En los días de invierno, la espumadera y una griega en Lavapiés

Ha tardado este invierno en llegar el frío. En esta ciudad hace sol. Hace sol y hace frío. Hace tanto frío que llevo con éste tres constipados. Cuando digo constipado digo que me quedo sin voz, no hago más que toser y no saco moco. Como ando rodeada de jipis, hasta mi médico, que es jipi, me recomienda los mismos remedios que me podía dar mi abuela: mucho líquido, caldos, una buena manta, miel con limón y un poco de reposo. Quizás porque son remedios de antes, son difíciles de seguir. Que me quede en casa, dice el tío. ¿Y quién va a buscar a mi hija al cole?¿Quién le prepara la merienda y la lleva al conservatorio esta tarde?. Dentro de mis posibilidades, de vuelta del centro médico compro verduras para un caldo. Aprovecho un par de muslos de pollo que tenía y con dos hamburguesas he hecho pelota. La pelota es un invento que añado, pero típico de la escudella catalana. Mis caldos son mezclas de varios mundos. Pero si hay algo que me parece entrañable es quitarle la espuma al caldo. Ese gesto me suena a antiguo. Me sabe al caldo que hacía mi abuela, al que hace mi padre y que algún día sé que hará mi hija. Siempre recuerdo ese consejo: “hay que quitar la espuma negra del caldo”. Y recuerdo a mi abuela, con un mandil de cuadros grises, espumadera en mano, separando esa espumilla gris que flotaba por encima de patatas y coles, y tocinos y patas de pollo. Y entonces me viene a la cabeza una mujer de Lavapiés que regentaba un restaurante griego. Era una abuela griega que parecía sacada del anuncio de yogurt. Por un momento pensé que acabaría diciéndonos “gronñequegronñe”. Fue hace mucho tiempo, cuando Maria aún no estaba ni en mi cabeza, pero yo ya conocía a su padre. Ella se sentó con nosotros a tomar café después de preparárnoslo. Era un café de pocillo, hervido, nada de expresso. Eso es de italianos. Tuvimos una discusión sobre el origen del café. Ella defendía con vehemencia que el café era griego y el padre de Maria quería convencerla (con más vehemencia) que en realidad era de Etiopía.  A mi me importaba un bledo el origen del café. A mí lo que me importaban eran sus ojos, su piel oscura, su sonrisa, los surcos en su cara….. Una griega en Lavapiés.

Hoy todos somos griegos.

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