La abuela Carlota

Mi abuela Carlota tenía fama de bruja. Podría decir que era totalmente infundado pero lo cierto es que no era así. Empezaron a tenerle miedo cuando apenas era una niña. Todas las mañanas se levantaba a las seis , para ayudar a su madre a colocar la verdura en el puesto que tenían en el mercado. A las siete y poco, salía corriendo directa a la escuela. Ya era raro que una niña fuese a la escuela, que se lo permitiese su familia, que pudiese ir, y que quisiera ir.

Uno de esos días, que empezaba así de temprano, en el camino hacia el mercado, un pícaro empujó a mi abuela a un lado y tiró de una de las bolsas donde su madre, mi bisabuela, llevaba un puñado de monedas que luego iban a servir para dar el cambio y comprar carne ese día. Sólo se compraba carne un día a la semana. El resto se comía de lo que la huerta  y las gallinas proporcionaban. Apenas eran treinta céntimos, en monedas de 5, de esas que en la época llamaban “perra chica” y “perra gorda”, pero que en realidad no llevaban un perro en el anverso sinó un león. Tan malas eran las aleaciones y el grabado que la confusión popular estaba servida. Del tirón de la bolsa mi bisabuela se cayó, se torció un tobillo y estuvo más de una semana que no se pudo mover. Mi abuela, en el momento que se dio cuenta de la gravedad de la caída y de que además había desaparecido la posibilidad de comer carne esa semana, lanzó un grito al viento, que se oyó prácticamente en todo el mercado:

“Malas “puñalás” te den. Así te caigas en el primer agujero que encuentres por el camino y te rompas la crisma”

El muchacho, que no debía tener más de 14 años así lo hizo. Se giró a ver a la niña que le había lanzado el grito y al volver a girarse para seguir corriendo, no pudo esquivar uno de los primero puestos del mercadillo municipal.

Así fue como mi abuela recuperó su bolsa, el puñado de monedas que le había robado y se ganó la fama de bruja gitana que fuimos heredando sus descendientes para el resto de nuestras vidas.

La teoria sueca del amor

En estos días han pasado muchas cosas. Entre ellas:

Maria ha cumplido nueve años.

Y yo con ella. Nueve años de madre. El primer hijo siempre te convierte en otra cosa. Y te da a conocer el amor verdadero, ese que no requiere devoluciones.

Ha muerto Leonard Cohen

Que un poeta se marche siempre es una mala noticia. Me niego a creer que hombres como él puedan morirse. Porque él no era como el resto de mortales. Porque escribió letras magníficas. Porque recuerdo continuamente “There is a crack in everything, that’s how the light gets in”. Porque La Rendija es La Rendija gracias, en parte, a esa letra: el lugar por el que entra la luz.  Porque aprendí inglés con sus canciones, para aprender sus canciones, para entender qué decían.

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No. Los poetas no mueren. Él, especialmente él, es inmortal. El poeta oscuro lleno de luz. Los poetas permanecen eternamente dentro de nosotros. El eco de sus voces resonará en nuestro interior, en cada una de las cavidades que la piel, los huesos, los músculos y la sangre nos dejen. Porque si sus letras alguna vez llegaron a tu corazón, siempre te acompañarán.

No puedes dejar de escuchar esto.

La teoria sueca del amor

Ayer tuve la suerte de ver el documental de Erik Gandini. Después también hubo un coloquio interesante con Carolina del Olmo (hoy he descubierto su blog)  en el que se esforzó por hacernos entender la necesidad de cuidar y ser cuidados. Quizás el enfoque fue desarrollado desde la maternidad, como el punto de inflexión en que uno es consciente de la necesidad de cuidar, pero yo siempre lo pensé, eso de “necesito que me cuiden”. Y aún así, no lo pongo en práctica. Me quedo con un sintagma nominal que me pareció maravilloso: “el cemento social”. Y una idea en el aire: “¿Qué cosas, de todas las cosas que hacemos/tenemos/sentimos, son nuestro “cemento social”?. ¿Qué convierte una sociedad de individuos en una sociedad de verdad?

El documental es magnífico. Y trata temas como la soledad (social), la búsqueda de la felicidad, el vacío final… Tiene momentos divertidos, otros tiernos y otros duros. De verdad, intentad ir a verlo allí donde se proyecte. La crónica de Begoña Piña tampoco está mal. Pero la imagen además es maravillosa y ejerce de hilo conductor.

El coloquio me permitió conocer a una mujer especial, que abrió otra vez una puerta que tengo entreabierta (la rendija, nuevamente, por la que entra la luz). En mi intento por aumentar mi familia, la que aún siento que estoy construyendo, se abre un nuevo camino.

Lola Villaescusa

Es más pequeña de lo que pensaba. Pero esconde algo grande. Me volvió a conectar nuevamente conmigo. La necesidad de regresar al interior. Empiezo un trabajo con ella. Pero esto da para otro blog. Porque lo que es, es.

 

A veces

A veces el pasado no me deja dormir. No porque haya nada de lo que me arrepienta, ni tenga algún remordimiento, aunque soy consciente de que todo pude hacerlo mejor. Siempre y cualquier cosa que uno piense, pudo haberse hecho mejor. Pero echo de menos algunas cosas que fui.

tumblr_oby2kzexir1trfawoo1_1280Echo de menos a la niña de ocho años que en ese momento no sabía que era tan feliz. Dibujaba muñecas recortables a mis primas, les hacía figuras de plastelina a las que les cambiaba la cabeza para cambiarles de ropa y escribía cuentos infantiles. Hacía menos faltas de ortografía de las que hago ahora, fruto de tardes de dedicación de mi tía Juana, que me hacía repetir las faltas diez veces o con la que repasaba las normas de puntuación. En verano, solían venir mis primos, Mariluz y Enrique. Echo de menos también a esa primas, que hace tiempo no está. Por las mañanas solíamos hacer excursiones y por las tardes redacciones y dibujos sobre lo que habíamos hecho.  Recuerdo especialmente una salida a Mura. Su madre, empeñada en demostrar que su hija era mejor, que escribía mejor, que dibujaba mejor,… en realidad nunca lo consiguió. Yo observaba aquella triste competición de madre, que se quedaba sola, porque la mía nunca participó, y sonreía. Veía a mi prima y a mí, que compartíamos aficiones, cartas y secretos y nos sonreíamos. Ambas éramos buenas escritoras y buenas artistas, con apenas 8 años, cada una con un estilo. Pero echo de menos esas niñas que fuimos. Comimos en Mura, paseamos por aquellas calles empedradas. Recuerdo a mi tío Juan Manuel. Recuerdo una carretera de curvas y un enorme arco de piedra, que ni siquiera sé si existió, lleno de hiedra. El otro día una compañera habló de Mura, que su abuelo era de Mura, que tiene una casa en Mura y me vinieron esas imágenes enredadas en la memoria.

Echo de menos algunas personas que quedaron en el pasado. Aún siendo consciente de que así debe ser. A Marta, que siempre que llamaba a casa preguntaba por mí y no por su tío de sangre. Y si curioseo por la red la encuentro preciosa con dos churumbeles. Qué mayor se ha hecho y qué bonita está. Echo de menos algunos momentos de aquella vida en común. Aunque sin aspavientos, porque intento no dejar resquicio para que entre el innombrable en esta casa, ni en este cuerpo. Sin embargo, echo de menos las noches de sábado en que los amigos venían a casa a cenar, y acábamos a las tantas arreglando el mundo o jugando a algún juego de mesa, o sólamente escuchando buena música y mirándonos unos a otros, reconociéndonos.

Y en las noches oscuras, a veces vuelve el llanto, recordando emociones que no quiero recordar. Lo peor de mí vuelve a salir a la superficie y deseo que esa madre sienta con alguna de sus hijas lo que la mía sintió por mí. Cuando una de ellas le diga “quiero morirme” y ella tenga que escucharlo, y del fondo del corazón le salga como un silbido una plegaria “valientehijodeputasipudieratemataba”. Y siento algo así como una necesidad vital, que la justicia cósmica exista, y me sale de dentro un “ojalá algún día….”, como si ellas tuvieran que pagar un daño que hiciste tú. Sé que podría evitarlo. Pero el odio es algo que se pega en las paredes de las entrañas y a veces, si hurgas y rascas, el resquemor aparece. Igual del roce, un día las paredes quedan suficientemente limpias para olvidar. ¿Perdonar? No, perdonar no se perdona. Yo no te perdono. Quizás debería creer más en Dios y menos en el hombre.

 

La amistad te escoge

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Nora y Aran. foto “robada” del muro de Gurumaji

La amistad te escoge.

Tiene Maria, entre sus amigas, dos especiales.

Una es una ávida lectora, introvertida aunque con carácter y con una sensibilidad especial para el dolor ajeno. Me recuerda a la niña que fui, y quizás por eso, cuando está, que son muchas veces, continuamente le pregunto si está bien. Hasta el punto que a veces mi hija me recuerda que soy una pesada y que deje de preguntar ya. Nora, que además de sensible es discreta, sonríe y no me dice nada. Mira atentamente el exterior con unos hermosos ojos oscuros y crea hacia adentro un mundo interior que le permite aislarse de aquello que no le gusta. Sé que sufrirá. Sé que le dolerá la soledad interior un día, esa que no todos son capaces de sentir. Pero también sé, que en la medida que pueda, voy a estar ahí , en esa suerte de tribu que hemos ido creando, y que además de su madre, que la acompaña amorosamente, va a tener alrededor personas que la hemos escogido.

La otra es ese extraño complemento que apareció un día y de la que no ha podido despegarse. Han encontrado, después de muchos desencuentros la manera especial de abrazarse. Aran es mi rubia favorita y cuando se lo digo se ríe y me abraza. Yo miro cómo se quieren, cómo se miran, cómo se buscan y cómo se aguantan una a la otra y reconozco esas amistades de la infancia de las que pensaste que nunca ibas a dejar de tener. Pin y Pon, las rebauticé. Y aunque al principio no les gustaba mucho (a ninguna de las dos) son ellas ahora las que me lo recuerdan. Se enredan una a la otra y si pasan más de dos días sin verse son capaces de fundirse en un abrazo en cuanto se reencuentran. Y aunque Maria suele ser más arisca, llega Aran, con esos enormes ojos azules y la sonrisa que desmonta a cualquiera y la estruja y la alza como si fuera la muñeca que es.

La amistad es así, espontánea y escogida.

El cuchillo Evaristo

Evaristo

 Ponerle nombre a un cuchillo ya es un acto de prepotencia. Si además le pones Evaristo, que rima con “qué listo”, demuestra que tu ego es mucho mayor del que nunca pensaron tus clientes. A todo esto, estoy presuponiendo que el actual fabricante del cuchillo tenía un abuelo o un bisabuelo o quizás un tatarabuelo, que inició la empresa que ahora llaman “familiar, que se llamaba Evaristo y no se le ocurrió mejor nombre a sus hojas que su propio nombre.

Evaristo pudo haber sido un buen afilador, que viajaba en bicicleta por pueblos de la España profunda. Cuando digo “España profunda” siempre imagino pueblos diminutos de casas de adobe que descansan en campos infinitos y secos, con mujeres que llevan mandiles a cuadros negros y zapatillas de paño y hacen sopa de pan con el pan duro que les sobró el día anterior.

Evaristo se ha convertido en mi cuchillo. Cuando lo vi, me vino a la cabeza en cuchillo que mi abuela tenía para pelar las patatas. Ella  tenía además un cesto de paja. En realidad, la paja no es paja, podría ser cualquier tipo de tiras de madera típicas de Galicia, llámese “carballo”, castaño o guindo. En el cesto se pelaban las patatas y se dejaban las mondas, que más tarde se tiraban a la cuadra de los cerdos. Nunca he conocido mejor manera de reciclar que la que se hacía en esa casa. Las cáscaras de los huevos se machacaban y se lanzaban mezcladas con maíz a las gallinas. Y los restos del caldo, junto con la piel de cualquier verdura o fruta, iban a parar a los cerdos. Mi abuela pelaba la patata rápido y de una sola  tacada. Dejaba la piel tan fina, que si la ponías a trasluz podías ver a través.

Mi cuchillo Evaristo corta tan bien como el cuchillo de mi abuela. Cuando lo compré, me hicieron una demostración con una hoja de periódico. El vendedor hizo un corte limpio. He probado a hacer lo mismo con otros cuchillos y es imposible. Evaristo es increíble. Podría ser mi “santoku”.

La abuela

Hoy no puedo dormir. Estos días, cuando no puedo dormir, pienso en ti. O igual como pienso en ti, no puedo dormir. Me he levando a “resopar”. El “resopar” es eso que tú llamabas el “picnic nocturno”. Te levantabas a media noche, o de madrugada, y picoteabas en la nevera. Siempre comiste desordenado, en esa vida desordenada que te empeñaste en tener. Hoy había hecho cuscús para cenar, con tomate crudo,  calabaza asada y pasas. Como ya no quedaba calabaza le he añadido queso y aguacate. Para ser las 2:30 no está mal.

Le he pedido a la abuela que vaya a buscarte. Sé que ahora la necesitas tú más que yo. No te asustes si te toca el pelo. Yo aún la siento a veces, como cuando era niña. Me atusa el pelo y me dice: “¡Qué pelo más bonito tienes, niña!”. Ella no sabía que los brasileños inventaron una palabra para eso: “cafuné”. Déjala que se siente a tu lado, o detrás tuyo. Le gusta susurrar en el hombro derecho. A veces, si me esfuerzo, puedo escuchar su voz.  Pero hoy quiero que vaya a buscarte. Aún corriendo el riesgo que se quede contigo. No quiero que estés sola, ni que te sientas sola. Quiero que vuelvas. Que me cuentes historias, que me vendas “las motos” que quieras, que te rías como solías hacerlo.

Te he llorado intentando recordar qué nos pasó por el camino. Cómo no he sabido recuperar la princesa que perdí. Y porqué sentí en algún momento que me hiciste tanto daño sin merecérmelo. La enfermedad es una oportunidad para aprender y mejorar, me repito, intentando buscar razones que quizás no existen.

Ojalá la abuela te encuentre. Y tú dejes que te meza el cabello.

Ayer te soñé perdida. Y hoy te echo de menos.

Ana

psicotacto-graciasAna es una superviviente. Lo sé.Lo supe el primer día que la vi. Sobrevivir a un hijo que esperas y que no acabó de llegar te convierte en una heroína. Siempre.

Cuando abrí los ojos, después de ese viaje al que ella me suele llevar, lo primero que vi fue ese cartelito de madera que cuelga del pomo de una puerta interior que no parece llevar a ningún sitio. Gracias. No sé si las gracias me las daba ella a mí o yo a ella. Porque así debe ser. Un intercambio de experiencias en que ella me ayuda a llegar y a conectar con lo que yo sola no puedo. Así lo senti hoy. Yo vine a trabajar el sobrepeso, y la imposibilidad de hacer dieta y ejercicio  sola, como hasta ahora siempre había hecho. Entonces ella y todos ellos, me ayudan a conectarme con “otra cosa”.

Hoy fui loba. Fui la loba que dirigía una enorme manada de lobos. Hubo una helada. El niño de ojos oscuros murió. Lo enterraron en una caja de cristal, envuelto en trapos azules. Me miró a los ojos, antes de cerrarlos por última vez. Yo pude ver el miedo que había sentido toda su vida. Y después me llegó su paz.

42eFui loba caminando por una montaña helada y también por una pradera dorada. Cuando todo estaba en calma, y el viento y el sol me daban en la cara, y yo caminaba tranquila, junto a mis cachorros y entre mi tribu, me pidió que abriera los ojos. No podía. No quería. Sólo lloré y le dije que no quería estar aquí.

No puedo llamarlo. No sé qué me pasa. Pensé que el trabajo con Ana me permitiría enfrentarme a los monstruos del pasado, al sentimiento de abandono que algunos hombres (no todos) me han dejado en el cuerpo. Él fue el primero, y no puedo cogerle el teléfono. El hombre que más quieres es también el que más odias. Y no siempre  puedes guardar el odio en el bolsillo y hacer como que no pasó nada.

Y luego un extraño mensaje, de alguien que después de tres meses sin saber de él me escribe como si me conociera. Pero no, ya no me conoce. Ni yo a él. Pudimos serlo todo, y somos dos auténticos desconocidos.

El amarillo le trajo a Ana un nombre: amarillo como la cerveza, me dice, comoa la Estrella de Galicia. Me dio un poquito un vuelco el corazón. De todas las cervezas rubias del mundo ¿por qué precisamente esa?