Pasó ayer

2a2c96f9c1Que fui a la playa. Que creí pensar en qué maravillosa ciudad vivo, que me permite ir a comer a la playa cualquier domingo del año. Pasó ayer, que jugamos en la arena, que descubrimos nuevas formas en los cumulonimbos que auguraban la lluvia de esta noche. Que subimos por las cuerdas rojas, a esas pirámides artificiales desde donde se divisa el mundo un poco mejor.  Que compartimos risas con una tía adoptada a la que hacía tiempo no veíamos. Y que hablamos las tres, de hombres, de hámsters, de proyectos, de metodología docente, de cosas indecentes, de malos gobiernos, de dependencias y de independencias.

Pasó ayer, que caminamos hasta el infinito y tomamos un café mirando al mar, por una vitrina de cristal en que adiviné que un día nos gustará comer sardinas a la brasa, y calçots a la brasa y paella a la brasa. Y pasó ayer, que imaginé cómo sería vivir así, bajo una palmera. Mirando al mar.  Sin desear nada más. Sólo unas sardinas a la plancha y bailar en la arena.

Brecha

Imagenfoto: Masao Yamamoto

 

Necesito encontrar la brecha. Un hueco en la pared. Por donde comenzar la destrucción. Necesito destruir el muro que puse entre yo y algo que no es yo. Necesito, desde la necesidad, encontrar el agujero por el que darle la vuelta a todo. Y ponerlo del derecho. O del revés. Necesito (y no es deseo, es necesidad, sí Fernando, ineludible), un ladrillo mal puesto en la pared. O una escalera por la que bajar al mar. Y nadar. Mar abierto. Hasta que las fuerzas no den para más. No hay retorno. No hay donde apoyarse cuando llegues al final de tus fuerzas. Sólo olas.  Estibar. Lo mínimo. Vaciar lo suficiente el alma para poder nadar sin retorno. Necesito la inmensidad del mar. El sentimiento ínfimo en que se convierte un ser ante la presencia del infinito azul.  Y luego la nada. No sentir. No amar. No odiar. No desear. ¿Y si la nada calma la ansiedad?¿Calma el hambre?. La escasez. Sufrir. Sentir el no sentido de la vida. Del mal gobierno. Sentir que el esfuerzo vale la pena. O no vale nada. Necesito un martillo. Una guillotina. Una maza con que destruir la piedra del camino. Un grito. Un llanto infinito. Un sollozo calmado. Y luego el silencio. Y tierra. Y mar. Y tierra otra vez.. Y arena blanca. Y un brote que germina. Y una luz sobre él, que lo hará crecer y se convertirá en arbusto. Y luego en árbol. Y luego en tierra otra vez. Necesito cerrar el ciclo, abrir camino, encontrar la luz.

De literatura, de ratones y de lluvias

De literatura

En las horas muertas, que suelen ser esos minutos que te quedan entre horas que parecen vivas pero también son muertas, reviso y leo blogs. Lo cierto es que no sigo muchos (si lo hiciese, no tendría bastante con las horas muertas-muertas y necesitaría también algunas horas vivas-muertas), pero son algunos los que van quedando y hacen poso.  Porque escriben bien. O porque escriben lo que me gusta leer. O escriben lo que me gustaría escribir o sobre lo que me gustaría escribir. A mí me gusta mucho como escribe Fernando. Aunque a veces me resulta extraño y ajeno. Pero otras, las más, parece que esté escribiendo desde dentro de mí. Igual no con las mismas palabras que yo haría, ni de la misma manera, pero desde la misma esencia o desde el mismo sitio. DIce Fernando que dice Raúl que dice Bolaño que la literatura es un peligro. Y lo describe Bolaño, en el blog de Raúl, como vivir en el límite entre lo conocido y el abismo. Y lo describe Fernando como sumergirse en una fosa abisal. Para mí tiene que ver con morirse por dentro, y sólo el vómito te permite volver a la vida. Hurgar en tu interior, buscando dolores y alegrías. Emerger. Cual iceberg. Hacia dentro y desde adentro. Y extraer, en cada nuevo latido, un trozo de vida.

De ratones

En casa tenemos un ratón. Llegó estas navidades, en forma de regalo de reyes. Es marrón, con una linea negra en el lomo. Tiene forma de ardilla sin cola. Es un hámster ruso. Se pasa la noche corriendo en una rueda de colores y haciendo ruido. No me despierto antes de las seis. Le hablo. Le pusimos Mantequilla, porque es blandito como la mantequilla. Una no sabe cómo pasan esas cosas y de repente de tanto cogerlo entre las manos, de darle de comer cada día, de limpiar la jaula, cambiar el algodón, el serrín del fondo… al final, una acaba hablando con un ratón. Hasta la cosa más extraña puede resultar lo más normal.

De lluvias

Llueve. Se respira mejor bajo la lluvia. Todo es más fácil bajo la lluvia. Y sabe mejor el café mientras lo tomas mirando por la ventana.

 

Días que no se acaban

Hay días que no se te acaban. No se te acaban las horas y los minutos se hacen eternos. No sé si es por los antibióticos. O quizás la media luna (menos mal que tenemos un satélite para echarle la culpa de todo aquello para lo que no tenemos explicación). Estoy cansada. No, estoy agotada. Hoy he hecho un paréntesis en la dieta y me he bebido casi media botella de un vino excelente. Un Somontano con nombre gracioso: Cojón de gato. Divino. Y mira, no sé si será la mezcla con los antibióticos, pero me está sentando de muerte. Creo que ya he dejado de escuchar un “mamá” que se repite hasta la saciedad. Cuando me canso, me llama Fátima, pero las exigencias de una niña de seis años siguen siendo las mismas. Te llame como te llame, sigue siendo un trocito de ti.

Y como si no tuviera bastante, me he seguido ofreciendo como profe de la IOC. Lo he hecho durante este semestre y al final, hago balance y sólo pienso en lo económico. Pero es que lo peor de todo es que al final hasta he tenido buen rollo con algunos alumnos. A pesar de la distancia (que lo es, por el tipo de formación), he tenido alguna sorpresa. Algún mail divertido. Algún comentario agradable en las encuestas… Aún así, no es la manera en que más me gusta enseñar.

Después de una mañana sin fin, y a pesar que he tenido clase con mi grupo favorito (siempre hay un grupo favorito, o un alumno favorito…. por mucho que digamos que somos objetivos e imparciales), me he quedado a comer (una ensalada de mierda) en el trabajo. Mi grupo favorito es de grado medio, aunque tienen una media de veinte años. Mi alumno favorito se parece a él. Físicamente, me refiero. Y también en la voz. Habla suave, como un susurro. Y tiene los ojos oscuros. Y siempre, siempre, te  mira a los ojos cuando te habla. Es buen estudiante, pero además, parece buena persona. Al final, como decía la película que vi ayer (Cuestión de tiempo), lo que cuenta es que sea buena persona. Así que espero que encuentre una buena chica (o un buen chico) y sea feliz. Al final, lo importante es que sean felices. Te das cuenta con los años. El otro día, en la vigilancia de examenes de la IOC (justamente) me encontré con un antiguo alumno. No me acordaba de su nombre, ni siquiera de su cara. Tuve que esperar un rato a que me explicase media vida, para que una bombilla se encendiese al final de la cabeza. Y entonces lo recordé: un chico tímido que siempre sonreía y no pegaba ni golpe. Pues está acabando en la IOC el ciclo que no llegó ni a empezar conmigo. Estaba contento. Se le veía contento. Y eso me puso contenta también a mí. Pensar que estuviste en su camino y te recuerda lo suficientemente bien para saludarte. Yo no recuerdo a la mayoría de mis profesores. Recuerdo a muy pocos. Sólo los que me cayeron bien. Al final eso es todo. Tú eres sólo un recuerdo. Y al menos, siempre pienso, mejor que sea bueno.

El día se acaba. Y también el último vaso de vino (me niego a ponerme más… o me arriesgo a ir dando tumbos a la cama). Maria se ha dormido con un capítulo de “Erase una vez el hombre”….. que ella misma se ha puesto en la tablet. Se ha colocado una silla frente a la cama para verla, y me ha pedido si apagaré yo la tablet si ella se duerme. Divina.

Suena una canción optimista en el Spoty. Fijo que es del anuncio de la Estrella. Suena a verano. A cerveza. A Mediterráneo. A sandalias , a paella y mejillones de roca y a cuerpos desnudos bañándose en un mar turquesa. Echo de menos Menorca. Echo de menos Lisboa. Echo de menos viajar. Y aquí ando. Soñando con otra vida, pero viviendo ésta.

 

La kettle

Mi kettle viejaUna de las cosas que adopté en Londres fue una kettle. Me acompañó a Madrid y después hasta aquí. Se mudó a “la casa grande y vieja” (como la llamaba Maria) y volvió a este pisito de soltera cuando volvimos a él. Un día dejó de funcionar. La desmonté con todo el cariño que pude hacia un objeto que (con la tontería) hacía más de siete años que me acompañaba. Una pieza de plástico activaba el resorte que permitía encenderla. Y luego saltaba cuando la temperatura superaba los 100ºC y el agua hervía. Pero el plástico había dado de sí y si conseguías encenderla, no conseguías apagarla. La guardé en un cajón, esperando que se me ocurriese qué hacer con ella, pero con el convencimiento que no podía tirarla. Este síndrome de Diógenes que me acompaña consigue que al final no sepa ni dónde colocar las cosas.

Todos los objetos tienen una historia. En casa hay dos fuentes de loza que compramos hace muchos años en Morella. Los hacía una alfarera del pueblo. Los decoraba a mano. Se nota porque los dibujos no tienen la precisión de las máquinas. Eso los hace perfectos. Unos candelabros  con forma de hojas que me regaló una amiga (la mejor de la adolescencia) hace también muchos años. Unas copas de color azul, con el pie verde, hechas a mano. Alguno de esos objetos tienen tantas historias, conservan tantas conversaciones, pasaron por tantas manos, vivieron tantos besos… que hasta hacen daño.

kettlenuevaUn rey mago tardío me ha enviado una nueva kettle. La pedí en la lista del FNAC que publiqué hace días. Aún no tiene historia, pero intuyo que la tendrá. De momento ha conseguido que hiciera limpieza en la cocina y me desprendiera de objetos inútiles, aunque anduviesen cargados de sentimientos.

Así se ha ido llenando una nueva caja de objetos de la cocina. Maria ha escrito en ella, con letra de niña de seis años: “Cosas de la cocina de Fátima y Maria”. Al lado, yo he escrito una lista con el contenido.

  • Babycook
  • Tazas
  • Escurrecubiertos cerámica
  • Tetera china
  • Azucarero….

y podría seguir.

Sigo llenando cajas. Sigo haciendo espacio. Y aún así, siguen quedando historias.

 

Y yo me pregunto

¿Qué hace falta para que el agua sea (nuevamente) pública?

¿Y para que un ex-presidente de un gobierno autonómico, juzgado y condenado entre en la cárcel, tal y como se ha resuelto?

¿Y para que un Ministro de Interior dimita, después de anular una operación “delicada”, capaz de encender antiguos odios?

¿Qué hará falta para pedir responsabilidades ante una chapuza que ha costado 500 millones de euros? (unos 83000 millones de pesetas…. 83.000.000.000 de pesetas son muchos ceros)

¿Y qué tendrá la nueva web del Ayuntamiento de Madrid, que ha costado dos millones de euros?

¿Qué hace falta para que la fiscalía vea indicios, sólo indicios, de un posible fraude fiscal?

¿Y cuántos casos de cohecho y prevaricación verán la luz, sin imputaciones?

Yo me pregunto… pero hace tiempo que me quedé sin respuestas.

 

Resaca navideña

Empezar a trabajar un ocho de enero tiene sus cosas buenas. La mayoría ya lleva una semana trabajando, y tú te incorporas como una criaturica más (aunque ya lleve días de correcciones y preparación de trimestre). Pero, y debe ser sintomático, me empiezan a doler las cervicales, las muelas y además tengo unos pequeños (y misteriosos) cortes en las manos que también me duelen. No son grandes cosas, pero parece que la tregua de las vacaciones se ha acabado, y mi cuerpo ya lo sabe.

Madrugón. Ducha. Escribir un rato (qué sería de mí sin estos ratitos de soledad, en silencio, sin oir “mama” continuamente, con un café que huele a Madrid, con un “me doy una vuelta por algún blog, alguna página”, consulto el correo y me pongo en marcha. No todos los días son así. La mayoría voy al trote, para luego encima llegar tarde (entre otras cosas porque arrastro a una niña que a las 7:30 no tiene ganas de ir al cole)

Y hoy es el día de recoger el árbol de navidad, el pesebre y el “tió”. El pack navideño que indica que (al fin) se acabó. Estoy de resaca. Y aunque tenía ganas de volver a la “normalidad”, últimamente esta rutina me está matando. Algo habrá que hacer, además de quejarse. Por esto (y más cosas) es enriquecedor encontrarse gente que le dio un vuelvo a su vida, como Benjamín, que encima de escritor se convirtió en editor y distribuidor.  Y encima (y quizás por eso) parece que le funciona. Inspirador.

Buenos días. Ahora sí. Otra vez. Nos ponemos en marcha.

El bar Zurich

ImageMirarse y no reconocerse. Como si los años estuviesen trayendo otra persona la espejo. A veces, también lo siento así por dentro. Cuando reaccionas ante algo, con mucha menos vehemencia que hace años, y no te reconoces. Y sentir que fluimos, que el tránsito es leve y apenas somos dos pasos en el tiempo del infinito. Ni siquiera hormiga, ni mosca, ni mosquito. Si algo hay efímero es una vida humana. Y además sin trascendencia. Lo pienso cada vez que voy a Plaza Catalunya. Tiene que ser Plaza Catalunya y no otro sitio de Barcelona, porque es un hervidero natural de gentes, de colores, de chanclas, de maquillajes, de seres que parecen venidos de otros planetas más que de otros países, de hooligans, de camisetas de rayas, de gritos, de ojos de todos los colores imaginables, de gafas de sol, de flashes…  Caminar por la escalera hacia el agujero en que han convertido una estación de tren y luchar contra una marabunta que busca el sol de invierno, los centros comerciales, la bolsa de regalo con desesperación. Y bajar la mirada, intentando evitar cualquier destino con nadie. En un intento de pasar desapercibida. Tan desapercibida que ni siquiera quiero que me vean. Y evitar mirar ese edificio emblemático que antes era el bar Zurich, el lugar de encuentro de cualquier hipotenusa y que han convertido en una mierda.

 

Madrugar

Madrugar tiene sus ventajas. De repente, parece que tengas más tiempo. Se te abre un mundo de posibilidades con una mañana más larga (pongamos que ha comenzado a las seis, por ejemplo). Entonces, por fin, ya me he teñido el pelo, he recogido la ropa de la secadora, la he doblado, los platos de anoche (no siempre los lavo por la noche, no), he tomado el café de las siete, con sabor a vainilla y a falta de que el tinte haga efecto y me pueda duchar, me siento a leer y a escribir, saboreando un segundo café. Miro con disimulo a Maria, que se cruzó en la cama nada más salir yo de ella. Escucho tres veces  Calls to arms, y me doy cuenta que cada vez me gusta más.

dondepongolosllaves
Dondedejélasllaves

Ando trasteando en la red (podría hablar con propiedad y decir que navego, pero en realidad lo que estoy haciendo es trastear). Encuentro una foto suya en un congreso de este año y se me revuelve algo aún muy al fondo. Por eso prefiero evitarlo. Aunque sonría, viendo cómo le han aparecido canas en esa pelusa que se deja bajo el labio (y que curiosamente también tenía Albert). De lo que infiero que tengo que buscarme un novio con pelusa bajo el labio…. (¿infiero?… creo que no lo utilizaba desde que estudiaba estadística en la facultad….)

Hoy me siento con una nueva cicatriz en el corazón. Y es que cuando no es, no es. Pero decir NO tiene sus consecuencias. Una tiene que armarse de valor y hacerle entender al otro (y a una misma) que no somos las personas adecuadas, que no me siento con fuerzas para hacerle un hueco a nadie en mi vida, y que lo ideal sería que saliese todo suavemente. Porque cuando fuerzas algo, al final salta por los aires.

Ducha. Y espacio para empezar el día. Otra vez.