(…)

Hoy me temblaron las manos, mientras te pensaba. El temblor no me dejó marcar tu número de teléfono. También hay un dolor, aquí en el pecho, continuo y constante. Sé lo que es y cómo se calma.

Duerme. Ella duerme. Por fin duerme. Yo no puedo. Le doy vueltas a la lista de cosas que me quedan pendientes para esta semana. Todas las semanas son, en realidad, iguales. O casi iguales. Todas comienzan un lunes, llenos de intenciones. Preparo verdura para cinco días y acabo comiéndome una pizza y dos cervezas un domingo por la noche. O me lleno de frases de las que estoy convencida, con fe y con hechos pero empiezo a dudar pasado el jueves.

Hoy estuve todo el día en casa. Ella con arroz hervido y manzana; yo agotada, acabando en el último momento algo que tengo que entregar mañana. Procrastineando, como siempre. Y dejo la lista de cosas para mí, que quedan en la reserva. A cambio se me acumulan las cosas que no son para mí: examenes, dentistas, zapatos que tengo que comprar….

Una ducha fría. Un litro de agua de un tirón. Escuchar la voz de Alicia recordándome todo lo que me tengo que querer. Unas gotas de madreselva y unos golpes en la barbilla. Un sueño nuevo. Un poquito de meditación. Y a dormir.

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