Con la fuerza de tres personas

Hace años, encontré en esta casa dos anillos. Estaban colgados de un clavo en una puerta que al final desapareció, porque desaparecieron todas las paredes que hacían que lo que es ahora una sola habitación fuesen cuatro. Me pareció un extraño buen augurio. Pero no tengo claro que se haya cumplido.

Dice Lola que en pocos meses viviré una mudanza, y nuevos caminos, y me llegaran cosas buenas, y que hay alguien que me acompaña. Lola dice todo eso porque me quiere, pero a mí me gusta (y necesito) esa fe que ella pone en las cosas y en mí. Dice Lola que ya tardo en volver a Madrid y ver su terraza.

Hace dos días tuve un extraño sueño. Soñé que R. me dejaba embarazada. Yo con R. tengo una bonita amistad que nunca irá a más, especialmente porque adoro a su mujer.  Igual si no adorase a su mujer… (mejor me callo y no me meto en berenjenales…..). El caso es que R. me cuenta ayer que ha dejado embarazada a su mujer, a la que además de que la adoro me parezco (y nos confunden). Y entonces sonrío por dentro, y pienso en qué bruja soy (sí, por todo).

Como no tengo caldera, llevamos cuatro días sin ducharnos. La verdad es que no me preocupa mucho lo de la caldera (he de reconocer que estoy un poco pasota de lo doméstico últimamente), pero mañana tendremos que ir nadar, aunque sea sólo por ponernos en remojo. También es que, después de la experiencia, me apetece (mucho), nadar junto a Maria. Primero junto a ella y luego dándole distancia, me emociona especialmente. Ella mete la cabeza en el agua como puede y la saca a trompicones, y me grita “yo sola”. Yo sola. Yo, sola. No sé si es bueno esta herencia que le estoy dejando, sobre la autonomía y la capacidad. La fuerza que tenemos las mujeres en mi familia, que hemos boicoteado y ocupado hasta el lugar de los hombres. Y así, soy capaz de desmontar una caldera (hay que cambiarle la placa electrónica) o de diseñar un proyecto educativo o de inventar un cuento. Hoy, cuando una amiga me explicaba que no entiende que sea tan complicado criar a un hijo cuando ellos son dos personas y yo estoy sola, a mí me vino a la cabeza (aunque no lo confesé): “Sí, pero yo tengo la fuerza de tres personas”. Así lo siento. Y en realidad, no siempre me gusta.

 

Palabras

Él está lleno de palabras. Palabras sin arraigo, como la semilla que lleva el viento. No hay poso. No hay compromiso. Nada permanece. No hay dolor que él soporte. Sal. Llave. Ostra. Y cascarón. Traza una senda, creando un personaje. Divertido, burlón, egocéntrico. Protagonista de cualquier historia que se le preste. Yo te presto mi vida. Yo te presto mi emoción. Yo te presto mis ojos. La luz de mis ojos. Tú me devuelves las risas y luego viene el dolor. Un dolor profundo, en las entrañas. Un dolor sin fondo. Un dolor que empieza en el hígado y se instala bajo el esternón. Leo a Peter Pan. Miro a Peter Pan. Escucho a Peter Pan. Río con Peter Pan. El malabarista de las palabras incumplidas.

Sueño con gemelos

Hace un tiempo que sueño con gemelos. Dicen que es un buen augurio. Y entonces aparece él. Otra vez. Con sus risas, sus “xoxo”, sus anécdotas soeces y su vida de marciano. Me ofrece su casa de Madrid, “Ya sabes que es para ti, siempre que la necesites”. Me ofrece dinero para pagar la residencia de mi madre si me hace falta, “Yo no he hablado de que me lo devuelvas ¿he dicho yo que me lo devuelvas?”. Reímos de nuestro pasado, y reímos más con nuestro futuro, en el convencimiento de que siempre vamos a estar ahí, uno frente al otro. Me explica que ha acabado una relación (con la rubia, claro), sin detalle, con la risa floja y la tristeza de fondo. Se ha matriculado en EFTI, como yo le recomendé cuando me pidió una escuela en Madrid para hacer un curso de fotografía. Se ha cambiado de coche. El tercer “manolito”. MIII le ha grabado atrás al Mercedes. Me explica que está nadando en mar abierto, que empezó este verano. Que se ha comprado un kayak. Que ha encontrado un rinconcito en Cadaqués y que seguramente volverá a alquilarlo este verano. Hablamos de los padres, de las madres, de su hermano, de mi hija. De nosotros. Me recuerda que hay playas en las que ya no volvería a dejar la toalla, pero siempre hay una toalla para mí. Él siempre tan ambiguo y tan sutil. Dejándolas caer, y yo viéndolas venir. Hablamos de su soledad. Y de la soledad.

Y luego, al final, cuando colgamos el teléfono, seguimos solos.

Memorias de un corazón

Todo se borra. Desaparece bajo la alfombra. Quedan imágenes sueltas. Algún olor. Una mirada. No hay recuerdos desde el intelecto, sólo desde la emoción. Es el corazón, que todo lo puede; mientras la mente se deshace.

Algunas cosas del viernes, en sábado

De la mirada por la mañana de un viernes

El barrendero ya no barre. Ni tan sólo aspira. Pasea por el parque con una especie de succionador inverso con el que empuja las hojas, papeles y colillas hacia un lado. Las mal amontona y espera que un compañero pase con una máquina con rodillos en las ruedas delanteras que finalmente succionan todo lo acumulado. Se mezcla el olor de la gasolina de tremendo “electrosalvaje “con el olor de la mañana y de la terraza recién mojada por un cubo de agua.

Los viernes, todo es igual pero un poco mejor. Una se da cuenta que la vida sería más agradable sin la obligación que dicen nos dignifica. No puedo evitar recordar el monólogo de  Rubianes (min 8:15) sobre el trabajo.

Del inglés

Hoy empecé las clases de inglés. Dice Marta que hablo mucho mejor de lo que ella se esperaba (no sé si es bueno o malo). Pero lo entiendo, y mientras Sophie y ella hablan  puedo seguir bastante la conversación. Tenemos un extraño complejo con esto del inglés. Como si fuera imperioso hablarlo. Imperioso de imperio. Hace tanto tiempo que no viajo a un país donde necesite hablar inglés, que pensé que se me había olvidado. Pero dos cervezas en una terraza y buscar un tema para cuatro mujeres y podríamos haber rodado un capítulo de “Sexo en Can Rull” (Can Rull es el barrio donde está el instituto, bastante menos glamuroso que NY, pero lleno de historias)

¿Feliz día de la mujer (trabajadora)?

Feliz será el día que no tengamos que celebrar nada. Pero aún así, decidí darme un pequeño homenaje y con los churumbeles nos fuimos a tomarnos unos helados y un cafelito a Sant Quirze. No es que sea nada del otro mundo, pero es lo que más me recuerda a Collado Villalba. Hay un paseo, junto a un chorrillo de agua que cruza entre casas adosadas de ladrillo visto de color oscuro y tejados de pizarra. Que digo yo, a qué arquitecto lumbreras se le ocurriría lo de los tejados de pizarra con clima mediterráneo. Sea como sea, tiene un aire extrañamente conservador. Una mira por esas ventanas y esos muros que esconden jardines, y se pregunta cómo debe ser la vida de una familia convencional, en una casa adosada. A medio paseo hay un bar-restaurante-brasseria donde me he permitido el lujo de sentarme en la terraza a tomar el café mientras los niños se columpiaban. Diez minutos de soledad, sorbiendo un café cortado corto de café en su punto. Esto debe ser la felicidad.

El loco y su poesía

EL LOCO

He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.
Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que  mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».
He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado
del que nadie cabe nunca nos absuelva.

autógrafo
Leopoldo María Panero  (1948-2014)

 

Vera

Apenas tiene tres años. Es la menor de tres hermanas y tiene parálisis cerebral, producida por un mal parto. Tiene unos preciosos ojos azules (que heredó de una extraña combinación genética) y una melena despeinada, similar a la de sus hermanas. Su cerebro es una esponja. No en el sentido literario que le damos a la expresión: físicamente es como una esponja. Así que hay zonas que, simplemente, no existen. Y día a día, en vez de descubrir que puedes hacer algo nuevo, sus padres descubren que no podrá hacer algo que debería poder hacer si fuese una niña normal (¿qué es normal en este mundo loco?). Nunca conocí a unos padres más implicados en la crianza de una niña. Viajan cada año a Croacia, a Dinamarca… allí donde la asociación a la que pertenecen hagan las jornadas terapeúticas que Vera sigue. Con un sueldo de profesor, que os aseguro que no es el de Superman. Pero los auténticos supermanes y superwomanas han resultado ser seres anónimos que, a pesar de la complicación de sus vidas, se levantan cada mañana para ir a trabajar.

Lo último es un botón gástrico. Cuando algo deja de funcionar, te asombras de la perfección del cuerpo humano. Vera no controla la glotis. La glotis es un espacio en la laringe que bloquea la traquea cuando estamos comiendo y permite que la comida vaya a la faringe. Ella envía comida a los pulmones. Así que le produce tos. Tanta tos que a veces (la mayoría) acaba vomitando. Otros niños padecerían infecciones pulmonares, pero ella no. Su organismo se ha acostumbrado. A veces, sus padres pierden la esperanza de posibilidades. Yo no sé qué posibilidades hay, quizás no haya. Le proponen un botón gástrico, a lo que su madre se niega. Igual tendríamos que aceptar que la ciencia nos permita convertir un cuerpo que no funciona en un cuerpo funcional. Pero hay que entender que para una madre, alimentar es algo más. Una está acostumbrada a dar la comida a sus hijos por la boca. A enseñarles a masticar, y a lavarse los dientes después. El botón gástrico es otra cosa.

A mí se me hace duro mirar a esa madre a los ojos. Son unos ojos que buscan explicaciones que nadie le puede dar.. La miro con cariño, me tomo un café con ella, comentamos algo divertido (todo lo divertido que la situación nos permite), le doy mi opinión, ajena pero implicada, y así compartimos los dolores que la vida nos ha traído.