Cicatriz

Y aparco al otro lado de la Via Augusta, junto al sastre de Estrellita. Hay allí también una tienda de subastas. Me entretengo en poner el ticket para el parquímetro y me sorprende el grupo peculiar de clientes que se amontonan en la puerta. Hay un letrero fuera con algunas de las piezas que se han subastado últimamente, entre ellas, una foto de un bolso y un precio: 23.000 euros. Es un Hermés, de piel de cocodrilo. Miro el precio tres veces, porque me da la sensación que sobre un cero o incluso dos. Pienso que a ese lado de la Vía Augusta hay un submundo. O quizás un supramundo…. Ella vive al otro lado. En otro barrio. Parecen dos dimensiones diferentes. Dos tipos de vida diferentes.

A veces, la sesión de antigimnasia acaba con una palabra. O una sensación. Hoy, en que olvidé por completo cada uno de los ejercicios que íbamos haciendo, la sensación era de sanación. Las imágenes, como siempre, aparecen en mi cabeza. Primero fueron colores y texturas, pieles, tonos de diferentes verdes. Después aparecieron zapatos, quizás porque me pasé un rato esta tarde dando vueltas a los zapatos de Chie Mihara, me puse en contacto con la chica que lleva el outlet en Elda, miré billetes de avión a Alicante, billetes de tren, combinaciones de billetes y hotel, miré lo que cuesta un coche de alquiler para pasar un fin de semana en Alicante, con Maria, el fin de semana de mi cumpleños e ir un sábado por la mañana a Elda, a ver zapatos. Y comprarme estos,  que me parecen divinos pero no encuentro de mi número en ningún sitio. Después vinieron imágenes navegando en un velero. Ni siquiera recuerdo la última vez que navegué, pero llegó la sensación de mecerme, de que en realidad viajo en una cuna. Y entonces se llenaron mis ojos de borrones grises, como señales que iban cerrando heridas. Así que cuando Isabel nos pide una palabra, a mí me viene cicatriz. Como un símbolo de curación.

Y subiendo Balmes, donde se suceden los edificios con entradas que parecen consultas médicas, un hombre sucio y con una bolsa de mano habla solo. Me paro en el semáforo, junto a él, y siento miedo. No sé porqué debemos sentir miedo unos de otros. En una oficina hay todavía luz. Juraría que he visto a alguien, bajo un fluorescente, junto a un ordenador. Los hijos de los obreros seremos obreros. No nos dejaron soñar otra vida. Y hacemos horas extras para pagarnos un coche a plazos.

(escrito el 19 de marzo de 2015)

 

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