Atlas de Islas Remotas, la medicina china y la otra.

islas“Este atlas no es, por lo tanto, un manual de geografía, sino un proyecto poético; y parto de la siguiente premisa: una vez que resulta posible viajar alrededor de todo el globo terráqueo, solo nos queda un reto: permanecer en casa y descubrirlo desde allí” Judith Schalansky.

Es una fiesta especial Sant Jordi: nos regalamos libros y rosas y nos felicitamos el día unos a otros. El Atlas es un libro hermoso: con una encuadernación cuidada y lleno de historias y datos de islas “en las que nunca estuvimos y a las que nunca iremos”. Quizás porque yo de niña tenía también pasión por los atlas y los globos terráqueos, que cualquier libro que habla de mapas me llama la atención. Pero además, este está lleno de poesía, y de historias, y de datos: la distancia más cercana a tierra firme, el número de habitantes (algunas están deshabitadas), una breve historia en forma de linia de tiempo de los descubrimientos y hechos importantes sucedidos en cada una de las islas y un mapa geográfico de las mismas. No podía ser más bonito.

Y, en este extraño descubrimiento que resulta el compartir, Dawn me diagnostica con su medicina. Yo la llevo en el coche a la clase de Feng Shui y le ayudo con la informática y ella me trata como paciente. Lleva más de 20 años ejerciendo, y se nota. Me fascina la gente que se dedica a su oficio con pasión. Me toma el pulso, me mira la lengua, me llena de agujas, me sonríe. Tienes tanta rabia dentro…., exclama.  El hígado, el corazón. Le cuento que tengo roto el corazón, que estoy vacía por dentro. Vamos a trabajar esa rabia en el hígado, la ansiedad para tu hambre y tú tienes que reconquistarlo, me dice. O no, le contesto. Me receta Natrum muriaticum. Mientras leo sobre mi medicamento constitucional no dejo de llorar. Todo lo que leo ya lo sabía: me lo había contado Alicia, hace algún tiempo.

También el cardiólogo habla de roturas del corazón. Válvula aórtice bicúspide y aneurisma de aorta ascendente. Es hereditario. Puestos a recibir herencias, preferiría un barco.

Eduardo Galeano

Hace poco más de un año, Macondo se tiñó de luto. Galeano, que no era hombre de discursos, apenas pronunció cuatro frases, bien dichas, sobre la pérdida de las palabras. Nos dejaba Gabo, y con él se llevó todo lo que ya no pudo escribir.

Pero a mí me duele más, mucho más, haber perdido a Galeano. Hay muertes que duelen más que otras, porque el robo de sus palabras (y sus ideas) parece más grande. Yo también me quedo sin palabras, si pienso en todo lo que perdemos. ¿Quién recordará a los nadie? ¿Quién nos explicará la historia de los vencidos desde las memorias del fuego? ¿Quién nos acompañará las noches con cuentos que se te clavan en el alma? ¿Quién hablará de la tierra, de la sangre, de los surcos y las heridas, de las cicatrices de los pueblos?. ¡Qué llanto desgarrador, el de la viuda América, con la muerte de Galeano!

Durante años, la tarjeta de navidad que enviaba a amigos y conocidos iba acompañada de esta historia. He aquí mi pequeño homenaje. Hasta siempre. Que la tierra te sea leve.

Pájaros prohibidos

Eduardo Galeano

Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen en la entrada a la cárcel.

El domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el domingo pasa. Didashkó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en la copa de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:

—¿Son naranjas? ¿qué frutas son?

La niña lo hace callar:

—Ssssshhhh.

Y en secreto le explica:

—Bobo, ¿no ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

(…)

Hoy me temblaron las manos, mientras te pensaba. El temblor no me dejó marcar tu número de teléfono. También hay un dolor, aquí en el pecho, continuo y constante. Sé lo que es y cómo se calma.

Duerme. Ella duerme. Por fin duerme. Yo no puedo. Le doy vueltas a la lista de cosas que me quedan pendientes para esta semana. Todas las semanas son, en realidad, iguales. O casi iguales. Todas comienzan un lunes, llenos de intenciones. Preparo verdura para cinco días y acabo comiéndome una pizza y dos cervezas un domingo por la noche. O me lleno de frases de las que estoy convencida, con fe y con hechos pero empiezo a dudar pasado el jueves.

Hoy estuve todo el día en casa. Ella con arroz hervido y manzana; yo agotada, acabando en el último momento algo que tengo que entregar mañana. Procrastineando, como siempre. Y dejo la lista de cosas para mí, que quedan en la reserva. A cambio se me acumulan las cosas que no son para mí: examenes, dentistas, zapatos que tengo que comprar….

Una ducha fría. Un litro de agua de un tirón. Escuchar la voz de Alicia recordándome todo lo que me tengo que querer. Unas gotas de madreselva y unos golpes en la barbilla. Un sueño nuevo. Un poquito de meditación. Y a dormir.

Cocinar de madrugada

Duermo desordenado. Y más los días de antigym: duermo pocas horas, pero tan profundamente que me despierto llena de energía… como supongo debe ser. Me bastan cinco o seis horas. Las suelo dormir a trompicones… en dos o tres tiempos.

A veces me despierto a las cuatro y me pongo a hacer la comida. Me gusta cocinar a estas horas extrañas. Todo está en silencio. Así que se puede escuchar claramente cómo pelas las patatas, cortas el brócoli, el bullicio del agua hirviendo y hasta el roce de los granos de sal unos con otros al echarlos a la olla. Tengo una cocina moderna y dos fuegos se pueden programar para que se apaguen solos. Aún así, me da miedo dejar la cocina encendida y yo acabar durmiéndome… Creo que no me fío por completo de la tecnología. Acabo desvelándome por completo mientras espero a que la verdura para mañana hierva y  dejarla hecha. Llegar a casa (después de una mañana complicada) y tener la comida hecha, es un esfuerzo que me permite no saltarme la dieta. Mercedes me advirtió que no dijese la palabra “dieta” en casa, por Maria. A veces no somos conscientes de lo importante que son las palabras. Y con siete años todo es un descubrimiento. También lo son los movimientos. Isabel nos preguntó que intentásemos recordar que movimientos no nos permitieron de niñas. Podría decirle que ninguno. Mi madre siempre tuvo miedo que me fuera a romper, otra vez, así que intentaba evitarme cualquier movimiento que, bajo su criterio, supusiera un esfuerzo físico. Y siempre acabé desafiando esos “no hagas eso” que ella venía aconsejando. Quizás por eso dejo a Maria subir a los árboles… o abrir las piernas intentando hacer el “aspagat”, aunque me diga que le duele, o hacer el pino o el puente o el pino-puente…. aunque me vengan imágenes y se me repitan las palabras de mi madre en la cabeza (te vas a caer, a ver si te haces daño en la pierna, a ver si te rompes el cuello… ¿te puedes romper el cuello haciendo el pino-puente??.. nunca lo entendí bien)

Yo era una niña flexible… No más que otras, pero suficientemente flexible, a pesar de la luxación de cadera. Creo que todos lo somos alguna vez (sinó a ver quién es el guapo que sale por un agujero de apenas 10 cm, en el mejor de los casos).  Durante años hice una gimnasia suave en un gimnasio de pueblo.  Sólo me daba miedo la altura. Saltar desde las espalderas. Ahora siento que sé el porqué. Con la prótesis colocada, lo primero que hice fue lanzarme en parapente.  Ha sido mi salto más grande. Y aún recuerdo la cara de pasmado de mi instructor cuando le dije que llevaba una prótesis de cadera, allí en lo alto, entre los pájaros. Pero, la llevas bien puesta ¿no?. La caída no deja de ser un salto… y hay que correr después….

Duermo desordenado. Así que voy a dormir otro rato…

Tomas Tranströmer (1931-2015)

 

Ocurre pero pocas veces
que uno de nosotros ve de verdad al otro:

una persona se muestra un instante
como en una fotografía pero con más claridad
y al fondo
algo que es más grande que su sombra.

Él está de cuerpo entero delante de una montaña.
Es más una concha de caracol que una montaña.
Es más una casa que una concha de caracol.
No es una casa pero tiene muchas habitaciones.
Es impreciso pero grandioso.
Él crece de eso, y eso de él
Es su vida, es su laberinto.

Tomas Tranströmer (1931-2015)

fotografia de Robert and Shana Parkeharrison

La luz, las matemáticas y los puntos que se conectan

pozo planta1Tiene Steve Jobs un discurso que todos los años les pongo a mis alumnos en algún momento. No porque Jobs fuese santo de mi devoción, que no lo era, sinó porque está relacionado con la informática y a la vez esgrime unos argumentos sólidos sobre “los puntos que se conectan”, toda una teoría en la que creí en el momento en que la escuché. La fe es así. No puede explicarse. Ni se puede, ni se debe intentar convencer al escéptico. Sólo puedes apoyar la teoría con experiencias, con casos prácticos. Y cuando es el propio, el ejemplo toma la mejor forma.

Tenía siete años cuando mi tía Lolita me descubrió una noche llorando. Lloraba porque me daba miedo que mis padres se murieran. Necesité explicarme con urgencia la vida para entender la muerte y enfrentarme al miedo de perder a los que quiero. Un día sentí que todos éramos energía. Yo soy un alma en un cuerpo, llena de energía. Cuando muera, mi energía formará parte de otra cosa en el mundo, de otras personas. Me pasa que a veces conozco a alguien que me parece especial desde el principio: sé que su energía y la mía formaron parte de lo mismo. Es cuestión de fe. Y no pretendo convencerte. Pero no hay duda que la energía está en nosotros y fuera de nosotros.

Estudié matemáticas porque me fascinó la demostración de la integral definida (que no es más que el Teorema fundamental del cálculo). Hubo un momento en que aquella mujer, a la que llamábamos “la Conguito”,  llenó la pizarra de números y letras, de rectángulos, de cálculo de áreas que tendían a infinito, de límites… Lo espectacular (para mí) fue cuando estiró la S de la suma y lo convirtió en el símbolo de la integral. Decidí que quería ser matemática porque alguna vez quería sorprender a alguien de la misma manera que ella me sorprendió a mí. Pero cuando acabé la carrera, me dediqué unos años a la docencia de las matemáticas. Probé en institutos privados, públicos, di clases en la universidad… y todo me decepcionó.

Giré hacia otro lado, y hasta hoy he estado dando clases de informática. Al principio me apasionaba continuar aprendiendo. Estudié redes y conseguí hacerme instructora Cisco. Me peleé con el hardware, con la programación, con el UML, con el HTML, el PHP, el XML… Seguí avanzando y ando descubriendo frameworks como Bootstrap o motivando a mis alumnos a desarrollar aplicaciones en .NET y a pelearse con el SQL. Me aburre infinitamente, pero me ha permitido ser suficientemente autónoma como para enfrentarme por mi cuenta a aprender a manejar nuevos programas.

En la Escola Massana estudié joyería. No sólo me gustó trabajar la plata, también dibujé al natural, diseñé joyas que tuve que trazar primero con precisión en láminas como antiguamente, con técnicas de dibujo y “rotring”, manejé los volúmenes escarbando las piezas previamente en tiza. Estuve dos años entreteniéndome (según el innombrable), porque nunca me llevó a ningún sitio.

Primero en Londres y después un año en Madrid me peleé con la luz, los diafragmas, la velocidad…. Vi muchísimas fotografías. Aprendí la diferencia entre fotografiar un interior de una casa, una flor, un bolso, o hacer un retrato… Hoy puedo presumir de manejar la luz y los encuadres (con mejor o peor desatino), o al menos a distinguir una foto buena de una foto mediocre (muchas de esas fotos mediocres son propias, pero conscientes)

herramientas fatimaY entonces llega el Feng Shui a mi vida. Lleva un año llegando (quizás mucho más). Me apasiona. Me peleo con los números, con las matrices que permiten calcular los mapas de estrellas de las casas. Lo hago consciente y con cierta facilidad gracias a todas esas matemáticas que llevo atrás. Dibujo planos, con mejor o peor gracia, creo que esos dos años dibujando cuerpos desnudos a mano alzada y joyas con precisión técnica me van a permitir hacer unos bocetos de los planos de las casas que necesito… fijándome en los pequeños detalles, en una columna, en una forma redondeada, en un pequeño hueco por donde se cuela la energía, esa que somos y esa que nos rodea. Tengo que pasar esos bocetos a algo más tangible y profesional y el mejor programa para hacerlo es Autocad. No es nada intuitivo y llevo de broncas con las paletas un par de días para conseguir construir muros y planos con precisión. No me da miedo. Llevo muchos años peleándome con programas que me parecen absurdos, con interfícies extrañas, con lenguajes de programación que me sorprende que alguien entienda… no me da miedo buscar un video por internet que me explique las herramientas básicas de Autocad para conseguir un plano adecuado. Hoy me enfrento al primer proyecto: una masía que unos amigos han comprado en la Anoia. Las niñas han estado todo el día corriendo por el bosque, subiéndose a los árboles, saltando de piedra en piedra. He estado toda la mañana midiendo y haciendo fotos… buscando las rendijas por las que la luz se colaba en la casa. Teniendo muy claro cuáles eran las fotos que necesitaba y cómo las necesitaba. Estos son los puntos que se conectan. Cuando puedes recorrer el camino hacia atrás y te das cuenta que la vida te ha ido colocando todos esos puntos para que ahora estés justo en el lugar que estás, haciendo lo que haces, da vértigo. A pesar del vértigo, no tengo miedo. Estoy en el sitio que tengo que estar. Y sé qué es lo que tengo que hacer.

Hace tiempo

…que las musas desaparecieron.

En la planta de los pies se suceden las durezas. Yo me esfuerzo en hacerlas desaparecer, con cremas y piedra pómez y artilugios extraños que prometen talones suaves. Pero debe ser este nuevo caminar por la vida: más firme y con más ganas. He decidido también dejar de teñirme las canas, pintarme los labios de rojo y dejar aparecer la sonrisa más veces. Más veces.

Aprendo a esta edad a dibujar planos y a interpretar las estrellas, a partir de cálculos extraños pero familiares. Todo resuena en el interior, como si ya lo supiese. Como si siempre lo hubiese sabido.

Hoy no me podrán los insomnios. Voy a dejar de respirar esta noche, aunque sólo sea a ratos. Voy a contener el aliento para que los sueños broten más rápido. Y dejar en cada aliento un miedo. Esta casa huele a ruda, a espliego, bargamota y limón.

Empiezo a distinguir el norte magnético. Lo hago con las manos primero y luego la brújula me confirma que las direcciones son las adecuadas. En algún lugar, hay una casa mirando a la mar. Y desde allí, un trozo de mar busca una niña en una ventana.