Días que no se acaban

Hay días que no se te acaban. No se te acaban las horas y los minutos se hacen eternos. No sé si es por los antibióticos. O quizás la media luna (menos mal que tenemos un satélite para echarle la culpa de todo aquello para lo que no tenemos explicación). Estoy cansada. No, estoy agotada. Hoy he hecho un paréntesis en la dieta y me he bebido casi media botella de un vino excelente. Un Somontano con nombre gracioso: Cojón de gato. Divino. Y mira, no sé si será la mezcla con los antibióticos, pero me está sentando de muerte. Creo que ya he dejado de escuchar un “mamá” que se repite hasta la saciedad. Cuando me canso, me llama Fátima, pero las exigencias de una niña de seis años siguen siendo las mismas. Te llame como te llame, sigue siendo un trocito de ti.

Y como si no tuviera bastante, me he seguido ofreciendo como profe de la IOC. Lo he hecho durante este semestre y al final, hago balance y sólo pienso en lo económico. Pero es que lo peor de todo es que al final hasta he tenido buen rollo con algunos alumnos. A pesar de la distancia (que lo es, por el tipo de formación), he tenido alguna sorpresa. Algún mail divertido. Algún comentario agradable en las encuestas… Aún así, no es la manera en que más me gusta enseñar.

Después de una mañana sin fin, y a pesar que he tenido clase con mi grupo favorito (siempre hay un grupo favorito, o un alumno favorito…. por mucho que digamos que somos objetivos e imparciales), me he quedado a comer (una ensalada de mierda) en el trabajo. Mi grupo favorito es de grado medio, aunque tienen una media de veinte años. Mi alumno favorito se parece a él. Físicamente, me refiero. Y también en la voz. Habla suave, como un susurro. Y tiene los ojos oscuros. Y siempre, siempre, te  mira a los ojos cuando te habla. Es buen estudiante, pero además, parece buena persona. Al final, como decía la película que vi ayer (Cuestión de tiempo), lo que cuenta es que sea buena persona. Así que espero que encuentre una buena chica (o un buen chico) y sea feliz. Al final, lo importante es que sean felices. Te das cuenta con los años. El otro día, en la vigilancia de examenes de la IOC (justamente) me encontré con un antiguo alumno. No me acordaba de su nombre, ni siquiera de su cara. Tuve que esperar un rato a que me explicase media vida, para que una bombilla se encendiese al final de la cabeza. Y entonces lo recordé: un chico tímido que siempre sonreía y no pegaba ni golpe. Pues está acabando en la IOC el ciclo que no llegó ni a empezar conmigo. Estaba contento. Se le veía contento. Y eso me puso contenta también a mí. Pensar que estuviste en su camino y te recuerda lo suficientemente bien para saludarte. Yo no recuerdo a la mayoría de mis profesores. Recuerdo a muy pocos. Sólo los que me cayeron bien. Al final eso es todo. Tú eres sólo un recuerdo. Y al menos, siempre pienso, mejor que sea bueno.

El día se acaba. Y también el último vaso de vino (me niego a ponerme más… o me arriesgo a ir dando tumbos a la cama). Maria se ha dormido con un capítulo de “Erase una vez el hombre”….. que ella misma se ha puesto en la tablet. Se ha colocado una silla frente a la cama para verla, y me ha pedido si apagaré yo la tablet si ella se duerme. Divina.

Suena una canción optimista en el Spoty. Fijo que es del anuncio de la Estrella. Suena a verano. A cerveza. A Mediterráneo. A sandalias , a paella y mejillones de roca y a cuerpos desnudos bañándose en un mar turquesa. Echo de menos Menorca. Echo de menos Lisboa. Echo de menos viajar. Y aquí ando. Soñando con otra vida, pero viviendo ésta.

 

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