El Liceu

El sábado vamos al Liceu. A ver Petruixka, Maria y yo. Hace tiempo que compré las entradas. Platea, fila 2. Será la segunda vez que vaya al Liceu. La primera fue Turandot, hace mil años, con Estrellita. Buscando en el correo las entradas que compré para el sábado, aparecen mails de él.  Releo sus mails y todavía lloro. Aún no lo entiendo, cuando lo pienso no lo entiendo. Y me encuentro con una foto que le envié hace mil años, cuando Maria era un bebé. Habíamos quedado para cenar y yo le intentaba demostrar lo incómodo que resulta cenar con una recién mamá y su bebé… :).
La foto me la hizo mi cuñado Alberto (cuñado por parte de prima, que en realidad no tengo hermanas, aunque tenga casi-hermanas). Él me envió otra, sacándome la lengua. Lo miro, y sí, me da la llorera. Hace casi un año que no nos vemos. Quizás no nos volvamos a ver más, aunque en ese momento sentí (a ratos) que me hubiera gustado hacerme viejita a su lado.

Espero que después del sábado, ya no recuerde nunca más Turandot. O mejor de todo: a ver si traen de una puta vez Tosca a algún sitio, voy (aunque sea sola) y se acabó del todo Turandot y su puto Nessum Dorma. Cuando estuve en Madrid, la estaban representando en el Real, pero es uno de esos teatros que parece «palabras mayores». Quizás algún día me dé por ir. Lo siguiente sería Aida en la explanada delante de Guiza. Creo que es en invierno que la representan. Y sí, una de tantos sitios a dónde prometió llevarme. Iré. Sé que iré. Aunque sea con el imserso (si es que aún existe de aquí a 40 años….)

La crisis cercana

Mis padres aún conservan un garaje en Rubí. Es un local lleno de trastos de diferentes mudanzas. Aún hay allí cajas y cajas de una vida que ya apenas recuerdo.
Hoy acompañé a una amiga que necesita un colchón. Va a alquilar su piso por habitaciones porque tiene miedo de no poder hacer frente a la hipoteca. Ella se va a vivir con su hermana. Le cuadran los números, siempre que sus nuevos inquilinos le paguen puntualmente, no le destrocen nada ni dejen grifos abiertos ni calefacción puesta todo el invierno. Así estamos. Ella ya se ha hecho a la idea, pero un cierto desasosiego inunda la calma.
Volver a abrir ese garaje me abre una puerta al pasado. Y más si tengo que rebuscar en cajas (una colcha, o una manta para vestir ese colchón y ese sommier con patas). En una caja aún andan los juegos de mesa. Ambos éramos aficionados: al Go, al Abalone, a solitarios de madera, al Tangram, a rompecabezas matemáticos, al Pictionary con amigos…. Y entonces recordé que teníamos una estantería en una esquina con todos aquellos juegos que ahora se llenan de polvo en una caja.
No sé si es la luna, la manifestación de ayer, las cajas no abiertas, las ecuaciones no resueltas, la decepción del viernes, la movida con mi madre, la mudanza obligada de una amiga, que mañana es lunes… pero ando removida.

La cita a ciegas

Hacía tiempo que no me atrevía a esto de una cita a ciegas. Sigo pensando que conoces mejor a alguien en el día a día que por un perfil que siempre acabo idealizando en algún portal en internet. Pero el tipo prometía y me dije a mí misma que por qué no. Quedamos en la plaza Sant Pere, que es uno de esos lugares mágicos para mí. Me espera sentado en las escaleras de la iglesia (aún sonrío, porque con Juan quedé aquí, y me esperó en un banco leyendo el periódico). Está nervioso, porque no acierta a apagar el iphone-ipod que lleva enganchado. Es más bajito de lo que decía, y más calvo de lo que se intuía en sus fotos. Y sabía que no me iban a gustar sus manos. Demasiado blancas, demasiado pequeñas, demasiado finas. Creo que con el tiempo me estoy volviendo más exigente. Paseamos y tomamos una cerveza en una terraza. Comemos en la Candela. Me envuelve con su vida sorprendente pero no es tan egocéntrico como Estrellita y me escucha y me pregunta continuamente por la mía. Se toca la barbilla de la que sale un puñado de pelusa más o menos organizada. Me sigue pareciendo interesante, aunque menos culto de lo que prometía, y menos elocuente. Me invita a su casa, aquí al lado, a tomar café.  Me esperaba una casa grande y repleta de estanterías. Es pequeña, pero de techos altos (unos seis metros diría). Y sí, está repleta de libros antiguos amontonados por el suelo. En el spotify suena Rene Aubry. Fantástica la música para un café. Los objetos son magníficos, los pocos muebles están repletos de historia. Algunas personas necesitamos rodearnos de determinados objetos que llevan impregnados la vida que hemos tenido. La carcasa me gustó (quizás mucho más que la semilla), así que me vuelvo fácil cuando me besa. El café se quema y acabamos hechos un ovillo en la cama que hay en un altillo. Demasiado rápido pero correcto. Yo tampoco tengo tiempo para más. Lo bueno de follar con un desconocido es que no es necesario dar muchas explicaciones (ni antes ni después). Se disculpa por la rapidez. No importa, le digo, es lo que tienen las urgencias. Nos soplamos lo ojos, nos vestimos, nos tomamos el café. Le digo que la casa es preciosa y nos despedimos. El ciao es tan recurrido y resulta tan frío, que lo dice todo.  Sé que no volveré a verlo, así que borro su teléfono de mi agenda. Me hubiera gustado otra cosa, pero creo que en realidad no dio para más. En lo más adentro igual sí que siento que no me vuelva a localizar.

Al salir de su casa, atravieso el pasaje Sert. Un día soñé que vivía aquí. Pero fue un mal sueño. Tengo dieciséis llamadas perdidas en mi móvil. Catorce son de mi madre. Pero eso da para otro post.