De techos y casa, y huídas y llegadas.

Lo último que tenía ganas era de llegar a casa y ponerme a fregar. Pero cuando hemos abierto hemos encontrado la casa llena de agua. Llena de agua quiere decir con dos dedos de agua en todo el comedor. Suerte que el suelo está inclinado y se ha acumulado en el lado que no hay enchufes. Por un momento deseé que fuera el lavavajillas, o el fregadero, que se hubiera salido el agua. Pero no. Son las obras del vecino de arriba que ha hecho una bonita grieta en el techo por la que ha caído agua. Parece ser que el agua ha ido cayendo cual cascada por la estantería de madera, esa que yo pensé, el innombrable diseñó y un carpintero nos hizo a medida. A su paso ha ido destruyendo cualquier papel que ha ido encontrando: desde fotos a libros. No he querido abrir la caja de los CD’s.

He tenido el suficiente temple para, mientras recogía agua fregona en mano, ir llamando a diferentes gentes. El dueño, primero. Que resulta que ya no es el dueño. Que vendió el piso esta navidad y ahora hay unos nuevos propietarios que parece ser que estaban ahora de viaje. ¿Quién se va de viaje un 16 de marzo?. Me dice que me busca el teléfono del nuevo propietario. Mientras, llamo a mi seguro, que me dicen que no pueden hacer nada si es del piso de arriba, excepto hacer la reclamación pertinente desde el servicio jurídico. Que digo yo para que tengo un seguro de hogar si no me sirve para nada cuando tengo un siniestro grave en casa. Entonces se me ocurre llamar al administrador de la finca, sobretodo porque si no encuentro al nuevo propietario al menos él se encargue de buscarlo. Pero son las 19:30 y el horario de atención se acaba a las 19:00. Vuelvo a llamar al antiguo propietario y me da el teléfono del nuevo. Consigo hablar con el nuevo propietario que en realidad no está de viaje. Parece un tipo amable y se ofrece venir a verlo. Alucina cuando llego. Yo aún recojo agua. Las niñas juegan aquí y allá cambiándose una y otra vez de calcetines (que se mojan continuamente). El propietario llama al albañil que le está haciendo la obra. Alucina también. Me dice que no me preocupe, que me lo arregla sin problema, aunque ahora tendré que esperar que se seque el techo. Le digo que no me preocupo, que suponía que lo arreglarían, pero que me gustaría que no volviese a caer más agua. Son atentos y cordiales y todo acaba muy bien, pero cuando se van, me doy cuenta que el corazón me ha empezado a ir más rápido de lo normal. Tengo ganas de que llegue Bea y se quede con las niñas. Yo quiero salir corriendo. Cuando digo salir corriendo es verdaderamente salir corriendo. Creo que tengo un ataque de ansiedad que no va a poder resolver ni el paquete de galletas de jengibre que me acabo de comer. Siento que es la última señal que esta casa me está dando: el techo que se cae encima.

Este fin de semana he estado visualizando la vida que quiero. Y no, ya no es esta.

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