De transtornos mentales

Abro la luz. Apenas son las tres de la mañana y un grito en el interior del esternón me despierta. Luego aparecen dolores: la muela, la pierna. El hambre de la dieta. Sé cómo calmarlo, me repito. Y rebusco en el armario bajo el lavabo un ibuprofeno, y en el armario sobre la cocina un poco de pan con aceite. Y un café con olor a Madrid. El grito también se calma, mientras escribo. Como tengo que ordenar palabras, espacios, poner tildes aquí y allá, como el que riega las plantas… él permanece mudo. Aunque poco a poco va rasgando las fibras y un dolor, pequeño pero intenso, parece que se queda enganchado permanentemente en el corazón. Leo a Rafael Narbona, en un texto más íntimo que político, y me pregunto si seré bipolar. Y entonces , pienso en mi vida, y en cómo la llevo, y me digo a mí misma “qué coño vas a ser bipolar”. Pero uno puede ser bipolar y responsable (me dice el hombro derecho). Y que te identifiques en algunos pasajes no tiene nada que ver con un trastorno mental. Entonces pienso en cómo estos días me pasan cosas raras, y me escudo en que es como a la mayoría de las mujeres que me rodean que están llenas de listas interminables, de cosas que tienen que hacer y siempre se olvidan de alguna, y se quejan de memoria, y de la cabeza. Yo cambio de sitio las cosas, y luego no me acuerdo dónde las dejé. Pueden ser las llaves, y llevarlas en la mano. O las gafas, y tenerlas puestas. Puede ser que el azucarero lo guarde en la nevera y la leche la deje en la repisa. O que no encuentre el coche porque no recuerdo dónde lo dejé aparcado el día anterior. Cuando digo que no lo recuerdo, es que hago un esfuerzo infinito por recordar el camino preciso que recorrí desde el coche hasta casa para poderlo invertir y no recuerdo absolutamente nada. Y no digamos del nombre de las personas, incluso de aquellas que fueron importantes alguna vez. Confundo los nombres, y cambio el de las madres a sus hijas y el de las hijas se los pongo a sus madres. Aunque el otro día me di cuenta que Rosa llamó Aran a su hijo Lluis. Eso sí que es un lío (pensé, aunque no dije nada). Lluís se quedó mirando a su madre (que no se había dado cuenta) y yo le sonreí.

Desayuno a las cinco menos cuarto de la mañana. Voy a tachar alguno de los ítems de la lista anterior. El esternón parece que anda más ligero, aunque a ratos me vienen dos segundos en que me falta el aire. ¿Dónde se queda todo ese oxígeno que no soy capaz de absorber?. Y cuando me ahogo, cuando parece que me ahogo, en realidad ¿qué hay en ese espacio donde debía haber oxígeno?¿no hay nada?.

Es de noche aún. Hay silencio. Sólo la respiración de Maria detrás mío, que duerme atravesada, ocupando todo mi espacio. De vez en cuando se le escapa una risa. Que una niña se ría mientras duerme debe ser muy bueno. También tenía un amigo que lo hacía, aunque la última vez me confesó que ahora grita en la noche. Yo en la noche me descubro escribiendo. Sacando los fantasmas y los demonios que se quedaron enganchados entre las costillas. Poco a poco, me digo. Y no, no le escribas, no le llames, no le pienses. El esternón también se calmará.

4 comentarios en “De transtornos mentales

  1. Si supieras cuantos olvidamos todo… incluso hasta el nombre de con quienes trabajamos…y te quedas en blanco y le miras a los ojos y tus dedos presionan entre si buscandolo…Para mi son inutiles los recorridos rehechos mentalmente…pueden ser de ayer o de hace mil años…la unica receta (para eso y para el insomnio) es eso…bajar la guardia…tratar de minimizar la importancia de lo que tienes que hacer…Quiza nos estamos tomando la vida demasiado en serio….en serio es tu hija…el resto podrá esperar…besos

    1. Lúcido, como siempre. Gran Alberto. Sí: todo puede esperar. Incluso mi hija. Pero el tiempo pasa… y se nos va la vida con él.

      Un beso, desde el corazón.

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