Carlos Fuentes

Un día como hoy, hace 6 años, moría Carlos Fuentes en Ciudad de Mexico. Aunque nació en Panamá, su vida fue un deambular por toda Latinoamérica hasta establecerse finalmente en México, que era realmente su tierra de origen. Su vida está llena de dolor, y si alguien indaga un poquito en su biografía puede entender que enterrar dos hijos son dos grandes puñaladas. Sus cenizas descansan junto a ellos en el cementerio de Montparnasse

Hace días encontré este escrito, que se atribuye en diferentes sitios a Carlos Fuentes. Creo que vale la pena leerlo

“Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre”. Es cuando el padre se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Lento, lento, impreciso. Es cuando uno de los padres que te tomó con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo. Es cuando el padre, una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar. Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy solo suspira, solo gime, y busca dónde está la puerta y la ventana – todo corredor ahora está lejos. Es cuando uno de los padres antes dispuesto y trabajador fracasa en ponerse su propia ropa y no recuerda tomar sus medicamentos. Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida. Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz. Todo hijo es el padre de la muerte de su padre. Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo. Nuestra última enseñanza. Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas. Y así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres. La primera transformación ocurre en el cuarto de baño. Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la regadera. La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”. Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores. No podemos dejarlos ningún momento. La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes. Y nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas. Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones. Seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación. Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados. ¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros? Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol. Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra. Feliz el hijo que es el padre de su padre antes de su muerte, y pobre del hijo que aparece sólo en el funeral y no se despide un poco cada día. Mi amigo Joseph Klein acompañó a su padre hasta sus últimos minutos. En el hospital, la enfermera hacía la maniobra para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando Joe gritó desde su asiento: Deja que te ayude. Reunió fuerzas y tomó por primera vez a su padre en su regazo. Colocó la cara de su padre contra su pecho. Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil, tembloroso. Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable. Meciendo a su padre de un lado al otro. Acariciando a su padre. Calmando él a su padre. Y decía en voz baja:

– ¡Estoy aquí, estoy aquí, papá! “Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí”.

La paz de Pilar

Pilar es un poco más joven que yo. Diría que empezó la carrera un par de años más tarde, pero finalmente coincidimos en algunas asignaturas de los últimos cursos. Hizo un Erasmus en Inglaterra y aunque regresó a hacer algun examen pendiente finalmente se quedó a vivir en UK. Yo pasé unos meses en Reading, justo cuando acababa de nacer su primer hijo. Kidam va a hacer ahora 12 años y Pilar lleva viviendo allí casi 20.

Yo no sé si es la cadencia con la que habla, el acento medio inglés que la ha adoptado, la vida en una zona residencial…. o algo que lleva ella, pero me da una paz  como nadie es capaz de transmitirme. Esto de las amistades es complejo, porque no siempre necesitamos lo mismo de las personas que nos rodean y eso a veces nos hace alejarnos de ciertos amigos, aunque en el fondo sepas que son amigos de alma. Pero de Pilar nunca he tenido necesidad de distanciarme. Ella está. Es dulce y acogedora, y a pesar de su altura (es un hecho que las mujeres altas/grandes no despiertamos la misma ternura), la abrazarías hasta el infinito (y más allá).

Estoy ya de vuelta en casa, pero la echo mucho de menos.

Madre

El invierno pasado se le rompió la espalda. Así, sin más. Sin caída ni nada. Parece ser que fruto de la osteoporosis. Quedó paralizada de diafragma hacia abajo. Perdió toda la autonomía que tenía. Entró un tiempo en una normalizada tristeza, que no podría asegurar llegase a depresión porque está completamente inmunizada medicamente a la depresión y a la ansiedad. A ratos lloraba, de esa manera que ella sabe hacer y que sabe que a mí me da tanta rabia. Viniendo de ella, de mi madre, nunca me he creído sus lágrimas. Qué injusta siento que he sido con ella en ese sentido, pero siempre he creído que es la mujer fuerte, optimista y alegre que es, así que me parecen imposiblen sus tristezas. Diría que no sabe llorar.

Hace un mes tuvo una neumonía. Yo la vi cómo decaía en la camilla de urgencias por momentos y en cuestión de horas el médico me decía que era muy complicado, que no veía que evolucionase favorablemente y que lo mejor, en su situación, era que ella estuviese tranquila. No había posibilidad (ni tampoco queríamos) de UCI, ni entubarla, esperando un milagro que, el médico repetía, no se produciría. A cambio, le inyectaron un antibiótico de amplio espectro y sólo quedaba esperar a que ella reaccionase. O eso, o lo peor. Nos metieron en un “box” en urgencias (después de varias horas de pasillo) y estuve toda la noche a su lado. A ratos tocaba su corazón, y comprovaba aliviada que aún funcionaba. A duermevela me venían imágenes de mi abuela (su madre) y de la abuela Concha (su abuela paterna). Yo les pedía en sueños que me la dejasen cinco añitos más. Se despertó en la mañana preguntando si allí no se desayunaba, y yo reía pensando que lo peor había pasado.

Ayer me envió un video caminando con el caminador. No sé de dónde saca toda esa fuerza, esa energía, esas ganas de conseguir lo que se propone, pero puedo asegurar que así ha sido también conmigo. Ella siempre ha sido mi hélice.

 

Ushuaia

ushuaia-1200_optSi hay algún viaje pendiente es la Patagonia. Lo tengo en la cabeza desde que vi la película La puta y la ballena. Las imágenes (la fotografía) son (es) tan impactante que no pude evitar hacer de inmediato un click en la carpeta de pendientes. Ya me llamaba la atención la Patagonia, y el Perito Moreno, y todo lo que huela a fin del mundo. Y si hay algún sitio concreto al que quiero viajar, es a Ushuaia. No sé explicar qué me remueve en el estómago esas casas de colores, esas montañas poderosas que huelen a nieve perpetua y esa idea de estar en uno de los confines del mundo. Argentina bien vale un mes. O una vida.

Debe ser que ahora estoy impactada porque alguien que conocí hace tiempo está en Ushuaia, esperando para embarcar en un rompehielo que lo llevará a la Antártida (me das mucha envidia…. que lo sepas). Yo siempre pensé que a la Antártida sólo van científicos locos y pingüinos, pero se ve que no, que ahora puedes ir de turista.

Aparte, la lista de cosas que hacer en Argentina (algunas topicazos, claro):

Y una ve todas estas fotos… y dan ganas de comprar mañana mismo un billete de avión.

 

 

 

 

La vida en un chalet adosado

63531027El aburrimiento (de dormir) consigue que me despierte a las cuatro de la mañana. He descubierto que es mi hora más creativa, pero antes me esperaba despierta a que llegase y ahora me despierto en la madrugada.

Aún en la cama, reviso correos, doy una vuelta por las redes sociales y leo blogs. Y saltar de una a otra cosa me lleva a acabar leyendo unas notas de alguien en el Facebook. No tienen más pretensión que dar visibilidad a lo cotidiano, pero de tan sencillo que es me parece precioso. Y es que uno puede tener una vida maravillosa en un chalet adosado de las afueras de Madrid.  Y explica las enfermedades comunes de sus hijos o la salida al cine con su mujer como algo realmente extraordinario. Ese debe ser el truco, me repito, mientras imagino otra vida saltando de continente en continente, que es lo que a mí realmente me parece extraordinario.

Y me pregunto qué hubiera sido de mi vida sin Maria. Lo hago desde el absoluto convencimiento de que los hijos nos salvan del abismo porque nos anclan a la vida. Pero también nos cortan las alas, si alguna vez tuvimos, para volar libres. Con la sensación de que traen lo mejor y lo peor con ellos. Y que es nuestro trabajo (duro) balancearnos en el equilibrio necesario para no tirarlos por la ventana en alguna ocasión (este comentario viene desde la  visión de la preadolescencia que habita esta casa). Y aunque intento convencerme que no, que hay gente sin hijos con vidas sencillas (de hecho, la mayoría de mis amigos que no tienen hijos tampoco tienen muchas más historias que contar que yo) y gente con hijos con vidas complicadas (escojo complicadas por no repetirme), no puedo evitar caer en el error continuamente.

Quizás por eso he empezado a estudiar árabe. Y estoy leyendo cosas que antes nunca me interesaron (como la Constitución y la legislación de la Unión Europea), entre lavadora y lavadora y corrección de examen. Porque continuamente sueño con otra vida, en mi empeño por no ser feliz.

De autores

BergerSoy obsesiva en mis lecturas. Me pasa, de siempre, que cuando descubro un autor necesito leer TODO lo que ha escrito. Suerte que descubrir un autor no es fácil, porque no todo el mundo te llega al corazón. Me pasó (hace muchísimos años) con Isabel Allende. Fue la autora de mi adolescencia, aunque con el tiempo la he aborrecido. Sus historias mágicas ya no me conmueven. Más tarde llegó Paul Auster, Jeanette Winterson o Anne Michaels. De Paul Auster he leído prácticamente todo lo publicado. Tengo sus libros repartidos en cajas entre el garaje semiabandonado de mis padres y esta casa prestada.  También conservo en esas cajas casi todos los libros de Hanif Kureishi, que se quedaron en este lado en un mal reparto con el innombrable. Hace poco descubrí a Siri Husvedt. Es la mujer de Paul Auster (curioso, esta causalidad). Su magnífica escritura se me hace muy densa, y tengo aparcados un par de libros para el verano, ese momento en que en la cabeza no tienes tantas cosas y te puedes concentrar más. En su día también leí a John Berger, pero no como ahora. Ahora se me saltan las lágrimas con sus escritos. Así que, de forma compulsiva, he acabado comprando muchas de sus obras. De forma habitual, vamos al menos una vez al mes a una hermosa librería que tenemos aquí en el centro. Además, Cecilia, la librera, es una de esas mujeres especiales que hemos tenido la suerte de cruzarnos. Maria se ha aficionado al club de lectura infantil (Crispetes y Lletres) y algún sábado lo hemos ocupado comentando el libro del mes. Este mes he cambiado “mi libro del mes” por varios libros de Berger de segunda mano. También me gusta comprar, de vez en cuando, libros que arrastran otras manos. Además, los prefiero escritos. Hurgo entre las firmas, las dedicatorias, los puntos de libro olvidados…. Viene, este último libro de Berger (Una vez en Europa), con un punto de libro de la librería Traficante de Sueños que estuvo, hace años, en la C/Embajadores, donde viví, y fui feliz, un año entero.

Carmen

En la residencia donde vive mi madre hay una mujer que me despierta mucha ternura. No sé qué extraña conexión nos une a otras personas, a unas más que otras, pero el caso es que desde siempre yo, con Carmen, siento algo en las tripas. Tanto es así que cuando voy a recoger a mi madre, la busco también a ella para darle un beso y preguntarle cómo está. No suelo hacerlo con otros abuelos.

Tiene Carmen a veces una sonrisa que le ilumina la cara. A veces no. A veces muestra una tristeza que sale del alma. Perdió dos de sus cuatro hijos en la arriada de 1962. Esa tristeza no se va con el paso de los años. Y además está continuamente buscando el sentido de la vida. Ayer, que noté que estaba triste, se gira y me dice “¿Para que, Fátima?¿Qué sentido tiene esto?. Aquí, a esperar”. A veces yo también me siento así: “Aquí, a esperar”.  ¿Qué sentido tiene esto?.  Porque uno supongo que le va buscando el sentido al día día: trabajar, ver a tus hijos crecer, sentirte útil, escribir un libro, conseguir más dinero para comprarte más cosas, o cosas más grande (un coche más grande, una cada más grande…), viajar, hacer un mundo mejor,  tener ropa nueva…. qué sé yo. Cada uno busca en sus entrañas lo que le da sentido a su vida. Pero a veces, algunas veces, aunque rebusques en el fondo del baúl, nada de lo que encuentras tiene sentido,