De mares y vacaciones

Las vacaciones son un tiempo suspendido. Ese espacio en la vida en que no sabes dónde vas a comer, o incluso dónde vas a dormir, o qué vas a hacer al día siguiente. Tiene su encanto despertarse sin expectativas, ni previsiones.

Llegar al Cantábrico y disfrutar de ese mar, no tiene precio. Descubrir unas playas alucinantes en Asturias: la de Cuevas del Mar, la playa de la Huelga, la de Gulpiyuri.

Llegar a casa y disfrutar del hogar, de la tierra, reconocer los lugares de la niñez, esos que Maria también está haciendo también suyos. Sentir que perteneces a la tierra, pero así, en abstracto y sin nacionalismos. El verde monte, el azul mar, el gris cielo. Ver convertida la espiral en el símbolo de este pueblo. Gastar las tardes paseando por un camino envuelto de eucaliptus, castaños y robles, para tomar una cerveza en el bar más cercano, a casi dos km de casa. Y escuchar una música suave mirando la ría.

Isabel y la Antigimnasia

Me recibe en una sala blanca pero cálida. Voy descubriendo pequeños detalles durante la entrevista: un certificado cuidadosamente enmarcado en la pared, una flor a la entrada, luces en el suelo. La moqueta de la sala es impresionante, suave, de color blanco ¿huevo?. Está descalza, y yo me descalzo también, de forma voluntaria. A medida que la miro, me parece más hermosa, más elástica, más elegante en los movimientos. Debe ser esa, seguramente, la actitud que uno tiene cuando habita su cuerpo, la primera (y última) casa que nos pertenece.

No estaba preparada para sus preguntas, así que acabo llorando. Cuántas lágrimas últimamente, todas necesarias. Me pregunta por el parto, el mío. Yo apenas recuerdo lo que he inventado desde los recuerdos de los demás. Un parto largo pero natural. No me dieron el pecho, no gateé, no caminé hasta los tres años, estuve inmovilizada unos meses en el hospital, con la cadera enyesada, no me moví durante meses….. Cuántos noes al inicio de tu vida, Fátima, me dice con voz suave. Todos esos noes, quedan impreganados en el cuerpo, porque el cuerpo tiene memoria. Es posible que toquemos ciertos resortes cuando iniciemos algunos movimientos, y me pregunta si estoy preparada para eso. No lo sé, la verdad es que no lo sé. No esperaba tus preguntas, fíjate sólo con una pregunta todo lo que has conseguido.

Habla de verbalizar. Hay que verbalizar lo que el cuerpo te pide.  Nos emplazamos para septiembre, en unas sesiones individuales. Y que luego me incorpore a un grupo de trabajo. Será por ciclos, de 11 ó 12 sesiones. Nos despedimos con un abrazo, sabiendo que volveremos a vernos.

De repente, tengo la sensación que todo lo que pasa a mi alrededor es necesario, que se está moviendo algo que empieza a tomar forma. Incluso el reencuentro con Estrellita y la constelación que me ha permitido convertir la rabia de la enfermedad de mi madre en ternura y risa. Conocer a ciertas personas este año. Acercarme más a otras que ya conocía. Y entonces, cae por casualidad la antigimnasia entre mis manos.

En unos días, todo volverá a la calma

cartel_2014Todo volverá a la calma. Miraré desde mi ventana ese mar que echo de menos. Pasearé entre los robles y castaños de mi niñez. Me descubriré regando las hortensias, inventando el jardín que quiero para mi vejez. En unos días, me despertarán los ladridos de una perra blanca que me adora y a la que adoro. Y con suerte, volveré a ver pasar los corzos por la ladera, y esconderse junto a los enormes laureles que crecen junto a la finca. Iremos por las tardes a recoger agua a la fuente, nos bañaremos en un mar frío y nos acercaremos hasta el faro donde quiero que tiren lo que quede de mí.

En las noches más cálidas, abriremos un Albariño. Comeremos pulpo, zorza y si hay suerte, percebes en San Andrés de Teixido. Bajaremos hasta la playa de Bares. Me sorprenderá, después de más de 40 años, la vista de los cabos, el faro de la Candelaria, la bahía de Vicedo y la fábrica de Sargadelos. Iremos al puerto del Barquero a ver llegar los barcos de pescadores. Y a Espasante a beber Estrella (de Galicia) y a recoger piedras en la playa.

En unos días, tocaré la tierra donde nació mi padre. El padre de mi padre. El padre del padre de mi padre. Como si el ADN viniera impregnado en la tierra que se nos quedó entre las uñas. Y la lluvia volverá a hacer crecer mi pelo, allí donde este año cayó por completo, presagiando buenos tiempos. Pintaremos runas en los cantos rodados que cogeremos en el rio Mera entre anieiros y eucaliptus y construiremos, una y otra vez, el muro que separa el camino del que algún día será un jardín.

En unos días, el viento se colará por la pizarra, la lluvia nos despertará por la mañana, el sol se pondrá una hora más tarde. Y así, de regreso, Maria recordará a su abuelo cuando aquí anochece: «el abuelo está cenando mamá, porque en Galicia aún es de día». En Galicia aún es de día.

Y suena una gaita en mi corazón.