El desencuentro

Nunca un encuentro tuvo para mí estas dimensiones de desencuentro. Lo supe en cuanto lo vi. Se me antojó desde el primer abrazo que me convertía en agua, y que mi gabardina quedaba encima de un charco. Y a él lo vi salir, en forma de viento, disparado hacia el techo, mientras su mochila, suspendida en el aire, iba cayendo al suelo para hacerse trizas con todas las ilusiones dentro. Esa fue la primera visión. Se me repitió con la palabra del domingo, cuando me dijo “agua”. Yo sabía que él había dicho la palabra para que escribiera otra historia (que escribiré cuando pueda), pero a mí me volvió a venir esa imagen en la estación de tren.

Trampeamos como pudimos estos días, en la casa al filo del abismo, donde lancé todas las palabras que ya no me cabían dentro. Lo miraba a los ojos y me despertaba una ternura infinita, pero no deseo. Y aunque fuese recíproco, no por eso duele menos. Se nos inundaron los ojos de lágrimas reconociendo la tristeza que se había apoderado de nosotros. Nos habíamos repetido hasta el infinito: “lo que es, es”. Pero ambos pusimos todo en la historia. Y la envolvimos con muchísimo cariño, con mucha presencia, con amor, con ganas… No nos engañamos en ningún momento. Fuimos siempre honestos con el otro, pero creo que ninguno de los dos preveía el desastre.

Lo primero que hice cuando llegué a casa fue vomitar. Como no tenía nada dentro salió todo. Maria me pregunta qué me pasa. Le digo que estoy triste, y que la tristeza muchas veces sale en forma de lágrimas. Yo no quiero que estés triste, mamá. Y hoy fue ella la que me leyó un cuento para dormir. Te quiero, le dije, como cada noche y cada mañana. Yo también te quiero, mamá.

Me despierto, cansada de dormir (con sólo cinco horas), con la sensación de que la tristeza está inundando mi sistema linfático. Quiero dejarme sentir eso, porque también es parte de la historia. Me gustaría creer que él está bien, que conoció una chica bonita de vuelta en el tren, y ya sólo eso justificaría el viaje. Yo le pregunto a las piedras, y ellas me responden con esto: “lo que estaba lleno, debe vaciarse. Lo que ha aumentado, deberá disminuir”. Me dicen más cosas… pero me quedo con esto. Es justo lo que nos dijimos al despedirnos. Y que “tinguem sort”… que tinguem sort. Eso también nos lo djimos. Sé que lo echaré de menos. ¡Cómo no voy a echarlo de menos!

En el camino de vuelta, Tere me acoge, ella, infinita. Me da un abrazo. Infinito. Y Oumar nos abraza a las dos. Qué necesidad de estar en un lugar donde te quieren. Y me recuerda, entre lágrimas (mías y suyas) que esto no es un fracaso, que no me sienta un fracaso, que es el principio de todo, otra vez, Que él ha vuelto a encender en mí cosas bonitas…que me quede con eso. Y que escriba en un corazón “quiero que me quieran”… como un acto de psicomagia incomprensible. Yo siento que me voy a deshacer en lágrimas. Nunca un encuentro tuvo esta dimensión de desencuentro. Le escribo un mensaje a un librero que conocí hace tiempo. Es su cumpleaños y recuerdo que fue mi última cita a ciegas hace casi tres años. Lo felicito (de usted, como nos gustaba escribirnos) a pesar de que me parece que ya ni debe recordarme. Me contesta: “…es de agradecer que se acuerde de mí… guardo y atesoro un delicioso recuerdo suyo…”.  No todos los encuentros fueron desencuentros.  Aquel fue un polvo memorable. Quiere volver a verme… pero yo no tengo ganas de ver a nadie.

Suena Olafur. Encendí incienso, como cuando me preparaba para sus llamadas diarias de dos horas. Ya no va a haber más llamadas, ni mensajes. Otra presencia convertida en ausencia.

Agua, Isa, Que tinguem sort, la casa del abismo

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