Café y pan

ImagenTomo un café (con leche) que me recuerda a Madrid. No por la tontería del “cup of café con leche” sino por  despertar en la calle de Relatores y organizar un día entre turismo y la nostalgia de otra vida. Tiene un ligero sabor a vainilla y creo que allí acabé con todas las existencias.

Esto del café dosificado está muy bien: es muy limpio y no se desperdicia el café; pero a mí me viene la imagen de la cafetera tradicional en la cocina de gas de la casa de mis abuelos. Sentarse alrededor de una cafetera, en vez de cada uno tomar café individual,  con un sabor diferente. Hasta en el café nos hemos individualizado. Es lo que tiene la modernidad.

Mi abuelo había sido cartero. Ser cartero en una zona rural en los años sesenta equivale a conocer con nombre y apellidos a todos tus vecinos, que no suelen ser más de cien, incluso en los mejores tiempos . Conocer incluso dónde emigraron los hijos, por los remites de las cartas. Yo sin embargo no llegué a conocer esa etapa. Yo conocí a mi abuelo ya jubilado. Tenía quince años cuando se murió, y se murió con 86 años. Pero aún lo recuerdo. Sus pies ladeados en las zapatillas de paño; su sonrisa; sus manos grandes, enormes, que parecía que todo lo podían (creo que siempre he intentado encontrar un hombre con las manos como mi abuelo). Si me esfuerzo, creo que podría recordar en mi cabeza su voz grave. Y cómo me acariciaba la cabeza.

Vivía en una casa en un cImagenruce de caminos. Es una casa que todavía conservamos en la familia, aunque estemos intentando venderla. A pie de la carretera que lleva a Insua, en el cruce del camino hacia el Navallo de Arriba. Los vecinos que pasaban por allí (solía ser andando) paraban a tomar un café. Cuando el café no venía en cápsulas, la abuela hacía varias cafeteras. El café de las cuatro, el de las cinco, el de las seis. A estas horas ya habían empezado a jugar a las cartas y había pasado el coche del pan. Dejábamos una bolsa en un clavo, en el poste de madera, a pie de carretera. Paraba el panadero pitando y alguien se acercaba a por el pan de la tarde. Cuando era niña siempre caía algún “cornacho”, que era una especie de doble barra diminuta enganchada una a la otra. A veces había algún café más a las siete  (depende de cómo fuera la partida). También aparecían misteriosamente sobre la mesa algún dulce, o pipas y alguna cerveza (sobretodo si era mi madre la que también jugaba) o un trozo de queso y pan, ese pan recién traído. 

Café y pan. Uno nunca olvida los sabores, ni los olores que le despiertan otros recuerdos.

 

 

3 comentarios en “Café y pan

  1. Los abuelos, los pueblos, las partidas de cartas… Por suerte mi madre y mis tías siguen teniendo la costumbre de ir a pasar la tarde con mi abuela; acercarme por allí cuando puedo es como volver a tener 10 años (sólo que ahora yo también bebo cerveza en vez de leche).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s