Vera

Apenas tiene tres años. Es la menor de tres hermanas y tiene parálisis cerebral, producida por un mal parto. Tiene unos preciosos ojos azules (que heredó de una extraña combinación genética) y una melena despeinada, similar a la de sus hermanas. Su cerebro es una esponja. No en el sentido literario que le damos a la expresión: físicamente es como una esponja. Así que hay zonas que, simplemente, no existen. Y día a día, en vez de descubrir que puedes hacer algo nuevo, sus padres descubren que no podrá hacer algo que debería poder hacer si fuese una niña normal (¿qué es normal en este mundo loco?). Nunca conocí a unos padres más implicados en la crianza de una niña. Viajan cada año a Croacia, a Dinamarca… allí donde la asociación a la que pertenecen hagan las jornadas terapeúticas que Vera sigue. Con un sueldo de profesor, que os aseguro que no es el de Superman. Pero los auténticos supermanes y superwomanas han resultado ser seres anónimos que, a pesar de la complicación de sus vidas, se levantan cada mañana para ir a trabajar.

Lo último es un botón gástrico. Cuando algo deja de funcionar, te asombras de la perfección del cuerpo humano. Vera no controla la glotis. La glotis es un espacio en la laringe que bloquea la traquea cuando estamos comiendo y permite que la comida vaya a la faringe. Ella envía comida a los pulmones. Así que le produce tos. Tanta tos que a veces (la mayoría) acaba vomitando. Otros niños padecerían infecciones pulmonares, pero ella no. Su organismo se ha acostumbrado. A veces, sus padres pierden la esperanza de posibilidades. Yo no sé qué posibilidades hay, quizás no haya. Le proponen un botón gástrico, a lo que su madre se niega. Igual tendríamos que aceptar que la ciencia nos permita convertir un cuerpo que no funciona en un cuerpo funcional. Pero hay que entender que para una madre, alimentar es algo más. Una está acostumbrada a dar la comida a sus hijos por la boca. A enseñarles a masticar, y a lavarse los dientes después. El botón gástrico es otra cosa.

A mí se me hace duro mirar a esa madre a los ojos. Son unos ojos que buscan explicaciones que nadie le puede dar.. La miro con cariño, me tomo un café con ella, comentamos algo divertido (todo lo divertido que la situación nos permite), le doy mi opinión, ajena pero implicada, y así compartimos los dolores que la vida nos ha traído.

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