El silencio, la música, los espacios y los algoritmos.

Llevo unos días muda. Por fuera, pero sobretodo por dentro. El silencio sirve para recogerse. Para remirar y escuchar qué es lo que no funciona. O dejarte llevar por la música interior. A veces, dejo que tímidamente un piano o una guitarra o una voz sensual me susurre al oído. Como la de William Fitzsimmons y su Beautiful Girl, que me hace recordar una anécdota de este fin de semana. Como cada sábado fui a buscar a mi madre. Maria suele esperarnos en el coche, pero esta vez (no sé porqué) quiso entrar. Una de las abuelas, que anda en la puerta haciendo ganchillo, nos recibe con una sonrisa. Mi madre, que en ese momento bajaba las escaleras, nos presenta, sobretodo a su nieta, que es la más guapa (es así para todas las abuelas). Mi madre y mi hija suben a recoger algo que la primera había olvidado y me quedo hablando con la abuela del ganchillo. Y entonce me mira, como hace tiempo me solía mirar mi propia abuela mientras hacía ganchillo y me dice: “pues anda que tú sí que eres guapa”. Me rio, aunque por dentro me caiga una lágrima. Le respondo que la que es guapa es mi hija, que yo estoy ya muy mayor y estoy muy gorda, y que son los hijos los que heredan la belleza de las madres. Y entonce me lo vuelve a repetir: “no, yo hablo de ti, que eres muy guapa!. Pero qué guapa eres, sí!”. Vuelvo a ver la luz de mi abuela en sus ojos, y la recuerdo, con el peinado que llevaba hace veinte años, con el pelo recogido como sólo ella sabía recogerse, con las agujas que más tarde usaría para hacerse un simple moño.

Y hoy, he vuelto a un espacio conocido y a ver personas que hacía tiempo no veía, y que creían (y siguen creyendo) en mí, y en mi capacidad para desarrollar algoritmos (aunque yo no).

Y me tiene absorta la belleza de una niña que se hace mayor, el sabor de un Somontano combinado con un queso de cabra, la capacidad de resolución de problemas de mis alumnos adultos, un dolor de muelas que no se me acaba y la voz de una vieja amiga (no por vieja ella, sino por ser una relación antigua) que me llama desde Madrid. El olor del café de las mañanas, que me trae la calle Relatores todas, absolutamente todas las mañanas. Y su voz, que aún resuena al fondo del tímpano, llamándome “Calabacita” o “xoxo” a partes iguales. ¿En qué lugar de la memoria se guardan los amores antiguos y no resueltos? Huyo de su voz y sobretodo de sus manos que, inquietas, me buscaron alguna vez  ¿En qué lugar se esconden las fórmulas de los problemas no resueltos?. Esta casa huele a incienso, a chocolate, a arena de playa del fin de semana, a mocos infantiles (por temporadas), a polvo (incapaz de llegar a todo, se acumula en las estanterías y en los objetos inútiles), a vela recién apagada. Y se va llenando de historias y de palabras.

3 comentarios en “El silencio, la música, los espacios y los algoritmos.

  1. Me encanta….!!! no me salen las palabras… la manera que tienes para llegar a transmitir en tu forma de escribir :)

    Pasarme por aquí siempre me roba un suspiro y una sonrisa.

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