Escrito el 26 agosto del 2013, en Valdemaqueda

Despertarse temprano, cuando aún todos duermen, y sentir el frío de la montaña, un día de finales de agosto, en la sierra madrileña. Como si siempre hubieses pertenecido a este frío, y no a otro.

Fregar los platos de la cena de anoche, en una casa ajena, e intentando no hacer ruido. Tener un jardín delante, aunque aún no se haya habitado del todo, y dude por dentro que llegue a habitarse. Mirar por la ventana. Sentirte bien. En paz. Tranquila.

Saborear el primer café de la mañana en la intimidad que proporciona una soledad que se sabe que no está sola.

Adivinar un pájaro en la alambrada del vecino, sin distinguir si se trata de una alondra, un tordo o un cuervo. Dibujar una sonrisa por dentro, anta la ignorancia, mi ignorancia, sobre las aves y otros muchos seres.

Escuchar a lo lejos un perro aullar y, ya más cercano, el sonido del aspersor lanzando agua en un jardín vecino. Algún silbido. Un canto matutino. Pendiente ante la posibilidad de un llanto, de una niña que se despierte en una cama extraña y no encuentre a su madre a su lado.

Descubrir la luna, en su extraña trayectoria menguante, que hoy se ha levantado de mal humor, con las puntas hacia abajo.

Pasa un avión. Inventar un viaje para cada pasajero. Una ciudad extraña, y una lengua rara, que para otros significa un regresar a casa.

 

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