Enfermedades psicosómaticas y Vicenç

Estos días un pequeño bulto cerca del corazón me ha tenido absorvida. Finalmente no ha sido nada… y el médico confía en que el nódulo desaparecerá solito (de hecho parece que mengua). Una se pregunta por la raíz. Tenemos tendencia a tratar las enfermedades de manera psicosómatica. Si te duele la cabeza, te tomas un pastilla para el dolor, pero no pienses mucho en porqué te duele la cabeza. ¿Dónde radica el problema?. El encuentro del otro día, me hizo pensar en la retención de líquidos (y el sobrepeso consiguiente) como una reacción del cuerpo a “protegerse” respecto a alguna emoción. Me decía que puede ser por efecto de algún acto en el que me he sentido agredida, algo que he vivido como una agresión. El cuerpo crea un “flotador”. Si lo pienso en casos puntuales, creo que tiene cierto sentido, aunque en abstracto está claro que hay otros condicionantes (sedentarismo, mala alimentación, estress… etc).

Durante un tiempo fui a un médico naturista. Me lo recomendó Tere. Te diagnosticaba por el iris. Yo, que soy un poco escéptica, acabo creyéndomelo todo. Lo alucinante fue que Vicenç (se llamaba así) me miró el iris y me dijo (entre otras cosas): “tienes algún problema de huesos, en tu columna, que viene de la pierna”. Hacía tres meses que me habían puesto la prótesis de cadera y tenía algo de escoliosis debido a que de repente me recolocaron la columna dos centímetros hacia un lado….. A mí me sorprendió que viese eso en mis ojos. Y le pregunté directamente. Se rió, y me dijo que en los ojos está todo. Es cierto. Lo creo así. Hasta lo que no quieres saber.

Recuerdo que me dio un tratamiento y en un mes me puso las pilas. Me dijo: “Fátima, tienes mucha suerte, porque tu cuerpo reacciona muy bien. No sabes lo complicado que es, y no todo el mundo en un mes mejora tanto como tú has hecho. Cuídalo, porque no tienes otro”. Vicenç se murió hace unos diez meses.

De insomnios, diosas y Cachitos

El insomnio de esta noche me trajo algo bueno: chatear con un amigo que vive en Munich (y que también padece insomnio). Lo conocí hace mucho tiempo, aunque nos hemos visto muy poco. De vez en cuando me llama, me escribe o chatearlamos un rato. Y hacemos por vernos siempre que viene a Barcelona, aunque cada vez es menos. Supongo que es de esos amigos que si estuviera más cerca sería más que amigo. Él siempre me lo recuerda. Me recuerda que la primera vez que me vio le parecí una diosa, inalcanzable, atractiva y misteriosa. Está muy bien que te digan eso. Y me recuerda también que no soy convencional. Y le confieso que eso tiene sus desventajas. Quizás sería más feliz si estuviera más preocupada por los zapatos, la ropa que me pongo o la última serie de televisión. Pero acabo enredándome en cualquier palabra, en cualquier emoción, y siempre con la necesidad de “hacer cosas”… Al final me hizo saltar las lágrimas. Porque hace apenas un mes me he sentido como una mierda. Y está bien que te recuerden que no, que no lo eres, que nadie es una mierda.

Y alguien me descubre Cachitos. Me parece un sitio divino. Pijo de la muerte, pero divino. Hace tiempo que no visito sitios así (creo que desde que Estrellita está casi permanentemente en Madrid, y cuando viene a Barcelona sólo tiene tiempo para las rubias). He quedado con Tere que iremos un día a cenar juntas.

Sigo emocionada con mi blog de las palabras. Me gusta (mucho) como está quedando.

Esta mañana me he despertado de golpe. No muy tarde, pero no lo suficientemente temprano para mi clase de spinning. Tampoco hubiera ido. Estoy cansada. Las endorfinas han desaparecido casi por completo. Juanito nos había invitado a ir a la Festa de la Cirera, en Sant Climent, pero me daba tanta pereza conducir que al final, a pesar que tenía ganas de verlo, le he dicho que no.

Nos hemos ido caminando hasta el huerto urbano que llevan unos meses motando una colla de joves de la Creu Alta: L’Escarola. Es de aquellas iniciativas populares que increíblemente van apareciendo aquí y allá. Me encanta. Los padres de unos amigos de Maria están muy implicados, y nosotras vamos de vez en cuando. Hoy tocaba plantar plantas aromáticas. Ha venido gente que nos han regalado menta, artemisa, tomillo y stevia. Lo mejor de todo ha sido un encuentro curioso: una parejita (debían rondar los treinta años) que han venido a preguntar cómo funcionaba el huerto. Él venía de Castellar con alguna experiencia en permacultura. Sin saber cómo hemos acabado hablando del cuerpo, de la obesidad, de lo que significa, de la relación que tiene con las emociones. Me ha hecho pensar en los momentos en mi vida en que me inflo como un globo y en los que “milagrosamente” me adelgazo veinte kilos. Me doy cuenta que coinciden con momentos emocionales en los que he estado bien con alguien… o en los que he estado mal.  Tere me hace pensar más allá: no, no depende de tus parejas… depende de ti. Depende de mí. Si fuese por el momento en que me encuentro ahora, creo que dejaría de respirar.

Eterno George Moustaki. Hasta siempre

“Le Métèque”

Avec ma gueule de métèque
De Juif errant, de pâtre grec
Et mes cheveux aux quatre vents
Avec mes yeux tout délavés
Qui me donnent l’air de rêver
Moi qui ne rêve plus souvent
Avec mes mains de maraudeur
De musicien et de rôdeur
Qui ont pillé tant de jardins
Avec ma bouche qui a bu
Qui a embrassé et mordu
Sans jamais assouvir sa faim

Avec ma gueule de métèque
De Juif errant, de pâtre grec
De voleur et de vagabond
Avec ma peau qui s’est frottée
Au soleil de tous les étés
Et tout ce qui portait jupon
Avec mon cœur qui a su faire
Souffrir autant qu’il a souffert
Sans pour cela faire d’histoires
Avec mon âme qui n’a plus
La moindre chance de salut
Pour éviter le purgatoire

Avec ma gueule de métèque
De Juif errant, de pâtre grec
Et mes cheveux aux quatre vents
Je viendrai, ma douce captive
Mon âme sœur, ma source vive
Je viendrai boire tes vingt ans
Et je serai prince de sang
Rêveur ou bien adolescent
Comme il te plaira de choisir
Et nous ferons de chaque jour
Toute une éternité d’amour
Que nous vivrons à en mourir

Et nous ferons de chaque jour
Toute une éternité d’amour
Que nous vivrons à en mourir

“Era dueño de una dulzura infinita y enorme talento, era como todos los poetas, alguien diferente, porque al final siempre será la diferencia la que lleva al talento.”

Juliette Gréco

PRE-VIDERE

El jueves voy a un taller de ecología emocional. Me apetece y creo que me puede ir bien. Sólo se trata de aplicar el sentido común a la vida. Es tan sencillo que a veces pienso que lo hemos olvidado. Si hay algo que me ronda hace tiempo (básicamente desde que leí a Zygmunt Baumann) es el tema de la incertidumbre. Me pregunto si nosotros (los cuarentones) estamos preparados para tanta incertidumbre, para la “modernidad líquida”. Y encuentro, casi por casualidad, unas charlas de la Fundació Ámbit relacionadas con el tema: Equip bàsic per a la travessa. Creo que estoy preparada, sí… pero una ayudita nunca viene mal.

Y así de paso conozco algo más del tema. El año que viene me planteaba hacer algo más grande relacionado con esto. Y con la enseñanza. Y con els “inspirats per secundària”. Y con la vida. Y con las emociones…

Un cuento para la reflexión: La mejor manera de ponernos a salvo.

Iban de pueblo en pueblo exhibiendo sus acrobacias.
El hombre se colocaba una larguísima pértiga sobre los hombros y la niñita se subía hasta el extremo superior de la misma. Así sobrevivían.
Pero un día el hombre le dijo a la niña:
– Pequeña, cada vez que hagamos el número, tú debes prestarme mucha atención y yo hacer lo mismo contigo, de lo contrario podríamos tener un accidente grave.
– No, maestro, así no funcionarían las cosas – puntualizó la niña -. Si de verdad quieres que no tengamos ningún accidente, tú debes estar atento a ti mismo y yo lo estaré a mí misma cuando estemos haciendo el número. Te aseguro que es la mejor manera de ponernos a salvo.

Soler&Conangla.

El I Ching y el puente de Mostar.

ImagenAndo releyendo el I Ching. Tengo una edición preciosa que me regalaron Agnés y Xavi para mi cumpleaños (de hace siete años). Encuentro una bolsita de plástico dentro del libro que contiene tres dólares. Me pregunto qué hacen ahí esos tres dólares.  Lo leo a trompicones, saltando de aquí allá. Como leo la poesía o los libros de cuentos o los de fotografía, o incluso algunos ensayos. Nunca respeté el orden. Leo desordenado. Y veo desordenado.

Leo en algún sitio una frase, que me viene al pelo: “Cuídate de los que saben escribir, pues tienen el poder de enamorarte sin siquiera tocarte….”. Hace tiempo me enamoré de Carmen Martín Gaite. Qué decepción descubrir que era una viejita bohemia de pelo blanco y gorro de lana. Me cuesta mucho desprenderme de las emociones, de las vivencias, de los recuerdos. Deberían inventar una pastillita o un protocolo para formatear la memoria humana.

Y mientras, y a colación de algo que rueda en mi cabeza, me viene la imagen del puente de Mostar. Recuerdo que Gervasio Sánchez en su clase nos hizo un comentario al respecto (que no recuerdo bien), sobre algo que vivió en primera persona. Es un puente significativo. No sólo arquitectónicamente, sinó por el enorme significado que tiene. El puente que une dos mundos. Y sí, qué difícil fue construir el puente, y qué fácil resultó destruirlo. En un lado del puente se conserva una piedra (del antiguo puente) con una inscripción: “don’t forget 93”. Yo creo que hubiera dejado un puente colgante en su lugar: la menor manera de no olvidar la fragilidad de la historia.

Mi primo me recomienda un libro de Ivo Andric. Sólo tengo el primer capítulo: Un puente sobre el Drina.

 

“El porvernir es tan irrevocable

Como el rígido ayer. No hay una cosa

Que no sea una letra silenciosa

De la eterna escritura indescifrable

Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja.

De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida

Es la senda futura y recorrida

El rigor ha tejido la madeja.

No te arredres. La ergástula es oscura.

La firme trama es de incesante hierro,

Pero en algún recodo de tu encierro

Puede haber una luz, una hendidura.

El camino es fatal como la flecha.

Pero en las grietas está Dios, que acecha”

Jorge Luis Borges

(Para una versión del I King)

 

El piano durmiente

 

La taza y Sabadell

ImagenDel padre de Maria conservo casi todos sus regalos. Aún no sé porqué. Supongo que cuando no me han dolido las despedidas es más fácil conservar los recuerdos. Uno de ellos fue una taza que compró para mí en la exposición que fuimos a ver juntos de Escher, en Madriz. Es la taza del té blanco de cada noche.

Los regalos de Estrellita los tiré todos, todos menos uno,  al mar: conservo una cámara de fotos antigua, preciosa, que me trajo de un viaje que hizo a la República Checa, el verano que se recorrió media Europa en la Harley. Esta semana anda pendiente de mí. A veces creo que nos olemos los dolores él y yo.  Basta un mensajito en plan: “Calabacita ¿estás bien?”… o “churrita: ¿estás mejor?”

Y hoy, a falta de cervecitas con las Gutierrez, me he ido a cenar con unos amigos… de esos amigos encontrados con 40 años. A veces siento que me voy haciendo con esta ciudad. Así que entrar en el Suau y que el camarero te llame por tu nombre (el camarero es el marido de una compañera-amiga del cole), me hace hasta ilusión. También me pasa con Ricard y Mila, que son los dueños del bar donde solemos desayunar Maria y yo los domingos.Y a pesar de que hay momentos que me siento atrapada en la ciudad gris (que es como la definió en su día Pau) al final uno es del lugar donde le quieren. Y aquí, en Sabadell, poco a poco, voy encontrando gente que me quiere.

 

 

 

La maleta

ImagenAyer soñé contigo. Soñé que comprabas una maleta nueva. Una de esas pequeñas, de cabina (creo que le llaman). Es que tengo que viajar mucho, te justificabas, y son viajes cortos, de pocos días. Yo miraba la maleta de ruedas, pequeña, y hacía un recorrido mental de la lista de objetos que uno mete en una maleta de esas dimensiones. La ropa interior, una muda (qué bonita la palabra muda, de mudarse, de cambiar de piel…), un neceser con un cepillo de dientes, alguna crema, algún libro, algún objeto personal (yo siempre llevo un “click”  en la maleta), una foto de tu hija, algún “porsiacaso”….

Luego hice un recorrido de las cosas que uno deja fuera.

Tu maleta era azul cielo. Con cuatro ruedas. De esas con un asa desplegable. Tenía un sistema de cierre automático, con cuatro números. Te peleaste con las instrucciones para configurarlo hasta que desistes. Esto es más tuyo, que te gustan los números, me dijiste. Yo soy de letras. Y te reíste, esperando mi reprobación. Pero no te dije nada. Ya no te digo nada.

Tú me mirabas con ojos de niño, como el que está diciendo una pequeña mentira a mamá. Viajes cortos, dos o tres días como mucho, me decías.

Sonreí y me giré. Se me escapó una lágrima.