El tiempo, los restaurantes y la Traviata

Si pudiese comprarlo todo, compraría tiempo. Porque siento que se me va. Que he perdido mucho en cosas superfluas. Y porque hay aún muchas cosas que quiero hacer y compartir.

Ayer quedé para tomar café con un amigo. Él, dice, me guarda el café, el sofá y el quinqué. Solemos acabar los encuentros con un polvo, que nunca viene mal. Y además, he de reconocer que ha sido (y es) uno de los pocos hombres que cuanto más veo más me gusta. Su casa me fascina, tan llena de libros y él me fascina, tan lleno de silencios. A veces, es más hermoso buscar las palabras en los ojos del otro. Pero había quedado con Estrellita para comer y él me toca en las entrañas, así que pospuse el café y me fui para casa. Aunque siento que cada vez menos consigue llevarme al lugar donde él quiere, tiene una capacidad innata para hacerlo. Creo que no se da cuenta. Lo hace de forma inconsciente, y normalmente me dejo. Tanto física como emocionalmente. Me apetecía descubrirle alguno de mis restaurantes fetiches en Barcelona. El Mamacafé es uno, donde solía comer cuando estudié joyería en la Massana (a Maria le encantó). El otro es La Singular, con un comedor rojo, mesas de mármol y enormes helechos. Los dos son sitios pequeñitos, llenos de encanto, baratos y con menús sin grandes aspavientos. La comida es bastante casera, los camareros suelen ser los dueños o trabajadores que llevan más de 10 años allí. Pero él me sorprende y me lleva a uno de esos restaurantes modernos, el Saboc, en que seguro que a los camareros les pagan una mierda: la mayoría son jóvenes y extranjeros. En eso pensaba mientras nos servían llenos de sonrisas. Es bonito el sitio y la comida fantástica. Pero disfruté más la charlita. Sin duda. Porque cuando habla desde el corazón lo siento más cerca, aunque nuestros mundos se hayan ido alejando. Y a pesar de ya no me sorprenda su trabajo, ni su vitalidad, sigo pensando que debajo de esa armadura (oxidada) sigue existiendo el hombre que yo creí conocer. Creo que está intentado que surja otra vez, aunque siento que tiene mucho trabajo por delante. Me enseñó la foto de la última rubia. Es la primera vez que me enseña fotos de sus novias. Lejos de molestarme, me sorprendió. Me sorprende que uno se sienta orgulloso de ciertas conquistas. Me pregunto qué buscamos en el otro, cuando buscamos. Y me pareció absurdo. Cuando pienso en compartir, nunca me viene a la cabeza un hombre guapo. Yo quiero contar las canas del otro con los dedos que guardo en los cajones de una vieja cómoda. Esa es la relación que quiero. Y buscarlo con la mirada en una reunión de amigos y verlo al otro lado. Y sonreir. Sentir la presencia del otro, sin que el otro sea todo. Admirarlo y saber que me admira. Y eso, no tiene que ver nada con el cascarón, que se marchitará y amarilleará con el tiempo Me pasaba con el Innombrable y, aunque me cueste reconocerlo, no he vuelto a sentirlo así. Sé que en ese proyecto lo más dificil pueda ser incorporar a Maria. Lo quiero, mucho, pero (qué bien darme cuenta) ya no estoy enamorada. Hasta hay momentos en que lo veo algo ridículo. Y creo entender ahora a Lola cuando me dice: “él puede tener más dinero, pero tú tienes más clase y ya se puede vestir de Armani que sigue siendo un Benito”. Esa es la Lola que me hace reir. No es exactamente así. Siempre admiré al niño de barrio que lleva dentro, y cómo es capaz de reconocer sus orígenes. Él es el claro ejemplo que a pesar del Qi del cielo uno puede arrasar con el Qi personal.  Pero en mi caso, el volverme a sentir especial, tiene que ver con la autoestima y este trabajo que ando haciendo. Así que me atreví a comprarme algo brillante para ir hoy al Liceu. Una Traviata bien lo merece.

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