La primera borrachera. La última ópera

Leyendo a Fernando, me vino a la cabeza mi primera borrachera. Al menos la primera borrachera pública, ante mis padres. Dormí casi hasta las cuatro de la tarde. Mi padre, con todo el amor que sabía transmitir (que no era mucho, no el que me tenía, que no lo dudo, sino el que transmitía….), me trajo un zumo de naranja a la cama, me dio un beso y me dijo: “hay que saber beber”. No necesité ninguna bronca. Entendí perfectamente lo que quería decir y creo que puedo presumir que nunca más me vio bebida. Estoy segura que él no recuerda aquella anécdota, y para mí fue una de las lecciones más importantes que me enseñó.

Retumban aún en mi cabeza las Valkirias del domingo en el Liceu. Lo disfruté más yendo con una amiga de lo que seguramente hubiera disfrutado con él. Pero me hizo ilusión que viniera expresamente a la universidad donde yo estaba vigilando exámenes el día anterior para traerme dos entradas, darme un abrazo, recordarme que me quería mucho y bailarme una rumbita. Después vino su mensajito, como siempre, para recordarme que está ahí. Y sí, está ahí, pero no está.

Mientras, sigo con el spinning, la dieta, la mala leche por dentro, el enfado permanente con mi madre por estar enferma, el cansancio de llevar para adelante dos trabajos, una casa y una hija. También tenemos un ratón y desde ayer, dos gusanos de seda (pero como ya están haciendo el capullo confío que no den mucho trabajo). Tengo un plan en la cabeza y es por eso que sigo recogiendo trastos en casa, aunque parezca que nunca se acaban.

El calendario, el amor, el osteópata y el olor de vainilla del té blanco.

A estas horas mi casa se impregna del olor de la vainilla del té blanco con el que me suelo dormir. Llevo días queriendo escribir algunas impresiones, algunas anécdotas y algunas emociones que me van llegando, pero el día se me acaba con la rutina diaria. Creo que es difícil para según quién, entender que a veces no tengo tiempo ni de contestar el teléfono. Y aunque sea telegrámico, no quiero que sigan pasando días y se me olvide alguna de las cosas que quería escribir.

De una ventana y una abuelilla. Paseaba con Maria por la calle Salut, en busca del coche perdido. Es una de esas calles llena de casas bajas (que no adosadas). De una ventana escucho una voz. Debía tener no menos de 70 años y llevaba en las manos un calendario con el mes de mayo y unos días tachados. Desde el otro lado me pide que le diga qué día es hoy. Ocho, le contesto. Me sonríe y lo tacha. Otro más, me dice. Es que no me acuerdo del día a que estamos, y no quiero preguntarle a mi cuñado. Le sonrío. No sé cómo explicarle todo lo que se me remueve dentro.

Del amor. Me mira a los ojos y me dice que me quiere, mucho, no sabes cuánto. Yo sé que es el Guadiana: a ratos estoy y a ratos mejor mañana. Yo lo miro y siento en lo más profundo que lo que en realidad quiero es cortarle las uñas de los pies cuando él no llegue. (Escrito ahora y releído, bien podría convertirme en su podóloga). Aida dice que eso tiene que ver con el amor. No es más que un sentimiento, pero me parece poderoso y ambicioso.

Jairo. Tiene un extraño aire a un indígena. A mí me pareció un indio andaluz (después me dirían que nació en Ecuador y que se crió en Almería). Alguien me dijo que era muy buen osteópata y pensé que sería buena idea hacerle una revisión a Maria. En un momento me mira y me dice: ¿tú cómo estás?. Sonrío y le miento: bien. Se ríe y me lo repite.  Acaba recetándome unas constelaciones familiares para mí, pero varias, que tienes cosas que trabajar. Le hablo de mi madre, de las hermanas de mi madre, del padre de mi hija, de las parejas que quedaron atrás…. Maria y Alex juegan. Ella está bien, pero tu trabajo la ayudará.

 

 

De transtornos mentales

Abro la luz. Apenas son las tres de la mañana y un grito en el interior del esternón me despierta. Luego aparecen dolores: la muela, la pierna. El hambre de la dieta. Sé cómo calmarlo, me repito. Y rebusco en el armario bajo el lavabo un ibuprofeno, y en el armario sobre la cocina un poco de pan con aceite. Y un café con olor a Madrid. El grito también se calma, mientras escribo. Como tengo que ordenar palabras, espacios, poner tildes aquí y allá, como el que riega las plantas… él permanece mudo. Aunque poco a poco va rasgando las fibras y un dolor, pequeño pero intenso, parece que se queda enganchado permanentemente en el corazón. Leo a Rafael Narbona, en un texto más íntimo que político, y me pregunto si seré bipolar. Y entonces , pienso en mi vida, y en cómo la llevo, y me digo a mí misma “qué coño vas a ser bipolar”. Pero uno puede ser bipolar y responsable (me dice el hombro derecho). Y que te identifiques en algunos pasajes no tiene nada que ver con un trastorno mental. Entonces pienso en cómo estos días me pasan cosas raras, y me escudo en que es como a la mayoría de las mujeres que me rodean que están llenas de listas interminables, de cosas que tienen que hacer y siempre se olvidan de alguna, y se quejan de memoria, y de la cabeza. Yo cambio de sitio las cosas, y luego no me acuerdo dónde las dejé. Pueden ser las llaves, y llevarlas en la mano. O las gafas, y tenerlas puestas. Puede ser que el azucarero lo guarde en la nevera y la leche la deje en la repisa. O que no encuentre el coche porque no recuerdo dónde lo dejé aparcado el día anterior. Cuando digo que no lo recuerdo, es que hago un esfuerzo infinito por recordar el camino preciso que recorrí desde el coche hasta casa para poderlo invertir y no recuerdo absolutamente nada. Y no digamos del nombre de las personas, incluso de aquellas que fueron importantes alguna vez. Confundo los nombres, y cambio el de las madres a sus hijas y el de las hijas se los pongo a sus madres. Aunque el otro día me di cuenta que Rosa llamó Aran a su hijo Lluis. Eso sí que es un lío (pensé, aunque no dije nada). Lluís se quedó mirando a su madre (que no se había dado cuenta) y yo le sonreí.

Desayuno a las cinco menos cuarto de la mañana. Voy a tachar alguno de los ítems de la lista anterior. El esternón parece que anda más ligero, aunque a ratos me vienen dos segundos en que me falta el aire. ¿Dónde se queda todo ese oxígeno que no soy capaz de absorber?. Y cuando me ahogo, cuando parece que me ahogo, en realidad ¿qué hay en ese espacio donde debía haber oxígeno?¿no hay nada?.

Es de noche aún. Hay silencio. Sólo la respiración de Maria detrás mío, que duerme atravesada, ocupando todo mi espacio. De vez en cuando se le escapa una risa. Que una niña se ría mientras duerme debe ser muy bueno. También tenía un amigo que lo hacía, aunque la última vez me confesó que ahora grita en la noche. Yo en la noche me descubro escribiendo. Sacando los fantasmas y los demonios que se quedaron enganchados entre las costillas. Poco a poco, me digo. Y no, no le escribas, no le llames, no le pienses. El esternón también se calmará.

Lista de “To do”

Tengo que corregir exámenes de la IOC (mañana tienen que estar colgadas las notas).

Tengo que preparar la reunión de mañana (yo soy la jefa del departamento)

Tengo que montar la práctica para explicar cómo clonar con el Hiren’s (tengo taller mañana por la mañana)

Tengo que contestar algunos mails (básicamente trabajo)

Tengo que pedir hora a Hacienda, al dentista y cambiar la hora de la dietista.

Tengo que enviar la tablet de Maria que se rompió.

Tengo que enviar la documentación de la “estada en la empresa” que he hecho estos días pasados.

Tengo que hacer varias llamadas (a mis vecinos, al administrador de las fincas del piso de mi madre, al seguro de mi madre, a mi seguro del hogar).

Tengo que resolver el tema de la secadora

…. tengo que dejar de pensar en ti.

Suelos de terrazo

Escojo al azar una lista de descubrimientos en el Spotify. En las nubes, suena esto. Me despierto antes de las seis y aprovecho para corregir, dar una vuelta por las noticias, una red social, algún blog, antes de ponerme en marcha. 

Me tomo un café, con sabor a vainilla, y mientras cierro los ojos me vienen imágenes de otra casa, esa que quiero olvidar. Hoy tengo que concentrarme en la casa de mi madre, donde todo parece estar por hacer. Con mi tía andamos estos días pintándola y limpiándola para poder alquilarla. Hemos pintado las baldosas y la bañera para evitar hacer obras. El baño va a quedar con un aire retro con dos focos de bola y un enorme espejo. He dejado sólo lo imprescindible. Las puertas blanco lino, y me gustaría cambiar las manetas, aunque creo que, de momento, no tengo presupuesto. Y ayer fui a buscar una abrillantadora para pulir y abrillantar el suelo de terrazo. El padre de Lluís (un amigo de Maria) nos regala el repaso de la instalación eléctrica. En su día, mi padre se empeñó en poner unos interruptores especiales y andábamos siempre con adaptadores. Algunos ya no van y hay que cambiarlos. He descubierto una extraña meditación mientras le daba al rodillo arriba y abajo y me viene a la cabeza aquella escena mítica de Karate Kid: “Wax on, wax off“. Pero es que tener las manos ocupadas, obliga a la mente quieta.

A ratos, me encuentro con mi infancia por los rincones. Miro las baldosas de terrazo, donde de niña imaginaba cómo las formas iban cambiando e inventaba historias para los pájaros que aparecían en mi cabeza. Señalo algunas figuras a Maria en el suelo y le descubro una cabeza de ratón, o un dragón o fíjate, justo delante de la taza del wáter, parece que alguien dibujó un colibrí en el suelo. Ella se ríe y me dice “qué loca estás, mamá”.

De economistas (en este país)

Democracia. Libertad de Expresión. La objetividad de los datos. Honestidad y ética.

El gobierno coge la matrícula a cinco economistas que lo machacan.

A saber.

Algunos son “suyos”, aunque deberíamos de poder pensar que, en realidad, todos son “nuestros”.

Lo siguiente: una pared, un pelotón de fusilamiento y una cuneta. No sería la primera vez.