Banda sonora

Hace calor. Viajamos en un viejo descapotable rojo por una carretera larguísima. El sol roza el horizonte. El viento nos da en la cara…
Suena Bitte Bitte, de Phoenix Foundation

Mi hermosa lavandería

Lo último ha sido la lavadora (¿otra vez la obsolescencia programada o mal de ojo??. Lo mejor de todo es que el técnico que vino a arreglarla (porque sí, he decidido arreglarla y no tirarla, cuando todo el mundo me dice que seguro que por lo que me cuesta arreglarla encuentro otra lavadora nueva… pero es que la nueva no va a ser como mi lavadora vieja…), el caso es que al tipo que viene a arreglarla se le estropea la furgoneta en la puerta de mi casa (empiezo a creer eso del mal de ojo) y llevo una semana con la dichosa lavadora. Finalmente cojo dos bolsas del mercadona (esas de rafia que te venden ahora en vez de las de plástico de toda la vida que te regalaban) llenas de ropa y me voy a una lavandería pública cerca de casa de Carlos. Así aprovechamos para charlar (recuerdo la escena de “Cosas que nunca te dije”…) y luego vamos a cenar a una sidrería donde Maria ha sido (como siempre) una de las atracciones. Eso sí,  es un amor:yo no he visto una niña de tres años en un restaurante a las 23h que se porte mejor.

Estoy mejor… y buscando refugio. :)… aunque una casita mirando al mar seguro que ayudaría ¿no?

Generacion SI-SI

Este país es una mierdapinchádunpalo…. Ayer empecé a dar unos cursos de formación de competencias básicas en matemáticas. Un proyecto llamado Generación SI-SI (SI estudian, SI trabajan) del gobierno anterior que no tendrá continuidad en este mandato, porque lo suyo es destruir todo lo que el que hubo antes hizo, aunque estuviera bien parido. El proyecto pretende devolver al mercado laboral a todos aquellos post-adolescentes que en su día no obtuvieron ni el título de la ESO. Les explico que aprovechen, porque actualmente no puedes ser cajera en el Mercadona, ni barrendero en tu pueblo si no tienes un título.  No quiere decir que lo consigan, pero es una oportunidad con una formación profesionalizadora y unos contenidos para obtener ciertas competencias básicas en matemáticas, lenguas e informática. A pesar del momento personal en que me encuentro, empiezo las clases con ilusión, como siempre empiezo todo lo que se me pone en el camino. El grupo hay que verlo. Ellas son princesas de barrio y ellos niños de polígono. Me preguntan si se ponen los cartelitos con los nombres, que ya los tienen hechos. Les digo que no, que si me ponen los cartelitos no me obligo a aprenderme los nombres, y a mí me gusta saber cómo se llaman: Juanjo, Dani, Vero, Patri….. Me llaman “sita” (supongo que de “señorita”)… y entre sita pacá y sita payá y risas, se me pasa la tarde. No sé si han aprendido algo, aunque alguno sí que parece que ha empezado a sentir el gusanillo de lo gratificante que resulta resolver un problema. Me pregunto, aunque aún no los conozco, qué será de ellos en el futuro. En el fondo supongo que todos buscamos ser felices, y ellos lo son, de eso no tengo duda.

Dejar el mundo un poco mejor de cómo lo encontramos. A mi manera, con lo poquito que hago, lo intento. Aunque a ratos piense que es inútil.

Acaso….

… es cosa de los cuarenta, que se acercan, pero me siento triste. Esa sensación de que la vida ya no me dice nada. Y si todo va bien, me queda media vida. Sin embargo, lo mejor ya está vivido. Es así. Podemos resistirnos y cambiar la frase para animarnos, pero todos sabemos de qué estoy hablando. Y ya no me apetece aprender a tocar el piano, ni volverme a tirar en parapente, ni siquiera tengo muy claro que tenga ganas de viajar de verdad, cargando con una mochila y haciendo km para mezclarme con gente con la que tengo cada vez menos en común. Pau decía que lo único que nos salva es la literatura, pero hace tiempo que no consigo leer ningún libro entero. A veces pienso que lo que me salva es Maria. Me salva y me ahoga a la vez.  No sé cuándo empezó la cuenta atrás y aunque me entristece volverme tan poco gregaria como Toro (aunque en el fondo me da que tiene un fondo menos oscuro del que quiere hacernos creer) últimamente no me siento a gusto entre ninguna manada.

Hoy me salvó pasta fresca rellena con ricotta y cebolla caramelizada y un albariño que casi me he bebido sola y que un tipo, que tenía intención de enrollarse conmigo, me trajo hace unas semanas. Me he vuelto tan exigente con la gente como conmigo misma, y parece que nada ni nadie me vale.  Y no, no me salvo.

Tsunami

Mientras recorro aquí y allí viendo imágenes de algo que podría ser una película (y no lo es), los pequeños problemas domésticos de estos últimos meses se me hacen minúsculos. Y una empieza a pensar porqué nos sentimos ombligo de algo cuando el mundo es tan grande y los problemas “gordos” igual están por venir. Parece una época de catástrofes o eso me da viendo esa ola que barre barcos, casas, y todo lo que se pone a su alcance.

Como no conozco a nadie en Japón, ni conozco ningún japonés (más allá del restaurante al que Estrellita me ha llevado de vez en cuando), parece que sea un dolor muy ajeno. Y sin embargo Ibaraki podría haberse llamado Maresme y ahora estaría escribiendo otra cosa o no estaría escribiendo nada (mi primo, que es geólogo, me debe estar mirando mal de reojo, con sus capas tectónicas y esas cosas….). Pero no sé porqué extraño resorte, ciertas cosas que pasan en el mundo me afectan más que otras.  Quizás porque siempre admiré el carácter japonés. El país que se construye casi sobre el mar, que es capaz de diseñar y construir el edificio más alto de toda Asia, con esa fama de disciplina, modernidad/locura contrarestada con un alto sentido de la responsabilidad y el valor hacia la tradición.  O quizás es más sencillo y sólo es el espejismo de Lost in Translation que me dejó afectada. El caso es que me remueve por dentro. Tsunami emocional.