La primera borrachera. La última ópera

Leyendo a Fernando, me vino a la cabeza mi primera borrachera. Al menos la primera borrachera pública, ante mis padres. Dormí casi hasta las cuatro de la tarde. Mi padre, con todo el amor que sabía transmitir (que no era mucho, no el que me tenía, que no lo dudo, sino el que transmitía….), me trajo un zumo de naranja a la cama, me dio un beso y me dijo: “hay que saber beber”. No necesité ninguna bronca. Entendí perfectamente lo que quería decir y creo que puedo presumir que nunca más me vio bebida. Estoy segura que él no recuerda aquella anécdota, y para mí fue una de las lecciones más importantes que me enseñó.

Retumban aún en mi cabeza las Valkirias del domingo en el Liceu. Lo disfruté más yendo con una amiga de lo que seguramente hubiera disfrutado con él. Pero me hizo ilusión que viniera expresamente a la universidad donde yo estaba vigilando exámenes el día anterior para traerme dos entradas, darme un abrazo, recordarme que me quería mucho y bailarme una rumbita. Después vino su mensajito, como siempre, para recordarme que está ahí. Y sí, está ahí, pero no está.

Mientras, sigo con el spinning, la dieta, la mala leche por dentro, el enfado permanente con mi madre por estar enferma, el cansancio de llevar para adelante dos trabajos, una casa y una hija. También tenemos un ratón y desde ayer, dos gusanos de seda (pero como ya están haciendo el capullo confío que no den mucho trabajo). Tengo un plan en la cabeza y es por eso que sigo recogiendo trastos en casa, aunque parezca que nunca se acaban.

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