Amor verdadero

Inventar un cuento que aún no conozcas para leértelo a media noche, cuando el cansancio no  pueda con el insomnio. Recorrer tu espalda, una caricia, mientras te susurro al oído la canción que te he cantado desde niña. Más niña. Mirar en tus ojos. Descubrirte un secreto. Esconderme  tú alguno  tuyo. Agarrarte a mi cintura y abrazarme. Mira cómo te achucho, me dices mientras ríes, te beso el pelo y me repites que me quieres. Yo más, porque eres un trocito de mí. No, yo más, porque soy un trocito de ti. No hay argumento mío que tú no rebatas con otro mejor. Mirarte de reojo mientras lees un libro y luego otro. Hacer como que no me doy cuenta de que te estás convirtiendo en una hábil lectora y no saber cómo demostrarte qué orgullosa estoy de ello.  Dejar autopremiarte con un trozo de chocolate, que a escondidas coges de la puerta de la nevera. Hacer como que no te veo, abrir la puerta. Verte disfrutar tocando un enorme trombón. Y adivinar cuánto aire cabe en esos pequeños pulmones de niña diminuta que respira profundamente, toma aire, lo aguanta en el diafragma, lo expulsa poco a poco y sostiene un trombón, moviendo la vara continuamente esperando encontrar las notas adecuadas. Y te veo, tan pequeña, tan esforzada. Y  me coges de la mano y me preguntas si puedo enseñarte a llenar la barriga de aire para poder tocar más rato. Decirme que soy la madre que mejor corto el pelo del mundo, a pesar de todos los trasquilones que te he hecho en la vida. Y los que te haré.

Sentir cómo respiras, cuando caes al fin rendida en la cama. Y yo junto a ti. Te miro y veo la hija que siempre quise tener.

En los días de invierno, la espumadera y una griega en Lavapiés

Ha tardado este invierno en llegar el frío. En esta ciudad hace sol. Hace sol y hace frío. Hace tanto frío que llevo con éste tres constipados. Cuando digo constipado digo que me quedo sin voz, no hago más que toser y no saco moco. Como ando rodeada de jipis, hasta mi médico, que es jipi, me recomienda los mismos remedios que me podía dar mi abuela: mucho líquido, caldos, una buena manta, miel con limón y un poco de reposo. Quizás porque son remedios de antes, son difíciles de seguir. Que me quede en casa, dice el tío. ¿Y quién va a buscar a mi hija al cole?¿Quién le prepara la merienda y la lleva al conservatorio esta tarde?. Dentro de mis posibilidades, de vuelta del centro médico compro verduras para un caldo. Aprovecho un par de muslos de pollo que tenía y con dos hamburguesas he hecho pelota. La pelota es un invento que añado, pero típico de la escudella catalana. Mis caldos son mezclas de varios mundos. Pero si hay algo que me parece entrañable es quitarle la espuma al caldo. Ese gesto me suena a antiguo. Me sabe al caldo que hacía mi abuela, al que hace mi padre y que algún día sé que hará mi hija. Siempre recuerdo ese consejo: «hay que quitar la espuma negra del caldo». Y recuerdo a mi abuela, con un mandil de cuadros grises, espumadera en mano, separando esa espumilla gris que flotaba por encima de patatas y coles, y tocinos y patas de pollo. Y entonces me viene a la cabeza una mujer de Lavapiés que regentaba un restaurante griego. Era una abuela griega que parecía sacada del anuncio de yogurt. Por un momento pensé que acabaría diciéndonos «gronñequegronñe». Fue hace mucho tiempo, cuando Maria aún no estaba ni en mi cabeza, pero yo ya conocía a su padre. Ella se sentó con nosotros a tomar café después de preparárnoslo. Era un café de pocillo, hervido, nada de expresso. Eso es de italianos. Tuvimos una discusión sobre el origen del café. Ella defendía con vehemencia que el café era griego y el padre de Maria quería convencerla (con más vehemencia) que en realidad era de Etiopía.  A mi me importaba un bledo el origen del café. A mí lo que me importaban eran sus ojos, su piel oscura, su sonrisa, los surcos en su cara….. Una griega en Lavapiés.

Hoy todos somos griegos.

Desazón

Una musa me ha dicho que las raíces de los árboles sujetan las montañas.

Y con un hilo hecho de los tallos de las flores más hermosas,

se enganchan los sueños a las copas de los árboles.

Los pájaros se encargan  de repartirlos por el mundo

dejándolos encima de las almohadas.

Me miras a los ojos y la desazón se calma.

Una musa me ha dicho que en las noches más oscuras

las estrellas les prestan sus nombres a los poetas.

y los anudan unos con otros con espacios en blanco, llenos de silencio

Luego dejan caer tildes, comas y puntos suspensivos

para evitar que la respiración se corte y se quede en un silbido.

Te miras en mis ojos y la desazón se calma.

Alimentar el alma

Escribo porque necesito ordenar cosas en mi cabeza. Entre otras cosas.

Hoy ha sido un día intenso. Física y emocionalmente intenso.

Me he encontrado a un antiguo alumno.

Me he encontrado un nuevo alumno que he tenido que mirar tres veces porque pensaba (sin exagerar) que era Jose. Se movía como él, tenía los mismo gestos, físicamente eran iguales y para colmo, cuando me da el examen y le digo que se parece mucho, pero mucho a un buen amigo me dice: «pues yo tengo una amiga que se parece a ti».

Las manos de alguien que se me insinúa .  Sin entrar en detalles, simplemente no me gustan algunas manos de hombre. Y entonces él, siempre él, me envía una ristra de fotos de sus manos. Un ejercicio de sus clases de foto. Divinas. Me gustan mucho sus manos. Y llegan justo en el momento en que decido que con esas manos (las del otro) no me voy a ir con él a cenar, ni a tomarme un gin-tonic después ni a lo que venga.

Vuelvo a casa. Suena música armenia. Tengo ganas de nadar, pero sobretodo tengo ganas de respirar por la izquierda. Nunca lo hago:sólo respiro por la derecha. Pero Isabel nos hizo unos ejercicios antes de la Navidad y mi nuca quiere, más que nunca, girar a la izquierda. Siento que tengo que mirar en mi lado izquierdo, ese que siempre he tenido mutilado. La pierna, la vista, la cabeza… Y sin embargo, es el ojo con el que veo más y mejor.  Y luego está toda esa dualidad entre «lo correcto, lo racional, la parte derecha, lo que te va a dar de comer….» y «la locura, la creatividad, la parte izquierda, lo que da de comer a tu alma». Mi trabajo, el de ahora, alimenta mi cuerpo (y el de mi hija, y paga mis factura… sí), pero yo ahora mismo necesito alimentar el alma.

541Tiene Isabel Muñoz una foto de un culo de mujer. No es un culo de los de ahora (o sí). Yo recordaba un enorme culo de cubana (aunque viendo la foto ahora no me parece tan enorme). En cualquier caso, no es un culo de modelo, es un culo de mujer, bien hecho pero de mujer.

Yo no me reconozco en mi cuerpo. Por una parte me siento bien dentro de él: empiezo a pisar fuerte y me siento atractiva… pero lo siento mucho más hermoso de lo que  mi cuerpo es.  Esta semana, que con Isabel (de la Mata) trabajamos la pelvis, siento que me balanceo como si tuviera ese culo.

Y me encuentro con un viejo amigo. Somos viejos porque ya nos conocemos de años, y hemos compartido muchas cosas bonitas. La última fue que vino a Galicia a vernos con su mujer. Ella sufre de unas terribles migrañas. A mí me vino a la cabeza que el FengShui puede ayudarla, y le he propuesto, de forma muy informal, hacerle un estudio. Creo que tengo que insistir, pero siento que le va a ir muy bien.

La secadora echa humo. Figuradamente, claro.

Lucidez

Se gastó todo el dinero en cocaína. Fue la recaída que le hizo perder la empresa que hacía un año acababa de montar y también a un hijo recién cumplidos los 16, que decidió irse a vivir con su padre, a pesar de los problemas económicos que éste también arrastraba. Esta maldita crisis puede con las familias, incluso con aquellas que pensaron que lo tenían todo.

Pero a pesar de reconocerse ante mí como una yonkie noto en el fondo mucha lucidez. La de reconocer que su hijo, del cual yo soy tutora, la ha ayudado mucho, pero que hubo un momento en que le dijo: «No: yo soy tu madre, tú eres el hijo. Yo tengo que cuidar de ti». Me entraron unas ganas terribles de llorar.

Volver

Dawn debe tener unos cincuenta y largos. De la clase de Feng Shui es una de las personas que me llamó la atención desde el principio. Era profesora de inglés en International House, hasta que su marido le pidió que le ayudara con la consulta de acupuntura. Su marido fue estudiante de medicina que acabó dándole una vuelta a la profesión y se dedicó a la medicina china. Un cáncer  le apartó poco a poco de la consulta y Dawn fue tomando su sitio. Aprendió a manejar las agujas, a descubrir meridianos y las fuerzas del cuerpo. Me explica que al principio sintió mucha rabia, porque tuvo que dejar su profesión para ayudarle a él, pero con el tiempo ha descubierto que ama lo que hace y le permite tener más tiempo del que nunca podría haber imaginado (trabaja un día a la semana). No sé porqué hoy hemos tenido varias conversaciones interesantes, tanto al ir en coche como a la vuelta. En una le digo que estoy intentando darle un giro a mi vida, que ando cansada con las clases y que no me gusta la informática y con toda la espontaneidad que le sale me dice: «pues ya tienes despacho, que podemos compartir la consulta». Sonrío.

Volver a las clases (las que yo imparto, pero sobretodo a las que me imparten) me devuelve a esa otra vida que sueño. Y hay una frase que me ha venido esta mañana, mientras Nati hablaba de «cuando seamos consultores de Feng-Shui» (siempre siento que me mira cuando habla de profesionalidad) y que me ha vuelto a repetir Aida esta tarde: «tengo que creérmelo». En eso ando. Dándome toquecitos en al barbilla e intentando creerme qué soy por dentro.

Y llevo dos días escuchando esto, mientras él me viene a la cabeza y vuelve a instalarse en el corazón.

Eu sei que vou chorar
A cada ausência tua eu vou chorar
Mas cada volta tua há de apagar
O que essa tua ausência me causou…

 

Tuve otra vida

Tuve otra vida. No fue mejor, ni peor, diría. Viajaba más. Fotografíaba en diapositivas. A la vuelta, les dábamos el coñazo a los amigos con las diapositivas del viaje. Eso sí, las editábamos primero, y creo que nunca fueron más de 30. Y además, se acompañaba todo con una cena con comida típica del lugar donde habíamos estado. Encontré un álbum con diapositivas. No sé qué hacer con ellas. No sé si tirarlas, o guárdarlas. O enviárselas al innombrable.

Tuve otra vida. No madrugaba. Tenía horario de tarde. Cuando llegaba a casa la cena solía estar hecha y la tele puesta. No soporto la tele de fondo. Quizás por eso pasé muchos años sin ella. Ahora, a pesar de los dibujos, apenas la encendemos. A veces, Maria, después de cenar me pregunta: «¿puedo poner la tele un poquito, mamá?». No le digo ni que sí, ni que no. Le digo que haga lo que quiera, pero a las diez hay que ir a dormir. No suele verla más de 15 minutos seguidos. Creo que le aburre tanto como a mí. Aunque para mí, es también otra cosa.

Tuve otra vida. Teníamos un grupo de amigos comunes que luego descubrí que eran más suyos que míos. En realidad, siempre fueron más suyos que míos. Los míos nunca fueron amigos comunes. Era un grupo de personas eclécticas y endogámicas (definición de un amigo no común). Extrañas. Se liaban entre ellos y se peleaban también entre ellos. Pero eran divertidos. Cultos, extraños, filosóficos, modernos, gafapastas y alguno, sólo alguno, recuerdo que tierno.

Tuve otra vida. Pero creo que entonces soñaba con la que tengo.

Sobre imposibles. O no.

Viajar a Oriente. Tener una granja en Wisconsin. Dar la vuelta al mundo en un velero. Montar a caballo. Usar sólo zapatos de Chie Mihara. Dormir diez horas seguidas. Jugar a las cartas con mi abuela. Fundar una escuela de artes plásticas. Interpretar a Chopin. Vestir de blanco. Bailar una noche entera. Bailar flamenco. Alimentarte de boquerones y ensaladilla rusa. Abrazar un oso. O una osa. Ver la Vía Láctea. Visitar Tombuctú. Dormir en el desierto varias noches. Tomar café con Carmen Martin Gaite, si puede ser en el Comercial. Hacer una voltereta hacia atrás, sin tocar el suelo. Nadar desnuda en los siete mares. Ver las auroras boreales. No tener que madrugar

Morir en Madrid. Y de Madrid al cielo. O no.

El frío de la mañana, el Estrecho de Gibraltar y cómo navegar (y dispersarse) en interné

la ciudad de los zombiesMe gusta sentir el frío por la mañana. Salir de la cama y caminar descalza por la casa. A pesar del parquet, puedo sentir el frío en la planta de los pies. Echo de menos la vida en el campo, aunque nunca he vivido en el campo. Pero me gustaría poder alzar la vista por encima de los edificios y ver la escarcha de la mañana. En esta medio ciudad no hay nada. Es el páramo de las ciudades. Ni tiene la vida, ni los recursos de una gran ciudad; ni se puede ver la escarcha de los campos. Hace unos días la apodé «la ciudad de los zombies». Igual es un poco injusto para aquellos que la quieren pero esta ciudad se quedó enganchada en la época de los telares. Si te quedas callado mucho tiempo, puedes escuchar el fantasmal sonido del golpe de los telares. ¿Os imagináis la locura que supone escuchar continuamente ese sonido?

Amanece en el barco. El simulador es lo suficientemente real como para sentir el viento en la cara. Estamos en la misma longitud que el Cabo de Gata, pero no se divisa la costa. Aún me quedan horas para el Estrecho de Gibraltar. Yo me pregunto si con tanto barco (entre los simulados y los que no) no podríamos recoger alguna patera, pero creo que la organización no está por la labor. Todo está lleno de tipos que llevan naúticos en los pies. Siempre me parecieron una horterada esos zapatos. Busco por curiosidad su origen y descubro una cantidad de zapatos increíbles (sabrinas, oxford, merceditas, naúticos, ghillies…). Llego a una web donde pienso que falta mucha información y especialmente imágenes. Si quieres explicar los tipos de zapatos que hay, como mínimo pon una foto de cada uno de ellos, carajo, y hazla de manera que sea fácil llegar a la información. Eso se llama «usabilidad» e internet está lleno de contraejemplos. Entonces me pregunto porqué no hay una web tipo www.zapatos.com donde explique la historia del zapato, cómo se hacen los zapatos, qué tipos de zapatos hay…. así que miro si el dominio está registrado. Estoy en el momento de mi vida en que si quieres una cosa que no existe, constrúyela. Pero el dominio está registrado ya: es una extraña web que te redirecciona a una tienda online (China) de zapatos (y otras cosas). Me llama la atención un anuncio «zapatos para gorditas». Los precios están en dólares y son ridículos y las tallas no van más allá del 39 (deben ser zapatos para gorditas chinas). Llego hasta unos loafer, que resulta que son unos zapatos de origen noruego. Es uno de esos zapatos clásicos de hombre. Es curioso: en el mes entero que estuve en Noruega, no recuerdo a ningún noruego con esos zapatos. En cambio, para mí es el zapato típico de los sevillanos. Debe ser cosa de la globalización.