Miro sus gestos y ahora entiendo qué es la locura. Yo, que hace años pensé que me iba a volver loca de dolor, ahora descubro que no, que aquello no era locura. La locura es otra cosa.

Pamplona

Nos vamos el fin de semana a Pamplona. Una amiga se casa. Tengo ganas de un viaje. Al norte. En coche. Un descanso.

No va a ser convencional (la boda, me refiero). Me he encargado de algo especial, porque Tere no quería «anillos». Así que se me ocurrió romper un cuarzo rosa y envolver los trocitos en un nido de cobre. Repartir el amor. Envolverlo para cuidarlo. Y hacerlo a medias. El de Omar lo he puesto en un colgante. El de Tere lo he colocado en un anillo de JoiadArt. Espero que les guste. En realidad es algo muy simbólico.

Me da pereza cargar con la cámara, pero me gustaría traer algunas fotos.

La ansiedad

parece que no remite. Me despierto varias veces durante la noche. Finalmente me he levantado y he aprovechado para leer. Tiempo para mi. El otro día alguien me preguntó cuando tenía tiempo para mí. Tiempo de ese para perder, que es otra manera de ganarlo. Es verdad que siempre ando haciendo cosas. Y sé que eso no tiene nada que ver con el equilibrio, ni la serenidad. Sé que necesito tiempo para mí, y no tenerlo me ahoga. Aunque si lo tuviera sé que lo acabaría dedicando a algo. Antes solía tumbarme en el sofá mirando al techo. Supongo que eso debe ser realmente el tiempo para uno mismo.

Mis ansiedades tienen que ver con el trabajo. El de fuera y el de dentro. El de casa me agota: Maria y mi madre se llevan casi todo ese esfuerzo. En el trabajo este es quizás uno de los años en que me siento mejor con el equipo, pero la responsabilidad que me ha caído con la coordinación me deja un poco KO a veces. Para resolver «cosas» que van surgiendo, acabo contactando con gente que hace mil años que no veo y también me remueve un poco por dentro.

Ayer Estrellita estuvo en el Liceu. Lo sé porque es de esos que va publicando en el feisbú todo lo que hace. Así que cuando la curiosidad me puede, visito ese perfil tonto que tiene colgado. Está empezando a no afectarme, aunque a ratos me pregunto cuándo dejaré de querer saber de él. Luego tengo un desasosiego interno extraño, como de estar haciendo algo mal en lo personal. Quizás es tiempo de no sentir nada. Eso me recuerda que después de separarme, durante los ocho meses que estuve haciendo terapia, Xavier me insistía que no siempre tenía que sentir algo, que me dejase llevar sin sentir nada. Estoy en ello. Así que creo que voy a dar un paso atrás, a pesar que Lola me echa las cartas por teléfono :) (es lo que tiene haber convivido un año con una pitonisa) y me dice que me tranquilice, que todo lleva su tiempo.

Los amores difíciles

Releyendo a Italo Calvino y sus «Ciudades Invisibles» (aprovechando que quería recuperar ese texto bonito que Candela me dejó en un comentario), he recorrido en la estantería sus otros libros. Me cae a la vista un título que, hoy por hoy, me parece de lo más acertado: los amores difíciles. Si hay alguno que no lo sea, debe ser el bueno. Siempre he pensado que los amores buenos son lo que fluyen. Si no fluye es que igual no debió de ser.

El problema es que nunca he sentido fluir nada (o igual hace tanto tiempo que no lo recuerdo). Mis amores siempre han sido a golpe de «currármelo», de dejar espacios al otro, o de insistir, siempre con la sensación de si el otro se agobiará con cada una de las propuestas o le parecerá que no me he implicado lo suficiente. Siempre con el mea culpa encima. Creo que debería hacerle caso a Joselito. Lo que está claro es que no se pueden forzar las cosas. Que si uno quiere estar está. Y si no quiere, no va  a estar. Y  ser tan natural como ser uno mismo. Aunque últimamente ya no sé ni cómo soy.

Odio…

… a Juanan por escribir tan bien… :D. Y por dejarme en un suspiro cuando leí esto, porque además me quedo en ascuas…. También lo odio, porque no nos deja comentar nada en su blog y hay que escribirle directamente un mail :D

A ratos te visito. Y te odio más y más :D (ya sabes que es un odio lleno de cariño)

Me espera sentado en un banco, al sol, en la plaza donde están «las candelas». Es una plaza céntrica, pequeña, con una iglesia. Hace unos meses fui a mirar un piso allí. Creo que es el barrio donde me gustaría vivir, aunque sea el barrio de Estrellita. Yo me pregunto qué extraña conexión me une a un tipo que práctiamente acabo de conocer. Llevamos unas semanas con el juego del café pendiente….que se ha convertido en una comida. Le llego por el hombro. Y me doy cuenta que siempre me gustaron los hombres altos. Y es delgado, mucho más que yo. Así que también me doy cuenta que me gustaban los hombre delgados (pero eso fue antes de conocer a Estrellita, que ni es alto ni delgado y encima la tiene pequeña :p). Él habla tranquilo, y tiene una sonrisa limpia, de buena persona. Me propone un plan alternativo, porque el cielo está nublado y la Candela es demasiado pequeña. Yo se lo agradezco, porque la Candela es uno de esos restaurantes donde Estrellita prometió llevarme alguna vez y como tantas promesas no lo hizo nunca. Pero lo dejamos pendiente. Así que acabamos en el Económic (que no tiene nada que ver con el Económico de la calle Argumosa…donde he comido los mejores huevos rotos del mundo, ni es económico, aunque lo fuese en su día). Cocina fina y un buen postre. Elige el vino. No es pedante, a pesar que tiene una vida más interesante (mucho más) de lo que tenía Estrellita. Una vida más sufrida, más apagada. Me explica que viene desde la bajaestima, que anda subiendo, y que cuando yo le digo que siempre me ha sorprendido ese punto de humildad que demuestra no es humildad realmente. Hablamos de viajes, de proyectos, de pasado, de los padres que se hacen mayores, de los cambios, de las crisis (personales)… Sé que podría enamorarme de esa sonrisa limpia. Pero yo sigo enganchada en aquella socarrona y llena de risas que me inundaba.

Dice toro…

…que me echa de menos. A ratos me pregunto si estoy. Y dónde estoy.

Os leo en silencio. A veces dejo un comentario aquí o allá… sin mucha pretensión. Sólo quiero sepáis que no me he ido del todo. Pero no tengo ganas de escribir. Ni de subir escaleras. Ni de levantarme por las mañanas (aunque lo hago). Me obligo a salir, a llamar a mis amigos, a reírme, a la clase de spinning, y a la sauna semanal (que relaja, sí que relaja y te deja medio tonta). Pero la verdad es que no tengo ganas de casi nada. Sólo la risa de Maria me hace moverme. Y la manera en que me mira y me dice «mami… te quiero mucho». Yo me pregunto si alguna vez miré así a mi madre. Y sobretodo, si lo hice, si ella se dio cuenta.