Las pequeñas urgencias de una nueva rutina

Llevo días sin escribir. A pesar de que lo necesito, casi como el aire que respiro. Bueno, no tanto, pero lo suficiente como para que en el corazón no se endurezcan dolores. Sin embargo, algunas pequeñas urgencias se han apoderado del tiempo estos días. Mientras las describo, me doy cuenta que no han sido verdaderas urgencias, aunque sí se han apoderado del tiempo estos días. A saber:

  • Llevar a Mantequilla al veterinario y tratarle una infección en la piel. Que un ratón esté más cuidado que muchos niños, me parece un síntoma grave de que nuestra sociedad no está bien. No por el ratón, que forma parte de nuestra familia ahora, sino por los niños abandonados en otra parte del mundo.
  • Limpiar un congelador que mi padre desconectó y donde dejó a su suerte un montón de bolsas de verdura que han llegado a pudrirse. No quiero recordar la impresión, ni las naúseas. Siempre que llego aquí, me siento un poco Cenicienta, apagando ciertos fuegos en esta casa.
  • Conseguir que Luna se desprenda de las pulgas. Porque mi padre acostumbra a limpiar con zotal todo aquello que tiene que ver con ella. Yo soy la que, amorosa, le compra las pipetas para los bichitos todos los veranos, la baña, le corta el pelo, la cepilla…. Luego él se extraña que me quiera tanto. Salimos a pasear todos los días, y le aseguro un baño semanal. Y ella se deja acariciar y mimar, al menos un mes al año.
  • Hacer copia de las llaves del coche que antes de venir tiré al contenedor de recogida neumàtica, del que no recuperé. Llevamos tres viajes al concesionario a Coruña. Ya tenemos dos mandos a distancia operativos, pero aún no tenemos copia de la llave. Tenemos que volver una cuarta vez a recogerlas (las llaves vienen de Inglaterra, me dicen… aunque por el precio que tienen y lo que están tardando, casi me convenía ir a mí a Inglaterra a buscarlas y aprovecho el viaje)
  • Intentar resolver un estropicio que me han hecho en Ensenyament (que no he conseguido resolver y no tengo ganas de explicar). Todo se justifica con un “el ordenador hace las asignaciones automáticamente y nosotros no podemos hacer nada”. Es lo que tiene vivir entre máquinas e inútiles, claro.

Luego el tiempo se reparte en ver familia, hacer turismo con amigos que vienen a verte, compartir albariños y pulpo y entretener a una niña de 6 años, cuando ella no consigue entretenerse.

Pero, de repente, hay un gesto o una palabra que consigue ser el detonante de algo que anda en tu cabeza. Tengo la sensación de pequeñas bombas que van estallando dentro. Y ahí está, aunque aún no tomó forma de palabra, pero hay algo dentro que intenta empujar por salir.

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