Lo has intentado. Has fracasado. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor.

Samuel Beckett, Rumbo a peor

Recuerdo

… el primer día que llegué a esta casa. Lo primero fue el pasillo de más de diez metros de largo y uno de ancho. Lo imaginé como un túnel, pintado de negro, lleno de estanterías y las estanterías llenas de libros. Siempre soñé con un pasillo así. Luego el patio. Tiene dos niveles y una terraza arriba. Lo vi lleno de plantas, mucho más salvajes de lo que hasta ahora han resultado. Desde que entré aquí pensé que sería un buen sitio para Maria. Pero me viene grande. Es tan grande que no puedo mantenerla. Y ando tan cansada trabajando en tres sitios diferentes para pagar todos los gastos que no tengo fuerzas ni para hacer una mudanza (esto me lo recordó el otro día Carol…). Eso sin contar con que los días de mucha lluvia, se inunda.

Hoy el insomnio me hace tomar una decisión drástica. Voy a dar un paso atrás. He decidido volver a mi «cuevita«. No sé aún cómo (tengo una hoja con tres listas de muebles que tienen que moverse de un sitio para otro). Y quince días por delante para organizarlo. Voy a dejar esta casa (que ya tiene algunos recuerdos por los rincones) y voy (de momento) a volver a vivir en el piso donde vivía. Reduzco metros cuadrados de vivienda y también gastos. Pero ando «de recogimiento». Dicen que a veces hay que dar un paso atrás para poder coger carrerilla. Creo que es una buena decisión: empezar el año donde empecé hace unos años una nueva vida.

Dicen

.. que es uno de los mejores traumatólogos-cirujanos-de-prótesis-de-cadera. A mí me sigue sorprendiendo como el primer día porque siempre acabamos hablando de cosas que nos son huesos cuando, en realidad, de lo único que parece que sepa sea de huesos. Y de unos en concreto.  Aquella operación me cambió la vida. En muchos aspectos. Me explica que lleva años buscando la posibilidad de hacer un programa para simular las operaciones. Me sonríe: «mira, tú matemática y yo haciendo las operaciones a ojo». Aún así, me dice, mi cadera quedó prácticamente reconstruida. Y casi perfecta. Y traza una linea con el ratón de un lado a otro de una radiografía que me acaban de hacer y me explica que están prácticamente iguales. Me pregunta si noto diferencia entre ellas… y le digo que no, que no cojeo nada. Que hago spinning y natación. Que he tenido una hija en estos años y el parto fue natural. No le digo las montañas que he subido, cuando, casi al principio, me dio por subir montañas. Ni que me tiré en parapente y hasta conseguí aterrizar. Ni que sé de otros que no pueden abrocharse los cordones de los zapatos mientras yo puedo andar en cuclillas. Tampoco le explico que me pasé días enteros subiendo y bajando las escaleras del bloque donde vivía mi madre, para poder recuperarme antes. Ni que iba todos los días al gimnasio y hacía más de una hora en la elíptica con la muleta al lado (aunque la primera vez que me subí a la máquina infernal, no aguanté ni TRES eternos minutos). Ni que el día que me quitó las 35 grapas, el que por entonces era mi compañero, me dejó en la puerta del hospital y se fue tranquilamente a trabajar diciéndome que quería separarse y que ya no estaba enamorado… (esperaba que después de catorce años, la explicación fuera más convincente). Pero me mira, me dice que siga haciendo spinning y natación, que la próxima visita será de aquí a cinco años (y que espera que para entonces él ya no esté allí), y que siga tan guapa como siempre. Y yo salgo pitando, porque he quedado con Juanita para comer y quiero verle esa panza enorme donde lleva dos enanas que nacerán en menos de un mes. Estoy deseando verles la carita.

Emilio Morenatti vuelve a correr! :D

Fotopress 09

Ni fú ni fá, la verdad.  Alguna foto impactante, pero otros años me ha gustado mucho más. Parece que las guerras siguen vendiendo. Y lo lejano nos sigue pareciendo mucho más atractivo.

Tanto que uno acaba viajando para conocer gente de otros mundos, pero intentamos evitar al vecino. A mí me pasa. Llevo un año viviendo en esta casa, y apenas conozco a los vecinos. Saludar les saludo, sí. Y con alguno he intercambiado alguna conversación. Pero no sé nada de sus vidas. Sin embargo, podría explicar anécdotas de los países que (años atrás) he visitado, y gentes que he conocido por el mundo. Prometo (en un futuro) estar más atenta a los vecinos.

Los días pasan. Ahora creo que eso es lo bueno de la vida: que no es para siempre. Confío en que el próximo año sea al menos sólo la mitad de malo que éste. Con eso me conformo. La putada es que, a uno de enero, no habrá cambiado nada substancialmente.

Y encima leo el último poema de TS,  y aún me pone más triste. Necesitamos todos un Central Park. Y un Gaviotu. Y mucho amor. Más amor. Y una mantita eléctrica (pa los pies). Y unos besos (pa las soledades). Y chocolate negro. Y un fado. Y una chimenea cerca cuando llueva afuera. Y algunos silencios. Silencios entre palabras. Y que la música inunde el silencio. Una tarde de ópera. Y una noche de jazz. Y un cigarrito adobado (aunque sólo sea muy de vez en cuando). Y cuajada con miel. Y mel i mató. Y una tortilla de patatas, de esas gordas y con el huevo sin acabar de hacer. Y recordar el sabor de las croquetas que hacía mi abuela, la güe-güe. Y sábanas limpias y planchadas. Y una barrita de incienso en el pasillo. Y que suene Close your eyes (de Stacey Kent) en la radio. Y un albariño fresquito (uno de esos Sin palabras que traje este verano.. y se acabó el sábado que vino Carlitos a cenar a casa). Y un trocito de mar frente a la ventana.

La locura

Malou es rusa. Trabaja de traductora en los juzgados, para la Generalitat. Llega tarde a clase, pero nunca le digo nada. Lleva unos días sin venir y la verdad, es que no se entera de nada. No le pego la bronca, pero le recuerdo ese detalle y le digo que es normal que no se entere de nada, si hace cuatro clases que no la veo y cuando viene parece que esté en otro mundo. Se le escapan las lágrimas y me explica, así bajito, que va a tres juicios por mes, que no entiende nada de este país, que se está separando…. Estoy por llorar con ella, así que le digo que luego nos tomamos un café juntas. Y sí, después de clase, nos tomamos un café. Me explica una historia rocambolesca. Su marido, que pertenece a una de esas familias importantes de farmacéuticos catalanes ha estado seis años engañándola. Que lo último ha sido con transexuales que lleva a casa y que se masturban en el comedor de su casa delante de su hijo de seis años. Que se vino desde Dinamarca, donde dejó un trabajo, perdió su casa y todas las facilidades que allí le daban por estar con él, porque la familia de él la acosaba para que sus nietos viviesen en Barcelona, cuando ya las cosas en su matrimonio no iban demasiado bien, pero que ahora ha llegado al absurdo. Que su suegra la quiere echar del piso donde vive con sus dos hijos si no deja que su marido viva allí, aunque lleve a todos sus amantes al piso familiar, pero que hay que guardar las formas y la familia es lo primero. Que ella está en tratamiento psicológico porque el shock que se llevó el día que se encontró a su marido fue demasiado fuerte… ella, que dice, ya había visto de casi todo. Que su hijo tiene pesadillas. Que esa familia (pudiente) que tiene varios pisos cerrados en diferentes zonas de Barcelona le obligan a dejarlo el 13 de diciembre (nietos incluidos). Que firmó un documento, aconsejada por su abogada en aquel momento,  en el que reconocía  voluntariamente ella dejaría el piso y que ahora intenta recurrirlo, porque parece ser que a la abogada «alguien» le dio 20000 euros para que ella firmase ese papel. Que ella quiere dejar ese piso, pero que necesita un tiempo para poder ahorrar un dinero y poderse buscar otro.  Que suerte que ha estado trabajando para Lidia Falcón en los juzgados, y que cuando le explicó su caso, se ha ofrecido a ayudarla….

A mí a veces la vida me parece una locura. Hay gente a la que parece que todo le va «suave»… Nacen, crecen, se reproducen y mueren (sí, como las cucarachas), sin que nada aparentemente se desmonte a su alrededor. Hay otros que parece que hayamos pisado mierda al nacer y no, no de la que da buena suerte precisamente. Supongo que eso tiene vivir. VIVIR. Así con mayúsculas.

Mis referentes a veces pueden sonar muy simples. Suelen tener nombre de persona. Y forma de amigo. Para mí Pau es uno de esos referentes. Él siempre se queja de que nunca le aviso para las mudanzas. Y tiene razón. Nunca lo llamo para una mudanza. Sin desmerecer a ninguno de mis amigos, hay otros que me ayudan con las mudanzas. Pau está para el desasosiego. Es de esos amigos que calman el alma. De esos que creen una y otra vez en ti, a pesar de las caídas. Y a veces, un simple abrazo en la despedida me hace más bien que mil cajas que haya podido transportarme…. Pero el desasosiego interior es complicado de sacar. Y hoy, ni vomitar me ha servido. Sigo teniendo un nudo en el estómago del que no me deshago

Esta ciudad…

… tiene todos los ingredientes para  ser feliz. Mar, montañas cerca, ocio, parques, actividades para niños, bares interesantes, restaurantes … parece que si se solucionara el precio de la vivienda (punto importante), tendría todos los números para ser la ciudad ideal. Pero yo no veo a la gente feliz. Camino y me cruzo siempre con gente cansada. Me digo que será la crisis…. pero me parece injusto echarle la culpa a la crisis.

La próxima semana tengo visita con el traumatólogo. Por fin. Revisión. Supongo que flipará cuando le diga que hago spinning con esa superprótesis en la cadera que me puso hace cinco años. Creo que es lo mejorcito que me funciona últimamente :). Estoy por decirle que me ponga un corazón de titanio también… a ver si así no se oxida.

No tengo muchas ganas de escribir. Aunque tengo muchas cosas dentro. Pero estoy en mi época sad&inside.  Y no,  el otoño no tiene la culpa. Ni la luna (que hoy estaba especialmente brillante). Ni la regla.

¿Y si….

… la mancha del escepticismo se me instala permanentemente en el corazón y no puedo volver a confiar en nadie más?

Dice Gaby que los daneses son buenos/tontos y que por eso no defraudan a Hacienda, no se saltan los semáforos y no roban. Y que son tan buenos/tontos que se fían de todo el mundo. Y que esa es una de las bases de la felicidad. Si es así, tengo que escribir cien veces lo de «tengo que confiar en todo el mundo», a ver si va a ser eso.

Lo intrascendental

Me pasa que miro demasiado alrededor. Y el problema no es mirar, sino oír. Y en realidad creo que no es oír, sino más bien escuchar. Y lo grave es que escucho básicamente tonterías. Y entonces vuelvo otra vez a sentirme un caracol.

Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, aparece alguien que te hace girar la cabeza o hacer un gesto afirmativo y una sonrisa se instala en el corazón. Hoy me ha pasado con una de las madres de los niños que van con Maria a las clases de música. Sí, Maria va a clases de música. Mea culpa. Pero es que en el Casal del barrio organizaron un grupo para niños de dos años de iniciación musical donde básicamente cantan y bailan. Y a Maria le encanta. No es tocar el piano ni el violín, que es lo que a mí me hubiera gustado hacer… así que acallo la conciencia diciéndome que es algo más «light», que no es una de esas historias que una no hizo y acaba volcando en un hijo :D. Maria va a clases de música. La monitora no debe tener más de veinte años. Un día trae una guitarra, otro panderetas… y un montón de Cd’s con coreografías… y Maria sale (como los otros niños) cantando xip-xap o imitando la lluvia o cantando una de esas canciones infantiles tipo «el gegant del pi» que yo nunca aprendí (ni aprenderé). Pero lo peor son las madres. No las soporto. No hay más conversación que la comida de sus hijos, el nombre de sus hijos, las vacaciones de sus hijos…. y eso cuando no hablan de sus parejas (y aquí yo no tengo tema… aunque para lo que explican, mejor no tener tema). Así que acabo haciéndome el caracol, o me voy al bar de enfrente, porque tres cuartos de hora no dan para mucho más. Pero hoy me sorprende la madre de Alex (acabamos siendo la madre de algún niño siempre, porque parece que ya no tenemos nombre), que me la encuentro (autista también) leyendo el periódico y me dice: «no soporto estas conversaciones de madres».. mirando (algo despectivamente) a un grupito de madres que se suelen sentar en el banco de enfrente a esperar a sus hijos y criticar a sus maridos. Sonrío. Y una extraña complicidad se establece entre una mujer que hasta ahora ha sido una auténtica desconocida y yo. Lo mejor es que cuando se va me llama flor.