Del miedo a volar

Hoy sólo quiero ver las jacarandas de Buenos Aires, los campos de lavanda de la Provenza, los cultivos de arroz en el sur de China. Hoy sólo quiero amanecer sobre el Uluru. Mojarme junto a las cataratas de Iguazú, me da igual si desde Misiones o el Paraná, Ver caer el Perito Moreno, y sobrevolar Península Valdés…La puta y la ballena. Quiero volver a Masca, y tomarme un café con Argelia. En mis mudanzas perdí el sombrero de paja que me regaló, a cambio de una piedra de cuarzo. Quiero volver a Giza, y escuchar Aïda desde la Esfinge. Volver a bañarme en el Nilo, recorrerlo en faluca y pasear por el desierto. Recorrer algunos kilómetros más sobre la muralla china. Volver a ir a las Lofoten y a la Capadoccia, esta vez  en invierno. Recorrer el Malecón de la Habana, fumar sisha en el Khan el Khalili, si fuese posible volver a encontrarme con Oussama. Volver a Lacandona, bañarme otra vez en Puerto Escondido y tomar ayahuasca en Oaxaca.

Me repito a mí misma de qué tengo miedo. ¿Miedo a volar?. Allí arriba, entre los pájaros y las nubes, no se tiene miedo. Sólo hay miedo a regresar a tierra. ¿Y si no soy capaz de correr lo suficiente cuando  baje el parapente?. Pero lo hice. Corrí. Volé. Soñé. Viajé. Amé. LLoré. Sufrí. Maldije. Regresé (varias veces) del lugar donde creí morir. Y volví a correr y a soñar. Ando nuevamente buscando el lugar donde los sueños se cumplen.

La batalla con uno mismo

Hay días en que me levanto sabiendo que voy a tener una batalla conmigo misma para llevar la vida. Días en que despertarte después de las siete va a ser un mal augurio. Como si dormir hubiese sido una pérdida de tiempo. Son esos días en que no tengo ganas ni de hacerme el zumo de limón matinal. Abro la nevera y arraso con cualquier cosa que encuentre en ella. Son días en que me volvería a meter bajo el edredón y dormiría hasta un nuevo amanecer. A veces, esos días es mejor que haga sol. Una puede acabar animándose yendo a la playa, tomándose una cerveza en algún chiringuito, en una playa perdida y no demasiado bonita, como puede ser la del Prat o Gavà. A veces, una no necesita un gran paisaje alrededor para admirar el mar. El mar es en sí el espectáculo, y no es necesario que haya un gran decorado de casitas blancas a su orilla. Quizás mejor sólo tierra. Tierra y mar. No hay más. Y a veces, algunas veces, esos días resultan ser los mejores. Aparece un camarero divertido, que le añade un mojito a las tres cervezas que has pedido, que es chisposo y te explica dónde puedes comprar los mejores huevos y capones de El Prat. Cuál es la mejor época para venir a compar alcachofas y dónde está el mirador desde el que fotografiar los aviones que aterrizan y despegan en Barcelona.

Si llueve, en cambio, puedes optar por la nostalgia. La manta, una peli tonta, leer algo pendiente, escribir.

Uno decide cómo empujar la vida. Y hay que saber encontrar en los detalles pequeños las grandes verdades del porqué vivir.

Hoy no tengo un buen día.

Llueve bajito

Afuera llueve bajito. Aquí, adentro, el líquido amniótico que me envuelve en esta cueva me hace olvidar el mundo. Sólo un extraño filamento me une al exterior. Y todo está ahí. Envuelto en una nube a la que llaman red.

Suena Katie Melua. Y nada más. Apenas nada más. Aunque en dos minutos sonarán nueve campanadas, de una misma campana. Suena también, más bien retumba, el teclado bajo mis dedos. Recorro estanterías con la vista, y descubro libros que deberían estar guardados y otros que no deberían estar en ningún sitio. Descubro muchas cosas de las que me gustaría deshacerme y no puedo. Como si un extraño lazo me uniera a las cosas. Un síndrome de Diogenes tardío. Me llegan mensajes extraños. De alumnos que me avisan que llegarán tarde. De gente que me invita a descubrir un bar en un pueblo. De cursos a los que supuestamente me he inscrito. Y cada uno de esos mensajes me trae otro sobre tu olvido.

Sólo tengo ganas de tomar limón. Zumo de limón. Agua con limón. Limón con un poquito de miel. ¿Y si me vuelvo complemente alcalina y transparente?.

El Feng Shui y las matemáticas

Antalya (foto tomada de la red, sin autor)

Cuando acabé COU (soy de una generación), y tenía que tomar la decisión de qué quería seguir estudiando, estaba entre Arquitectura, Bellas Artes o Matemáticas. Finalmente me decidí por las Matemáticas, que me parecieron que era el inicio de todo. La parte artística pude después compensarla estudiando Joyería en la Escola Massana y con un máster de Fotografía. En la Massana volví a  dibujar, a pintar, a diseñar y además me enseñaron técnicas de taller, a trabajar la plata, repujados e incluso encastar piedras en una pieza construida por nosotros. En EFTI me enseñaron a mirar las fotografías y el mundo. Pero siempre me quedó esa espinita por la arquitectura. En un viaje a Turquía, en Antalya,  conocí a una mujer sorprendente. Era matemática y llegó a estudiar arquitectura para construir la casa donde habitaba. La casa era preciosa, de techos altos y diferentes niveles y tenía un patio de arcos donde desayunábamos todas las mañanas. Recuerdo que el desayuno incluía sandía y aceitunas negras. También había diseñado las lámparas que colgaban de los techos artesanados, sin dañar prácticamente la estética. Me sorprendió la capacidad de aquella mujer para llevar a cabo sus proyectos, demostrando una fuerza de voluntad y una valentía fuera de lo común. Además, había enviudado joven y había criado a su hijo prácticamente sola. Qué extrañas conexiones nos unen, o quizás es mi manera de mirar el mundo, porque ninguno de los que hicimos aquel viaje juntos la recuerda. El caso es que sentí que aquella casa acogía como hacía tiempo no me sentía acogida en ningún sitio, y es uno de esos lugares a los que algún día me gustaría volver. Antalya además, está repleta de turistas alemanes, borrachos y conduciendo descapotables como imbéciles por una calles estrechas y encantadoras, de las que recuerdo especialmente el verde de las ventanas de madera. Aquella casa era un oasis en una ciudad que bien podía convertirse en Lloret.

Años más tarde intenté estudiar arquitectura en la escuela de Sant Cugat. Además, trabajaba allí un antiguo profesor mío de matemáticas en el instituto que aún recuerdo: Jesús Salillas., con el que llegué a ponerme en contacto y me animó a hacerlo. Pero mis notas del expediente de la carrera son más bien mediocres (hubiera entrado de sobras con la nota de la selectividad y el COU, pero si tenías una carrera ya no podía hacerlo). Es curioso, porque tengo claro que si hubiera hecho otra carrera mis notas hubieran sido mejores… pero aquí no se valoraba la dificultad de la primera carrera que habías estudiado. Sea como sea, esa historia quedó aparcada.

Pero durante años, Jose siempre me ha dicho que tengo capacidad para convertir cualquier rincón en algo habitable. Uno tiene que reconocer sus talentos. Él siempre dice que de forma natural aplico técnicas de Feng Shui. Y así apareció, ya hace algún tiempo, el Feng Shui en mi vida.

Me doy cuenta que con el tiempo necesito meditar más las cosas. Parece que tengan que reposar los datos durante más tiempo en la cabeza hasta llegar a entenderlos. El jueves participé en una «master-class» de FengShui en la escuela Feng Shui Natural. Llevo tiempo siguiendo la actividad de Natividad y Silvestre y ya intenté el año pasado hacer el curso con ellos, pero por problemas de tiempo fue imposible. Este año le pedí explícitamente a la Cap d’Estudis que en mi horario me dejase una determinada mañana libre, en previsión de que finalmente decidiese (y pudiese) hacer el curso de Feng-Shui. La conferencia fue fantástica pero lo mejor de todo es que mientras Natividad iba explicando casos concretos de sus clientes e iba dejando caer algunas ideas sobre la vida, yo me proyectaba claramente en el lugar en que ella estaba, yo me visualizaba ahí, igual que en la época del instituto, me proyecté en la profesora que nos daba matemáticas y me dije: «yo quiero ser como ella, y explicar las integrales tan bien como ella me las ha explicado a mí…». La demostración de las integrales fue uno de los puntos claves por mi amor a las matemáticas… fue el momento en que vi claramente que sí, que es así, que las matemáticas explican el mundo. El Feng Shui, lejos de lo que podamos creer, tiene mucho de matemáticas y de ciencia. No es sólo utilizar unos determinados colores en un determinado lugar. Pero lo que realmente más me impactó, fue que los principios básicos del Feng-Shui tienen que ver con la búsqueda de la belleza. Últimamente no hago más que decirle a Maria que Sabadell es una ciudad muy fea, que cómo puede ser que quiera vivir en una ciudad tan fea con la de ciudades bonitas que hemos visitado. Porque, al final, ¿no es belleza lo que todos buscamos? (cada uno de la manera en que la entienda). La belleza nos da paz.

 

Las sábanas de elefantes de colores

MariaMaria ha descubierto una maqueta de un libro que fue un ejercicio en el Máster de Fotografía Documental que hice hace (me parece) mil años. Le puse como título Cosas de dos, y maqueté, diseñé y monté un fotolibro que ha estado perdido en las estanterías mucho tiempo, entre otros libros más importantes (o no). Me pregunta si lo hice yo, porque en la primera hoja lee: «A María, la abuela que se fue. A Maria, la hija que está llegando». Y me pregunta si esa hija era ella. Sonrío.

En él hay una colección de fotos que estuve haciendo durante años con Playmobils, y que supuso un enorme ejercicio de instrospección.  La introducción, que es lo que Maria básicamente ha leído, dice así:

«Cuando Ramón Zabalza nos propuso en su seminario diseñar la maqueta de un libro con material nuestro, no tuve ninguna duda sobre qué material iba a utilizar.

Tengo esa edad en que empiezan a tener peso la experiencia, las vivencias, los proyectos realizados y especialmente los no realizados. Esa edad en que empiezan a notarse los daños: los causados por el tiempo, las fricciones (cosas de relacionarse con el mundo), los desencantos y los desengaños… Aunque siempre espero que el escepticismo no se apodere de todo.

Viví media vida con un hombre del que me separé hace apenas tres años. Lo aprendimos todo el uno del otro. Nos hicimos adultos el uno junto al otro. Y un día todo se rompió, de la peor de las maneras. Pasé casi un año intentado entender. Buscando la explicación a eso que mi abuela llamaba «el camino que nos marca el destino» y que siempre me resistí a creer. Tuve la oportunidad de «sufrir» y de «disfrutar» separaciones ajenas. Similares o no a la que yo había vivido, pero con patrones básicos. Porque la esencia es siempre la misma. Y la reconstrucción que uno vuelve a hacer de la vida, porque inevitablemente el mundo sigue girando, también fue parecida.

Así que mi cabeza le sigue dando vueltas, buscando los puntos de inflexión donde las relaciones cambian de curvatura y empiezan a volverse frágiles. y en qué momento la fragilidad se cruza con la rigidez y provoca las rupturas. Y aunque no todos los procesos son iguales, sí que hay ciertos temas que se repiten. En eso estoy. Buscando temas»

Madrid, 2004

De aquella época aún conservo algunas cosas. Un puñado de libros, que andan repartidos en cajas diversas y algunas fundas del nórdico. Hoy me fijé que todas las sábanas de aquel tiempo eran de cuadros. Las he tirado. Todas. Me estoy deshaciendo de todo lo cuadriculado que tenía (y tiene) mi vida. He comprado fundas nuevas para el nórdico. Unas preciosas con elefantes de colores.

Conversaciones en un bar

La cerveza artesana está de moda. Sin duda. Se hacen catas y todo cervecero que se precie se deja barba para poder dejar trazas de espuma en ella. En Sabadell ya hace tiempo abrió la Micro. De la Micro lo que más me sorprende son los horarios de apertura y un cartel que a veces encuentras en la puerta: «Estem tancats, estem fent cervessa». También son peculiares los camareros (que también son los que hacen la cerveza), que en realidad son un ingeniero y un marino mercante. Aunque la Micro está en la misma calle que Maria tiene el colegio, nunca he ido. Y me arrepiento. Pero nunca es tarde. Donde sí fui hoy fue a una nueva cervecería cerca de casa (brewery, le llaman los modernos, aunque no tengan ni papa de inglés) que se llama Olut. Olut es cerveza en finés. La verdad es que el local es bonito, está justo en una plaza (de las pocas que me gustan en Sabadell) y las cervezas, aunque no las hacen ellos, están ricas . Tiene 10 tiradores de cervezas artesanas que van cambiando. Coincidí con Bea y luego se añadió una pareja. Él informático. Acabamos hablando de cosas que sólo saben los informáticos, aunque yo soy poco informática y él tampoco lo parece. Hablamos de muchas más cosas, y en este preciso momento creo que agradecí enormemente una conversación de adulto.

Había aparcado el coche como a un km de casa y decidí que igual mejor andábamos ahora (y se bajaba la cerveza) y aparcaba junto a casa. De camino al coche a mi hija le da el apretón de hambre y sed. Sólo hay una cosa más impertinente que un niños con hambre y sed: un niño con sueño. Os lo digo como madre. Así que ni corta ni perezosa me fui (casi a las once de la noche) en busca de un kebab en Torre Romeu. Para los que conozcáis Torre Romeu, perdonad la correcta ortografía (en realidad se dice Torromeu, si eres de Torromeu). Es un bar de barrio donde a esas horas sólo quedan los borrachos del barrio y un grupo de hombres jugando a gritos al dominó. En cada mesa puedo contar no menos de 15 cervezas. En una de ellas dos hombres se hablan tocándose el hombro uno al otro, como el que está a punto de caerse y necesita un punto de sujeción. Hablan de navajas. Intento no escuchar las conversaciones, pero algunas son inevitables. Uno de ellos arrastra las eses. Se intercambian frases de amistad eterna. Las amistades que se emborrachan juntas se convierten en amistades para siempre. En la mesa del dominó cuatro hombres juegan entre gritos. Hay a su alrededor como cinco personas más, algunas de pie, junto a la mesa. Uno grita «qué buena partida». Maria me pregunta qué hacen. Juegan. Al dominó. Le digo. Ella me pregunta otra vez y me recuerda que ella también juega al dominó en clase. Me doy cuenta de lo sencilla que es la vida. Una partida al dominó con unos vecinos en el bar de la esquina después de cenar. Dos cervezas. Un porro (huele a hierba y a costo).  Y entonces, no puedo encontrar mejor conversadora que una niña de seis años. Con esa inocencia que tienen los niños de seis años, casi sin venir a cuento, me hace toda una reflexión: «mira mamá, en la vida no se puede saber todo, todo. Quiero decir que hay cosas que no se saben nunca, como por ejemplo, de dónde sale la primera agua»

– ¿La primera agua? ¿Qué quieres decir?

– Sí. Que tú dices que la lluvia sale del mar, pero, de dónde sale toda esa agua del mar, ¿eh? ¿Dónde está la primera agua?

A todo esto, recordé que le expliqué el otro día el ciclo del agua. Entonces me pregunté qué extraños silogismos construye en su cabeza para que días después hablemos de qué fue primero, si la gallina o el huevo.

No estamos preparados

No estamos preparados para quedarnos huérfanos. No sé cómo mitigar el dolor de un amigo que hoy cruza un océano para enterrar a su padre. Me pregunto qué memorias debe él guardar de su infancia. Cuántas de esas memorias quedaron en otro continente, cuando él decidió empezar de nuevo en este país. No puedo evitar pensar en ese dolor (y en él), que tan profundo me parece y tanto me remueve, porque hemos de pasar todos por ahí. Lo natural no siempre es lo más sencillo. Y será porque estoy en una franja de edad en que mis amigos empiezan a enterrar a sus padres y me trae a la consciencia que algún día, yo, tendré que enterrar a los míos. Devolver a la tierra tus raíces. Y saber que un día volveremos a ser lo mismo. Una y otra vez. Y dejaremos en la superficie sólo un trocito de nosotros. La inmortalidad en forma de ADN. Y la miro, mientras duerme, y siento que sólo ella será capaz de hacerme superar ese dolor.

Sé que estará bien, a pesar de la soledad. Sólo espero que esté mejor. En breve, que esté mejor.

La tristeza de mi país

No sé muy bien de fronteras. Cuando digo «mi país», no tengo muy claro a qué me refiero. No le puedo poner nombre. Dice mi primo, en gallego, que «la vaca no es de donde nace, sino de donde pace». Cuando uno ha vivido y comido y reído en muchos lugares en el mundo, las fronteras se ensanchan y los límites pierden sentido. Al final, el resumen, es que la gente quiere ser feliz. Y un país se siente si te hace feliz. Pero dice Lola que, aparte de las temporadas que ha venido a Catalunya en verano, en que la gente tiende a una felicidad de por sí, a ella lo que le transmite este país es tristeza. Yo tengo claro que no es Cádiz (aunque a mí, sinceramente, Andalucía no me trasmite felicidad en sí), y quizás tiene algo de razón cuando intento analizar la tristeza de mi país. No sé si tiene que ver son el telar. Hace años, Pau me explicó la teoría del telar. Estas ciudades industriales del Vallés han estado siempre acompañadas por el sonido constante y desagradable de los telares. Y ese chum-chum continuo, sólo puede producir gris tristeza. No sé si hay un gris tristeza, de la misma manera que hay un verde esperanza o un rojo pasión.

Pero hoy he intentado tener una «actitud madrileña» en todos los sitios donde he ido. En la panadería, que ya nos conoce, y nos contesta con alegría cuando llegamos Maria y yo y a pleno pulmón decimos, alto para que se escuche: «Buenos días». Sólo nos ha contestado la panadera, el resto de clientes han emitido algunos gruñidos y aunque alguno nos ha mirado, la mayoría ha bajado la cabeza. Luego en el gimnasio he hecho lo mismo. Si te han visto más veces, o te conocen, suelen contestaste en el mismo tono, sino, bajan la cabeza y gruñen. El porqué gruñimos es todo un misterio, pero os aseguro que es contagioso. Yo me he sorprendido a mí misma escuchándome gruñir en el supermercado esta tarde.

Sigo sin querer estar aquí. Me imagino en otros sitios, otros cafés, otros libros, otros mercados y supermercados, otra luz y otros cielos. A pesar de lo que me gustan algunas tradiciones de este país nuestro, como «els diables» que han pasado esta tarde por la puerta de casa (mañana seguro nos despiertan «els trabucaires»). Y cuando digo país, estoy segura que sabes a qué me refiero.

La antigimnasia, los amigos y la Singular

singularEn Gracia hay un restaurante pequeñito y rojo que siempre me ha encantado. Se llama la Singular, y el nombre le va al pelo. Está justo en la misma calle donde Isabel de la Mata tiene la sala donde ayer hice mi primera sesión de antigimnasia.

Aproveché para quedar a comer con Joselito. Es uno de esos amigos del alma, de esos que se cuentan con los dedos de una mano (aunque creo tener la suerte de tener la mano llena). No nos habíamos visto desde antes del verano y nos pusimos al día. Él tiene la capacidad, a pesar del amor que nos tenemos, de ver mi vida desde fuera. Debe ser esa parte de terapeuta que tiene, a pesar de ser más matemático que yo. Le conté del reencuentro con Estrellita, de cómo se metió a mi padre en el bolsillo en dos telediarios («Evidentemente, Fátima, eso lo sabe hacer muy bien») y de lo bien que lo pasamos esos tres días haciendo de todo: comer en sitios guays, hacer kajak, pasear…. («Claro, hala, llegó el siete!! ¡A divertirse!»). Cuando Jose habla de «el siete» se refiere a los eneatipos en que la psicología moderna nos clasifica. Jose es totalmente incompatible con los siete, y más, si como él dice, no están nada trabajados, siempre evitando el dolor y convirtiendo la vida en una fiesta. De hecho, no tiene ningún tipo de empatía con Estrellita, y no sólo por lo que yo he podido contarle, sino desde que se cruzaron un día en que coincidimos los tres y le dio «repelús». No entiende cómo yo, tan sensible y conectada con la vida, tan emocional, puedo estar tan enganchada de un siete, y me recuerda que está claro que algo tengo que aprender yo de estos encuentros, pero que aprenda de una jodida vez y lo deje marchar.( «Sólo si eres capaz de aceptar las miguitas que te da, sin que te pierdan sus palabras porque siempre te pierden las palabras»)

Y con Isabel la primera sesión fue increíble. A pesar de los dolores y las lágrimas y esa sensación de retorcerse por dentro para luego poder estirarse y sentirse liviana y flotando sobre una alfombra. Llegué a hacer movimientos que me parecían imposibles. Tan espléndida debía sentirme que en el recorrido hasta el tren tuve la sensación de que toda la gente que me cruzaba me saludaba.  Y sí, el cuerpo tiene sus razones.