Me gustaría que estés aquí (en unos) ojos verdes.

Suena “Wish you were here” en la radio. No me atrevo a apagarla. No me atrevo a bajar del coche. No quiero que nadie descubra que estuve llorando, después de dejarlo en la parada del taxi del mercado. Imaginé como el taxi lo llevaba hasta Sants. Y un tren lo dejaba en Atocha. Y cómo subía, paseando, hasta Antón Martin y de allí a la calle Relatores. Y cómo entraba en casa, convertía el pasillo en una pista de aterrizaje, colgaba la americana en una percha y los zapatos junto a la plantita que conseguimos reanimar este verano, debajo de la escalera de caracol de hierro forjado y pintada de color verde.

Entonces recordé sus miradas, sus abrazos de oso, su decirme con sinceridad que me quiere mucho, que no quiere perderme. Cómo bromeamos con el pasado y con un posible, pero improbable futuro. Cómo me llena de palabras mientras degustamos unas delicias de coliflor y un vino blanco y un arroz con verduritas. Intento traer a mi cabeza a Joselito, cuando me dice con toda sinceridad que me pierden sus palabras. Tonteamos con las manos y las miradas. Casi había olvidado sus manos. Y no huele igual que antes. Pero tiene la misma mirada profunda, las pestañas como un manojo de boquerones, y se le achinan los ojos cuando se ríe. Está más delgado, pero tiene el mismo cuerpo de berberecho que recordaba. Me habla de su última chiquita, una actriz rubia y loca que apenas comía pero bebía mucho y rozaba la violencia. Se le nota triste y sé que lo ha pasado mal. Me pide perdón, si hizo algo que me hizo sentir mal. Me dice que me entiende pero que ya ha pasado cuatro años de purgatorio y quiere que sigamos compartiendo cosas. Me repito por dentro, desde el intestino que si quiere estar estará, y que si quiere estar aquí, conmigo (con nosotras) nos buscará. Y si no, es que igual no nos quiere tanto.

Suena “Wish you were here”. Parece infinita la canción y me devuelve a la recién estrenada juventud. Intento extraer los demonios, los miedos, como si describir la escena me permitiese olvidarla. Sé que esta vez me costará menos, a pesar de las lágrimas que llevo derramando toda la tarde, desde que lo miré por el espejo del retrovisor.

Dice Trini que somos almas gemelas (ella, tan roja y escéptica y práctica y polígama) y que él lo sabe, pero no está preparado. Y que el día que lo esté igual yo ya estoy lejos. Yo ya no creo en eso de las “almas gemelas” (sé que ella lo dice desde otra posición, con el convencimiento de todo lo que tenemos en común). No va errada. Entre su mundo y el mío, que hay un abismo, un hilo estrecho nos mantiene unidos.

He perdido el apetito. Sólo tengo sed. Y ganas de vomitar. Y un nudo justo en el esternón. Y esta tarde, entre sollozos y emoción, me faltó el aire. Apenas fueron segundos, pero creí morir ahogada y febril.  Me vuelven a arder las pérdidas por dentro. Arden las pérdidas, y vuelve Gamoneda, el exilio y las Canciones erróneas. Y erradas. Y un pliego de ausencias se amontona bajo la mesa. Y entonces suena la voz de Silvia Cruz y yo imagino cómo será la mirada que se mira en los ojos del otro y le devuelven un verde claro y calmado.

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