Sueño con gemelos

Hace un tiempo que sueño con gemelos. Dicen que es un buen augurio. Y entonces aparece él. Otra vez. Con sus risas, sus “xoxo”, sus anécdotas soeces y su vida de marciano. Me ofrece su casa de Madrid, “Ya sabes que es para ti, siempre que la necesites”. Me ofrece dinero para pagar la residencia de mi madre si me hace falta, “Yo no he hablado de que me lo devuelvas ¿he dicho yo que me lo devuelvas?”. Reímos de nuestro pasado, y reímos más con nuestro futuro, en el convencimiento de que siempre vamos a estar ahí, uno frente al otro. Me explica que ha acabado una relación (con la rubia, claro), sin detalle, con la risa floja y la tristeza de fondo. Se ha matriculado en EFTI, como yo le recomendé cuando me pidió una escuela en Madrid para hacer un curso de fotografía. Se ha cambiado de coche. El tercer “manolito”. MIII le ha grabado atrás al Mercedes. Me explica que está nadando en mar abierto, que empezó este verano. Que se ha comprado un kayak. Que ha encontrado un rinconcito en Cadaqués y que seguramente volverá a alquilarlo este verano. Hablamos de los padres, de las madres, de su hermano, de mi hija. De nosotros. Me recuerda que hay playas en las que ya no volvería a dejar la toalla, pero siempre hay una toalla para mí. Él siempre tan ambiguo y tan sutil. Dejándolas caer, y yo viéndolas venir. Hablamos de su soledad. Y de la soledad.

Y luego, al final, cuando colgamos el teléfono, seguimos solos.

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