Ella

Es pequeña. Es muy pequeña aún. A mí me parece diminuta. Su carita de niña, sus hermosos ojos verdes, llenas de pestañas (como un manojo de boquerones, le dijo una vez la camarera malagueña del Bar Ra), sus piernas largas y delgadas, ese cuerpecillo al que todas las mallas le quedan cortas, o anchas.

Me mira, con amor, como nunca he sentido que nadie me mirara, y me dice, casi al oído: eres la mejor madre del mundo. Yo podría deshacerme en ese mismo instante.

Desde que regresamos de casa del tío T, le gusta el chocolate con menta. A mí, que de niña no lo soportaba, me sorprende. Prefiere la fruta y la verdura a la pizza. Ya sabe comer con palillos, y distingue la sopa de caldo, de la de pescado, de la de miso.

Yo la miro, mientras duerme, y me pregunto si se puede querer más.

maria

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