Cocinar de madrugada

Duermo desordenado. Y más los días de antigym: duermo pocas horas, pero tan profundamente que me despierto llena de energía… como supongo debe ser. Me bastan cinco o seis horas. Las suelo dormir a trompicones… en dos o tres tiempos.

A veces me despierto a las cuatro y me pongo a hacer la comida. Me gusta cocinar a estas horas extrañas. Todo está en silencio. Así que se puede escuchar claramente cómo pelas las patatas, cortas el brócoli, el bullicio del agua hirviendo y hasta el roce de los granos de sal unos con otros al echarlos a la olla. Tengo una cocina moderna y dos fuegos se pueden programar para que se apaguen solos. Aún así, me da miedo dejar la cocina encendida y yo acabar durmiéndome… Creo que no me fío por completo de la tecnología. Acabo desvelándome por completo mientras espero a que la verdura para mañana hierva y  dejarla hecha. Llegar a casa (después de una mañana complicada) y tener la comida hecha, es un esfuerzo que me permite no saltarme la dieta. Mercedes me advirtió que no dijese la palabra “dieta” en casa, por Maria. A veces no somos conscientes de lo importante que son las palabras. Y con siete años todo es un descubrimiento. También lo son los movimientos. Isabel nos preguntó que intentásemos recordar que movimientos no nos permitieron de niñas. Podría decirle que ninguno. Mi madre siempre tuvo miedo que me fuera a romper, otra vez, así que intentaba evitarme cualquier movimiento que, bajo su criterio, supusiera un esfuerzo físico. Y siempre acabé desafiando esos “no hagas eso” que ella venía aconsejando. Quizás por eso dejo a Maria subir a los árboles… o abrir las piernas intentando hacer el “aspagat”, aunque me diga que le duele, o hacer el pino o el puente o el pino-puente…. aunque me vengan imágenes y se me repitan las palabras de mi madre en la cabeza (te vas a caer, a ver si te haces daño en la pierna, a ver si te rompes el cuello… ¿te puedes romper el cuello haciendo el pino-puente??.. nunca lo entendí bien)

Yo era una niña flexible… No más que otras, pero suficientemente flexible, a pesar de la luxación de cadera. Creo que todos lo somos alguna vez (sinó a ver quién es el guapo que sale por un agujero de apenas 10 cm, en el mejor de los casos).  Durante años hice una gimnasia suave en un gimnasio de pueblo.  Sólo me daba miedo la altura. Saltar desde las espalderas. Ahora siento que sé el porqué. Con la prótesis colocada, lo primero que hice fue lanzarme en parapente.  Ha sido mi salto más grande. Y aún recuerdo la cara de pasmado de mi instructor cuando le dije que llevaba una prótesis de cadera, allí en lo alto, entre los pájaros. Pero, la llevas bien puesta ¿no?. La caída no deja de ser un salto… y hay que correr después….

Duermo desordenado. Así que voy a dormir otro rato…

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