Actualizando(nos)

actualizarAlguien me dice que debemos actualizar a los amigos, especialmente aquellos a los que hace tiempo que conocemos. Seguramente mantenemos una visión distorsionada de lo que son ahora, porque tenemos la versión (idealizada o no) de lo que fueron. Para bien o para mal. Es así. Y por eso hay amigos (viejos amigos) que ahora no pueden responder cuando los necesitas y otros, que en su día no parecían tan cercanos, y ahora lo son. Y por eso también hay nuevos desconocidos aún que serán grandes amigos. Y hay pocos (muy pocos) que no cambian, que están ahí, que siguen acompañándote en este tránsito por la vida. (De los que no cambian está Toro….. ¿ves? al final hablé de ti :p)

Aunque a mí la palabra «actualizar» siempre la asocio a una aplicación. Deformación profesional, debe ser.

Las Candelas

ImagenSi algo me fascina de Barcelona son los rinconcitos. Ya hace años descubrí uno, casi por casualidad, en la plaza de Sant Pere.

Es una de mis plazas favoritas, en un barrio que, aunque de moda, no es el más moderno. El bar se llama La Candela, y no era más que un bar de barrio y carajillos que reconvirtieron dos amigas en un restaurante con mucha gracia. No eran especialmente simpáticas, así que no me extraña que los comentarios hacia el servicio sean los que son en la web. Pero si tú ponías algo de tu parte, llegaban a servirte bien. Lo mejor sin duda es el menú.

Hoy ensalada de aguacate y salmón y arroz con bacalao y alcachofas para mí y galtas con puré de pera y patata. Divino. Y la compañía de lo mejor. Porque reencontrarme con Joselito y ponernos al día de estos cinco meses en que no nos hemos visto ha sido todo un lujo. Y aunque siempre nos despedimos diciendo: «no puede ser, tenemos que vernos más», la verdad es que nos vemos más bien poquito. Poquito pero intenso. Y acabamos hablando de amores, de familias, de proyectos, y hasta de los rastros que las estrellitas dejaron en el firmamento que parece se haya convertido en un tema recurrente en mi vida porque condiciona algunos otros.

Me gusta ver a José. Le ha crecido la barba. Y tiene más canas. Nos hacemos mayores. Nos intercambiamos teléfonos de amigos recuperados, de una médica que me va a ir bien… y cruzamos agendas para volver a vernos en un par de semanas. Y nos damos un par de abrazos de oso, de esos osos que se acompañan en la vida uno al otro. Lo he echado de menos estos meses. Pero qué bueno volverse a recuperar.

 

La escalera y el campanario

 

ImagenYo quería una casa con historias. Y me enamoré de una escalera con pasamanos de madera noble y escalones de mármol blanco, antiguo, de ese que ahora ya no se usa, ni se hace, ni siquiera para las encimeras de la cocina. Apenas puedes encontrarlo para las lápidas y quizás alguna mesa de bar.

No es de caracol, pero se retuerce camino del cielo.

El entresuelo está realmente entre dos suelos. Es un espacio muerto que quedó entre el primer piso y el local. Había sido una única vivienda, del dueño de la Seat en Sabadell. Y aquí vivía la portera. Tenía (y tiene) una ventana que conecta al local de abajo. Cuando llegué, contemplaba el falso techo de una tienda de muebles. Con el tiempo, la tienda de muebles se ha convertido en una tienda de ropa de chinos. De un chino, en concreto, que se hace llamar Toni. No tengo balcón, ni ventanas con vistas… pero lo convertí en un rinconcito acogedor. Y encontré unos anillos colgados de un clavo en una puerta (que ahora no recuerdo donde estaba). Unos anillos también con historias. Otras historias.

ImagenEl dueño del edificio lo dejó en herencia repartido a diferentes sobrinos. Y registraron una división horizontal. La portería quedó en tierra de nadie. Desapareció una escalera interior que comunicaba con el local inferior y rellenaron algunos huecos. Así se diseñó, casi sin querer, una habitación extraña, en forma de ele, donde algún día había habido una escalera infinita hacia los infiernos de un taller mecánico.

Y desde la terraza,  una enorme terraza, se contempla el campanario del vecino. En noches claras, y menos frías, a veces me había escapado con una botella de vino a ver estrellas o  la luna, aprovechando el compás de la música de las campanas.

Es uno de esos campanarios emblemáticos  visible desde casi todos los puntos de una ciudad textil, decorada también por chimeneas altísimas aquí y allá. Y una ya reconoce desde la autopista, donde se encuentra su rinconcito escondido cargado de historias.

 

La interpretación de la vida

Creo que con un título como éste… uno puede esperar cualquier cosa. Normalmente primero escribo (a veces, lo primero que se me pasa por la cabeza) y luego titulo. Pero hoy es curiosos que me vino directamente así. Quizás porque siempre he pensado que es así, que cada uno tiene una interpretación de la vida. Incluso de la misma vida.

Estas navidades, un enorme desencuentro con un familiar que quiero mucho (muchísimo), me ha hecho volveer a pensar en ello. Qué desafortunado (o no) darte cuenta de la visión tan diferente que cada una tenía de la otra. Y ante una situación crítica, mientras tú has intentado actuar con toda la naturalidad del mundo, al otro lado hay alguien que piensa que actuaste desde la envidia y los celos. Y seguramente ambas interpretaciones del pasado son válidas, porque sino, es que ninguna de ellas lo es realmente.

Recuerdo en Chiapas, aquel verano, entre zapatismo, en plena selva Lacandona, intentando llevar adelante un proyecto de formación. Ellos nos hablaban de «asignaturas»,… «¿qué asignaturas enseñamos en la escuela?». Le llamaron historias (a la Historia), porque no había una sola (de Historia), sinó que el mundo se hizo de muchas historias. Y no con mayúculas, sino letra pequeña…. porque las historias, cuanto más pequeñas más reales. Y sí, así es.

Por eso me hizo mucha ilusión que las Gutierrez (que son algo así como mis hermanas adoptivas desde hace unos años) me prepararan una cena de navidad (cuando ya había pasado la navidad), y me cantaran villancicos republicanos, cual familia común, hecha de historias sencillas. Y recordaran a su padre, al que no conocí, y cenásemos todos juntos, con más amigos y su madre. Y así poder olvidar un poco la familia propia, que son de Grandes Historias, Grandes Dramas, y no cantan villancicos en navidades.

La realidad es

Esta casa lleva un tiempo más desordenada de lo normal, y más sucia. No tengo ganas de entreternerme en recoger cosas que al cabo de dos días vuelven a aparecer en el mismo lugar, ni de desplazar polvo que en breve volverá a colocarse en las mismas estanterías. Hago lo mínimo. Y la realidad es que sí, que está un poco más sucia y un poco más desordenada, pero podemos sobrevivir…. Sobreviviremos a los polvos de más y a un máximo mínimo desorden :),

Sábado de lluvia. Maria se ha quedado dormida en el sofá. Aprovecho para escuchar música (con los cascos). Suena Zaz, que es el último «descubrimiento» (en una extraña sincronía con Juncal). Huele a caldo. Decidí dejarlo cocer lentamente. Dos horas de olla «normal», en lugar de los diez minutos de la olla expres. Aprovechemos el frío para atrapar los olores del invierno. Descubrí que aún me quedaban unos kilos de patatas gallegas, que traje este verano de casa del abuelo. Están floridas pero aún conservan el sabor de la tierra. La realidad es que nada como los olores «patrios» (esa otra patria chica) para sentirse bien, nunca el incienso curará las heridas que no es capaz de curar el olor de un buen caldo casero.

Tenía ganas de reencontrar este espacio. Volver a leeros. Repaso los enlaces. El blog de Nacho, de El norte ha desaparecido. Toro sigue igual, con su Justiniano y sus personajes de manicomio :). La realidad es que estoy en un momento que podría presentarle algunos más, de personajes. A Lena (y sus Mil Orillas), a Alberto (y sus Queridos Viajes), a Zoe (y sus Miradas), y a Nacho (y sus Habanas) los he podido ir siguiendo por otros lares… aunque me alegro de reencontrarme en sus blogs. Al blog de Juncal (y su Rosa Espectral) o al de Candela (y sus Paisajes Inexistentes) no puedo entrar. Y con Paco (y  los Ojos de su perro) espero reecontrarme.  La realidad es, que os eché de menos. Pero estoy aquí. Intentando recuperar el espacio.