Los mirlos de Leipzig

Los mirlos de Leipzig madrugan más. Así su canto no se confunde con el tráfico de la ciudad. Lo han estudiado un grupo interdisciplinar llamado Loss of the night, que me parece un nombre significativo. Aunque con los mirlos alemanes nunca se sabe.  Aquí, en el sur, perdimos la noche hace tiempo. O la ganamos, según se mire. Ayer, que fui a ver una obra de teatro al centro (Verás que todo es mentira), me di cuenta. Había casi tanta gente en el centro de Barcelona como un día por la tarde. Gente de todo tipo, aunque los alrededores de la Rambla de Catalunya (hacia la montaña, desde la Plaza Catalunya) se llena de turistas y canis a esas horas. Cenamos en un restaurante precioso: Toto. Los camareros, todos guapos y tatuados, parecían recién salidos de una película de rebeldes, o de una cárcel….y luego acabamos tomando un “cocktel” en el Milano. No es mi sábado noche habitual, ni los sitios que suelo frecuentar (de hecho, prefiero la Ribera, Poble Nou o Poble Sec…). Pero de vez en cuando… de vez en cuando la vida te sorprende, que diría un cantautor.

No escuché mirlos, ni alondras, ni golondrinas huyendo. Y si los hubiera habido, no los hubiera distinguido.

De poetas, memorias y estrellas

Este año tengo un alumno que se parece a él. Es alto, muy delgado y tiene cara de niña. Tiene una voz grave. Voy olvidando su voz. Y ya no recuerdo ni su cara, ni su cuerpo. Quizás recuerdo algún gesto. O algún detalle, como una extraña nariz chafada sólo por la punta.  Pero su voz: ya intuía que sería lo más complicado de olvidar.

Y es curiosa la memoria. Cómo se guardan los recuerdos. Cómo se olvidan. Me da miedo. Últimamente olvido muchas cosas. Las olvido completamente. Es desconcertante. Encuentro un papel en mi casillero y no tengo ni idea de cómo apareció allí. Entonces alguna compañera me dice: “te lo pasé yo, para que hicieras no sé qué….”. El no sé qué lo recuerdo… lo que no recuerdo es cómo llegó ese papel allí, ni cuando, ni si lo puse yo. O dejo las gafas o el móvil en algún sitio. Ahora, ahora mismo. Y pasan dos minutos y no tengo ni idea, pero ni idea, de dónde lo he dejado. Trini me dice que llevo mucho estrés… muchas cosas encima. Y que ni se me ocurra hacerme las pruebas del Alzheimer. Yo ni sabía que había pruebas. ¿Para qué hacerte unas pruebas?¿Para estar segura que al final de tus días lo olvidarás todo?¿Qué sentido tendrá entonces una vida sin recuerdos?. A veces siento que escribo para no olvidar.

Hoy me llamó Estrellita. Qué extraña, pero qué cercana a la vez,  su voz, su risa…. Cuando colgué, después de reir, me puse a llorar. No es tristeza, o quizás sí. No fue amor, o quizás sí. Me dice que me quiere mucho, que su casa es mi casa, que vaya cuando quiera…. Tiene una novia (no me lo ha dicho) que esta tarde iba camino de Madrid en el AVE. Se hace el tonto y me dice que quiere hacer más vida social… que tanto arriba y abajo al final se está quedando muy solo… que en un par de semanitas me da un toque y nos hacemos ese arrocito en la playa … que tiene ganas de darme cuatro abrazos de oso… que me voy a enterar….. y otra vez que me quiere mucho. Sé que voy a evitarlo. Como otras veces. Que pondré cualquier excusa: el trabajo, la niña, mi madre… Porque a mí, que me gustan los hombre altos y delgados, ese brazo peludo, grande, de oso que todo lo abarca… me puede. Y si me mira a los ojos. Y si me atusa el pelo. Y si me acerca su boca… sé que voy a acabar llorando.

Guardo tu recuerdo

Guardo tu recuerdo en color sepia.

Tú sentada en aquel banco, pasando las hojas de un libro que así, a lo lejos, aparecía en blanco.

Yo te miro desde la ventana de una clase anónima. Y me pregunto qué haces ahí abajo, si yo estoy aquí arriba.

Te subes el cuello de la chaqueta, te anudas una bufanda y te atusas el pelo. Siempre me gustó esa manera de rodearte el cuello con fulares, bufandas o pequeños pañuelos, y cómo después sacabas tu pelo, a mechones. Es otoño y empieza el frío. Tus sandalias de verano han dado paso a unas bailarinas de color oscuro. Tu pelo rizado empieza a encresparse por efecto de las primeras humedades. Te lo enroscas, el pelo, jugando con tus dedos en él. Aún, varios años más tarde, conservaste ese gesto.

Te veo distraída cuando pasa alguien por tu lado. Levantas la vista, como si la lectura en realidad no fuese contigo. Enciendes un cigarrillo. Si me concentro, podría olerlo desde aquí. Alguien se para a pedirte fuego y le ofreces el cigarro recién encendido. Sonríes. Puedo ver la comisura de tus labios. Y tu boca humeante y roja. Y el cigarrillo marcado de carmín para siempre. .

Te miro. Y sólo pienso en los nombres de los tres hijos que me tendré contigo.

Alzas la vista. Creo que me has visto. Sí, me has visto. Levantas la mano y me saludas. Me siento torpe y me escondo tras una ventana traslúcida. Te ríes. Me ruborizo. Y tú vuelves a esconderte dentro del libro.

Esta tarde, cuando salga de clase, te tomaré de la mano, te llevaré al cine, a esa filmoteca con películas en blanco y negro y te besaré la boca, la nariz y las orejas. Cómo me gusta esa peca que tienes en el lóbulo izquierdo. Compraremos un falafel a la salida y te acompañaré a tu casa. Nos besaremos como posesos en el portal. Hasta que llegue tu padre, a tiempo, y te empuje escaleras arriba y me mire con desdén, aún sabiendo que, años más tarde, seré yo quien le sirva el cava en la cena de Navidad, entre nietos y tu risa, recordando aquel momento.

 

Atín Aya

ImagenRecuerdo la primera vez que vi su nombre escrito,  más propio de un escritor persa que de un fotógrafo sevillano. Busqué, curiosa, sus fotografías, y descubrí cómo me tocaban el corazón.  Fotografías ancladas en el tiempo. Con la esencia del que ha creado algo, ha construido con imágenes un trozo de vida de un tiempo concreto. Sus paisajes de las marismas o los retratos de sus paisanos te transportan. Tiene su mirada (y también sus ojos) algo mágico. Luego busqué su foto, la de él. Y su historia. Cuando lo miré, por primera vez, (y también ahora), una extraña sensación se apodera de mi estómago. Una mezcla de paz y tristeza. Y se me saltan las lágrimas sólo de mirarlo. Pensando que en realidad nunca lo he conocido ni podré conocerlo… y sin embargo, me resulta infinitamente cercano.

Algunas de sus fotografías pueden verse en AtinAya,  aunque he seleccionado algunas que me parecen exquisitas. Quizás no las mejores, ni las técnicamente mejor hechas (aunque la técnica es impoluta), pero esas fotografías que tienen alma. Si es que el alma existe, sin duda, se quedó enganchada en las fotos de Atín Aya.

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“No puedo fotografiar más allá de la luz”   Atín Aya.

Cosas del Departamento de Educación. En este país.

A veinte de septiembre el curso ha empezado. El plan docente, que entre otras cosas incluye el reparto de materias entre profesores, la confección de grupos, el diseño de posibles desdobles de grupos (si nos permiten las horas)….está confeccionado. Los horarios hechos y repartidos entre alumnos y profesores. Nuestro jefe de estudios, que es un tío bastante competente, lo deja todo listo antes de irse de vacaciones, que no suele ser antes del 20 de julio (aunque tenemos fama de tener tres meses de vacaciones). A pesar de eso, el año pasado, a 1 de septiembre, nos quitaron medio profesor. Tuvo que rehacer todo el trabajo. Puede llegar a ser (depende de la complejidad de las desideratas, de las condiciones y del número de grupos y profesores) un trabajo de más de una semana (intensa). Este año… este año… a 19 de septiembre, cuando además ya han empezado las clases,  nos quitan un profesor. Indignadísimos todos nos hemos plantado para decir que no, que si ellos no contaron la plantilla bien a 1 de septiembre no es problema nuestro. Pero en el fondo lo es. Porque alguien en el Departament d’Educació, y en la delegación del Vallés Occidental concretamente parece que se quiera colgar medallas ante sus superiores. Mucho me temo que es así. Y así le saldrá un excel de puta madre con lo que se ha ahorrado en su delegación (en la gestión de centros públicos….porque en los concertados hay otros criterios) ajustando las plantillas al máximo. El problema es que nos faltan 6 alumnos en 2 de SMX. Tenemos 59. Deberíamos tener 65. Es un problema puntual de este año, en que tuvimos un primero desastroso, con muchos alumnos con diferentes dictámenes (asperger, tda… ) y un 40% de alumnos con adaptaciones curriculares en la ESO. Hemos tomado medidas, tal y como nos sugirió la inspectora de zona. Hemos hecho dos grupos reducidos (a costa de saturar otros), para “atender la diversidad”. No sé qué se piensan en la administración qué significa “atender la diversidad”, pero la mejor manera de atenderla, claramente, es tener 15 alumnos en clase, no 35.

Este país no va bien. Cuando pasan cosas como ésta te das cuenta que tampoco estamos manteniendo los cimientos para que pueda mejorar. La mayoría de profesores de la escuela pública somos gente proactiva, enamorados (aunque cansados) de nuestro trabajo. La mayoría, tenemos un puntito vocacional y a veces basta encontrarte un alumno (por ejemplo paseando por Madrid) que ha salido adelante, que está trabajando, que está hecho un hombre…. y que te ve por la calle y se alegra, te saluda, quiere quedar contigo para tomar un café y contarte todo lo que está haciendo. Y tú sientes que fuiste un granito en su camino, y que igual le ayudaste a tomar decisiones acertadas. Nos pueden bajar el sueldo, aumentar las horas de trabajo, recortar cursos de formación.. empeorando nuestra calidad profesional…. pero basta esa chispita para decir: “cómo me gusta este trabajo”. Así que pasas por alto los recortes. Y te esfuerzas por conseguir el material que les haga falta a tus alumnos, por ejemplo suplicando a tus amigos (que trabajan en multinacionales y tiran ordenadores cada año) que te pasen  todo lo que les sobre…. . Y arañas de la economía del centro lo que puedas para tu parcela…. para formar a esos niños y niñas (lo son, aunque tengan casi veinte años ) que un día serán los profesionales de este país (o de otro, visto el panorama).

Pero estoy cansada. Estoy cansada de este país. Y de la falta de voluntad política por mejorarlo. Y de la falta de voluntad de los que están por debajo de esos políticos que nos están arruinando. Y que no nos engañen diciendo que la independencia lo arreglará todo. No es una cuestión (sólo) de fronteras, Que no nos despisten. Si no lo evitamos, tendremos los mismos perros (igual con collares de otro color). Con el sueldo del nuevo asesor inexpertode la Consellera, pagamos dos profesores a tiempo completo. Y hasta tres.

Ryan Woodward ~ “Thought of You”

Hoy me vino esto a la cabeza…

Woke up and wished that I was dead
With an aching in my head
I lay motionless in bed
I thought of you and where you’d gone
and let the world spin madly on

Everything that I said I’d do
Like make the world brand new
And take the time for you
I just got lost and slept right through the dawn
And the world spins madly on

I let the day go by
I always say goodbye
I watch the stars from my window sill
The whole world is moving and I’m standing still

Woke up and wished that I was dead
With an aching in my head
I lay motionless in bed
The night is here and the day is gone
And the world spins madly on

I thought of you and where you’d gone
And the world spins madly on.

Call to arms, To hell with the world and Panic

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Call to arms. Es, en realidad, una canción de amor. O lo parece. O me lo parece.

No tengo ganas de escribir. Tenía que decirlo. Como si hiciera falta. (A mí me hace falta)

Como verbalizar lo que me pasa. O lo que no me pasa, Como si ya hubiera dicho mucho. Quizás demasiado.

Como enfrentarme al otoño. Otro otoño.

Ha llegado el frío. Lo sé. Ya he puesto el edredón en la cama. Aunque tampoco importa, porque siempre acabo durmiendo encima.

Y las indecisiones. Con lo claros que estaban los planes. Pero siempre parecen planes de otros.

Será el día. O la luna. O la no luna.

To hell with the world. Suena, a lo lejos, un silencio. Creo que echo de menos los silencios al teléfono. Y los suspiros. Y oír la respiración de un fantasma al otro lado.  Los fantasmas se impregnan en las canciones que he ido escuchando a lo largo de mi vida. Como si todo fuera a desaparecer.

Siento que me ahoga el aliento de otros. O la falta de aliento de otros.

Panic. Escribo desordenado y las ideas parecen amontonarse por detrás de los ojos. Como dándose de ostias por salir. Pero hoy estoy muda. Muda de piel. El moreno (poco moreno) hace que se distingan mejor las cicatrices. Ando enumerándolas: ésta es de un perro, en Turquía, ésta me la hizo Maria sin querer, ésta es la pierna de palo, ésta… ésta aún supura.

Todos los años es lo mismo. El pánico escénico ante un nuevo curso. Como si no fuese a amanecer todos los días. Como si esto fuese sentirse viva.

Y aparece una foto antigua, en una red social. Era joven. Vivía en otro lugar. Soñaba con otras cosas. Tenía otros amigos. Como si fuera otra persona.

Estos días

… por motivos que no vienen al caso, ando releyendo textos que escribí hace tiempo. Algunos son posts publicados en otros blogs. Hoy releí esto:

Releo a Carmen Martín Gaite, que siempre es un placer. Releo Cuadernos de Todo. Fue su hija Marta, la Torci, quien le regaló un cuaderno (cuando tenía cinco años)con ese título. Y ese fue el título que le quedó a esa recopilación de escritos que la escritora había ido guardando durante años. Sus cuadernos están impregnados de la trascendencia que hay en lo cotidiano. Porque ella sabía ver en las cosas simples lo más inverosímil. Y tengo que darle las gracias a una amiga que perdí hace tiempo, por haberme regalado, hace ya veinte años aquel Caperucita en Manhatann que me descubrió una de mis escritoras fetiches.

Me quedo con una frase que le dijo su padre: “Olvidaos de la ambición de poseer y, en cambio, no perdáis nunca hasta el fin de vuestros días la ambición de saber” y con una de la propia Carmen: “Mientras dure la vida, sigamos con el cuento”

Es de Octubre del 2009, en un blog que tenía olvidado. Hay comentarios de ZoePe, de Toro, de Rabel y de Alberto. Y entonces me doy cuenta de cuánto tiempo hace que nos andamos leyendo. Esto del paso del tiempo, es algo que me viene a la cabeza mucho últimamente.

Por cierto, trascribo el comentario de Alberto (si me lee), porque dejó algo pendiente…. :-p

Me gusta La caperucita en Manhatan”…casualmente voy a casa de una amiga que acaba de trabajar en una versión comentada de la novela…y estuvo haciendo un trabajo de chinos, recopilando mapas del NY de esa época y buscando los sitios (que muchos ya desaparecieron)..si consigo un ejemplar (tengo que preguntarle para que editorial lo ha hecho) te lo mando…
Besotes

 

Había una vez una casa en Torrelodones

ImagenLa encontré hace meses. A veces filtro en algún portal inmobiliario y busco viviendas que sé que nunca alquilaré ni compraré. Pero apareció una que me llamó la atención. De repente me vi allí. Una casa que hace años no hubiese ni mirado. Una de esas casas adosadas, bien acabada, con una parte de piedra, con un enorme jardín, con chimenea y una piscina (aunque más bien parecía una alberca). Con sitio para hacer un huerto, tener un perro y cinco churumbeles. Esa típica casa de anuncio de familia que usa Ariel para la ropa, Fairy para el lavavajillas y come Kellogs Special K por las mañanas, los niños beben Sunny D’light en verano y para dormir un vaso de Cola Cao con galletas Tosta Rica. Seguro que habéis visualizado la casa. Pues con todo eso… y en Torrelodones. Para quien tenga niños de cinco años les diré que Torrelodones no son los dinosaurios de una serie de dibujos animados. No. Esos son los Teranodontes. A mi Torrelodones me gusta. Me parece exótico. Me coloqué la casa fija en una pestaña. No me preguntéis por qué… pero a veces, me asomaba a la ventana y recorría las habitaciones, el jardín, la cocina…. y me sentía bien. Me sentía como si viviese en ella y fuese mi casa. Sin más pretensión (aunque he de confesar que en mi última visita a Madrid he estado tentada de ir a verla y me la miraba como algo más cercano).

Ayer desapareció de la web donde estaba anunciada… Me dio un pequeño giro en el estómago… como si me hubiesen quitado algo que era para mí. Qué extraña sensación.. que te “quiten” algo que nunca fue tuyo.

No sé si está relacionado con el hecho de ir guardando las cosas en cajas… como si se estuviese preparando una mudanza no programada aún.Igual inconscientemente yo ya había llevado las cajas en esa enorme (a mí me parece enorme) casa….

Y hablando de cajas… que se siguen amontonando… hoy tocaría empezar a llevármelas. Como no hay prisa, se han acumulado en la entrada, hasta el punto que Maria me dijo ayer: “mamá, como sigas poniendo cajas aquí no vamos a poder salir”..

 

De cajas y libros

cajasMi abuela me mira desde la estantería. Lleva una falda larga y tiene las manos sobre ella. Debía tener 16 años cuando le hicieron la foto. Creo que le divierten (como siempre) mis ocurrencias. La güe-güe. Yo me la imagino sonriendo y hasta puedo sentir cómo me acaricia los rizos. He guardado ya todos (prácticamente todos) los libros de fotografía. También algunos de pintura y de arquitectura. Cinco cajas. Ni muy grandes ni muy pequeñas. El tamaño ideal para poder moverlas. No sé si plastificarlas, porque no sé cuánto tiempo van a estar guardadas. Necesito espacio. Y ver entre las estanterías. Dejar lo mínimo en ellas. Y todos esos libros….¿qué se hace con tantos libros?. Podría venderlos. Montar una tienda online. O venderlos a peso. Las enciclopedias (aquí hay dos, más el Larousse que mi tía tiene en su casa), deben venderse al peso. El peso de la cultura.

Aún no sé porqué he hecho esto. Pero cuantos más libros guardaba, más quería guardar. Luego he seguido por la literatura. Tengo una caja que pone: Paul Auster y Carmen Martín Gaite. Con eso se ha llenado. No. No es muy grande ni muy pequeña. Es una caja de lejía Conejo (o había sido). Ahora es una caja llena de historias.

Miro a mi abuela de reojo, mientras dejo las cajas en la entrada, junto al budha. Éste también se ríe. O eso parece. No creo que pueda llevar las cajas al garaje de mis padres hasta el fin de semana. Igual me da tiempo de guardar cuatro o cinco cajas más. No he limpiado los libros. Tenía que haber aprovechado para limpiarlos. Nunca se sabe cuánto tiempo seguirán guardados. En aquél garaje aún hay cajas de la mudanza de hace ¿ocho años?. Vajillas, mantelerías, toallas,…. todo un ajuar. Todavía no me atreví a abrir todas  las cajas. Con la única que abrí me dio llorera. Estuve dos días llorando. Y dos noches. Y no quiero llorar más.

Le explico a mi abuela que no, que no pienso mudarme, que es por si acaso. Por si acaso hay que salir corriendo. Como si para salir corriendo hiciese falta guardar los libros. Como si en el momento que llega el tsunami diese tiempo a recoger nada…. Pero esos libros…. son el cúmulo de muchos años de lectura. Y tengo la sensación que en algún momento se acomodarán en algún otro lugar. Es sólo que siento que, éste no es el lugar. Lo sé. No me preguntes cómo.

Y además está este momento zen. Esta necesidad de resistir con lo mínimo. Después de los libros vendrán los instrumentos de música, los CD’s y los vinilos, las figuritas (algunas absurdas) que se acumulan llegadas de allí y allá, las toallas de más, las sábanas de más, las mantas de más, los cojines de más, los zapatos de más, la ropa de más, ….  No sé si va a haber cajas suficientes en todo Sabadell.