El pequeño mundo en que vivimos y los puntos que no se conectan

Recibo una felicitación de navidad de alguien querido y añorado. Es un hermoso texto y una hermosa foto. La foto viene firmada por una mujer. La busco en internet. Me lleva a una mujer que es prima de un amigo. Él amigo primo es arquitecto, vive ahora en Hong-Kong, donde se ha casado y ha tenido una hija. Yo lo conocí hace años en Madrid pero todavía conservamos una esporádica y escueta correspondencia.

La fotógrafa es en realidad doula y pienso en Aida, que es el último regalo que me ha traído la vida. Me lleva hasta un blog donde se programan talleres para mujeres y meditaciones. la mayoría de ellos en San Lorenzo del Escorial, que es una de esas ciudades fetiches para mí, desde que la visitamos hace un par de años y Maria la rebautizó como “San Lorenzo del Albaricoque”. El blog no está actualizado. La última entrada es del 2013. Programan un viaje “espiritual” y esotérico a Avalon. Veo en él fotos que reconozco y me transportan a un viaje a Escocia con el primer madrileño del que me enamoré. Se llamaba Rubén, interpretaba a Chopin y ahora vive en Louisiana, junto al Misisipi.

Las manos de Rubén en mi piano me traen a la cabeza que el otro día me encontré con Angels en la puerta del conservatorio, cuando iba a llevar a Maria. Me hizo ilusión encontrarme con mi profesora de piano (y a ella también, me consta). Se jubila. Va a cuidar de su nieto. Me aconseja que Maria elija otro instrumento que no sea el piano. Demasiado difícil, demasiado solitario. Que empiece con un instrumento de viento o de cuerda, que pueda incorporarse a una pequeña orquesta o un grupo.

Al salir del conservatorio, camino del coche, un chico (muy guapo) me para. Me dice algo así como que me ha visto pasar varias veces y tenía que preguntármelo, que él se va a trabajar a Barcelona la semana siguiente y ya no me volvería a ver. Se llama Nicolás y fue alumno mío en La Roca. Fue mi primer interinaje en un centro público. Yo no le recordaba. Él me dice que estoy igual. Y físicamente no estoy igual, pero José me recordó el otro día que tengo la misma energía que cuando tenía 20 años. Recordé que una vez tuve 20 años y me sentía querida. Era feliz, pero no lo sabía. Ahora no lo soy, y sí lo sé.

Mañana es Nochebuena. Cenaré con mi madre, mi tía y mi hija. Me apetece mucho este encuentro con las mujeres de mi familia, las que tengo más cerca. He preparado con cariño especialmente los entremeses y el postre. Y los regalos. Me he hecho uno para mí. Una lámina de “El beso” de Klimt. Ha llegado esta mañana en una enorme caja que no he abierto pero ha sido la risa en correos. Cuando digo enorme, digo enorme. Deben de haber metido la lámina sin doblar y le han puesto algodones alrededor (las dimensiones son algo así como 90x50x30). No pesaba absolutamente nada, pero parecía que llevara un muerto dentro.

Estrellita me llama para felicitarme la Navidad. No sé si alegrarme por la anticipación o entristecerme porque no sea capaz de buscar otro momento más cercano. Va a cenar con sus padres, su hermano (con el que apenas se habla) y su sobrino. Lo echo de menos. Lo noto triste, pero sé que saldrá adelante. Es una sensación mía, y no tiene ni porqué ser real. Se va a NY a pasar el fin de año. Si llenas tu vida de cosas, apenas se notan las ausencias ni las soledades. Igual por eso la vida no me da más dinero. Me merezco un Mercedes pero en realidad no lo necesito. Y ahora dudo que pudiera pagarlo. De lo que tengo que llenar mi vida es de amor. Y en eso ando. Y ahora me parece más fácil que hace unos años. Si te quieres, te quieren. Es una ley simple.

La kinesióloga  Carolina Harboe me ha dado una dieta que me parece imposible. Me ha quitado el café, los lácteos y las harinas. Me ha dado una lista de recetas macrobióticas. Siento que no tengo tiempo de cocinar. Acabo haciéndome hamburguesas de tofu con avellanas. Dice que coma más semillas. Y bayas de goyi. A mí me suena ancestral, pero me cuesta mucho seguirla. Y un porridge, por la mañana, con avena y un poco de miel. Parece papilla pero está buena. Creo que me acostumbraré (era el desayuno habitual de los escoceses). Cuando como así, siento que me conecto más con la tierra, con lo antiguo y con lo mío. Siento que del ombligo me crecen raíces: soy árbol que se enraiza.

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