De estrellas y constelaciones

Me repito a mí misma que me merezco algo mejor… a alguien mejor. Me lo escuché decir en la boca de una amiga, mirándome a los ojos. Porque él llega y arrasa. Y me destroza los intestinos. Vacía mis ovarios.Y revuelve todo aquello que cuidadosamente deposité en los huecos de la memoria. Me imagino mi cerebro agujereado, relleno de vivencias. Las he ido depositando una a una, con todo el cariño que he podido. He intentado dejar al fondo las dolorosas, y taparlas con las que me han traído más alegrías. Pero el revuelve en mi interior, como si se tratase de un armario lleno de camisetas de colores. Las mezcla y coloca las que estaban al fondo en un primer plano. Yo lo miro a los ojos. Su risa, sus ojos oscuros llenos de pestañas, la cara de pan (que no entiendo como me emociona tanto). Vino con traje, intuyo que tuvo antes una reunión, aunque me dice que no. Comemos juntos. Se pasea por mi trabajo, entre mis compañeros, entre mis alumnos. A ratos me siento feliz. A ratos siento que no tiene derecho a hurgar en mi vida. Ya no. Quiere venir a verme a Galicia. Así me trae las llaves de su piso de Madrid, ese que nos presta mientras él está de vacaciones. Hoy lo siento ausente. Hoy sé que no quiere estar aquí. Yo sí. Yo me quedaría a su lado para siempre. Y le cortaría las uñas de los pies cuando él ya no se llegue. Y lo llevaría al médico en sus enfermedades.  Y le mecería las soledades. Y le besaría los párpados, como tantas veces nos hicimos. Él me abraza, se acurruca en mi pecho y me llama Fatimita. Y el tsunami emocional arrasa mi interior. Mi cabeza. Mis intestinos. Mis ovarios. Mi pecho. En algún momento siento que voy a vomitar el corazón.

El otro día constelé por la rabia con mi madre. Yo, tan escéptica, me he vuelto creyente del todo. Ahora siento que tengo que constelar por el amor mal entendido a una estrella.

Proyecto «baldufa»

ImagenTodas las ciudades tienen barrios periféricos que suelen estar teñidos de otros colores. Suelen ser barrios donde la gente habla lenguas diferentes y se visten diferente. Incluso, a veces, los criterios para tener una buena vida, son diferentes. En Sabadell, uno de ellos, se llama Torre-Romeu, aunque todos los que viven en él lo llaman Torromeu. Uno sabe si pertenece o no a ese barrio por el nombre que utilizan para denominarlo. Es un barrio donde históricamente vivían básicamente gitanos. Hoy es multicultural, multiracial con todos los múltiplos que se nos ocurran a los que nos sentimos en esa extraña masa más uniforme.

Los miércoles Trini suele recoger a Maria. Yo la voy a buscar después del trabajo. Trini vive en Torre-romeu desde hace unos dos años, en que decidió alquilar su piso, algo más céntrico, e irse a vivir con su hermana. Fue la manera de recortar gastos y poder mantener la hipoteca de su casa. Alex, su hijo, tiene varias peonzas. Se ha puesto de moda estos días bailar la peonza. Los juegos de los niños son recurrentes, aunque las peonzas (baldufas en catalán) son mucho más sofisticadas que en otros tiempos. Ahora tienen nombres exóticos («la cobra», «la diamante», «la neptuno roller»….) y algunas incluso, una punta metálica que rueda sola. Hacen auténticas virguerías en forma de piruetas. Alex tiene unas diez «baldufas», que presta a los niños que juegan con él en la plaza. De vez en cuando regala alguna, pero como todos los niños, quiere sus juguetes y no está dispuesto a que cada vez que su madre le diga que regale una, él tenga que deshacerse de ellas. Los niños (y niñas) son en su mayoría subsaharianos. Negros hasta la saciedad. Tienen unos enormes ojos negros llenos de pestañas, el pelo sale de la cabeza a «pegotes», rizado en sí mismo. Uno de ellos me mira, mientras enrollo una cuerda alrededor de una de las peonzas de Álex para que la baile. Le digo: «pero qué guapo eres, rubio!». Me mira y sonríe. No sé si me ha entendido, pero me mira y me sonríe.

Qué sencilla es la risa de un niño, y qué fácil.

Esta semana pensaba recoger peonzas entre los profesores. La mayoría tienen hijos, y nuestros hijos se cansan pronto de todo, incluso de la última peonza que les ha comprado. Estoy deseando ir el viernes a la tarde a repartir peonzas a Torre-Romeu.

 

La cómoda

Hace mucho, pero mucho tiempo, la compramos en els Encants. Aún recuerdo su precio: 4000 pesetas. Estaba que daba pena. La lijamos, la barnizamos, le puse unos tiradores dorados y la utilizamos como mesa para la tele, en el centro de dos estanterías que diseñamos nosotros y que nos hizo el cuñado del Innombrable, que era carpintero.

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La utilicé para guardar los manteles y las servilletas de tela. Todavía hoy tiene ese uso, aunque no tengo mesa de comedor (tenemos una mesa bajita donde cenamos a lo japonés, pero no tenemos una mesa tradicional, con sillas tradicionales). Sin embargo, la uso para guardar salvamanteles y manteles de diferentes tamaños y usos. Siempre con un «por si acaso»….

Cuando vivía con el Innombrable, tuvimos un perro. Básicamente el perro era mío, y se fue conmigo cuando me fui a vivir con él y se volvió conmigo cuando nos dejamos. Guardaba en el cajón de en medio las galletas para la Cani. La Cani era una chucha que no hacía más de 30 cm de alta, a la que quise como si no fuese una chucha. Todavía conservaba algunos arañazos junto al tirador, donde ella rascaba en busca de algún premio. Creo que en la foto aún se aprecia.

Como tantos arañazos que he ido conservando, se me ocurrió que ya era el momento de ir cicatrizando, así que estos días he estado rehabilitando esa cómoda. Me trae historias. Y ahora, de repente, y aunque aún no está del todo acabada, todo vuelve a estar en blanco.

 

Proceso: serrar los tiradores de maderaLijar, pintar.Perforar y poner tiradores

 

 

 

 

 

 

 

Primera impresión. Aún faltan detalles20140609_214848_1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Porque todo está por hacer y todo es posible….. dijo Martí i Pol, mirando al mar.

 

De momentos ajenos y de fuentes.

A veces, últimamente muchas veces, me siento ajena. Ajena de los lugares que comparto con gente ajena. Hoy, mientras Maria se balanceaba en un columpio en una plaza cercana a casa, me senté a tomar café a un puñado de metros. Me gusta ese espacio que a veces ponemos entre las dos, como en la lejanía, pero con la mirada encima. Yo en ella y ella en mí. De vez en cuando me mira, a ver si la miro. De vez en cuando yo la miro, a ver si detecta que la estoy mirando, como leona que protege al cachorro. Escucho conversaciones ajenas, y me parecen de otro planeta. No los entiendo. No sé de qué hablan. Pero lo peor, es que no me importa de qué hablan.

Estos días me vino a la cabeza una fuente. Hay un rincón en este patio diminuto en que (no sé por qué) se me metió que tenía que tener un caño de agua, algo de lo que surja el agua, y fluya y sobretodo suene. Me acerqué a Rubí a traer (y llevar) a mi madre y aproveché para acercarme a la Noguera (las fotos de la web no les hace justicia). Es un centro de jardinería que llevan bàsicamente dos hermanas. Son curiosas, y ya eran conocidas en Rubí de la época en que montaron una tienda de regalos (cuando aún no había «todo a cien»,  ni tiendas de regalos). Si no recuerdo mal, se llamaba el Sidral y era un «sidral» en toda regla. Pero siempre tenían gente, sobretodo jóvenes que buscaban regalos originales. Con los años (y el dinero que hicieron) compraron unos terreros en las afueras de Rubí y construyeron una nave que llenaron de plantas. Hoy es un auténtico invernadero donde puedes encontrar desde muebles de jardín hasta comida para todo tipo de mascotas, plantas de todo tipo y cómo no… fuentes. Así que ni corta ni perezosa fui a ver. Son caras, carísimas. Pero lo peor de todo es que son muy artificiales (aunque no lo parezcan). La mayoría están huecas y por detrás tienen una especie de puerta para poder acceder a la bomba de agua. Me parecieron horribles. Así que ando ideando cómo hacer una fuente aprovechando las piedras que trajimos de los Pirienos (del Valle de Pineta y de la Cerdanya). De momento nos hicimos con la bomba de agua y un cuenco de barro que hay que impermeabilizar (el material poroso haría que el agua se filtrase). La bomba permite llevar el agua hasta 50 cm arriba, pero mi idea no es hacer una cascada… prefiero un borbotón de agua que fluya y suene como el de un río. Y ahí andamos, Maria y yo, colocando las piedras de diferente manera, ideando algo para hacer que el cuenco (poroso) no pierda el agua y la bomba no se queme. Lo mejor de todo es que leo cositas sobre Feng-Shui y es sorprendente el significado que tiene, y el sitio donde lo he colocado. Al final Jose tendrá razón, cuando dice que tengo un talento por descubrir(me).