Como un naúfrago en la isla de Madrid y el café Gijón.

Creo que empiezo a tener algún síndrome de naúfrago. Comienzo a no saber qué día es hoy, ni miro la hora a la que nos levantamos. Esas son mis verdaderas vacaciones. He amenazado a mis compañeros y ex-compañeros de trabajos varios de eliminarlos de mi lista de contactos si siguen recordándome, vía wasap, la cuenta atrás para la vuelta al cole. Mi día a día empieza a ser una rutina de barrio. Desayunar tranquilamente, ir al mercado a comprar la comida del día, saludar a algún vecino, cotillear la librería de debajo de casa…. hasta que en algún momento a Maria se le escapa ese infinitum “¿qué hacemos hoy?”. Ella empieza a acostumbrarse a la respuesta: “nada”. Aún así, mis días se llenan de improvisaciones y la vida social, que echo de menos en Barcelona, sigue su curso. Hasta hoy no hemos cenado solas ningún día. Y siempre ha sido un regalo.

Y ando por la ciudad mirando al cielo. La luz y los balcones de Madrid. La cartelería callejera. Maria lee todas las frases de las calles en el barrio de las Letras y me pide que vayamos a “esa pared que tiene un jardín”. De alguna manera, esta ciudad se está convirtiendo en parte de los paisajes de su infancia y eso me hace feliz. La primera vez que yo vine a Madrid tenía 18 años. Mi prima llegaba de Estados Unidos, donde había hecho COU, y tenía que examinarse aquí en Madrid de selectividad. Lo recuerdo vagamente, pero creo que vine con mis tías. Sólo recuerdo con bastante claridad, la visita al café Gijón. Lo recuerdo aún ahora, mientras lo escribo. Algo me dijo mi tía Mariluz sobre el sitio, pero yo sólo tenía oídos para las tazas, las bandejas, la cafetera…. y mis miradas se perdían en cada uno de los rincones de un café con solera. Me emocioné pensando en la gente que había debido tomar café en aquél sitio. Cual sería la silla favorita de cada uno de aquellos señores sobre los que yo había estudiado obras, estilos y vidas y ellos básicamente venían a sentarse, tomar café y charlar con algún coetáneo en alguna de aquellas mesas, y miraban y veían los mismos objetos que yo estaba observando. Igual hoy volvemos al café Gijón.

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