Catarsis

Las imágenes hoy llegaron a borbotones. Se sucedieron caóticas  y quizás por eso me pareció una sesión caótica.

Pensé que nunca podría sentir más allá de mi parto, de mi propio parto, el de mi madre. Ese fue el día que me convenció por completo la antigymnasia, como el trabajo que ahora me toca hacer. Pero hoy acabo de pasar el umbral de la emoción y con apenas una postura, he sentido el miedo de algo que nunca antes he podido vivir.

Las imágenes se suceden en mi cabeza. Ha bastado con que Isabel nos haya puesto hacia la pared. Cuanto más intentaba pegarme a la pared, más sonaba una voz en mi interior gritando NO. Yo nunca he estado castigada “de cara a la pared”. Fui la mejor niña de la clase, la más obediente, la más estudiosa y la más buena, por no decir la más tonta. Y éste era un “no” profundo, desde las entrañas. Y llena de miedo me aparece una mujer vestida de blanco, como un novicia, gritando NO.

Cuando nos pide que nos pongamos una pequeña pelota en el ombligo, intentaba convencerme a mí misma que me conectaría con mi infancia y el cordón umbilical. Lejos de eso me trae un dolor en el vientre. Siento una daga que se clava, o una espada. Siento miedo y escalofríos. Y entro en una catarsis emocional. No me atrevo a ponerle nombre. No sé dónde se escondían esas imágenes en la memoria, no son mías. Son más propias de una película de terror que nunca he visto. Se suceden imágenes de una cara llena de pánico que no reconozco, pero siento su mismo miedo.

Me dice Susana que conoce a alguien que borra las pesadillas de vidas anteriores. Yo no quiero borrar nada. Quiero saber. Porque saber nos hace suficientemente conscientes para perdonar y para entender. Es una suerte entrar de nuevo en ciertos misticismos. Me hace sentir mucho más auténtica de lo que nunca he sido. Como si estuviese ante la verdad de las cosas. Ante la verdad de la vida (y la muerte).

Suena David Bowie.

Me pregunto si es posible que Alicia estuviese jugando con mis ancestros.

Catarsis

Lo sé

Mercedes debe rozar los 50.  Hace más de tres años que no nos veíamos. Cuándo me pregunta cómo estoy le digo que más vieja y más gorda. Se ríe y me contesta “yo también”. Pero a ella se le nota mucho menos porque ser cirujana plástica es un plus y ayuda a hacerse más joven. Me pregunta cómo es mi vida ahora. Me gusta esa cercanía. Hace más de diez años que nos conocemos. Fui a su consulta por primera vez en el 2003, para que me ayudase a perder 5 kilos antes de operarme…. Me habla de mi historial, de mis subidas y bajadas de peso, de que había llegado a perder 35 kilos (que previamente había engordado, claro) haciendo una dieta convencional. De que vamos a volver a intentarlo, sin agobios. De que no me preocupe si he estado este tiempo cuidando de mi hija y de mi madre, que ahora ya es tiempo de cuidarme de mí. Me viene a la cabeza Alicia y su frase: “ya es tiempo para ti”. Siento que es verdad, que ahora es tiempo para mí.

Lo sé

Sed

Me siento respirar por dentro. Muevo la cabeza, porque Isabel me lo pide, a derecha y después a la izquierda. Todo cruje en mi interior: los oídos, los huesos de las cervicales, y algo que debe ser esponjoso y lo une todo ahí atrás, en la nuca. Pruébalo. Si estás en completo silencio. Cierra los ojos. Y gira lentamente tu cabeza. Primero a un lado. Y luego a otro. Y prepárate para escuchar tus propias entrañas.

Hoy, hablando en una lengua extraña, me he vuelto a sentir una niña. Violando una lengua que no me pertenece e intentando demostrar lo que aún no soy.

Tengo sed. Una sed infinita que no calma el agua del mar, ni el de la lluvia, ni la de la nieve deshecha estos días atrás.  Yo me pregunto porqué unas aguas son más femeninas que otras. Sufro últimamente una sed infinita que no calma el conocimiento, ni la poesía de Gil de Biedma, ni la música de Sonic Youth, ni una ópera bien interpretada (cómo me gustó Maria Stuarda, aún puedo sentir alguna aria a tres voces, y si cierro los ojos puedo ver el escote de la reina destronada, su vestido azul y su pelo claro).

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

“Poemas póstumos” 1968

Y a ratos aún me vienes aún a la garganta. Intento tragarme la memoria, como quien come peces. Pero tus ojos se instalan en la boca del estómago.Creo que ha sido mucho peor.

Se llenan mis movimientos de imágenes. De caras que aún no conozco. De momentos que no he vivido o no recuerdo haber vivido. Veo imágenes diferentes a la derecha que a la izquierda. Y entonces llegan poemas. Una canción. Un nuevo trabajo. Algún proyecto. Y borbotones de ilusiones.

 

Sed

Olvidarte de fumar

Ha dejado de fumar. O eso dice. Yo me lo creo. Lejos de ser una buena noticia, para mí no lo es. Es uno de los signos de que la enfermedad avanza. También pasa con el Alzheimer: un día, los enfermos fumadores de toda la vida, se olvidan de fumar.  En su caso, no es que se haya olvidado, pero su cerebro ya no necesita la nicotina. Y ella, contenta, me dice: “llevo cinco días sin fumar, estoy más contenta”. Inversamente proporcional a mi felicidad. Siento que se va. Es algo que sus hermanas no son capaces de ver. Es obsesiva compulsiva. Le da por caminar y puede caminar mucho tiempo, muchas veces. Le da por hacer dieta y evita hasta el zumo de la tarde. Le da por comer dulces y puede salir cinco veces a comprar chocolate a la tienda de la esquina…. Se llama demencia fronto-temporal… tiene que ver con desaprender todo lo relacionado con lo social: olvidas el comportamiento más básico y pasas por alto las normas morales y sociales . El Alzheimer empieza por atrás: olvidas las palabras, olvidas cómo hacer las cosas, olvidas la propia vida. Pero al final, tanto en una enfermedad como en otra, te olvidas de fumar.

Olvidarte de fumar

Amor verdadero

Inventar un cuento que aún no conozcas para leértelo a media noche, cuando el cansancio no  pueda con el insomnio. Recorrer tu espalda, una caricia, mientras te susurro al oído la canción que te he cantado desde niña. Más niña. Mirar en tus ojos. Descubrirte un secreto. Esconderme  tú alguno  tuyo. Agarrarte a mi cintura y abrazarme. Mira cómo te achucho, me dices mientras ríes, te beso el pelo y me repites que me quieres. Yo más, porque eres un trocito de mí. No, yo más, porque soy un trocito de ti. No hay argumento mío que tú no rebatas con otro mejor. Mirarte de reojo mientras lees un libro y luego otro. Hacer como que no me doy cuenta de que te estás convirtiendo en una hábil lectora y no saber cómo demostrarte qué orgullosa estoy de ello.  Dejar autopremiarte con un trozo de chocolate, que a escondidas coges de la puerta de la nevera. Hacer como que no te veo, abrir la puerta. Verte disfrutar tocando un enorme trombón. Y adivinar cuánto aire cabe en esos pequeños pulmones de niña diminuta que respira profundamente, toma aire, lo aguanta en el diafragma, lo expulsa poco a poco y sostiene un trombón, moviendo la vara continuamente esperando encontrar las notas adecuadas. Y te veo, tan pequeña, tan esforzada. Y  me coges de la mano y me preguntas si puedo enseñarte a llenar la barriga de aire para poder tocar más rato. Decirme que soy la madre que mejor corto el pelo del mundo, a pesar de todos los trasquilones que te he hecho en la vida. Y los que te haré.

Sentir cómo respiras, cuando caes al fin rendida en la cama. Y yo junto a ti. Te miro y veo la hija que siempre quise tener.

Amor verdadero

En los días de invierno, la espumadera y una griega en Lavapiés

Ha tardado este invierno en llegar el frío. En esta ciudad hace sol. Hace sol y hace frío. Hace tanto frío que llevo con éste tres constipados. Cuando digo constipado digo que me quedo sin voz, no hago más que toser y no saco moco. Como ando rodeada de jipis, hasta mi médico, que es jipi, me recomienda los mismos remedios que me podía dar mi abuela: mucho líquido, caldos, una buena manta, miel con limón y un poco de reposo. Quizás porque son remedios de antes, son difíciles de seguir. Que me quede en casa, dice el tío. ¿Y quién va a buscar a mi hija al cole?¿Quién le prepara la merienda y la lleva al conservatorio esta tarde?. Dentro de mis posibilidades, de vuelta del centro médico compro verduras para un caldo. Aprovecho un par de muslos de pollo que tenía y con dos hamburguesas he hecho pelota. La pelota es un invento que añado, pero típico de la escudella catalana. Mis caldos son mezclas de varios mundos. Pero si hay algo que me parece entrañable es quitarle la espuma al caldo. Ese gesto me suena a antiguo. Me sabe al caldo que hacía mi abuela, al que hace mi padre y que algún día sé que hará mi hija. Siempre recuerdo ese consejo: “hay que quitar la espuma negra del caldo”. Y recuerdo a mi abuela, con un mandil de cuadros grises, espumadera en mano, separando esa espumilla gris que flotaba por encima de patatas y coles, y tocinos y patas de pollo. Y entonces me viene a la cabeza una mujer de Lavapiés que regentaba un restaurante griego. Era una abuela griega que parecía sacada del anuncio de yogurt. Por un momento pensé que acabaría diciéndonos “gronñequegronñe”. Fue hace mucho tiempo, cuando Maria aún no estaba ni en mi cabeza, pero yo ya conocía a su padre. Ella se sentó con nosotros a tomar café después de preparárnoslo. Era un café de pocillo, hervido, nada de expresso. Eso es de italianos. Tuvimos una discusión sobre el origen del café. Ella defendía con vehemencia que el café era griego y el padre de Maria quería convencerla (con más vehemencia) que en realidad era de Etiopía.  A mi me importaba un bledo el origen del café. A mí lo que me importaban eran sus ojos, su piel oscura, su sonrisa, los surcos en su cara….. Una griega en Lavapiés.

Hoy todos somos griegos.

En los días de invierno, la espumadera y una griega en Lavapiés

Desazón

Una musa me ha dicho que las raíces de los árboles sujetan las montañas.

Y con un hilo hecho de los tallos de las flores más hermosas,

se enganchan los sueños a las copas de los árboles.

Los pájaros se encargan  de repartirlos por el mundo

dejándolos encima de las almohadas.

Me miras a los ojos y la desazón se calma.

Una musa me ha dicho que en las noches más oscuras

las estrellas les prestan sus nombres a los poetas.

y los anudan unos con otros con espacios en blanco, llenos de silencio

Luego dejan caer tildes, comas y puntos suspensivos

para evitar que la respiración se corte y se quede en un silbido.

Te miras en mis ojos y la desazón se calma.

Desazón