La sandía

Hoy compramos fruta para cenar. Sandía, peritas de San Juan y mango.

Siempre que corto la sandía me acuerdo de él. La troceo y después hago lo mismo con la cáscara, para que quepa en la bolsa de basura de los restos orgánicos. Entonces recuerdo aquel momento en que se lo vi hacer . Me pareció tan sencillo.

– ¿Qué haces?- le pregunté. Por un momento imaginé que iba a hacerme un gazpacho de sandía con la cáscara.

– La troceo, para que quepa en la bolsa.

Me miraba asombrado, con sus ojos bonitos de miope que en realidad ve más allá. Me enredé en sus libros y sus historias, en su sonrisa y sus “tonte-heridas”, en su mirada perdida que buscaban mis ojos verdes. Y me gustaba como soplaba mis párpados después de que el amor viniese a hacernos.

Yo llevaba toda la vida tirando la cáscara de la sandía que previamente había cortado en rodajas. Cuando no cabía en la bolsa la forzaba un poco y al final siempre cerraba. Y mira que era sencillo y nunca se me había ocurrido antes trocearla (si me lee, debe pensar que soy tonta. De hecho, si me leéis hoy, debéis pensar que soy tonta). Y ahora, cada vez que troceo la cáscara, me acuerdo de él.

Tengo ganas de verlo.

Qué sencillo podría se todo y cómo lo hago de complicado.

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