De partos

Me advirtió. Que igual recordaba dolores que la memoria había guardado en un cajón. Trabajamos el suelo pélvico. Nos esforzamos por dirigir el coxis y el sexo. Ahora adelante, ahora detrás. Nos puso un dudú justo en la base de la espalda. Y seguimos empujándonos. Empecé a tener rampas en los gemelos, como si alguien tirase de ellos. Me dolía como si fuese un parto. Creo que sentí las contracciones. Me vino a la cabeza el parto de Maria. Pero entonces, nos hizo poner las manos sobre la fontanela y que empujásemos, como si quisiéramos salir y algo nos lo impidiese. Me arrancaban la pierna. Lloré. Lo más alto que pude. Me di cuenta que era mi propio parto. Una catarsis. Como un presagio llegó la calma. Y ponerle palabras al dolor lo mitiga. Lo hace comprensible. No por eso duele menos, pero puedo llorar por la niña que no lloró en su momento. Por el bebé inmovilizado durante meses. Y por todas esas imágenes de una niña de tres años con las piernas abiertas y la expresión seria.

Busco fotografías de aquella época y no las encuentro. Entre tanto traslado he perdido la caja de las fotos antiguas. Pero recuerdo una imagen: yo sentada en una silla. Era una silla de madera, con el asiento redondo. Mis piernas caen, una a cada lado, las ingles están completamente alineadas debido a unos “aparatos” que llevé durante tres años. Creo recordar que mi prima está de pie, junto a mí. Vivíamos en una casa junto a la carretera de la Arrabassada, al pie del Tibidabo. Todavía recuerdo las aspas del molino de viento, el sendero que llevaba al gallinero que mi padre tenía al final del huerto, el níspero donde mi tío Antonio tiró mi penúltimo chupete, la sensación de la chimenea en invierno y la puerta de doble hoja, grande, de madera, que abría la habitación donde guardaba mis juguetes y donde, no sé ni cómo lo recuerdo, durmió mi abuelo Domiro una vez que vino a vernos desde Galicia. O quizás este último recuerdo forma parte de un sueño. ¿Cómo separar los recuerdos reales de aquellos que pensamos que hemos vivido en sueños?. ¿Y por qué recordamos los sueños que tuvimos de niños? La vida sigue siendo un misterio

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