La antigimnasia, los amigos y la Singular

singularEn Gracia hay un restaurante pequeñito y rojo que siempre me ha encantado. Se llama la Singular, y el nombre le va al pelo. Está justo en la misma calle donde Isabel de la Mata tiene la sala donde ayer hice mi primera sesión de antigimnasia.

Aproveché para quedar a comer con Joselito. Es uno de esos amigos del alma, de esos que se cuentan con los dedos de una mano (aunque creo tener la suerte de tener la mano llena). No nos habíamos visto desde antes del verano y nos pusimos al día. Él tiene la capacidad, a pesar del amor que nos tenemos, de ver mi vida desde fuera. Debe ser esa parte de terapeuta que tiene, a pesar de ser más matemático que yo. Le conté del reencuentro con Estrellita, de cómo se metió a mi padre en el bolsillo en dos telediarios (“Evidentemente, Fátima, eso lo sabe hacer muy bien”) y de lo bien que lo pasamos esos tres días haciendo de todo: comer en sitios guays, hacer kajak, pasear…. (“Claro, hala, llegó el siete!! ¡A divertirse!”). Cuando Jose habla de “el siete” se refiere a los eneatipos en que la psicología moderna nos clasifica. Jose es totalmente incompatible con los siete, y más, si como él dice, no están nada trabajados, siempre evitando el dolor y convirtiendo la vida en una fiesta. De hecho, no tiene ningún tipo de empatía con Estrellita, y no sólo por lo que yo he podido contarle, sino desde que se cruzaron un día en que coincidimos los tres y le dio “repelús”. No entiende cómo yo, tan sensible y conectada con la vida, tan emocional, puedo estar tan enganchada de un siete, y me recuerda que está claro que algo tengo que aprender yo de estos encuentros, pero que aprenda de una jodida vez y lo deje marchar.( “Sólo si eres capaz de aceptar las miguitas que te da, sin que te pierdan sus palabras porque siempre te pierden las palabras”)

Y con Isabel la primera sesión fue increíble. A pesar de los dolores y las lágrimas y esa sensación de retorcerse por dentro para luego poder estirarse y sentirse liviana y flotando sobre una alfombra. Llegué a hacer movimientos que me parecían imposibles. Tan espléndida debía sentirme que en el recorrido hasta el tren tuve la sensación de que toda la gente que me cruzaba me saludaba.  Y sí, el cuerpo tiene sus razones.

Un comentario en “La antigimnasia, los amigos y la Singular

  1. Eres afortunada, creo habértelo dicho alguna vez. Y valiente, aunque la valentía siempre conlleva un grado de inconsciencia, necesario por otra parte. Y aunque tu amigo, probablemente, no anda falto de razón, deberías decirle que el corazón , en su modo virtual y no como órgano fisiológico, es la única república independiente del cuerpo que no obedece (por suerte) los mandatos de la mente.
    Besos

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