Una casa

ImagenLlevo tiempo obsesionada con esta casa. Con cambiar de casa. Con una casa nueva. Y entonces aparece ella. Con su escalera, sus mosaicos hidráulicos, su pequeña fuente en un patio, sus techos altos, sus puertas de doble hoja, sus contraventanas de madera, su claraboya…  Yo me la imagino llena de buganvillas y helechos y una enorme glicina que dé sombra en verano a la terraza. Y con visillos blancos, movidos por la brisa. Y una fuente con cyntias y pilistras alrededor. Y un pequeño rincón con una mesa marroquí, de hierro forjado y un sobre de mosaico donde tomar el té o una cerveza o un Albariño.

Y en las tardes frías de los domingos de invierno, Maria y yo sentadas, leyendo,  acurrucadas bajo una manta en un sofá, mirando el fuego de la chimenea.

La casa. La carcasa. La nave nodriza. El lugar al que pertenecemos. La tierra. El frío del mosaico, del patio, del metal de una barandilla. Tocar una pared con la mano y sentir que los dedos se hunden en ella. Y te fundes, convirtiéndote en yeso o piedra. Y cerrar los ojos y escuchar el mar. Sólo eso.