De gallegas y de Galiza

Aida me descubre una canción que me toca el corazón. Habla del matriarcado gallego. A mí el gallego me cala como la lluvia flojita. El acento me trae lágrimas a los ojos. Me invade la morriña de esa tierra que quedó enganchada en las uñas de mis ancestros, mientras recogían patatas o pelaban el maíz para dárselo de comer a las vacas. Pero además, es una canción que habla de mujeres. Y entonces no puedo evitar pensar en mi abuela gallega, a la que tengo más presente después de muerta de lo que la tuve en vida. Quizás porque en vida fue  discreta y silenciosa. Y la recuerdo con su mandil de cuadros grises, peleando con las potas o la cafetera que no paraba de hervir en aquella casa.

La letra de la canción no podía ser más real y cada una de las palabras (‘Nós aleitadoras, nós conquistadoras, brillantes activistas da vida cotiá») me trae la imagen de una mujer gallega. Incluso las «más actuales» son así: luchadoras, malabaristas de la resistencia y llenas de fuerza.

Yo me siento gallega en la médula. Puedo haberme rodeado de otras paisajes e impregnado de otros acentos. Por mis venas corre sangre que vino de otros lugares, y hablo otros idiomas que han llegado a ser igual de propios, pero el sabor de mis lágrimas tiene el sabor del pulpo, de la zorza, de la empanada de zamburiñas, de los berberechos y los percebes. A mí el alma me sabe a Cantábrico, a vientos del norte, a acantilados imposibles, a playas donde el verde se pierde dentro del mar, a eucaliptus y castaños, a café fuerte en pocillos de porcelana y a pan de mestura.

De memorias

La memoria de Olmo me trajo la propia. De forma desordenada, y nada más que así.

La cajonera roja todavía conserva cosas de hace más de diez años. Se me clavan puntillas en el corazón cuando reconozco dentro algunos momentos de lo que fue otra vida. Nunca, antes, había ordenado esos cajones: siempre lo hacía él. Y luego me explicaba dónde había guardado cada uno de los trastos. Yo lo miraba y hacía como que lo escuchaba, pero en realidad, creo que nunca lo escuché.

arbolEn la estantería se mezcla una vaca de Sargadelos, una sombra de un árbol de hierro y una caracola que vino de Cuba. Cada uno tiene una historia en mi memoria. Cuando uno no tiene recuerdos, los inventa. Y hay algo que llaman «la biografía humana», y permite reconstruir la vida a partir de los recuerdos no vividos.Si cada uno de esos objetos no tiene una historia: me la invento.

En el Spotify se suceden canciones. Y entonces suena Stacey Kent y esa canción. Me recorre un escalofrío la piel y se instala en mis ojos. Uno está rojo, de conjuntivitis. Me duele y está rojo sangre. Si cierro los ojos recuerdo haber bailado esta canción, una y otra vez (aunque quizás sólo fuese una vez), aquí, en esta casa, con Estrellita. Nuestra canción. Le echo de menos en el corazón.

Hoy leí algo hermoso: «Me voy, que aquí están todos locos. Arre, unicornio».

Abrir el alma

foto de masao yamamoto

Y si el viento entra. Y cierra la puerta. Y abre la cicatriz.  Y calma la herida. Cierro los ojos y escucho el latido propio. Y si se rasga el alma. Y salgo volando. Y me quedo vacía. Y tengo que llenarme. De viejos recuerdos, de fotos antiguas, de libros leídos y ropa raída.

Y si mi sombra escucha mis propios pasos y del susto se aleja. Y no vuelvo a tenerte. Y el miedo se instala. Y abro el alma, sólo para verte.

I don’t want to change you

Cuando aparece el pasado

Y aparece el pasado en una vieja libreta.

Un ticket de compra de la Ferreteria Alfonso. Parte médico de confirmación de incapacidad tamporal número 12, tras una operación. Una nota de prensa en que hablaban de ti. Un anticipo de un viaje a Ibiza (había olvidado por completo aquel último viaje). Dos cartas de amor que me escribiste cuando aún me querías. Dos que parece que se salvaron de la quema.  Y una mía llena de reproches, dudando del amor. Y al final, encuentro fotos antiguas de mi familia materna, como un extraño presagio.

antiguoMiro las fotos, releo las cartas, recuerdo (levemente) anécdotas de aquel viaje, ojeo la nota de prensa, recuerdo el nombre de mi médica de cabecera cuando viví contigo, y los interruptores rojos que compré en la ferretería frente la casa de tus padres… y me sorprende que no haya dolor.

Me pregunto si todo esto forma parte de mi biografía humana, esa que Isabel quiere ayudarme a reconstruir. Me pregunto si todo esto son pruebas de que exististe, de que nos quisimos y de que compartimos media vida.

Regalos que te da la vida

No siempre la vida nos pone delante personas para que aprendamos. A veces nos las pone para que ellas aprendan de nosotros. Creo que forma parte de aumentar mi autoestima empezar a verlo así. Este año, en el camino me estoy encontrando gente maravillosa y, aunque siempre he pensado que es así porque yo debo aprender algo, hoy he sentido que también puede ser al revés. Y dar, es una bonita manera de recibir.

espejoYo creo que nos gustamos desde que nos vimos. Tiene la risa de Katrina, el olor de Katrina, la sonrisa de Katrina. Y eso, aunque ella no lo supiera, ya le daba puntos. Yo no sé qué vio ella en mí, pero a los dos días nos dimos abrazos como si fuéramos viejas amigas. Ahora empiezo a pensar que lo somos. Hoy nos fuimos a tomar una cerveza juntas (media horita, le dije, que así voy a recoger a mi hija un poquito antes… aunque he llegado a la hora de siempre). Algo más de dos horas de cháchara me ha hecho ver que me va a acompañar un buen rato en la vida. Es adorable. Con la carita de niña y el pelo pintado de color ceniza. Así disimulo mejor las canas. Tiene un cuerpo diminuto por fuera, pero enorme por dentro. ¿Cómo puede caber tanta humanidad en un cuerpo tan pequeño? Desde el principio pensé que era payasa de profesión. Clown, creo que le dije a Aida (otro regalo de la vida) uno de los primeros días que le hablé de ella. Hoy, mirándonos a los ojos, sentadas en una terraza de la plaza de la Vila de Gràcia, entre risas me confiesa que una amiga le ha regalado un taller de clown,que tiene muchas ganas de hacerlo, porque siempre se ha conectado con la risa y con el hacer reír a los demás…. No puede ser, le digo, yo pensé que era clown de profesión. Un ratito antes, mientras me explicaba la primera parte de su vida, una vida difícil, con un novio delincuente, con mil drogas, un padre ausente, una madre controladora, una vida de barrio, robando coches y poniéndose hasta el culo de todo… le digo que qué interesante me parecía su vida. No lo digo porque sí. Las vidas fáciles no son interesantes. Me fascinan aquellas curradas, las vividas, las peleadas desde dentro. A ella se le saltan las lágrimas y me dice que es la primera vez que alguien le dice que su vida es interesante.  Pero es que lo es. Le repito. Yo la veo como una reina. Ella se ve como un peón. Nos hemos despedido con abrazos y besos desde el corazón.

En otra parte me cruzo por teléfono con un tipo divertido. Me vende un coche. Tendría que ir a buscarlo a Alicante. El concesionario nos paga un hotel en Alicante, me dice.  Mira qué bien, no conozco Alicante, pero iré sola o como mucho con mi hija, no hay marido. Pues perfecto, así te enseño yo Alicante. Otro siete, me repito por dentro,  fijo. Comercial, divertido, espontáneo. Sonrío.

Y llevo días con la letra en la cabeza. Es una de mis canciones favoritas. Bien versionada por Loquillo.

La grieta (por la que entra la luz)

«There is a crack, a crack in everything. That’s how light gets in»

Dicen que la herida es el lugar por el que entra la luz (Rumi). Hay una grieta en todo. Por ella es por donde entra la luz. Así en tu vida. Así en tu cuerpo. Busco mi grieta, para alumbrar, aunque sea con una linterna, mi interior. Y busco la respuesta en las letras de las canciones de Leonard Cohen. Tropecé con preguntas que respondieron sus canciones. Su voz grave y la sonoridad. A veces, sólo a veces, la música me permite escapar de la realidad. Me olvido entonces de los casos de corrupción de este país, de los problemas económicos que me rodean, de mis soledades, del desamor en el que me gusta regodearme. El dolor de sentirme ausente e invisible. El dolor de no estar en el lugar en el que el corazón me dice que tendría que estar. Y entonces ella aparece, con un dibujo o algo que escribió. Siempre hay un mamá, te quiero mucho, que me salva.

Aún no he purgado los radiadores. No he arreglado la secadora. En el coche empieza a fallar el motor de arranque (de mañana no pasa que me vaya a comprar un coche). Pero mañana tenemos reunión de padres y el miércoles dentista con mi madre, y el jueves antigimnasia y el viernes estaré tan reventada que lo que seguro no tengo ganas es de ir a comprarme un coche.

Necesito encontrar la grieta. La grieta por la que entre la luz.

Cosas

Dormirme con música armenia. Porque coexisten los países visitados con los soñados. La música del corazón.

Reencontrarme con un amigo, que dejó de ser amigo básicamente porque prefirió ser amigo de otro, para mirarlo a los ojos, preguntarle por su mujer y que me diga que hace dos meses que se separó. Lo lleva bien, me dice nervioso, a punto de cumplir 50 años.

Ejercitar los músculos del ojo, allí donde habita el alma. Recuperar la voz. Explicarle a Isabel que llevo una semana conectada con la niñez. «¿Has escuchado tu voz?. Grábala. Es una voz de niña». Salir convertida otra vez en mujer, habiendo descubierto en el juego de la mandíbula toda la agresividad contenida.

Reconocer en los ojos de otro mi reflejo. El otro lee a Ibsen. Lleva un abrigo largo. Tiene barba de dos días y el pelo canoso. Fuma ducados. Fue guapo. Sigue siéndolo.

Sentir frío. Disfrazarme de invierno.

Noviembre

Noviembre es mi mes favorito. Quizás porque nació mi hija (justo hoy es su sietecumpleaños), porque antes no era así. Antes prefería abril. (Ojalá me regales tulipanes en el mes de abril.) Pero este está siendo un mes complicado (¿quién lo quiere fácil?), lleno de emociones que van y vienen.

Primero Estrellita ha vuelto a desaparecer. Él es así. De repente se enfurruña por algo que dice que escribí y le sentó mal. No acierto a entender qué escribí que le sentó mal, pero creo que ha decidido hacer mutis por el foro. Para mí sólo son «las cosas que me pasan cuando te veo». De cualquier manera, no puedo evitar sentir, y él me hace vibrar de otra manera. Pero respeto su decisión y estoy en modo: «cuando vengas abro la puerta, con ilusión, y cuando te vayas no hagas mucho ruido al cerrarla».

El lunes me quitaron la muela del juicio. Un trozo que quedó dentro, cuando la inútil de la dentista de mi CAP de un tirón se quedó sólo con al mitad. En el hospital tardaron tres minutos en arreglar el desaguisado, aunque llevo dos días de antibiótico. Regresé por la carretera de la Arrabassada, donde está la casa donde viví de niña. Paré el coche y estuve curioseando por los alrededores. Estuve tentada de entrar (había una puerta lateral abierta), pero no me atreví. Me limité a contemplar el molino que durante años llamé «mi» molino, los árboles que había plantado mi padre, el níspero donde mi tío tiró mi penúltimo chupete, el porche que había sido un gallinero y el espacio que ocupaba el huerto de mi padre reconvertido en un precioso jardín. Reconocí la mesa de mármol donde el Sr. Monsó y la Sra. Amanda tomaban café por las tardes. Yo subía gateando y jugaba con las piedras. Mi padre me regañaba y me decía que no quitase las piedras o saldrían malas hierbas. El Sr. Monsó entonces lo regañaba a él: «Sr. Manolo, deixi-la fer, que les herbes ja hi són». Reconocer la niñez es una manera amable de envejecer.

Recordé a Matilda, la mujer que nos alquiló un apartamento en Tossa hace unos días, que había vivido en la misma calle, pero no acerté a adivinar qué casa me decía que había sido suya.

Y el martes me quedé sin voz. La afonía tiene sentido justo ahora. O eso me parece.

«Este problema se presenta después de un choque afectivo que sacude la sensibilidad de la persona, quien luego se fuerza demasiado para hablar, aun cuando no exprese todo lo que su corazón desearía decir. Este excesivo esfuerzo crea angustia y deja un vacío. Finalmente, los sonidos acaban por extinguirse.

Más que creer que debes apagarte y dejar de hablar, sería sensato que revisaras lo que tu corazón quiere decir realmente y permitirte no hablar más que para decir palabras verdaderas, expresadas con amor. No es necesario que te fuerces a hablar para verte bien o para ser aceptado y querido»

Así que ando por casa, hablando con un hilillo de voz. Maria dice que estoy muy graciosa.

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También ha sido bonito el reencuentro con Joselito. Me habló de los registros acásicos y flipé. Él, tan preocupado porque no le da tiempo en una vida de hacer todo lo que quiere hacer, se ha quedado más relajado sabiendo que en otros tiempos fue un gran músico. Tengo la sensación de haber retrocedido en el tiempo 20 años, cuando hablábamos de si sería posible o no otras vidas, intentábamos desdoblarnos, hacíamos talleres con chamanes y probábamos alucinógenos. Cuando le miro a los ojos veo siempre el indígena que me acompaña. Pero si hay algo bonito que me recordó esta semana es que hacemos las preguntas en el momento en que estamos preparados para escuchar las respuestas.

Ando perdiendo peso, así casi sin querer. No hago dieta y he dejado el spinning. Sólo la antigym que me salva. Las sesiones de dos horas están siendo cada día más efectivas (básicamente para la emoción). Después de revivir mi parto, me pregunto qué me queda por hacer… Lo que está claro es que toda esta semana me está conectando a la infancia. Busqué fotos de niña y descubrí (con desagrado) que no sé dónde las tengo.

Y en Feng Shui esta semana incidieron sobre la prosperidad. Hay algo ahí que siento que tengo que hacer, ahora que mi casa ha ido tomando forma (y yo conciencia). Ya tenemos mesa de comedor, que por fin pinté y monté. Todavía quedan muchas cosas por recolocar y vaciar, pero creo que vuelvo a respirar en esta casa, a pesar de sus carencias. He ido construyendo varios rincones agradables y hasta la mesa donde escribo, que me montó el patriarca de la familia Fidel a cambio de un cafelito ha quedado preciosa. Utilicé las patas de una antigua máquina de escribir.

Y sé (lo sé) que ando preparando esta casa para despegar de ella.

De partos

Me advirtió. Que igual recordaba dolores que la memoria había guardado en un cajón. Trabajamos el suelo pélvico. Nos esforzamos por dirigir el coxis y el sexo. Ahora adelante, ahora detrás. Nos puso un dudú justo en la base de la espalda. Y seguimos empujándonos. Empecé a tener rampas en los gemelos, como si alguien tirase de ellos. Me dolía como si fuese un parto. Creo que sentí las contracciones. Me vino a la cabeza el parto de Maria. Pero entonces, nos hizo poner las manos sobre la fontanela y que empujásemos, como si quisiéramos salir y algo nos lo impidiese. Me arrancaban la pierna. Lloré. Lo más alto que pude. Me di cuenta que era mi propio parto. Una catarsis. Como un presagio llegó la calma. Y ponerle palabras al dolor lo mitiga. Lo hace comprensible. No por eso duele menos, pero puedo llorar por la niña que no lloró en su momento. Por el bebé inmovilizado durante meses. Y por todas esas imágenes de una niña de tres años con las piernas abiertas y la expresión seria.

Busco fotografías de aquella época y no las encuentro. Entre tanto traslado he perdido la caja de las fotos antiguas. Pero recuerdo una imagen: yo sentada en una silla. Era una silla de madera, con el asiento redondo. Mis piernas caen, una a cada lado, las ingles están completamente alineadas debido a unos «aparatos» que llevé durante tres años. Creo recordar que mi prima está de pie, junto a mí. Vivíamos en una casa junto a la carretera de la Arrabassada, al pie del Tibidabo. Todavía recuerdo las aspas del molino de viento, el sendero que llevaba al gallinero que mi padre tenía al final del huerto, el níspero donde mi tío Antonio tiró mi penúltimo chupete, la sensación de la chimenea en invierno y la puerta de doble hoja, grande, de madera, que abría la habitación donde guardaba mis juguetes y donde, no sé ni cómo lo recuerdo, durmió mi abuelo Domiro una vez que vino a vernos desde Galicia. O quizás este último recuerdo forma parte de un sueño. ¿Cómo separar los recuerdos reales de aquellos que pensamos que hemos vivido en sueños?. ¿Y por qué recordamos los sueños que tuvimos de niños? La vida sigue siendo un misterio