertido, burlón, egocéntrico. Protagonista de cualquier historia que se le preste. Yo te presto mi vida. Yo te presto mi emoción. Yo te presto mis ojos. La luz de mis ojos. Tú me devuelves las risas y luego viene el dolor. Un dolor profundo, en las entrañas. Un dolor sin fondo. Un dolor que empieza en el hígado y se instala bajo el esternón. Leo a Peter Pan. Miro a Peter Pan. Escucho a Peter Pan. Río con Peter Pan. El malabarista de las palabras incumplidas.

Sueño con gemelos

Hace un tiempo que sueño con gemelos. Dicen que es un buen augurio. Y entonces aparece él. Otra vez. Con sus risas, sus “xoxo”, sus anécdotas soeces y su vida de marciano. Me ofrece su casa de Madrid, “Ya sabes que es para ti, siempre que la necesites”. Me ofrece dinero para pagar la residencia de mi madre si me hace falta, “Yo no he hablado de que me lo devuelvas ¿he dicho yo que me lo devuelvas?”. Reímos de nuestro pasado, y reímos más con nuestro futuro, en el convencimiento de que siempre vamos a estar ahí, uno frente al otro. Me explica que ha acabado una relación (con la rubia, claro), sin detalle, con la risa floja y la tristeza de fondo. Se ha matriculado en EFTI, como yo le recomendé cuando me pidió una escuela en Madrid para hacer un curso de fotografía. Se ha cambiado de coche. El tercer “manolito”. MIII le ha grabado atrás al Mercedes. Me explica que está nadando en mar abierto, que empezó este verano. Que se ha comprado un kayak. Que ha encontrado un rinconcito en Cadaqués y que seguramente volverá a alquilarlo este verano. Hablamos de los padres, de las madres, de su hermano, de mi hija. De nosotros. Me recuerda que hay playas en las que ya no volvería a dejar la toalla, pero siempre hay una toalla para mí. Él siempre tan ambiguo y tan sutil. Dejándolas caer, y yo viéndolas venir. Hablamos de su soledad. Y de la soledad.

Y luego, al final, cuando colgamos el teléfono, seguimos solos.

Memorias de un corazón

Todo se borra. Desaparece bajo la alfombra. Quedan imágenes sueltas. Algún olor. Una mirada. No hay recuerdos desde el intelecto, sólo desde la emoción. Es el corazón, que todo lo puede; mientras la mente se deshace.

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