Los borradores

Tengo 80 borradores en este blog. Algunos son del 2009. Ando haciendo limpieza, aprovechando el confinamiento por covid. Sí, soy positiva, siempre muy positiva… Voy a ratos, cuando el cuerpo me deja, porque me canso. El problema de esta enfermedad (para mí) es la incertidumbre. No sabes cuándo ni cómo va a acabar. Parece un constipado, con un poquito de fiebre por las tardes, con un poquito de cansancio muscular, con mocos y ataques de tos puntuales. Todo muy leve. Pero no sabes si en algún momento todo dará un giro y eso da un poco de miedo.

No consigo test de antígenos por ningún sitio. FInalmente he comprado diez en una farmacia de Zaragoza, y me lo envían por correo (vete a saber cuándo llega). Hace un mes compré 4 y me costaron a 3,5€, han subido más del doble. Es alucinante como las farmacéuticas se aprovechan de esta situación. Yo las nacionalizaba. A tomalpolculo. Como un bien común. Y vendía los medicamentos a precio de costo. ¿Cuánto debe costar realmente un test de antígenos? ¿50 céntimos?

Algunos borradores…. ahora tengo curiosidad por saber cómo acabarían (no, no voy a copiar los 80…)

TENGO ALGUNAS HISTORIAS (14 septiembre 2014)

Tengo algunas historias de amigos. Historias reales que podrían ser la base para una historia ficticia. Sólo con una pincelada más. Bien podrían resumirse así.

Él es chileno. Ella nació en Budapest. Se conocieron en Barcelona. Él vivió durante dos años en la ciudad. Ella llegó becada un verano. Ahora viven en Nueva York, en un apartamento en Broklyn de esos que ves en televisión.

Tuvo un novio con el que se recorrió medio mundo. Después de un viaje de meses, parte en bicicleta, se separaron. Una noche de borrachera, y para olvidar, ella se lía con el ex de su mejor amiga. Se queda embarazada. Decide tenerlo sola. Ahora, ella y su hija viven en un pueblecito del Cabo de Gata, en una casa blanca con ventanas de madera azules mirando al mar

DE PADRES Y VACACIONES (20 agosto 2013)

Hay un momento en que uno siente (y quiere) regresar a casa. A ese espacio protegido, con la intimidad y los objetos que le pertenecen. No es que aquí no me sienta bien (que me siento), pero no deja de ser la casa de mi padre, aunque Maria y yo, año tras año, vamos haciéndonos nuestro espacio particular aquí arriba, mirando el mar.

Y con mi padre siempre tengo la sensación de tener que estar demostrando. Estoy cansada. Este año he tenido la impresión, igual que cuando era niña, que nada de lo que haga es suficiente para él. Y (al menos creía que) hacía tiempo no me pasaba. Me habla de vecinas (a las que no conozco), que son muy trabajadoras, porque se pasan el día limpiando la hierba o desbrozando. Y no valora el trabajo que llevo casi un mes haciendo aquí. Ni limpiar el jardín, ni ayudarle a recoger las cebollas, los guisantes, las patatas, ni pintar la habitación que tenía humedadades, ni lo cotidiano del día a día que incluye ir a comprar, hacer(nos) la comida, lavar, recoger la ropa… Es como si yo no existiese. Recuerdo cuando era niña traer las notas a casa con pánico, porque en gimnasia sólo tenía un bien, en lugar de un sobresaliente como en el resto de asignaturas. Yo, que con el tiempo tuve una prótesis de cadera, era la única asignatura en la que no podía esforzarme más.  Soy como soy en parte porque él me hizo así. Es lo que tienen los padres. A veces, me siento culpable de que Maria no tenga un padre (cercano), aunque la decisión no fue únicamente mía. Al otro lado hubo un hombre que evitó responsabilidades. Alguien (cercano) me dijo un día que soy egoísta por haber decidido tener una hija yo sola. Yo sé que la maternidad (y la paternidad) es una cuestión de egoísmo. Uno tiene hijos por darse el gusto de repetir la especie, la propia. Herencia genética. Evidentemente obvié el comentario, y más viniendo de la persona que venía y en el momento de su vida en que lo hizo. Pero hay veces que estoy orgullosa de haberlo hecho, e intento hacerlo lo mejor que sé, con lo que no me enseñaron. Y me da miedo, cuando dice: «Qué tonta es Maria», porque algo no le sale… y entonces no hago más que repetirle que no es tonta, que sólo requiere un poco más de práctica o que sea un poco más grande… Y cuando a mí se me escapa algún «no seas tonta!», intento esbozar una sonrisa para quitarle importancia, porque sé lo importante que son las palabra y los silencios, y cómo nos afectan de niñas….

LAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA (30 octubre 2013)

Leo a Fernando Loygorri y recuerdo algo que escribí hace tiempo sobre las minas y los mineros. Eran chilenos  y se habían quedado atrapados en un pozo a 70 metros bajo tierra. Así estuvieron durante más de dos meses.

En León el grisú asfixió a seis mineros. Una se pregunta si en pleno siglo XXI y habiendo enviado maquinitas a otros planetas, aún no somos capaces de robotizar uno de los oficios más antiguos del mundo. Y seguimos extrayendo minerales de las entrañas de la tierra, de la manera más rudimentaria que podemos imaginar.

La vida es un milagro. La muerte lo es más. Porque la muerte regenera. Pero hay muertes, en las cavernas, innecesarias. Y hay gritos mudos de dolor.

EL GALLEGUISMO (19 mayo 2016)

Hacer una tortilla de verduras y echarle una pizca de pimentón. Dejar el aceite de color rojizo después de hacer la tortilla (por el pimentón). Echar de menos el mar bravo. El olor del eucaliptus. Ver una hortensia blanca y extrañar que no sea azul. Entender las retrancas. Creer en las meigas.  Comer pan a todas horas, aún sabiendo que como el de Galicia en ningún sitio se cuece mejor. Pronunciar correctamente la equis, para poder decir bien «raxo». Extrañarte si la ropa se seca en dos horas. No echar de menos el sol, y sí la lluvia. Que un día gris sea «un buen día» y no un «vaya día».

LOS NUEVE AÑOS (2 diciembre 2016)

Cuando te haces madre no te dan un manual de instrucciones. Esto no es como comprarse una lavadora, y no hay ningún pdf donde puedas ir a buscar el funcionamiento de un determinado botón. Pero la clave es entender que ambas vamos por el mismo camino aprendiendo. Así que intento no desesperarme ante la necesidad continua que tiene de tocarme, de que la escuche, de que esté con ella, de que no la deje sola en ningún momento. Me permito buscar los espacios comunes y abrirnos otros la una para la otra, dejar espacios para amigos (cada una los suyos) y para actividades. Intento que sea sin dramas, a pesar de que su actitud, y su carácter, dan para mucho dramatismo. Luego siento el peso de la genética y me digo que algo tendrá que ver el que yo sea también impetuosa, con carácter……

LA MATERNIDAD (27 mayo 2018)


Tengo una amiga (de esas del alma) que hace tiempo intenta quedarse embarazada. Somos de una generación que priorizamos los estudios, un buen trabajo……

LAS ALCACHOFAS DE MI MADRE (27 noviembre 2019)

alcachofas

Ya es época de alcachofas. Y si hay algo que recuerdo especialmente son las que hacía mi madre. Diría que es de las pocas veces que me ponía a su lado a cocinar y la ayudaba a rellenarlas de carne. Su receta era muy sencilla, pero no tenía especial interés en que quedasen bien rellenas: mi madre era más de poner «pegotes» de carne encima de las alcachofas. Así que ahí llegué yo a mejorar el formato. Hoy, mientras cocinaba, pensaba en todas las recetas que vamos heredando, de forma más o menos consciente. Hay quien se ha sentado junto a su abuela a hacer croquetas. Junto a la tita a ver cómo hacía los pestiños. Y junto a su madre a ver hacer la empanada o las alcachofas rellenas. No saben igual, claro que no (yo les añado pimentón, que me viene del otro lado), ni tampoco hay pretensión de hacer exactamente las mismas. Pero mientras aparto las hojas de las alcachofas y las relleno (casi una a una) recuerdo aquel momento de la niñez que compartía la cocina con ella.

El sushi y las pizzas de los viernes no pueden compararse. A veces pienso qué recuerdos tendrán nuestros hijos (y yo soy de las que cocina en casa). ¿Te acuerdas cuándo mamá llamaba al Ootoya a pedir sushi?.

Y no hay nada más…

FRANCESCA (4 Octubre 2021)

Mi profesora de italiano se llama Francesca. Tiene un humor propio, muy gallego (o muy italiano). Socarrón y por «lo bajini». Es guapa. Y joven (diría que apenas pasa los 30). Y tiene esa sonrisa pícara que te hace sonreir a ti también. Le gusta Jovanotti (aunque siempre nos pone videos donde aparece con su nombre completo: Lorenzo Cherubini), pero escoge las no-mejores canciones de él (En vez de Fango o A te, nos ha seleccionado Come música)

Con arte todo es mejor

Me apunté en el Grau d’Arts de la UOC un poco para obligarme a dibujar y un poco por curiosidad. Ya sabéis que no me puedo estar quieta, y aunque pensé primero en la Llotja, y hacer el ciclo de cerámica, luego apareció la opción de estudiar la clásica carrera de Bellas Artes, en versión online. Reconozco que hubiera preferido Arquitectura, pero no hay nada online, que es ahora mismo mi mejor opción.

Sólo me he matriculado de una asignatura, pero es de 12 créditos (lo habitual son asignaturas de 6 créditos) . Me cuesta, además, un pastón, por ser una segunda titulación (en este país no está bien visto querer estudiar más, todo está penalizado). El caso es que la idea era aprender a dibujar y diría que no me ha servido. Sigo dibujando tan mal como antes. Pero me ha hecho crecer … como artista. Esa sensación de creértelo. De que te hacen una propuesta de trabajo y te empieza a surgir del fondo una necesidad de trabajar, de mostrar, de buscar materiales…. ¿no es eso lo que hace un artista? Hurgar en las profundidades.

El primer ejercicio (les llaman PAC, y en realidad son un conjunto de ejercicios) sí que fueron básicamente de dibujo. Axonométricas, perspectiva, algo artístico, algo más técnico, practicar con encajes, sombras y texturas… Descubrí además una página para trabajar el dibujo del cuerpo humano, con ejercicios rápidos. Quizás fueron los ejercicios donde más he dibujado, aunque tampoco lo suficiente como para poder afirmar que «has aprendido». Pero entiendo que eso requiere tiempo (además de que te den las técnicas) y lo que tenemos ahora es un conjunto de materiales con los pasos a seguir.

La segunda PAC era más de pensar. La narración era el objetivo. Y aunque dibujé menos, disfruté más. Recogí mis poemas y aunque el caligrama no es mi mejor herramienta, hice un pequeño homenaje a Almudena Grandes. Aprendí lo que era un relatograma, descubrí un arquitecto curioso (Luis Barragán) dibujé cómics e hilvané una narración bastante completa de lo que mil palabras pueden suponer ante una imagen.

En la tercera PAC hay que hacer un projecto más elaborado, extendiendo el dibujo a lugares que no sean habituales y si es posible proponer una intervención que preferiblemente sea crítica. Yo ya tengo un proyecto en la cabeza (de hace tiempo). Lo he titulado 24pedres. Estoy creando una página web y he ido a recoger piedras al río Tordera. Quería ir al Ter, pero no conseguí encontrar el sitio para bajar :-) . Cuando digo piedras, son piedras. Quiero pesarlas, calculo que algunas rondan los tres kilos (las comparé con Lau, que no llega a 2,300kg)

Encontrar el encaje entre varias piedras tiene su punto. Quería era hacerlo de dos en dos, pero encuentro algunas que me gustan más en trío.

Voy a dibujar sobre ellas. Aún no tengo claro, dependerá de lo que ella me digan. Si giras la composición, ves posibilidades diferentes. En esta vi al principio un corazón, el hígado y un riñón, nuestros órganos más importantes (además de la piel). Pero a medida que giraba la composición veía diferentes dibujos en ellas.

Una vez están dibujados, formarán parte de un todo y se separarán por diferentes puntos de la ciudad.

La idea es que las puedan encontrar diferentes personas y que unirlas sea la excusa para encontrarse. Eso será posible porque la url de la página web estará escrita en cada piedra, y en la web podrán entender el proyecto, ver el conjunto total a partir de la fotografía inicial y un punto de geolocalización, donde tienen que reunirse con las piedras para volver a colocarlas y fotografiarlas. Ese será el final. Y así con 24 piedras.

La idea de unir, desunir y volver a unir me vino de una canción que me retumba en la cabeza desde hace tiempo: The Origin of Love. Es de una película extraña: Hedwig and the Angry Inch. Es curiosa, hay que verla.

La idea de encontrar una excusa para reunir personas me la da cada día el miedo a esta sociedad y descubrir que cada vez más nos estamos convirtiendo en una sociedad de individuos. Y yo tengo ganas de tribu, pero de verdad.

Echo de menos a mi chamana

Slow Life

Hoy hablaba con mi tía sobre la posibilidad de invertir en algo. Tiene una amiga (muy beata) cuyo hijo invierte en marihuana. No es que esté cultivando unas plantitas para tener unos cogollitos para consumir (que mira, hasta me parece interesante). No. Es que le llaman invertir en cannabis medicinal, en EEUU, donde ya es legal bajo esta fórmula. Yo entonces recordaba cuando alguien me ha dado la posibilidad de invertir en bolsa (eso de «si tienes mil euritos que no necesites… yo sé dónde colocarlos»). Mil euritos míos y mil euritos de otro, y mil euritos de otro… enriquecemos empresas que invierten en armas, o en drogas o en fondos buitres… ¿Esa es la sociedad que queremos?. Pues yo no. Paso.

Mi estrategia va hacia otro sitio. No da más dinero, pero a mí me ofrece la posibilidad de sentirme alineada con una vida más «slow». De entrada, molaría que la gente tuviese platos artesanales, o tazas hechas en un torno por un alfarero, o calcetines de lana tejidos a mano… ¿no? Si cada uno formase parte de algo auténtico y único, y hecho por uno mismo… Sea un cuadro, unos pantalones, un jersey de lana…. Esto también es parte de ese movimiento Slow Life: parar la marcha, reducir, disfrutar de las cosas sencillas. De los amigos, de las parejas, de las relaciones, incluso de las series que vemos en la tele. Pero todo es tan rápido, que hasta podemos hacernos un maratón y vernos siete capítulos en un fin de semana. La inmediatez nos está matando por dentro.

Mis tazas son rústicas, sencillas, hechas una a una con amor. En cada una cuido todos los detalles, desde la forma del asa, la mezcla de los esmaltes (los esmaltes salen un poco a su bola, la verdad, pero eso es cosa de la química que no controlo), estampar la firma… Es un gustazo (y un lujazo) poder disfrutarlos. La sensación de comer (y beber) en las tazas y platos hechos por ti.

Recuerdo cuando estudiaba joyería, que una compañera se puso en seguida a vender piezas. Era un poco chapuza (todo hay que decirlo) y aunque tenía buenas ideas para diseñarlas, la pieza final no solía tener un buen acabado, y en poco tiempo se acababa rompiendo o desmontando. Yo nunca me sentí suficientemente segura y nunca vendí nada. Como mucho, regalé algunos colgantes y algunos pendientes, pero nada relevante. Sin embargo, con las piezas de cerámica tengo otra sensación. Algo así como que da muchas más posibilidades. Me siento más segura (aunque no del todo, todo lo veo torcido o mal acabado), pero al menos sí siento que esa parte rústica del acabado tiene posibilidades. Y me gusta (enormemente) comer en estas piezas. Ya hace unos meses que tengo «mi taza» para el café de la mañana.

Yo, si tuviese mil euritos de sobras, me compraba un torno y la entrada de un horno. Eso sí es inversión en una sociedad un poco mejor. A cambio, hago tazas a los amigos y al que me lo pida (ahora estoy pensando si esta idea podría dar para un crowdfunding!!). También necesito un espacio, aunque tengo una idea, allá en el norte, mirando el mar. Cómo echo de menos ese mar….!!!

Cosas por las que vivir (y no morir en el intento)

Cuando a algún amigo le comento que yo ya siento que he hecho todo lo que tenía que hacer, se llevan las manos a la cabeza. No lo digo como una crisis, ni porque sienta que el suicidio es salida de nada. Lo digo con el convencimiento y la satisfacción de alguien que siente que la vida ha cumplido ya todas las expectativas. Hay una cierta tristeza también, porque a partir de ahora todo tengo que inventármelo (si es que no ha sido siempre así). Pero siento que ya he viajo mucho, he conocido mucha gente, he estudiado lo que quería estudiar, he tenido muchos trabajos, he plantado muchos árboles, he escrito mucho, tengo dos hijas mágicas de dos maternidades muy diferentes, he follado mucho (y diverso), he cumplido muchos desafíos (desde pilotar un avión, caminar por la muralla china o despegar en parapente), he hecho (y tengo) grandes amigos, he vivido fuera, he tenido varias casas, he podido cuidar de los míos (y estoy en ello)… ¿Qué más podemos pedir?. Así que cada día me levanto con el convencimiento de que si desaparezco no pasará nada (aunque tengo que hacer crecer un poquito más a las pipiolas, y conseguir que sean autónomas y independientes… la felicidad será ya cosa de ellas). Aún así, necesito marcarme nuevos objetivos, siento que cada vez más pequeños. Esas cositas que aparecen en mi cabeza y me dan «vidilla». Aunque sea acabar los calcetines que empecé para Lidi, o reactivar el viaje pendiente en autocaravana, o mejorar mis piezas de cerámica. Y luego están esos grandes proyectos, que son los que sí me desaniman, porque no sé si tengo tiempo. Vivir en London, Tener una casa junto al mar, Trabajar desde casa, Encontrar una pareja («normal»), Estudiar una segunda carrera (Bellas Artes o Arquitectura), Ser familia numerosa… Ahora mismo, desde el abismo que supone haber cumplido los cincuenta, todo esto me parece inviable. Aunque puedo dar pequeños pasos (y lo hago). Por ejemplo, me he matriculado en la UOC en el Grado de Arte (aunque sólo de una asignatura que la estoy haciendo a trompicones :-)). O pienso en sacarme el título de ELE, que me permita dar clases online de español para extranjeros e intentar hacer media jornada para poder teletrabajar, o miro constantemente las plataformas de venta/alquiles de viviendas buscando el milagro de una casa mirando al mar que no sea una utopía. Pero me invade la tristeza cuando siento que la mayoría de esos «grandes proyectos» tienen limitaciones puramente económicas. Porque sí, también necesito tiempo, pero desgraciadamente hoy el tiempo también se compra (si tienes más dinero y no tienes que trabajar, podrías dedicarte a estudiar Arquitectura, por ejemplo). Sea como sea, estos grandes proyectos que se concretan en cosas diminutas, son las que ahora mismo me permiten tirar «palante», con cierto convencimiento de ir disfrutando por el camino, y que, aunque no entregue la PAC a tiempo o incluso suspenda el crédito, estoy disfrutando de los lápices y las tintas dibujando, que aunque nunca vuelva a London, estoy disfrutando imaginando cómo sería vivir en Barbican Estate al menos un par de años, que aunque nunca seamos cuatro, estoy disfrutando pensando en cómo sería la vida con un enano correteando por casa… y así con todo.

Así que disfrutemos el camino.

Los demonios vienen a verme

A veces los demonios vienen a verme. Intento no hacerles mucho caso, pero un run-run interior no me deja pensar con claridad. La cabeza se me llena de sueños incumplidos y siento que cada vez tengo menos tiempo y la vida se ha ido poniendo peor. Pero miro a mi alrededor, y no veo nada mejor. Y así es como ganan la partida.

Sólo veo mierda. Una sociedad de mierda, una ciudad de mierda, un trabajo de mierda, unas relaciones de mierda… una vida de mierda. Los demonios suelen ser unos capullos que no dejan títere con cabeza. No se salva nadie. Ni yo. El ego tirado por tierra. Y te sientes una auténtica mierda.

Entonces tiro de música, o de algun libro, o alguna película. Verdaderamente es lo que nos salva en esos momentos. Y no pensar mucho. Porque se me instalan proyectos en la cabeza y no me siento con fuerza para llevarlos adelante. Sé que septiembre es un buen momento, por eso de comenzar el curso, de hacer una lista. Los To Do para este curso, aunque luego se vayan posponiendo mes a mes. Porque este año intuyo que va a venir lleno de trabajo burocrático. Con un curso que no sé si tengo muchas ganas de hacer, con poco tiempo para otras cosas. Eso intuyo. Y cuando llevo ya varios años dándole la vuelta a las cosas (cambia de instituto, cambia de nivel educativo, cambia de materias…), pero ya no te quedan más vueltas que dar, igual lo que tienes que hacer es tirarlo todo y empezar un nuevo ovillo. Aunque no está la vida fácil para hacerse artesana a estas alturas, siento que es necesario, más que nunca, esa slow life que ansiamos.

Ana

Descubro (no sin sonrojarme) en su muro de facebook (que apenas utiliza) que hace seis años cumplió 50. En las sesiones, siempre me pregunto qué edad tendrá. Quizás porque tiene un cuerpo de adolescente y carita de niña, de esas que siempre sonríen. Le echaba quince menos, sin exagerar. Mi chamana. La que me ayuda a encontrarme cuando me pierdo. La que me envía flores o me recomienda un libro, o una película, o una música.

Aunque hemos coincidido poco, creo que el hecho de tener un (buen) amigo común nos unía especialmente. Antes de recibirme (normalmente) ha tenido una visión. Suele ser con una virgen, me dice. «Una virgen viene a verme». Habla de las mujeres de luz, de lo que despertamos, de lo que aunamos, de la armonía que se forma alrededor nuestra. Suele explicarme anécdotas personales, y siempre, por alguna razón, acaba hablando de su marido. Yo la miro y la admiro. Y me da cierta envidia. Esas parejas que no pueden (y deciden) no tener hijos. Y se complementan así. Con amor. Con proyectos. Hacía poco que se habían mudado a una casa, en el Maresme.

Tenía sesión con ella este miércoles. Pero me escribe para decirme que por un problema familiar grave, tiene que anular todas las visitas, y que ya se pondrá en contacto conmigo cuando pueda. Cuando pueda. A estas edades, piensas en sus padres, o incluso en algo personal. Pero tras intercambiar otro mensaje con ella, me dice que su marido ha fallecido, en un accidente. Y así, de repente, me viene toda la tristeza. Y lo único que siento es que no puedo salvarla del dolor. Pero es que no podemos salvarnos ni de nuestros propios dolores. Ojalá mis lágrimas pudieran evitar algunas de las suyas. Ojalá mi tristeza pudiera conseguir que la suya sea menos intensa.

Si la conociérais. Es tan bonita. A mí me recuerda a Mariluz. Cuando Mariluz era Mariluz. Incluso la forma de moverse, de vestirse, de hablarme… Me recuerda tanto que en una de las sesiones, en que yo iba decidida a hablar de mi trabajo, de mi necesidad de cambiar, acabamos hablando de la locura, y de la posibilidad de dejar que cada uno viva sus propias locuras.

Y yo tengo unas ganas inmensas de darle un abrazo. Pero sé que me va costar. Y que nos va a costar, encontrarnos. Ana, mi chamana.

El edificio Freixas y el bar de la estación

El Edificio Freixas es un espacio de creación en una ciudad limítrofe de Barcelona. Lo gestiona un colectivo de artistas, encabezado por un mecenas que alquila los espacios a un precio módico. En una comida con amigos, esta semana, alguien me comenta que por qué no me animo y me invita a conocer el espacio y a participar en el proyecto. Es un sitio donde se mezclan escultores, diseñadores, pintoras, ceramistas…. Es un lugar lleno de creatividad y gente inquieta. Me emociona enormemente volver a conectar con todo esto. Así que me digo a mí misma: ¿por qué no?. El sábado quiero ir a conocer al espacio, y volver a mezclarme con modernos y gafapastas, pero sobretodo volver a conectar con la curiosidad y la inquietud, con la memoria, con el corazón y con la emoción de construir. La exposición es de Claudio Lavanchy.

Durante la mudanza descubrí un bar de cafés y menús al lado de la nueva casa. Es el bar de la estación. Por la mañana, se llena con el vaivén de los cafés con leche, los bocadillos mini y los carajillos de los pasajeros que van y vienen como si se tratase de una ciudad cosmopolita y transitada. A mediodía se mezclan los clientes habituales con algún despistado. Un menú barato, que no llega ni a 9€ y comida casera y abundante se anuncia en una pizarra a pie de calle. Yo viajo con mis dos hijas y mi tía, y entre caja y caja decidimos comer allí. Y al tercer día ya podemos entablar una conversación. Lo suficiente para que cada mañana, cuando aprovecho para sacar al perro, ir a por el pan y buscar el cortado de bar para llevar, me pregunte si ya estoy instalada y cómo llevamos la mudanza. Estas son las cosas que sí me gustan de las ciudades pueblerinas.

El almez

Desde la nueva casa se divisa el almez. Es EL almez y no UN almez porque no es un almez cualquiera (lledoner en catalán), y está catalogado como uno de los árboles centenarios de esta ciudad. Tiene seis ramas enormes de las que podrían colgar algún columpio sin duda, si no fuera por la fragilidad que representa su edad. Ahora está vallado (una valla discreta, de cuerda) y tiene una placa con su nombre.

En algún sitio he leído que tiene más de 100 años y siempre es bonito tomarse el café en una terraza contemplando un árbol centenario. Así que «take it easy».

La vida es un regalo, me repito continuamente. Y cada día es una oportunidad (para crecer, para disfrutar). Y aunque una mudanza es un auténtico estrés, y más si no ha sido una decisión premeditada, creo que estoy disfrutando muchísimo de esta. Montando estanterías, decidiendo qué muebles colocamos y dónde con Maria, recibiendo regalos en forma de ayuda (tanto económica como manos que te cargan cajas).

Y parece una tontería, pero tener dos baños y una habitación para cada niña, y sobretodo un almez a la altura de los ojos para tomarte el café cada mañana (con cotorras de fondo), es para sentirte afortunada.

En eso estoy, en trabajar la abundancia, la prosperidad y el amor (también a mí misma).

Candela

Estos días pienso mucho en ti. Me pregunto dónde andas, sola y sin abrigo. Me pregunto en qué momento te perdiste en el limbo. Leo tus cartas, tus comentarios en mi blog o los míos en el tuyo. Recuerdo momentos de nuestra infancia y nuestra adolescencia. Aquel verano en Macarelleta. Aquellos veranos en Torremolinos.
Me despierto en medio de la noche y miro qué tiempo hace en Tarifa. Debe hacer aún frío para andar de noche, perdida.

Me viene a la cabeza ir a buscarte. A pesar del momento complicado en que estoy ahora, lo que me viene a la cabeza es ir a buscarte. Y tengo miedo que no me reconozcas, que no nos reconozcamos. Después de años en que cada una tuvimos vidas divergentes. Pero quiero cogerte de la mano y darte un abrazo. Besarte los ojos y decirte que voy a cuidarte..

Jamón y tensión

Estos días algunos amigos cumplen 50. Como los conozco del cole somos de la misma añada (salvo alguno que se coló del 70). En el grupo del whatsapp les recuerdo que estamos dándole la vuelta al jamón, que es una expresión que escuché en algún sitio haciendo referencia a cumplir 50. Igual no es fácil pillarlo, pero es algo así como que ya hemos vivido más de la mitad de nuestra vida (a pesar que hay quién cumple más de 100 años). Ahora ya queda menos tiempo. Alguna me recuerda que es la parte más sabrosa ¿Lo es realmente? La primera vez que monté un jamón en un jamonero lo hice al revés (no tenía ni idea y tampoco había visto muchos jamones en un jamonero en casa de mis padres, o no lo recordaba). Cuando alguien venía a casa me comentaban que estaba al revés y yo no entendía porqué. Con el tiempo (básicamente al darle la vuelta) te das cuenta que pierde estabilidad. Si primero acabas la parte «fina», cuando le das la vuelta es más difícil de fijarlo y cortarlo sin que algo se desestabilice o se te mueva para todos lados el jamonero, el jamón y el cuchillo.

Pues debe ser algo así la vida.¿Los primeros 50 años deberían servir para darte estabilidad?. Lo establecido sería estudiar, conseguir un trabajo, una casa, casarte, tener hijos… Pero eso deben ser los demás. Yo inicio estos 50 con un traslado de casa, intuyendo que no será el último, porque estoy convencida que no es el definitivo; un planteamiento extraño sobre la gente que te acompaña en la vida, sobre la falsedad de las personas y contando con los dedos de una mano por quién darías la mano entera si hiciese falta. Aún ando buscando la familia espiritual, la tribu de verdad… Siento que me ahogan los comentarios absurdos de una ciudad pueblerina y no entiendo ciertas actitudes. Ando enormemente decepcionada con personas que pensaba eran amigos. Intento pasar desapercibida y a veces mejor esconderme. Tiro de la gente que sé que me quiere de verdad así que he recuperado los martes con Carlos, verme una vez al mes con Estrellita (sin ahogos), las conversaciones y las cartas con Lidi, cenar con Joselito y Carlos (el otro Carlos, tengo que decir a veces), reconocer que añoro las barbacoas en la Torreta, paseando por los bosques de Yolanda y Lluís con los amigos de toda la vida y tengo una cosita pendiente con alguien que quiero infinito, aunque ella no lo crea. Siento que los amigos de verdad están lejos, repartidos por el mundo. Y me jode. Mucho. Que no seamos más sinceros, más humanos, más cálidos, en general, los unos con los otros. Una crisis laboral, con unas opos que no quiero hacer en el horizonte y momentos en el curro que no me apasionan. Las conversaciones en el curro vienen a ser:

Lunes: ¿Qué tal? Bueno, de lunes

Martes: ¿Qué tal? Bueno, aún es martes, ya queda menos

Miércoles: ¿Qué tal?. Bueno, ya estamos en el ecuador de la semana, ánimo

Jueves: ¿Qué tal?: Bueno, ya queda menos

Viernes: ¿Qué tal?. Bien, al fin es viernes

Y cuál día de la marmota volver a empezar… A eso me refiero con las crisis. Y eso que he estado casi un mes de bajar por vértigos y tensión alta.

La tensión es otro gran tema estos días. Tengo la tensión disparada y supongo que también debe ser por la situación. Tomo olivo e intento calmarme por dentro. Pero ayer ni el ratito de piscina me sentó bien. Ando con mi tensiómetro a cuestas y me hace el seguimiento una enfermera del CAP que no tiene ni idea de mi vida. Sólo tengo ganas de descansar. Dejar las manos sobre el barro y diseñar tazas para tomar té. Reir. Beber mucho vino. Ver el mar. Despertarme en la playa, como aquellos años en Macarelleta. Lavarme los dientes con agua de mar. Leer sentada en un sillón junto a una chimenea, con Lau a los pies. Y tejer calcetines.