La cita a ciegas

Hacía tiempo que no me atrevía a esto de una cita a ciegas. Sigo pensando que conoces mejor a alguien en el día a día que por un perfil que siempre acabo idealizando en algún portal en internet. Pero el tipo prometía y me dije a mí misma que por qué no. Quedamos en la plaza Sant Pere, que es uno de esos lugares mágicos para mí. Me espera sentado en las escaleras de la iglesia (aún sonrío, porque con Juan quedé aquí, y me esperó en un banco leyendo el periódico). Está nervioso, porque no acierta a apagar el iphone-ipod que lleva enganchado. Es más bajito de lo que decía, y más calvo de lo que se intuía en sus fotos. Y sabía que no me iban a gustar sus manos. Demasiado blancas, demasiado pequeñas, demasiado finas. Creo que con el tiempo me estoy volviendo más exigente. Paseamos y tomamos una cerveza en una terraza. Comemos en la Candela. Me envuelve con su vida sorprendente pero no es tan egocéntrico como Estrellita y me escucha y me pregunta continuamente por la mía. Se toca la barbilla de la que sale un puñado de pelusa más o menos organizada. Me sigue pareciendo interesante, aunque menos culto de lo que prometía, y menos elocuente. Me invita a su casa, aquí al lado, a tomar café.  Me esperaba una casa grande y repleta de estanterías. Es pequeña, pero de techos altos (unos seis metros diría). Y sí, está repleta de libros antiguos amontonados por el suelo. En el spotify suena Rene Aubry. Fantástica la música para un café. Los objetos son magníficos, los pocos muebles están repletos de historia. Algunas personas necesitamos rodearnos de determinados objetos que llevan impregnados la vida que hemos tenido. La carcasa me gustó (quizás mucho más que la semilla), así que me vuelvo fácil cuando me besa. El café se quema y acabamos hechos un ovillo en la cama que hay en un altillo. Demasiado rápido pero correcto. Yo tampoco tengo tiempo para más. Lo bueno de follar con un desconocido es que no es necesario dar muchas explicaciones (ni antes ni después). Se disculpa por la rapidez. No importa, le digo, es lo que tienen las urgencias. Nos soplamos lo ojos, nos vestimos, nos tomamos el café. Le digo que la casa es preciosa y nos despedimos. El ciao es tan recurrido y resulta tan frío, que lo dice todo.  Sé que no volveré a verlo, así que borro su teléfono de mi agenda. Me hubiera gustado otra cosa, pero creo que en realidad no dio para más. En lo más adentro igual sí que siento que no me vuelva a localizar.

Al salir de su casa, atravieso el pasaje Sert. Un día soñé que vivía aquí. Pero fue un mal sueño. Tengo dieciséis llamadas perdidas en mi móvil. Catorce son de mi madre. Pero eso da para otro post.

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