El viento acecha.

El viento acecha. Y retumban goterones de lluvia en un techo frágil que me aisla tibiamente del exterior. Me golpeo la barbilla y repito un mantra que mis ancestras me han regalado, en un intento, a ratos siento que estéril, de hacerme visible.

Me viene tu nombre. Constantemente. Continuamente. Y otros cielos. Los recuerdos me hablan de otra ciudad, y otras gentes. Y hasta parece otra vida.

Suena David Bowie, recordándonos que “we can be heroes”.  Huele a incienso. Cierro los ojos y veo tu alma. Te voy a comer el alma, me dice alguien cercano.Si tú quisieras, y yo me dejara. Pero cierro los ojos, y sólo veo tu alma. Tengo para darte un puñado de arena, unas sábanas blancas, un martes por la tarde y unos chocos en una terraza.

Quiero una casa blanca, mirando al mar. Un horizonte azul y verde. Un bosque de castaños. Y entonces me doy cuenta que todo eso que quiero ya lo tengo. Porque hay de todo, y para todos. Sólo hay que desearlo y creer. Tener fé en la vida. Eso me decía Victoria, cuando Maria nació: “confía en la vida”. Y eso hago, cada día, con más fé.

I will not be sad in this world. Neither in this life.

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