Algunas cosas del viernes, en sábado

De la mirada por la mañana de un viernes

El barrendero ya no barre. Ni tan sólo aspira. Pasea por el parque con una especie de succionador inverso con el que empuja las hojas, papeles y colillas hacia un lado. Las mal amontona y espera que un compañero pase con una máquina con rodillos en las ruedas delanteras que finalmente succionan todo lo acumulado. Se mezcla el olor de la gasolina de tremendo “electrosalvaje “con el olor de la mañana y de la terraza recién mojada por un cubo de agua.

Los viernes, todo es igual pero un poco mejor. Una se da cuenta que la vida sería más agradable sin la obligación que dicen nos dignifica. No puedo evitar recordar el monólogo de  Rubianes (min 8:15) sobre el trabajo.

Del inglés

Hoy empecé las clases de inglés. Dice Marta que hablo mucho mejor de lo que ella se esperaba (no sé si es bueno o malo). Pero lo entiendo, y mientras Sophie y ella hablan  puedo seguir bastante la conversación. Tenemos un extraño complejo con esto del inglés. Como si fuera imperioso hablarlo. Imperioso de imperio. Hace tanto tiempo que no viajo a un país donde necesite hablar inglés, que pensé que se me había olvidado. Pero dos cervezas en una terraza y buscar un tema para cuatro mujeres y podríamos haber rodado un capítulo de “Sexo en Can Rull” (Can Rull es el barrio donde está el instituto, bastante menos glamuroso que NY, pero lleno de historias)

¿Feliz día de la mujer (trabajadora)?

Feliz será el día que no tengamos que celebrar nada. Pero aún así, decidí darme un pequeño homenaje y con los churumbeles nos fuimos a tomarnos unos helados y un cafelito a Sant Quirze. No es que sea nada del otro mundo, pero es lo que más me recuerda a Collado Villalba. Hay un paseo, junto a un chorrillo de agua que cruza entre casas adosadas de ladrillo visto de color oscuro y tejados de pizarra. Que digo yo, a qué arquitecto lumbreras se le ocurriría lo de los tejados de pizarra con clima mediterráneo. Sea como sea, tiene un aire extrañamente conservador. Una mira por esas ventanas y esos muros que esconden jardines, y se pregunta cómo debe ser la vida de una familia convencional, en una casa adosada. A medio paseo hay un bar-restaurante-brasseria donde me he permitido el lujo de sentarme en la terraza a tomar el café mientras los niños se columpiaban. Diez minutos de soledad, sorbiendo un café cortado corto de café en su punto. Esto debe ser la felicidad.

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