Hoy escribo desordenado

Acabo la noche con un cola-cao. Empapo las galletas en él, aunque sé que no me conviene (ni el cola-cao, ni las galletas). Para compensar mañana haré dieta depurativa con zumo de limón. Ya he dejado preparado el zumo y el sirope de savia para mañana añadirle agua en el trabajo.

Escucho Love of Lesbian, como si tuviera veinte años menos (yo) o diez años más (ellos). Las canciones de las que me gusta la melodía no tienen buenas letras, y las que tienen un poema escondido, suenan como una mierda. Pero entonces va, y se muere Lou Reed.

Sueño con un jardín lleno de girasoles, un naranjo y  una mata de hortensias azules. También soñé que estaba embarazada de gemelos, aunque pueda parecer una pesadilla.

Cuando me he sentado me han empezado a temblar las piernas. Creo que es un claro síntoma de cansancio. Pero se está convirtiendo en permanente (¿no roza la enfermedad?)

Tere me quiere llevar al Valle de Pineta. Dice que necesito respirar aire de montaña, de Pirineos. Viendo las fotos creo que no puedo negarme.

valle-de-pineta

Tenemos un país hermoso. Sólo sobran algunos (villanos). Descubro que me importan una mierda los metadatos, el Visual Studio.NET, las maravillas de la tecnología, la política, e incluso el inglés. ¿Y si la clave fuese abrir una ventana y ver ese paisaje todas las mañanas?

Hace tanto tiempo que no me siento en un sofá para ver una tele que creo que se me está olvidando. ¿Y si la clave fuese sentarse en un sofá para comentar cómo le ha ido el día al otro, viendo un programa donde cuatro descerebrados se gritan unos a los otros?

Tengo ganas de subir una montaña. Otra. Aunque no sea tan alta. Ni tan nevada. Ni con tanto olor a azufre.

(Aquí huele a azufre- dijo él- aquí estuvo ayer el mismísimo diablo). Se llamaba Hugo. Hablaba de George.

Escucho música en el Spotify. Tengo una lista llamada Grandes Descubrimientos. Está llena de canciones preciosas que voy descubriendo. Hoy llegó Sebastien Tellier… Descubro que es un hombre lleno de talentos para la música.

Hoy escribo desordenado. Con la sensación de frases sueltas. De estar haciendo una redacción de última hora con palabras que alguien inventó para mí. Y entonces recuerdo una palabra. Una sola: saravá. Qué hermosa me parece, y qué bonito deseo. Saravá.

 

 

De otra vida

Como no podía ser de otra manera, comparte cartel y tarima con Arcadi Oliveras y Teresa Forcades, en el Acte Central del Procés Constituent. No me sorprende. Porque viene de lejos que él creyese en los procesos asamblearios y en la fuerza que empuja con ilusión la unión de las gentes. No puedo evitar echar un ojo (al video), para descubrir que tiene la misma voz y los mismos tics de hace más de ocho años, que fue la última vez que nos vimos. Pero está más mayor, más canoso, más delgado, con más arrugas en la piel… Se le ve cansado. Le tiembla la voz (sobretodo al principio).  Se parece cada vez más a su madre, y menos a su padre. Me emociona verlo hablar en público, de una manera similar a cómo me pasaba hace años, cuando lo acompañaba a esos actos y compartíamos ideologías y proyectos.

Sin quererlo evitar, rebusco entre las sombras. Colgó un video de Lou Reed, en una de esas plataformas, que todo lo sabe. Satellite of Love. Una canción que habla de la infidelidad, de los celos y de cómo sentirse un satélite en el amor de alguien. Me pongo en el lugar del otro, en lo difícil que puede resultar ser infiel a alguien a quien quisiste, en lo difícil que puede ser dejar de querer para volver a querer.

Y me sorprende que sus hijas tengan los nombres de las niñas que yo elegí  alguna vez, ante la posibilidad que nunca llegó. Me da miedo preguntar cómo se hubiese llamado alguna de ellas si hubiese sido niño, miedo a que fuese Oriol. Yo olvidé esos nombres.  Me entristece también. Y me siento otra vez aceite en un agua en la que no consiguí sumergirme.

Un día soñé que nos abrazábamos y nos perdonábamos mutuamente. A veces, sólo a veces, siento que fue más que un sueño.

Ella

Es pequeña. Es muy pequeña aún. A mí me parece diminuta. Su carita de niña, sus hermosos ojos verdes, llenas de pestañas (como un manojo de boquerones, le dijo una vez la camarera malagueña del Bar Ra), sus piernas largas y delgadas, ese cuerpecillo al que todas las mallas le quedan cortas, o anchas.

Me mira, con amor, como nunca he sentido que nadie me mirara, y me dice, casi al oído: eres la mejor madre del mundo. Yo podría deshacerme en ese mismo instante.

Desde que regresamos de casa del tío T, le gusta el chocolate con menta. A mí, que de niña no lo soportaba, me sorprende. Prefiere la fruta y la verdura a la pizza. Ya sabe comer con palillos, y distingue la sopa de caldo, de la de pescado, de la de miso.

Yo la miro, mientras duerme, y me pregunto si se puede querer más.

maria

Café y pan

ImagenTomo un café (con leche) que me recuerda a Madrid. No por la tontería del “cup of café con leche” sino por  despertar en la calle de Relatores y organizar un día entre turismo y la nostalgia de otra vida. Tiene un ligero sabor a vainilla y creo que allí acabé con todas las existencias.

Esto del café dosificado está muy bien: es muy limpio y no se desperdicia el café; pero a mí me viene la imagen de la cafetera tradicional en la cocina de gas de la casa de mis abuelos. Sentarse alrededor de una cafetera, en vez de cada uno tomar café individual,  con un sabor diferente. Hasta en el café nos hemos individualizado. Es lo que tiene la modernidad.

Mi abuelo había sido cartero. Ser cartero en una zona rural en los años sesenta equivale a conocer con nombre y apellidos a todos tus vecinos, que no suelen ser más de cien, incluso en los mejores tiempos . Conocer incluso dónde emigraron los hijos, por los remites de las cartas. Yo sin embargo no llegué a conocer esa etapa. Yo conocí a mi abuelo ya jubilado. Tenía quince años cuando se murió, y se murió con 86 años. Pero aún lo recuerdo. Sus pies ladeados en las zapatillas de paño; su sonrisa; sus manos grandes, enormes, que parecía que todo lo podían (creo que siempre he intentado encontrar un hombre con las manos como mi abuelo). Si me esfuerzo, creo que podría recordar en mi cabeza su voz grave. Y cómo me acariciaba la cabeza.

Vivía en una casa en un cImagenruce de caminos. Es una casa que todavía conservamos en la familia, aunque estemos intentando venderla. A pie de la carretera que lleva a Insua, en el cruce del camino hacia el Navallo de Arriba. Los vecinos que pasaban por allí (solía ser andando) paraban a tomar un café. Cuando el café no venía en cápsulas, la abuela hacía varias cafeteras. El café de las cuatro, el de las cinco, el de las seis. A estas horas ya habían empezado a jugar a las cartas y había pasado el coche del pan. Dejábamos una bolsa en un clavo, en el poste de madera, a pie de carretera. Paraba el panadero pitando y alguien se acercaba a por el pan de la tarde. Cuando era niña siempre caía algún “cornacho”, que era una especie de doble barra diminuta enganchada una a la otra. A veces había algún café más a las siete  (depende de cómo fuera la partida). También aparecían misteriosamente sobre la mesa algún dulce, o pipas y alguna cerveza (sobretodo si era mi madre la que también jugaba) o un trozo de queso y pan, ese pan recién traído. 

Café y pan. Uno nunca olvida los sabores, ni los olores que le despiertan otros recuerdos.

 

 

En la cocina

ImagenSoy consciente que me he hecho mayor porque recuerdo (con nostalgia) sabores de la niñez. Las croquetas de mi abuela. Nunca he vuelto a probar unas croquetas como las suyas. Así que ni corta ni perezosa, ayer, con el pollo que había sobrado de otra comida, intenté imitarla. No me han salido tan ricas como las suyas, pero seguro que también le gustarían.

Y por la tarde, aunque cansada, después de una excursión de apenas una hora en que he vuelto a recorrer (nuevamente) el Torrent de Colobrers, me he puesto a pintar una minipared en la cocina. El verde botella dio paso en su día a un verde manzana y hoy, por fin, ha vuelto el blanco.  He aprovechado también para acabar de borrar la última cenefa de espirales que quedaba en el comedor. Y como María el otro día tiró las fotos de la abuela y el abuelo, y la bisabuela… y todavía no había encontrado momento para volverlas a colgar, he aprovechado esa pared blanca. Así tengo a la abuela más cerca cuando cocino. Quién sabe, igual me da finalmente la receta de aquellas croquetas.

Nacer

Que un niño venga al mundo (aunque sea a éste) siempre es una alegría.

Estos días he tenido la suerte de vivir varios nacimientos, de amigas y primas. Cinco en concreto. Pero si ha habido uno emocionante, por el sitio, por las formas, y seguramente por la vivencia compartida, ha sido el de Miquel. Su madre (y su padre), totalmente concienciados, decidieron que naciera en Migjorn, que es una casa de partos (en la web no se ve ni la mitad de bonita que es). Rodeada de las agujas de Montserrat y acompañados por mujeres que llevan un cuarto de siglo trayendo niños al mundo.  Miquel nació de tres empujones, mientras su padre abrazada a su madre (no sólo literalmente), mientras ella estaba prácticamente de pie. No pude evitar que se me saltaran las lágrimas cuando lo vi, enganchado a Rosa, y todavía con las rojeces de haber sido “expulsado” (aunque fuese con cariño) del cuerpo. Aún desnudo (no sé qué manía tenemos en los hospitales de vestirlos enseguida, como si hubiese que hacerlo autónomo inmediatamente y  la piel con piel de la madre no fuese absolutamente imprescindible) y abrazado con desesperación al sustento.

Una sabe que hay momentos que representan puntos de inflexión en tu vida. La mayoría de veces yo los he reconocido a posteriori. Pero tengo la extraña impresión, que la visita a Migjorn va a representar un punto de inflexión en mi vida. Y ojalá no me equivoque.

Lo público es de todos

Tengo la extraña convicción de que lo público es de todos. No es una cosa fácil de aceptar ni de trasmitir, tal y como van las cosas en este país. En Dinamarca o en Noruega, cuando le preguntas a alguien (indiscretamente) cuál es su sueldo, te lo dan en bruto. Nosotros no. Cobramos en neto. Porque no tenemos conciencia de que el dinero que nos retienen, los impuestos, también son nuestros. Y cada día me cuesta más justificar que son necesarios. Para que un país funcione. Para que haya carreteras, y escuelas, y hospitales, y universidades, y teatros (sí, también), para que haya farolas (y bombillas), y un sistema de alcantarillado, y de recogida de basuras… a pesar de las subcontratas (que también) y de las empresas intermediarias… y de los sobres que alguien se queda por el camino.

En este país corrupto, hasta que no hagamos una limpieza (a fondo) no nos creeremos que lo público es de todos. Y el coche oficial del ministro, su sueldo, su ipad… lo pagamos entre todo. Y el problema no es ese sueldo, esas dietas, ese coche… el problema es que vamos descubriendo que también pagamos los saraos, las fiestas de cumpleaños, los viajes familiares… e indignados exclamamos al facebook, escribimos una nota, compartimos una imagen que hemos visto en la red haciendo un chiste.

Hoy estuve en un hospital (privado pero que gestiona la SS). Y hace unas semanas en uno privado (que trabajan básicamente con mutuas privadas).  Sigo creyendo en la sanidad pública. Tenemos (teníamos) el mejor sistema sanitario de Europa. Si de algo podíamos presumir era de esto. Y cuando comparas la calidad y el servicio de dos hospitales como estos dos (Parc Taulí Sabadell vs Hospital General de Catalunya) realmente no hay color. Me pasa también con las escuelas, que siento que hay escuelas públicas de calidad, con maestros preparados e implicados (que se podrían mejorar, claro, que se podría bajar ratios, aumentar profesores, recursos, aulas y espacios, mejorar proyectos, formarlos) y al otro lado hay auténticos chiringuitos.

Tengo la extraña convicción que lo público es de todos. Pero anda todo tan absolutamente corrompido que este país me da miedo.

De dolores ajenos y cercanos

En Lampedusa siguen sacando cadáveres sumergidos. Hubiese sido más fácil rescatarlos en vida. Y recorro con el dedo la lágrima que cae. Y con la mirada cómo se deposita sobre el cristal de la mesa. Esa mesa la compramos hace más de diez años, Albert y yo, en una de esas tiendas de muebles coloniales. De la misma zona de donde venían los náufragos.

Hay todavía en ella un cenicero, que nunca fue cenicero y sólo sirvió para dejar alguna moneda. Las gafas están donde tienen que estar. Un vaso de agua. Dame un vaso de agua para que siga llorando. Un trapo mal colocado. Unos posavasos de palma. Una vela. Un dedal y un poco de hilo. Negro. Un libro, de los que han quedado por guardar.

Suena Lampchop. Suena bien. Parecen Tindersticks, así,  como de lejos. Aún me sorprende descubrir músicas que me gustan. Me apasionan.

Leo como otros se enamoran. Pero yo no.

Preparo bocadillos, un zumo, un poco de chocolate y fruta, para ir a recoger a dos niñas. Y me pregunto por la madre de ese indigente polaco de 23 años que murió de hambre. Cómo se puede uno morir de hambre sin haberlo elegido. En Sevilla. Y en el sofá de un albergue.

Y qué se hace con el dolor de otros. Qué se hace.

Quiero nadar. Voy a nadar. Hasta que cruce un estrecho. Por todos los que no supieron. Y los que no pudieron.

Hoy me duele el corazón de otros.