La cucharilla del azucarero

imageEsta casa está llena de objetos (Toro: vas a flipar). Cosas que vas acumulando en viajes. Algunos instrumentos musicales traídos de lugares remotos (de la India, de Egipto, de Cuba), pinceles con los que se pintan ideogramas gigantes en carteles en la China, músicas del mundo, un kilim que recorrió media Turquía antes de llegar aquí,  ágatas, piedras y arenas recogidas en diferentes playas del mundo, algunos cuadros (la mayoría pintados por mi madre)  de artistas callejeros desconocidos, alguna litografía interesante, un Buda que apareció en mis sueños….. pero si hay un objeto curioso, lleno de historia, es la cucharilla del azucarero. Muchos de esos objetos descansan en cajas, esperando a ser desenterrados nuevamente, pero la cucharilla en concreto está continuamente presente.

Vino de Escocia, hace muchos años. Uno de esos viajes que recuerdo con mucho cariño, con un hombre que perdí por el camino (algunos se pierden, sí). Con el (mi) coche recién comprado ideamos un viaje para “hacer kilómetros” y “conocernos mejor”. Los objetivos estaban claros. Siete mil (km), en total y una relación 24h al día, 7 días a la semana. Atravesamos Francia, condujimos junto al Sena, llegamos a Calais, ferry hasta Dover, rumbo a las “tierras altas”. Rodeados de vacas con flequillo, paisajes imposibles, conduciendo por carreteras de un único carril (los single-track road y sus famosos passing places). Veinte días mágicos haciendo el amor una o dos veces al día en los sitios más insospechados. La isla de Skye nos entregó el mejor de sus paisajes. Allí conocimos a una viejita entrañable con dos prótesis de cadera que nos regalaba cada mañana además de su sonrisa unos desayunos infinitos. A cambio, Rubén nos daba a ambas algún concierto de Chopin en un viejo piano (algo desafinado) que presidía un enorme salón. A veces se quedan instantaneas en la memoria. Aquel salón, perfectamente diseñado, con un enorme ventanal que daba a un jardín japonés-escocés creo que es una de las mejores fotografías que guardo en el cerebro. Juntos seleccionamos durante horas un cuenco tibetano en el mercadillo de Portree, tocando varios hasta que encontramos uno que pudiéramos hacer sonar los dos y todavía conservo una falda de tubo (de tubo tubo y que ahora no me cabe :(  ) venida del mismo Tibet. Pero si algo me queda presente en lo cotidiano de mi vida de aquel viaje fue esa cucharilla, con espiral incluida, que Rubén incluyó en el precio desorbitado de un café en un pub escocés al aire libre, y que me entregó porque hacía juego con mi casa: la casa de las espirales. Y la cucharilla quedó automáticamente asociada a un azucarero de Sargadelos., como si ambos se complementasen desde el principio de los tiempos. Cosas de celtas. Pero el azucarero da para otro post.

2 comentarios en “La cucharilla del azucarero

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