De dolores ajenos y cercanos

En Lampedusa siguen sacando cadáveres sumergidos. Hubiese sido más fácil rescatarlos en vida. Y recorro con el dedo la lágrima que cae. Y con la mirada cómo se deposita sobre el cristal de la mesa. Esa mesa la compramos hace más de diez años, Albert y yo, en una de esas tiendas de muebles coloniales. De la misma zona de donde venían los náufragos.

Hay todavía en ella un cenicero, que nunca fue cenicero y sólo sirvió para dejar alguna moneda. Las gafas están donde tienen que estar. Un vaso de agua. Dame un vaso de agua para que siga llorando. Un trapo mal colocado. Unos posavasos de palma. Una vela. Un dedal y un poco de hilo. Negro. Un libro, de los que han quedado por guardar.

Suena Lampchop. Suena bien. Parecen Tindersticks, así,  como de lejos. Aún me sorprende descubrir músicas que me gustan. Me apasionan.

Leo como otros se enamoran. Pero yo no.

Preparo bocadillos, un zumo, un poco de chocolate y fruta, para ir a recoger a dos niñas. Y me pregunto por la madre de ese indigente polaco de 23 años que murió de hambre. Cómo se puede uno morir de hambre sin haberlo elegido. En Sevilla. Y en el sofá de un albergue.

Y qué se hace con el dolor de otros. Qué se hace.

Quiero nadar. Voy a nadar. Hasta que cruce un estrecho. Por todos los que no supieron. Y los que no pudieron.

Hoy me duele el corazón de otros.

4 comentarios en “De dolores ajenos y cercanos

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