La foto

abuelos

“Acabemos donde acabemos ya se sabe que llevamos clavado todo el tiempo que hemos usado, los lugares que hemos vivido y los sabores que hemos gastado.” Marta Parreño

Escribo con la vista infinita de las montañas y la ría. Hay marea baja, así que el azul se ha desteñido en un extraño marrón-alga. Hay nubes y a ratos, llueve. Si te fijas atentamente, descubres algún pájaro entre las ramas del cerezo. Los vecinos juegan con un perro negro. Sí, hay unos vecinos, pero apenas nos tratamos. Él lleva una gorra y muletas. Está más calvo que el año pasado e intuyo que es por enfermedad. Le pregunto a mi padre, pero él no sabe nada. Nunca pregunta, apenas hola y adiós. Yo pensaba que eso sólo sucedía en las ciudades. A lo lejos, se divisan los molinos de la sierra de la Capelada. Casi podría contarlos desde aquí: unos treinta, dispuestos en tres filas. Detrás, el Cabo Ortegal, allí donde se acaban las realidades y empiezan mis sueños.

Recorro estas playas con la mirada del que descubre la belleza por primera vez. El mar azul y a ratos verde, justo en las desembocaduras de estos ríos pequeños que se confunden en la ría. El río Mera, el río Sor, el río Baleo…. Miro hacia ese mar, que todo lo puede, y me pregunto si no se está agotando el tiempo. O serán, acaso, sólo mis próximos siete años. Cuando más cerca tengo la sensación de necesidad de huir, más necesito esta tierra. Sentir que en estos acantilados están mis raíces. La tierra que se ha ido quedando entre las uñas de mis ancestros, a base de labrarla y plantar maíz en ella.

Desde ese marco, hoy colgado en el comedor, me mira socarrón mi abuelo. Tiene al brazo por encima del hombro de mi abuela. Los dos sonríen. Tras ellos, una colección de dalias que plantó mi tía Lolita, su hija menor. Tienen los dos la expresión que les recuerdo. Y el mandil a cuadros que siempre llevaba mi abuela. Y las manos grandes y arrugadas de mi abuelo. Si callo, si todos callan, puedo escuchar su voz. Y un sonoro “boh”, que quitaba importancia a la conversación con cualquier interlocutor. Y si cierro los ojos, es mi abuela la que me llama Fatimiña, con ese acento tan familiar. Y entonces, me viene a la cabeza que en algún lugar hay una foto igual, con el mismo gesto, pero con la estatua de la Libertad al fondo, porque mis abuelos fueron a Nueva York de vacaciones. Y ese paisaje también formó para siempre parte de sus vidas.

Un comentario en “La foto

  1. Bonita foto. Seguro que habrá una o mil fotos similares de su vida, escenas que se repitieron una y otra vez con o sin cámara. En realidad la fotografía no es el milagro, es la propia vida. Bienvenida a los que nunca están en donde creen pertenecer. No se si alguna vez y definitivamente me diré que vivo en mi sitio :-) besos

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