Retama

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Un día la musa decidió repartir la retama* por el camino, para hacer más fácil la subida hasta Siurana. Hizo un pliegue con las semillas y puso una gota de agua en cada una de ellas. Luego las esparció a medida que iba volando, a un lado y a otro de los márgenes. La gota se coló entre las grietas que la sequedad de la tierra había dibujado, como arrugas en una piel clara, y arrastró la semilla con ella. Era otoño cuando la musa se marchó. En primavera, empezó a romperse todo. La planta creció y floreció, y dejó pinceladas amarillas sobre los “graus”.

Bajando por el Grau de Vincabrer y subiendo por el Grau de la Trona atardecemos entre piedras, sin medir las fuerzas para la vuelta.

A medio camino, el río se hace remanso y unas piscinas naturales nos devolverán el frío desde las plantas de los pies.

Una barca con ruedas camina hasta Santiago.

Una francesa enamorada de Barcelona me deja un mensaje en un papel. Me marca el camino de vuelta a casa. Sola.  Lanzo un guiño al otro lado de la mesa, pero no obtengo respuesta.

Un hombre de infinitos ojos azules cuenta historias, en un particular bla,bla,bla que parece no tener fin.

El río sigue. Suena de fondo, ahogando las palabras que no acertamos a entender. Yo me siento ligera, porque estoy de paso. Cierro los ojos y me tomo un café despacio.

*retama: ginesta (cat)

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