La Princesa de las Zarzamoras

Si te alejas apenas 30 minutos de esta ciudad, te encuentras con un desierto vasto de alcornoques, robles y tierra seca. Busqué qué caminos nuevos podía recorrer y apareció en el mapa Manzanares el Real, con su castillo, su embalse y su río. Justo detrás nos queda la Pedriza, que es montículo rocoso que me recuerda (vagamante) a Montserrat, pero decidimos dejarla para otra ocasión (queda pendiente una excursión por la Pedriza). Una se asombra que ese riachuelillo sea el mismo que a su paso por Madrid se convierta en lo suficientemente grande como para que sea importante. Si uno pregunta qué río pasa por Madrid, ¿todo el mundo sabe qué río es?. Y entonces me doy cuenta que sólo cuando viajas, conoces y recuerdas, porque en vez de memorizar, vives. Por Praga pasa el Moldava, el Danubio por Budapest, el Akerselva en Oslo y el Oñar y el Ter en Girona. En Inverness, el Ness (el mismo que forma el lago, sí) y el Arno por Florencia. Sí, definitivamente viajar es la mejor clase de geografía.

Después de visitar el castillo, excesivamente reconstruído para mi gusto, nos fuimos a comer al río. En su recorrido hay pequeñas pozas que son una delicia. Maria, que si ve un charco se desnuda y se baña en él, no tardó ni dos minutos. El río está lleno de peces, y si te sientas en alguna piedra y metes los pies en él, inmóvil, puedes añadir un pequeño placer que los modernos hasta le han puesto nombre: ictioterapia. Pues gratis, en el Manzanares. Eso sí, todo el relax que puede proporcinarte un peeling de pies natural, se va a la mierda cuando tu hija se empeña en coger las moras en la zarza más enredada y, a pesar de haberla avisado trescientas o cuatrocientas veces, acaba cayéndose a la zarza y se convierte en un cristo crucificado en Semana Santa (nada que no resuelva unas gasas, un bote de cristalmina y muchos besos de madre abnegada)

Todo lo que vi desde un TRX

Del techo cuelgan unas cuerdas infernales en las que, cada mañana, antes de las siete de la mañana, suele hacer ejercicio. Sentadillas, remo y abdominales básicamente. El desgaste lo compensa con un buen desayuno en el bar de la esquina. El café largo y el panecillo pequeño, con tomate y aceite o con jamón algunos días. Lee el periódico y curiosea al resto de clientes. Luego sube a casa y se encierra a escribir, o a leer. A corregir textos infumables de autores que se creen únicos y geniales. O a transcribir textos, normalmente técnicos, que malpagan desde el otro lado del océano. Penden de las cuerdas algunos sueños. Algunos viajes que no se hicieron. Algunos hijos que no llegaron. Algunas parejas estables que aún no conoció. Abre la nevera varias veces. Pone música. Enciende el ventilador. Abre las ventanas. Entorna las persianas.

Cuando le entra hambre, baja al bar de abajo y se toma una cerveza y una tapa. Lo suficiente para seguir el ritmo. Corregir, transcribir, leer. Abrir la nevera varias veces: ahora agua, ahora un poco de pan con aceite, ahora un trocito de tortilla que sobró de la cena de ayer.

A media tarde trastea una siesta en un sofá desgastado por el tiempo y las envidias de las mujeres que no se lo llevaron. A dormivela le vienen imágenes de alguna historia inconclusa, y se levanta sobresaltado y se abalanza sobre el ordenador y escribe de forma desordenada cuatro frases que le quedaron enganchadas entre la pelusilla de las cervicales.

Anochece. Apaga el ventilador. Si está apagado lo enciende. Enciende alguna luz, la tele (si hay algún partido de fútbol). Le quita el volumen. Se hace un gin-tonic. Luego otro. Luego otro más. Se para a pensar que hoy tampoco sonó el teléfono. Hace una mueca. Escucha unas risas en el piso de al lado. Luego golpes contra la pared que provienen del de al lado. Se hace un sandwich de jamón. Se lava los dientes. Se ducha. Se hace una paja en la ducha. Se mete desnudo en la cama. Tiene frío. Se tapa con una manta. Cierra la luz. Duerme.

Como un naúfrago en la isla de Madrid y el café Gijón.

Creo que empiezo a tener algún síndrome de naúfrago. Comienzo a no saber qué día es hoy, ni miro la hora a la que nos levantamos. Esas son mis verdaderas vacaciones. He amenazado a mis compañeros y ex-compañeros de trabajos varios de eliminarlos de mi lista de contactos si siguen recordándome, vía wasap, la cuenta atrás para la vuelta al cole. Mi día a día empieza a ser una rutina de barrio. Desayunar tranquilamente, ir al mercado a comprar la comida del día, saludar a algún vecino, cotillear la librería de debajo de casa…. hasta que en algún momento a Maria se le escapa ese infinitum “¿qué hacemos hoy?”. Ella empieza a acostumbrarse a la respuesta: “nada”. Aún así, mis días se llenan de improvisaciones y la vida social, que echo de menos en Barcelona, sigue su curso. Hasta hoy no hemos cenado solas ningún día. Y siempre ha sido un regalo.

Y ando por la ciudad mirando al cielo. La luz y los balcones de Madrid. La cartelería callejera. Maria lee todas las frases de las calles en el barrio de las Letras y me pide que vayamos a “esa pared que tiene un jardín”. De alguna manera, esta ciudad se está convirtiendo en parte de los paisajes de su infancia y eso me hace feliz. La primera vez que yo vine a Madrid tenía 18 años. Mi prima llegaba de Estados Unidos, donde había hecho COU, y tenía que examinarse aquí en Madrid de selectividad. Lo recuerdo vagamente, pero creo que vine con mis tías. Sólo recuerdo con bastante claridad, la visita al café Gijón. Lo recuerdo aún ahora, mientras lo escribo. Algo me dijo mi tía Mariluz sobre el sitio, pero yo sólo tenía oídos para las tazas, las bandejas, la cafetera…. y mis miradas se perdían en cada uno de los rincones de un café con solera. Me emocioné pensando en la gente que había debido tomar café en aquél sitio. Cual sería la silla favorita de cada uno de aquellos señores sobre los que yo había estudiado obras, estilos y vidas y ellos básicamente venían a sentarse, tomar café y charlar con algún coetáneo en alguna de aquellas mesas, y miraban y veían los mismos objetos que yo estaba observando. Igual hoy volvemos al café Gijón.

Dia 3

RollerieHoy será nuestro tercer día en esta ciudad y parece que nunca me hubiera ido. Lo sé porque es el tercer día que bajaremos a desayunar al bar de la esquina. Tostadas con tomate y café con leche (relaxing, sí). por 2,70€ con vaso de agua y lectura de periódico incluída en la Rollerie. Para mí es uno de esos momentos de placer, cuando tienes todo un día por delante para dedicar a la improvisación (todo este ambiente bucólico se rompe cuando Maria, con destreza, me pregunta impaciente: “mamá, ¿hoy que hacemos?”, y entonces me pongo como loca a buscar qué podemos ver/pasear/rescatar….

Pero en sólo dos días (completos) aquí, ya se me ha empezado a llenar de afectos, que curiosamente, y por mucho que me esfuerce en creer que es una cuestión de actitud, siempre me ha parecido más fácil aquí. Quizás es esa mirada de turista accidental que se me pone nada más pisar Lavapiés.

Suena Katie Melua.

Suenan voces en la calle y un camión de limpieza.

Suena el llanto de un niño, que se cuela por la ventana en el techo del baño abuhardillado.

Suena la respiración, suave y sin pausa, de Maria en la habitación de Estrellita, mientras yo tecleo a oscuras bajo una escalera de caracol.

En la mesa, un jarrón de cristal (que no sé de dónde ha sacado Lola) se ha llenado con unos claveles de un intenso color morado. Los miro y sonrío. Porque la velada ha sido mucho mejor de lo que esperaba, aunque no esperaba nada. Últimamente estoy en modo presente, disfrutando de cada momento (con mi lista de To Do en la cabeza pero disfrutando el momento).

En una hora arranca el día.

 

Y volver

copasLlegamos a media tarde. Sin prisa. Habíamos comido a tres horas de Madrid, a pesar que le prometí a Maria comer en San Lorenzo del Albaricoque. Se me humedecieron los ojos al divisar el skyline de esta ciudad (aunque no tanto como cuando dejé a mi viejito diciéndome adiós desde la puerta de casa con la perra al lado). Parecía que Luna sabía que nos marchábamos, porque ladró más que de costumbre. Y aparcamos junto enfrente de casa, esta casa “compartida” (aunque pague otro), que Maria ya ha hecho casi suya. Tiene Estrellita ese punto generoso. Nos deja su casa sin condiciones y es tan fácil que, sin duda, una se siente en casa. Además, está llena de detalles que hacen todo más agradable. Tiene pocas cosas (aunque parece que este año se haya llenado algo más), pero son las justas. Una tostadora, una cafetera y un exprimidor eléctrico. Algunas cacerolas, pocos cubiertos (Maria dice que brillan mucho y yo le digo que es que se usan poco….), varios abrebotellas, algun incienso, algunas plantas…. De platos y copas apenas tiene dos iguales. Muchos cuchillos y palillos (una casa donde haya chopsticks siempre da puntos: nosotras tenemos una “cubertería” de palillos traídos de todos los rincones de la China). Tónica de cardamomo y chocolates variados que hacen las delicias de Maria (el chocolate y la tónica).

A las ocho quedé con Xavi. Con ese nombre intuí que era catalán por lo menos. Me había puesto en contacto con alguien que alquila una plaza de parking para un coche grande en la Calle Atocha y le propuse que me lo alquilara durante el resto del mes por la mitad de precio. Aceptó sin dudarlo (creo que no lo negocié muy bien, pero el precio me pareció razonable a diferencia de los parkings públicos o a riesgo de no encontrar aparcamiento fuera de la zona azul). Normalmente lo aparcaba en Embajadores, pero aquí lo tengo más cerca y apenas me cuesta ocho euros al día. Xavi era el antiguo “inquilino” de la plaza y tenía que pasarme el mando del garaje, así que quedamos después de su trabajo. La sorpresa fue cuando vio en la rueda de mi coche que lo había comprado en Sant Quirze del Vallés…. porque él es de Sant Quirze. Casi nos explicamos la vida y como vive aquí al lado hemos quedado en llamarnos para hacer una cerveza. Su pareja está montando una cooperativa para editar materiales educativos. También me parece interesante. Es curiosa esta ciudad donde todo el mundo es bienvenido, a pesar de los políticos que la gobiernan (aunque esto ha acabado siendo pandémico)

Desayunamos tostadas con tomate en el bar de la esquina. Aunque se llena de turistas, la verdad es que en la Rollerie yo no me siento turista. Leo tranquilamente el periódico mientras Maria juega con la tostada. Y es que así se me hace fácil sentirme un poquito de aquí.

De paellas y caminos

Se marchó a media tarde, después de haber cocinado (y degustado) una paella. Esta vez no lloré, cuando le vi desaparecer tras los cipreses, los castaños y los amieiros que bordean el camino. Tampoco lloré después, y eso me sigue sorprendiendo. Ya no hay desasosiego en el corazón, ni estruendo en el interior, ni suspiros en el alma.
En su día no entendí que insistiera en venir, después de una boda que tenía en Santiago, a vernos un par de días y traernos las llaves del piso que nos deja en Madrid. Luego, cuando dio marcha atrás, alegando que no quería vómitos, ni revolcones en mi interior, fui yo la que le pedí que viniera. Sentía que tenía que dejarme sentir, y vivirlo, y ver lo que pasaba. A pesar que para mí era la invasión del espacio que siento más íntimo, en mi casa de Galicia, con mi padre, mis miedos y mi hija. Se ganó a mi padre en dos telediarios, aunque luego parece que haya sido un espejismo, porque mi padre ni siquiera se acuerda de su nombre. Como anécdota, también le quitó importancia a la paella, y me dijo que yo cocinaba mucho mejor (y debe ser verdad, porque la paella que sobró no se la comió, y nunca deja nada). Eso es amor de padre, aunque en el día a día seamos distantes y un poco huraños el uno con el otro.
Lo admiro. Quizás es de las personas que más admiro. A pesar que haya cosas que no comparto, ni entiendo (que su ideal de belleza femenina se acerque a Britney Spears, o que su logro mayor haya sido ligarse a una pivita de 30 años, rubia de ojos azules y metro ochenta….). Tuvimos nuestros ratitos de conversación emocional, compartiendo algunos miedos. Vi en sus ojos lo que unas semanas antes sentí en la constelación que hice por él. Y recordé dos frases clave (apenas recuerdo mucho más). “La amo, pero no a cualquier precio” y “Vengo a despedirme”. No sé si las vidas nos volverán a cruzar (sentimentalmente, me refiero), pero lo sentí así, todo lo sentí así. Sentí que nos queríamos pero que de alguna manera nos estábamos despidiendo, a pesar que él lo tome como un reencuentro, para mí es mucho más, casi es todo lo contrario, y aunque físicamente podamos volver a vernos, creo que he conseguido desterrarlo por completo de mi corazón.
Aunque le amo. Porque despierta cosas en mí que nadie ha sabido nunca despertar, y porque parece tan sencillo el día a día a su lado, él, tan resolutivo, donde todo es un “pimpam”. Me da la fuerza suficiente para tomar decisiones (aunque una amiga me recordó que las decisiones importantes de mi vida las he tomado yo, sin la ayuda de nadie). Pero tengo una lista de “to do” bien organizada y concreta de lo que tengo que empezar a gestionar este septiembre, empezando por mí misma, por mi cuerpo y por mi vida. Porque si en un momento dado hay que dinamitarlo todo y empezar de nuevo, no hay que tener miedo. Y porque voy a lograrlo. Todo lo que me proponga voy a logralo (bueno, lo de la lotería igual no). Sé que nos volveremos a encontrar, sin expectativas, con todo el amor por detrás y la amistad por delante. Así debe ser. Porque hasta ahora, nadie había sido suficiente para olvidarlo, y ahora, creo que puedo olvidarlo por sí solo. Caprichosa la memoria.
Es mi primer propósito recuperar la autoestima. Se fue minando con cada kilo de más que he ido acumulando estos años. Seguramente no bastará con eso, pero fijo que ayuda. Estoy en el camino.
Y en unos días regreso a Madrid. Sólo pensarlo me emociona. Puede parecer absurdo, pero forma parte de mí esa ciudad. Y me pierden sus calles (que supongo encontraré más sucias), sus gentes (algunos también forman parte de mí y se han convertido en amigos) e incluso la vida, que me parece más fácil allí. También Madrid forma parte de uno de esos propósitos, aunque no sea inmediato. Ahí andaremos.

(De paréntesis)

No sé si es el cansancio (a veces lo siento como una enfermedad crónica), el día intenso y complicado de hoy (junto a dos de las personas que más quiero en este mundo)… no sé si son esos nuevos frentes que se abren ante mí y que siento que tengo que resolver desde la responsabilidad que me ahoga (una conversación pendiente con mi padre, un nuevo “fuego” que apagar con mi madre….), enfrentarme a un nuevo reto laboral (del que a medida que avanza el verano y se acerca el momento, me voy arrepintiendo). No sé si es el exceso de paréntesis (en el texto y en mi vida). Siempre pospongo lo que, en principio, debería ser una urgencia para mí: yo, que no es poco.

Por un momento hoy pensé en que quería que se me acabara la vida. Sentí encogerse el corazón, de la misma manera que Raúl describe el miedo. Sentí que el aire faltaba en el alma, como si todo se lo hubieran llevado los suspiros. Sentí que ya no estaba en sus ojos y que yo, que lo amé, ya no lo amaría más. Y el desasiego volvía al estómago, cada vez que ella pronunciaba mi nombre, que no es mi nombre, pero es el nombre con que ella me conoce. Sentí que no iban a haber nunca suficientes canciones, suficientes abrazos, suficientes te quiero, suficientes noches de insomnio controlando la respiración ajena. Hoy sentí que sería fácil caer por un acantilado, a pesar de ese ancla que tengo con la vida y que a la vez me desconecta de ella.

Yo me pregunto si tenemos la vida que nos merecemos. Si se la merece el ministro de Justicia. Si hay justicia. Me pregunto si son necesarias las presencias que más tarde se convertirán en ausencias. Me pregunto si hay en esa linia de tiempo que podría ser una vida (o dos), algún punto de inflexión, alguna asíntota, algún periodo de repetición. Y si hay la posibilidad, al salir de algún periodo, de algún pequeño cambio que modifique la solución final. Entrar en un bucle para salir convertido en otra cosa. Una función para ser feliz.

Tengo una bomba dentro a punto de estallar.

La foto

abuelos

“Acabemos donde acabemos ya se sabe que llevamos clavado todo el tiempo que hemos usado, los lugares que hemos vivido y los sabores que hemos gastado.” Marta Parreño

Escribo con la vista infinita de las montañas y la ría. Hay marea baja, así que el azul se ha desteñido en un extraño marrón-alga. Hay nubes y a ratos, llueve. Si te fijas atentamente, descubres algún pájaro entre las ramas del cerezo. Los vecinos juegan con un perro negro. Sí, hay unos vecinos, pero apenas nos tratamos. Él lleva una gorra y muletas. Está más calvo que el año pasado e intuyo que es por enfermedad. Le pregunto a mi padre, pero él no sabe nada. Nunca pregunta, apenas hola y adiós. Yo pensaba que eso sólo sucedía en las ciudades. A lo lejos, se divisan los molinos de la sierra de la Capelada. Casi podría contarlos desde aquí: unos treinta, dispuestos en tres filas. Detrás, el Cabo Ortegal, allí donde se acaban las realidades y empiezan mis sueños.

Recorro estas playas con la mirada del que descubre la belleza por primera vez. El mar azul y a ratos verde, justo en las desembocaduras de estos ríos pequeños que se confunden en la ría. El río Mera, el río Sor, el río Baleo…. Miro hacia ese mar, que todo lo puede, y me pregunto si no se está agotando el tiempo. O serán, acaso, sólo mis próximos siete años. Cuando más cerca tengo la sensación de necesidad de huir, más necesito esta tierra. Sentir que en estos acantilados están mis raíces. La tierra que se ha ido quedando entre las uñas de mis ancestros, a base de labrarla y plantar maíz en ella.

Desde ese marco, hoy colgado en el comedor, me mira socarrón mi abuelo. Tiene al brazo por encima del hombro de mi abuela. Los dos sonríen. Tras ellos, una colección de dalias que plantó mi tía Lolita, su hija menor. Tienen los dos la expresión que les recuerdo. Y el mandil a cuadros que siempre llevaba mi abuela. Y las manos grandes y arrugadas de mi abuelo. Si callo, si todos callan, puedo escuchar su voz. Y un sonoro “boh”, que quitaba importancia a la conversación con cualquier interlocutor. Y si cierro los ojos, es mi abuela la que me llama Fatimiña, con ese acento tan familiar. Y entonces, me viene a la cabeza que en algún lugar hay una foto igual, con el mismo gesto, pero con la estatua de la Libertad al fondo, porque mis abuelos fueron a Nueva York de vacaciones. Y ese paisaje también formó para siempre parte de sus vidas.

Lo masculino

Yo le perdoné, ya hace tiempo. Pero él no. Él le odia, creyendo que así me quiere más a mí. O es su manera de demostrármelo. Así que, si le hablo del Innombrable, él lo insulta y me dice que no vuelva a nombrarlo en esta casa, como si por no decir las cosas doliesen menos. No sabe cómo necesito expulsar del cuerpo todos los dolores, incluso los que ya no están.

De casualidad, me enteré que su padre había muerto. Todos los padres mueren algún día. Y algunos hijos tienen la suerte de enterrarlos y llorarlos. Lloré por él. Por lo que significó en su día y porque fue parte de mi familia, y yo de la suya. Porque fue el que más se puso a mi lado en los momentos más duros de aquella separación que nadie supo resolver para bien. Me pregunté por dentro cómo debió morir. Si sufrió. Si fue rápido o después de una larga enfermedad. Si fue por una enfermedad o sólo la vejez. Como si la vejez no se convirtiese a veces en una enfermedad. Me pregunté por su mujer. Por la soledad de una mujer que vivió junto a un hombre que en algunos momentos llegué a pensar que la maltrataba. Yo, que compartí muchos domingos con ellos, e inclusó llegué a presenciar como él lanzaba un tenedor por la ventana de un quinto piso después de un grito a destiempo. Y recordé un momento extraño en mi vida, cuando ella se rompió los dos brazos cayéndose por la escalera, y era yo quien le limpiaba el culo después de ir al baño. Yo, que siempre me sentí la más lejana y ajena en aquella familia (extraña y ajena). Pensé si ella, la nueva ella, sería capaz de hacerlo y cómo le limpiaría las lágrimas ahora, si es que se las limpia.

Y hoy, después de asar sardinas y beber albariño con la familia propia, mi padre me dice que mañana lleva a Genoneva a la peluquería, y si quiero que lleve a Maria. Yo me pregunto si alguna vez llevó a mi madre a la peluquería. Si la llevó alguna vez a algún sitio. Y entonces recuerdo que hace unos días traje unos marcos para una foto de mis abuelos. Dos marcos para una foto. Así que estuvimos buscando fotos para el otro marco. Él sacó una caja de fotos que guardaba. Sólo había fotos de sus excompañeros de trabajo. Ni mi madre ni yo estamos en su caja de fotos, al menos no en aquella. Tampoco había más fotos. Ni de amigos, ni de viajes, ni del resto de su familia. Y entonces descubrí su soledad, esa que él aún no ha descubierto, y no quise ponerla delante del espejo. Bromeé con las fotos y dejé el marco guardado, con la idea de poner alguna foto nuestra, de él, de Maria y mía, que nos hagamos este verano. No tengo claro si voy a poder curar tantas heridas. Me refiero a las mías. Las suyas, evidentemente, que las cure él.

Y entonces recuerdo a Feliciano, cuando me decía que tenía un problema con la masculinidad y en realidad no tenía nada que ver con Estrellita.