De gallegas y de Galiza

Aida me descubre una canción que me toca el corazón. Habla del matriarcado gallego. A mí el gallego me cala como la lluvia flojita. El acento me trae lágrimas a los ojos. Me invade la morriña de esa tierra que quedó enganchada en las uñas de mis ancestros, mientras recogían patatas o pelaban el maíz para dárselo de comer a las vacas. Pero además, es una canción que habla de mujeres. Y entonces no puedo evitar pensar en mi abuela gallega, a la que tengo más presente después de muerta de lo que la tuve en vida. Quizás porque en vida fue  discreta y silenciosa. Y la recuerdo con su mandil de cuadros grises, peleando con las potas o la cafetera que no paraba de hervir en aquella casa.

La letra de la canción no podía ser más real y cada una de las palabras (‘Nós aleitadoras, nós conquistadoras, brillantes activistas da vida cotiá”) me trae la imagen de una mujer gallega. Incluso las “más actuales” son así: luchadoras, malabaristas de la resistencia y llenas de fuerza.

Yo me siento gallega en la médula. Puedo haberme rodeado de otras paisajes e impregnado de otros acentos. Por mis venas corre sangre que vino de otros lugares, y hablo otros idiomas que han llegado a ser igual de propios, pero el sabor de mis lágrimas tiene el sabor del pulpo, de la zorza, de la empanada de zamburiñas, de los berberechos y los percebes. A mí el alma me sabe a Cantábrico, a vientos del norte, a acantilados imposibles, a playas donde el verde se pierde dentro del mar, a eucaliptus y castaños, a café fuerte en pocillos de porcelana y a pan de mestura.

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